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El latín, ¿lengua oficial de la UE?

El éxito editorial de un profesor italiano demuestra que el idioma fundacional de la cultura europea goza de buena salud y podría resucitar como argumento identitario para un continente en horas bajas

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El arco de Tito, en el foro de Roma, construido para celebrar las victorias del emperador en Judea. / RON SACHS (CORDON PRESS)

Fuente: RUBÉN AMÓN  |  EL PAÍS
9 de febrero de 2017

Una de las escenas más pintorescas de Il sorpasso (Dino Risi, 1962) concierne al pasaje en que unos sacerdotes alemanes detienen el Alfa Romeo descapotable donde viajan Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant. Se les ha averiado su coche, han pinchado, necesitan un gato, pero no saben cómo explicárselo a sus interlocutores. Y es entonces cuando uno de los curas decide hacerlo en latín: “Elevator nobis necesse est”.

Trintignant, que es francés, explica la problemática a Gassman, que es italiano, pero no puede satisfacer la emergencia de los religiosos. Y les responde inequívocamente: “Non habemus gato, desolatus”.

La escena es ilustrativa de la raigambre del latín en la cultura occidental. De su vigencia como argumento de comunicación. Y hasta de su valor identitario en el acervo de continente, más aún ahora que las presiones de Trump y de Putin han estimulado una suerte de reacción y de orgullo.

El inglés predomina sobre las demás lenguas y es la más extendida en los planes escolares. El problema es que identifica también un sabotaje, el sabotaje del Brexit. Y que podría subvertirse, hasta el extremo de convertir el latín en el idioma hegemónico de la Unión Europea. Tolerando incluso expresiones tan macarrónicas como el “desolatus” de Gassman.

La idea, la provocación, proviene de un profesor italiano, Nicola Gardini, y de la popularidad —de la fiebre— que ha adquirido en su propio país un ensayo, un libro, concebido, en realidad, sin las menores ambiciones comerciales.

Las ha conseguido como si la sociedad estuviera reclamando un ejercicio retrospectivo de autoestima hacia una lengua que está demasiado viva para considerarla muerta. La LOMCE española (2013), por ejemplo, la ha rehabilitado como asignatura troncal del bachillerato, pero el latín también representa un vehículo de comunicación extraordinario en el ámbito del derecho, la medicina, la filosofía, la liturgia religiosa, el ejército, la ingeniería, la arquitectura y el lenguaje cotidiano.

Decimos motu proprio, quid pro quo, de facto, ergo, ex profeso o in extremis, quizá no demasiado conscientes de que estamos evocando un hito fundacional de la cultura europea cuyo aliento todavía relaciona sobre el asfalto a un cura alemán con un latin lover italiano.

Es el contexto en el que ha resultado providencial la publicación de Viva il latino, storie e bellezza di una lingua inutile. Ocho ediciones lleva la iniciativa de la editorial Garzanti, y el título no requiere de traducción al español, precisamente por la raíz común del idioma. Y porque España fue uno de los territorios más fértiles de la romanización, y también más dotados en la exportación de talentos al imperio. No ya por las figuras de Adriano o Trajano en la nómina de los emperadores, sino por la envergadura de filósofos y escritores que contribuyeron a enriquecer el latín.

Nicola Gardini destaca a Séneca. Y se congratula de la felicidad que nos ha proporcionado el maestro estoico. Tanto en la forma cristalina de su literatura como en los matices conceptuales. Vivir el presente —aunque el carpe diem es de Horacio—, eludir la superstición de la esperanza, disfrutar lo que tenemos mucho más que frustrarnos por aquello que nos falta.

“El latín de Séneca”, escribe Gardini, “es el reflejo directo de su lucidez y de su propensión a la síntesis, va derecho al meollo de las cuestiones, sin complicaciones, sin alzar la voz. Un latín espontáneo. Un latín de quien medita y de quien transforma las ideas en reglas de vida”.

Es el antagonismo perfecto a la retórica ampulosa de Cicerón, aunque Gardini no se la reprocha. Todo lo contrario, le atribuye un valor muy superior al artificio lingüístico. Sostiene que Cicerón dice las cosas adecuadas de la manera adecuada. Y que su oratoria es una ciencia de las emociones, pero también el medio desde el que se desglosa un sistema de valores. “Hablar bien es una filosofía. Escribir bien es una manera de hacer el bien. Y Cicerón lo ha demostrado, exponiendo su propia elocuencia al servicio de una sociedad amenazada por la tiranía. Fue el enemigo jurado de cualquier despotismo y fue un heroico portavoz del Senado. Su arma fue una palabra: libertas” (libertad, si es que la traducción hace falta).

Regresar al latín, a juicio de Gardini, no sería una regresión ni una extravagancia anacrónica, sino un recurso de Europa para reconocerse en su identidad y en el idioma que la ha estructurado en su idiosincrasia civilizadora. Escribir y hablar en latín nos haría buenos, como Cicerón. Y obscenos, como Catulo. Y conmovedores, como Virgilio. Y profundos, como Lucrecio, aunque este monumento de la lengua latina nunca se hubiera engendrado sin la evangelización de Catón (234-149 antes de Cristo) y de Plauto (250-184 antes de Cristo). Sujetaron ellos las columnas del idioma, predispusieron el primer hálito de un prodigio que ha sobrevivido mucho más allá de su tiempo y de su espacio. Lo demuestran las misas pontificias y las patadas que le damos al diccionario latino (de motu propio, a grosso modo, el quiz de la cuestión…), tanto como lo hacen la adhesión al idioma en que llegaron a significarse por los siglos de los siglos Patriarca, Milton, Ariosto, Tomás Moro, pero también Rilke, Montale, Beckett, Joyce o Jorge Luis Borges.

“No sin cierta vanagloria, había comenzado en aquel tiempo el estudio metódico del latín”, escribió el sabio argentino. Evoca la frase Gardini al inicio de su ensayo. O habría que decir en el incipit, pues cualquier libro está lleno de expresiones y abreviaciones latinas (circa, sic, op. cit.), como los garbanzos que el profesor italiano nos ha puesto por delante para seguir el camino hacia “la plenitud cultural” y la resistencia ciceroniana.

“Hay que estudiar latín”, concluye Gardini, “no sólo para disfrutar, sino además para educar el espíritu, para darle a las palabras toda la fuerza transformadora que se aloja en ellas”. Y para entenderse con un cura alemán que está tirado con el coche en la carretera. Y decirle: “Desolatus”.

 

9 febrero 2017 at 6:32 pm 1 comentario

Cartularios de Valpuesta: cuando el latín se hizo español

Clonados por primera vez los códices del siglo IX que contienen los vestigios más antiguos del idioma

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Original del Cartulario de Valpuesta (siglo IX) en el Archivo Histórico Nacional.

Fuente: BORJA HERMOSO  |  EL PAÍS
11 de diciembre de 2016

Bajo una helada del demonio y la mirada escrutadora del arcediano, el pobre monje, temeroso de Dios y de que le tiemble el pulso, copia lentamente en su scriptorium la relación de bienes que generosos donantes han regalado al monasterio. Traza con una pluma de ave mojada en hollín desleído en agua:

“Kaballos”. Donde tenía que poner, o donde hasta entonces ponía, “Caballum”.

Luego escribe: “Molino”. No “Mulinum”. Y “Calçada”, y no “Calciata”. “Pozal”, en lugar de “puteale”. “Iermanis” en vez de “frater”.

En su escritorio y en el de otros monjes, el latín vulgar deja de serlo para convertirse en lengua romance y, más allá de eso, en chispazo de lo que mil años más tarde llamaremos “el español”. Un latín torpe y corrompido por el habla que empieza a desplegarse en los campos y en los mercados, en las iglesias y en los burdeles, abre paso a un idioma nuevo.

Pongamos que hace de esto 1.200 años. Estamos en el arcedianato de Santa María de Valpuesta, en lo que hoy es el nordeste de la provincia de Burgos, a 20 kilómetros de Miranda de Ebro y 45 de Vitoria. Allí, en un lugar que hace más de un milenio fue cabeza de diócesis y hoy alberga una aldea minúscula en el valle burgalés-alavés de Valdegovía, los curas escribas lo anotan todo en unas finas vitelas (piel de ternera o cordero nonato): son las cosas relacionadas con la agricultura, la ganadería, los ropajes, los alimentos, las relaciones sociales, los accidentes geográficos… Son los llamados Cartularios de Valpuesta, también conocidos como Becerros de Valpuesta: según algunos de los mayores expertos en la historia del idioma, las primeras dataciones de voces y grafías en español, anteriores incluso a las Glosas Emilianenses y Silenses.

El Becerro Gótico (o Antiguo) consta de 187 documentos escritos en diferentes momentos por más de una treintena de escribanos entre 804 y 1140. El Becerro Galicano contiene 138 cartas del libro antiguo y tres que no constan en aquel. Todas ellas fueron copiadas —digamos que pasadas a limpio— por el canónigo de Valpuesta Rodrigo Pérez de Valdivielso, en 1236. Es el auténtico disco duro de los primeros balbuceos del español: la copia de seguridad que los monjes de Valpuesta guardaban y actualizaban día tras día sobre todas sus posesiones y privilegios.

Ahora, y por vez primera, estos documentos imprescindibles sobre la evolución del idioma, fijados entre los siglos IX y XII y cuyos originales dormitan en la sección de Clero Regular del Archivo Histórico Nacional, resucitan en forma de clon: la versión facsímil que la editorial burgalesa Siloé está a punto de publicar, con una tirada de tan solo 898 ejemplares y una fidelidad al original que hace difícil distinguir cuál es cuál. “El mayor reto es transmitir al público la edad del pergamino y de la vitela, transmitir esa vejez, que es una vejez dispar, además: documentos del siglo IX mezclados con otros del siglo XI o XII, copiados por diferentes escribanos o monjes. Y como dificultad técnica, imitar unos registros de lengüeta que no habíamos visto en otros libros ni en otros códices, y que son una especie de marcapáginas muy complicados de reproducir”, explica Juan José García, cofundador y editor de Siloé junto a su socio Pablo Molinero. Esta edición de los Cartularios de Valpuesta, que verá la luz en febrero y cuyo coste rondará los 4.000 euros, les servirá como fiesta de celebración: la de los 20 años recién cumplidos.

El sacerdote franciscano Saturnino Ruiz de Loizaga (Tuesta, Álava, 1939) pasa por ser el mayor especialista vivo en el tema. Este experto en temas medievales, teólogo, paleógrafo y archivero del Vaticano vive hoy en Roma. Desde allí explica: “Muchos de estos vocablos constituyen las primeras indicaciones o menciones del idioma castellano. Sin lugar a dudas, las primeras voces escritas en lengua romance se encuentran en el Becerro de Valpuesta”. Ruiz de Loizaga explica así la génesis de los cartularios: “Los escribanos de Valpuesta pretendían redactar todos los documentos en latín; pero, por una parte, carecían del conocimiento profundo de este idioma e incurrían en errores imputables a la lengua que hablaban; y, por otra, se veían forzados a utilizar esta última cuando tenían que consignar términos no latinos o cuyo equivalente latino desconocían”.

Sin ánimo de controversia, el teólogo y paleógrafo alavés no duda en confrontar los papeles de Valpuesta con las Glosas Emilianenses, reivindicadas tradicionalmente como origen del español: “Ramón Menéndez Pidal pensaba que las Glosas habían sido escritas en la segunda mitad del siglo X; pero esa datación no se puede sostener hoy. Las Glosas Emilianenses son probablemente de la segunda mitad del siglo XI, mientras que varias actas del cartulario de Valpuesta se redactaron en el siglo X y puede que alguna en el siglo IX”.

La Real Academia Española (RAE) tomó cartas en el asunto hace seis años. En noviembre de 2010 editó en dos volúmenes los Becerros Gótico y Galicano de Valpuesta, en colaboración con el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua. Los autores del trabajo sostienen en él que los documentos del monasterio burgalés incluyen “términos que son los primeros vestigios del castellano y los más antiguos encontrados hasta ahora”. Desde el otro lado del teléfono, el entonces vicedirector de la RAE José Antonio Pascual, que lleva actualmente las riendas del Instituto de Historia de la Lengua de La Rioja, explica así la relevancia de los Cartularios: “Hasta el siglo XIII prácticamente no se escribe en lengua romance, así que estos documentos, que son de los siglos IX, X, XI y XII, son importantísimos, ya que en esos siglos van surgiendo muchas palabras y grafías, muchos gestos de escritura que van detectando cómo es el romance de esos momentos”.

El académico salmantino dice que espera con impaciencia la primera edición facsímil de los Cartularios: “Una edición facsímil, un clon, es de un valor extraordinario para los filólogos, los historiadores y los paleógrafos, porque podemos comprobar si algunas lecturas de aquellos documentos pueden cambiarse o no”. ¿Y las controversias político-culturales entre el Gobierno de La Rioja y la Junta de Castilla y León sobre si son las Glosas o los Cartularios los documentos que han de ser citados como chispazos primigenios del idioma?: “Explotar estas cosas es un disparate, atiende sobre todo a razones políticas y turísticas y da mucho juego pero evidentemente los filólogos no podemos pararnos a pensar en eso. Hay personas que siempre quieren salir en la foto diciendo ‘aquí nació el español’. Pues muy bien, pero los filólogos pasamos de eso”.

AQUELLAS PALABRAS QUE CAMBIARON LA LENGUA

BORJA HERMOSO

Son numerosos los ejemplos de palabras que, como recogen los Cartularios de Valpuesta, pasaron del latín vulgar a la lengua romance origen del español entre los siglos IX y XII. Estas son algunas:

Cuenca, en lugar de conca.

Fuero, en lugar de forum.

Fresno, en lugar de fraxinum.

Concejo, por concilium.

Piele, por pellem.

Madera, en vez de matera.

Algunos ejemplos concretos de contexto de este tipo de trasvases idiomáticos:

Año 939: una mujer de Alcedo (Álava) de nombre Guntroda dona al monasterio de Valpuesta una viña y en cambio le viene dado un potro castano et una piele (un potro castaño y una piel). Potro deriva del latín pultrus.

Año 944: aparece kasa en vez de domus; capo (cabezal) en vez de caput; matera (madera) en vez de lignum; eglesia en vez de ecclesia; carne en vez de caro; serna en vez de senera; ganato en vez de pecus.

Año 950: Manzanos en vez de pomíferos o pomares; perare (peral) en vez de pirus; y surgen voces como cassios (quesos) o iermanos (hermanos).

 

11 diciembre 2016 at 2:13 pm Deja un comentario

Carlos García Gual: Los clásicos nos hacen críticos

Las grandes obras nos ayudan a entender aspectos esenciales de la condición humana: su mensaje se reinterpreta con los años, abre nuevos horizontes y moldea a personas más críticas e imaginativas

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ELIOT ERWITT (MAGNUM / CONTACTO)

Fuente: CARLOS GARCÍA GUAL  |  EL PAÍS
21 de octubre de 2016

Como señala Alfonso Berardinelli, los libros que calificamos de “clásicos” no fueron escritos para ser estudiados y venerados, sino ante todo para ser leídos (Leer es un riesgo, traducción de S. Cobo; Círculo de Tiza; Madrid, 2016). El renovado y largo fervor de sus lectores ha dado prestigio a algunos libros que se mantienen vivos a lo largo de siglos. Acaso por eso hay quien cree que esos escritos de otros tiempos no son de fácil acceso, son inactuales y se han acartonado por la distancia y están mantenidos por una retórica académica. Contra tan vulgar prejuicio me parece excelente el consejo de Berardinelli: “Quien lea un clásico debería ser tan ingenuo y presuntuoso como para pensar que ese libro fue escrito precisamente para él, para que se decidiese a leerlo”. Sin más, cada clásico invita a un diálogo directo, porque sus palabras no se han embotado con el tiempo, y pueden resultar tan atractivos hoy como cuando se escribieron, para quien se arriesga a viajar sobre el tiempo con su lectura.

Leer un clásico no presenta mayor riesgo que la lectura de algo actual de cierto nivel literario. Es decir, exige una vivaz atención, y tal vez cierta lentitud, para llegar a captar con precisión lo que nos dice por encima de los ecos de su trasfondo de época. Más allá de las convenciones de estilo, lo que caracteriza a un libro clásico es el hecho de que pervive porque fue interesante y emotivo y capaz de sugerir apasionadas lecturas al lector de cualquier época. Classicus quería decir en su origen “con clase” o “de primera clase”, según los mandarines de la crítica; pero los grandes clásicos no requieren lectores muy selectos ni con título especial, sino inteligentes y despiertos, porque versan sobre aspectos esenciales de la condición humana. Un libro clásico es el que puede releerse una y otra vez y siempre parece inquietante y seductor porque nos conmueve y cuestiona, a veces en lo íntimo, y, como escribió Italo Calvino, “siempre tiene algo más que decir”. Por eso se ha salvado del gran enemigo de toda cultura: el abrumador olvido (hablo de los libros, pero vale lo mismo para los clásicos de la música o de otras artes).

Creo que hay dos tipos de clásicos: los universales (que mantienen su vivaz impacto incluso a través de sus traducciones) y los nacionales (aquellos cuyo prestigio va ligado a la frescura y belleza de su lengua original). Así, Cervantes, Shakespeare y Tolstói resultan del primer grupo; y Góngora y Ronsard, más bien del segundo. Es evidente que la lista canónica puede variar según épocas. Solo los clásicos más indiscutibles han sobrevivido a las varias fluctuaciones de la cotización crítica. Virgilio y Horacio permanecen, mientras que Estacio ha desaparecido desde fines de la Edad Media, y el fabulista Esopo, ya en el siglo XX. Los clásicos más antiguos de Occidente son los griegos, que ya los romanos leían como tales y modélicos.

Homero, Virgilio, Platón son mucho más cercanos de lo que se pudiera imaginar. Se han salvado del gran enemigo de toda cultura: el olvido

Y en su pervivencia los clásicos no viven momificados, sino que renuevan su mensaje. Porque la interpretación no está fijada, sino varía según las lecturas en una tradición que no sólo los conserva, sino que los reinterpreta. No leemos El Quijote como los lectores del XVII. La tradición literaria posterior puede modificar nuestra percepción de los temas y personajes descubriendo perspectivas diversas. Incluso cada lector puede matizar su reinterpretación. Después de leer a Kafka advertimos rasgos prekafkianos en autores antiguos. (Eso sucede también con los héroes míticos. La tradición renueva máscaras sobre figuras literarias; como sucede con Prometeo, Edipo, o Fausto y Don Juan, por ejemplo).

Por otra parte, también los logros de los estudios históricos nos hacen comprender mejor un texto, al descubrir nuevos aspectos de su contexto y su formación. Pensemos, por dar sólo un ejemplo destacado, en todo lo que sabemos hoy del mundo que evocan y el contexto en que surgieron los poemas homéricos, es decir, sobre la Ilíada y la Odisea. Ahora conocemos la época en que se forjaron esos cantares y el modo de componerlos mucho más que lo que sabían los eruditos de hace siglo y medio, y mucho más de lo que pensaban al respecto Platón y los filólogos de Alejandría. Nuestro conocimiento ha progresado gracias a tres audaces personajes: Heinrich Schliemann (que descubrió las ruinas de Troya), Milman Parry (que estudió la técnica de la épica oral arcaica) y Michael Ventris (que descifró el silabario micénico B). Ninguno de ellos era un académico ni un filólogo profesional, pero con sus estupendos logros abrieron un nuevo horizonte a nuestra mirada sobre lo homérico. Gracias a los nuevos datos arqueológicos conocemos mejor esa Edad Oscura que, en su nostalgia hacia un pasado más glorioso, dio un impulso decisivo a la épica con el canto y culto de los héroes micénicos.

Y, sin embargo, por encima de todos esos estudios, lo esencial respecto a la pervivencia de Homero sigue siendo la inigualable fuerza narrativa de su poesía. Lo que mantiene nuestra lealtad a la Ilíada y la Odisea como perennes clásicos no es su trasfondo histórico ni el manejo magistral de fórmulas y epítetos de larga tradición oral. Es la magnánima recreación con que un poeta recuenta los mitos heroicos a la vez que da a ese legado mítico una honda perspectiva trágica con figuras inolvidables. Es la sensibilidad del lector la que salva del olvido ese mundo de fascinantes héroes y fabulosos dioses, como hizo a lo largo de tantos siglos y tantas modas.

Hay evidentemente clásicos más fáciles de leer, es decir, textos en los que el lector entra fácil y queda pronto atrapado por su singular encanto, claro estilo y su fantasía o su emotividad. Por ejemplo, la Odisea, los poemas de Safo, Heródoto, El banquete de Platón o El asno de oro de Apuleyo, por citar sólo autores antiguos. Otros cuestan más, e incluso pueden producir cierto rechazo cuando están mal elegidos o forzados como lecturas obligatorias en edades inoportunas, arduos y difíciles de entender. Sin embargo, lo característico de los clásicos, bien elegidos y enfocados, es que su lectura deja siempre en la memoria un poso, una huella terca en nuestra imaginación, y aguzan nuestra mirada sobre aspectos importantes de la vida.

La escuela aún conserva su gran papel de difusión, pero de forma mutilada y desalentada

De todos modos hay que reconocer el gran papel que tradicionalmente la escuela asumía en la conservación y difusión de esos libros de largo prestigio. Aún lo conserva, pero de forma mutilada y desalentada. Que la escuela debe enseñar qué significan —para nosotros— los grandes libros, y estimular su lectura con entusiasmo para la formación del gusto y la crítica personal, no lo creen algunos pedagogos ni siquiera los políticos del ramo, poco ilustrados. Esas lecturas tropiezan con muchos obstáculos: planes de enseñanza que reducen la de la literatura a mínimos y profesores con escasa simpatía hacia textos de otras épocas. Muy bien lo analiza Marc Fumaroli en La educación de la libertad (Arcadia; Barcelona, 2007). Por otro lado, nuestros estudiantes, acaso con excepción de los más jóvenes, no frecuentan los libros de muchas páginas, atrapados por mensajes mínimos y raudos en diversas pantallas.

Los clásicos son inactuales: justamente eso es lo más valioso: hablan de cosas que están más allá del presente efímero, y abren otros horizontes y ofrecen ideas sobre el mundo que van mucho más allá de lo actual y cotidiano. Y nos hacen críticos, escépticos y más imaginativos.

Volviendo a algo ya apuntado. Leer a los clásicos debería acaso iniciarse en la escuela, pero es importante releerlos a lo largo de la vida, porque vuelvo a subrayar que siempre podemos entablar o proseguir el diálogo con ellos. Un curioso ejemplo es el de David Denby, que cuenta su personal experiencia en Los grandes libros (Acento; Madrid, 1997). Editor y escritor de éxito, decidió ensayar una curiosa experiencia: volver a los leer a fondo los clásicos. “En 1991, 30 años después de matricularme en la Universidad de Columbia, volví a las aulas, me senté entre los estudiantes de 18 años y leí los mismo libros que ellos. Juntos leímos a Homero, Platón, Sófocles, Kant, Hegel, Marx y Virginia Woolf. Aquellos libros…”. Me parece un ejemplo digno de imitarse: una aventura de escaso gasto que vale la pena ensayar. No es fácil: en ninguna universidad española hay cursos sobre los libros de esa lista. Pero cada uno puede intentarlo. Los clásicos siguen ahí, aún nos hablan y son de trato amable.

Carlos García Gual es catedrático de Filología Griega en la Complutense. Sus últimos libros son Historia mínima de la mitología, Sirenas: seducciones y metamorfosis y El zorro y el cuervo.

 

23 octubre 2016 at 9:00 am Deja un comentario

Mary Beard considera “fundamental” el estudio de las Humanidades para formar a la ciudadanía

La ganadora del Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2016, la historiadora Mary Beard, ha pedido un mayor compromiso de las Administraciones con el estudio de las Humanidades en los programas educativos. Considera que es “fundamental” para construir la sociedad.

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Mary Beard (EUROPA PRESS)

Fuente: EUROPA PRESS  |  20minutos.es

OVIEDO, 18 de Oct.- Beard ha sido la primera galardonada en comparecer en rueda de prensa en la XXXVI edición de los Premios Princesa de Asturias que cada año concede la Fundación de mismo nombre. La historiadora ha dedicado sus primeras palabras a todos los que trabajan en el estudio del mundo antiguo, y ha lamentado que esta materia parezca “optativa” y prescindible en épocas de austeridad.

Las Humanidades, ha dicho, corren el riesgo de parecer “bonitas pero no necesarias” y la labor de quienes las estudian es “afirmar y defender la idea de que el estudio de la Historia y las Humanidades no es un extra optativo que está bien cuando las vacas vienen gordas y que se pueden suprimir en vacas flacas”.

A su juicio, “sería horrendo” imaginar un grupo de ciudadanos que crezcan “sin ningún sentido de pensamiento y análisis históricos” o sin cultura literaria. “Las Humanidades no son gratis ni baratas, pero son fundamentales para crear el tipo de ciudadanía que queremos tener”, ha resumido, para defender después que las Humanidades van “de la mano” con la inversión en ciencias. “No queremos un mundo en el que haya cambios enormes y progresos tremendos en las tecnologías que no vayan acompañados de la existencia de filósofos que nos ayuden a dar sentido a todo esto”, ha afirmado.

“LA HISTORIA ES ALGO QUE TENEMOS QUE AFRONTAR”

La historiadora, al ser preguntada por la recuperación de la memoria histórica en España, ha establecido un paralelismo con el imperialismo británico, afirmando que la historia “es algo que tenemos que afrontar”. “No podemos hacer ‘photoshop’ de las cosas que no queremos ver y dejar de examinar los componentes porque va en contra de lo que es la historia”, ha subrayado. “No vamos a adelantar nada corriendo un tupido velo, es incómodo pero es así”, ha dicho.

Así, ha hecho referencia a la retirada de una estatua de un benefactor de Oxford y personalidad relevante del imperialismo británico. Beard ha explicado que un sector quería retirar la estatua para no rendir homenaje “a un hombre así” pero que, por otro lado, es necesario mirarle “cara a cara” y darse cuenta de que de él ha procedido parte del dinero con que cuenta Oxford. “Salvo que se examine esto no vamos a poder progresar”, ha señalado.

Catedrática de Clásicas en la Universidad de Cambridge y miembro del Newnham College, es una de las especialistas sobre la Antigüedad más relevantes y una de las intelectuales británicas más influyentes. El jurado encargado de conceder el premio ya ensalzó en mayo de este año su “sobresaliente contribución al estudio de la cultura, de la política y de la sociedad de la antigüedad grecolatina”, valorando su capacidad para integrar el legado del mundo clásico en el presente.

“HAY QUE ACEPTAR QUE LA DISCRIMINACIÓN ESTÁ INTEGRADA EN LA CIVILIZACIÓN”

La historiadora, conocida también por sus ideas sobre el feminismo, ha observado con “no demasiado pesimismo” la situación en occidente y en concreto en Europa, respecto a la discriminación de las mujeres. Así, ha recordado que se ha vivido una revolución del poder femenino. “Cuando era estudiante solo el diez por ciento eran mujeres, y ahora son el 50 por ciento”, ha destacado.

Aún así, ha reconocido que aún queda mucho camino por recorrer, no sin asumir que “la discriminación está integrada en la civilización occidental”. “Algún día podremos decir que una mujer es ambiciosa y que sea un elogio, pero hoy en día no es así”, ha lamentado.

En este punto se ha referido a amenazas que ella misma ha recibido a través de las redes sociales por su trabajo y ha incidido en que los discursos antifeministas y “antimujer” los esgrimen “los tristes, borrachos y desinhibidos”. Lo importante, ha dicho, es mirar cara a cara a estas personas “y decir, cállate”.

 

19 octubre 2016 at 12:50 pm 1 comentario

El internado masculino donde sólo se habla latín y griego antiguo

El Zaragozano Guillermo Mora, de 17 años, es el único español en la exclusiva academia Vivarium Novum de inmersión lingüística en latín

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Puerta de entrada a Villa Falconieri, sede de la academia Vivarium Novum

Fuente: SARA POLO  |  EL MUNDO
13 de octubre de 2016

Como si de una máquina del tiempo se tratara, cuando uno cruza las majestuosas puertas de este antiguo palacio a 20 km de Roma, todo vuelve al pasado. En sus antiguos palacetes se estudia Filosofía Antigua; Literatura, Música y Poesía Clásicas; Historia Romana… Los muros de esta villa que enamoró al papa Pablo III en el XVI, y que debe su arquitectura actual al barroco Francesco Borromini conservan intacto el espíritu del Renacimiento. Pero ojo, un espíritu en plena efervescencia juvenil.

Cada año, 38 estudiantes de todas partes del mundo reciben una beca que cubre su estancia, durante un curso escolar, en la academia Vivarium Novum. Vivirán en villa Falconieri, se formarán en humanidades… Y sólo hablarán latín. Bueno, a excepción del tiempo de clase de griego antiguo, claro. Una auténtica inmersión lingüística en la cuna del latín. Un viaje al Renacimiento con todos los gastos pagados. Una oportunidad de oro para los apasionados de la Antigüedad.

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Guillermo Mora devoró La guerra de las Galias de Julio César con 13 años, y desde entonces no ha dejado de leer a los clásicos. Con Platón y Salustio en la mesilla y casi por sorpresa, este verano fue seleccionado para vivir la experiencia Vivarium Novum. “Siempre me ha encantado la Historia, pero realmente sólo he estudiado latín desde 4º de ESO, como todo el mundo”, explica.

Fue todo pura casualidad. La convocatoria de las becas llegó a su colegio y el profesor de latín lanzó el órdago en clase: “¿Algún interesado?”. No fue inmediato, pero la idea se quedó ahí, en su cabeza llena de letras clásicas, de guerras antiguas y de Italia, de mucha Italia. “Apuré el plazo”, confiesa, al otro lado del teléfono, “pero pasé la primera criba y, después, la entrevista por Skype”. Le preguntaron qué autores había leído, cuánto tiempo llevaba estudiando latín y griego, y qué valores de la cultura clásica aplicaría a la actualidad. Querían un humanista, y allí lo tienen.

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Habla con FCINCO cuando lleva apenas una semana de adaptación a su nueva vida, ésa que sólo le habla en latín. Son 28 los recién llegados de su nivel. “Hay gente de Inglaterra, de Francia, de Holanda, de Serbia, de Arabia Saudí, de EEUU, de Colombia, de México…”. Eso sí, todo chicos. Vienen de todas partes del mundo, pero Guillermo es el único español: “El primer día pensaba: ‘¿Pero dónde me he metido?'”.

Ahora, poco a poco, la cosa va mejor. Con un poco de trampa, porque se junta mucho con los latinoamericanos, pero los profesores hacen la vista gorda los primeros días. A medida que vayan adquiriendo nivel, la norma será estricta: sólo latín, dentro y fuera del aula.

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Y es que Vivarium Novum es, como su nombre indica, un auténtico vivero de nuevos humanistas. Funciona como un internado, casi como un monasterio. “A las 8:15 desayunamos y, después, por grupos, recogemos la mesa, fregamos, barremos el suelo… Hay personal de cocina, pero de la limpieza nos encargamos nosotros”, cuenta Guillermo.

Viven en el palacio junto a los profesores, y tienen un régimen estricto de cuatro clases al día, cada una de una hora y media. “Muchas clases y poco tiempo libre, de lunes a sábado”. Pueden salir de la villa, pero tienen que volver para la cena. El domingo, aprovechan para ir conociendo Roma. No hay mejor práctica para lo estudiado en el aula.

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Esta academia, única en el mundo, nació en 1998 en una pequeña localidad cerca de Nápoles, en los verdes valles de Irpinia. Tenía el objetivo de recuperar, al menos en aquel espacio -al que se refieren internamente como “la verdadera res publica“- aquellas escuelas humanistas del Renacimiento. “Esto del mundo clásico es muy friki”, dice Guillermo, que sin embargo subraya que él es de los menos intensos. “También soy de los más jóvenes…”.

De los bucólicos paisajes de la campania, Vivarium Novum se trasladó al terrenal centro de Roma, y el año pasado el Estado italiano cedió a su academia la villa renacentista en la que este zaragozano cumplirá 18 la próxima navidad. ¿Y después? “Hablaré latín y griego, un plus para mi currículum, y más cuando quiero dedicarme a la investigación arqueológica”, reflexiona. ¿Quién no estaría tentado de estudiar Humanidades en la mismísima Roma?

 

14 octubre 2016 at 10:21 am 1 comentario

El ocaso de las humanidades. Sobre la situación del latín y el griego

 

Fuente: David Hernández de la Fuente | LA RAZÓN
27 de septiembre de 2016

Los sistemas educativos modernos de la Europa de las naciones, nacidos en el siglo XIX, como por ejemplo la universidad alemana de W. von Humboldt o la tradición intelectual de la enseñanza anglosajona, corrieron parejas con el surgimiento de las ciencias de la antigüedad como disciplina autónoma

Las humanidades clásicas han sido el corazón de toda la civilización occidental no sólo desde el Renacimiento a esta parte, sino, huelga decirlo, desde la fundación de las universidades medievales de los studia humaniora. Los fundamentos de toda la cultura europea se basan a través de los siglos en los cimientos que proporcionan los textos en las dos lenguas llamadas clásicas en Occidente, que son en latín y griego, en su literatura y su historia. Su estudio tiene antiguas raíces, pues el concepto de «clásico» se asentó ya en el mundo romano en busca de modelos de educación y cultura. Es sabido que los diversos renacimientos de la cultura clásica que en el mundo han sido –los renacimientos bizantinos o el italiano, que reabrió las puertas al griego en Occidente– facilitaron una revolución cíclica de las ideas y de la estética. Más tarde, también la Ilustración, el Romanticismo o las Vanguardias, como nuevas vueltas de tuerca sobre los ideales de la cultura clásica, han modelado Europa sucesivamente. Ya fuera por imitación, reacción o subversión, cualquier cambio importante en las corrientes de pensamiento o de creatividad en Occidente ha estado condicionado, cuando no firmemente enraizado, en una relectura de los clásicos grecolatinos que han marcado nuestra historia. Los sistemas educativos modernos de la Europa de las naciones, nacidos en el siglo XIX, como por ejemplo la universidad alemana de W. von Humboldt o la tradición intelectual de la enseñanza anglosajona, corrieron parejas con el surgimiento de las ciencias de la antigüedad como disciplina autónoma. Los soldados del Imperio británico recorrieron medio mundo con Horacio y Homero en la mochila en el original y una anécdota del soldado y escritor británico Patrick Leigh Fermor, recitando versos latinos de memoria con su prisionero de guerra nazi en la Segunda Guerra Mundial, lo que da fe de hasta qué punto el griego y el latín eran idiomas comunes de la Europa culta. Nuestro país, pese a su gloriosa universidad renacentista, que produjo maravillas como la Biblia Complutense, llegó tarde al clasicismo moderno: aun así, la generación de filólogos clásicos de nuestra postguerra fue admirada en toda Europa.

Entonces, ¿qué ha pasado en la España de hoy para que el latín y el griego sean sinónimo de algo caduco, inútil y pasado de moda? Por algún extraño prejuicio las lenguas clásicas han sufrido un desprecio constante desde finales de los sesenta. Este progresivo desprestigio fue a la par con un paulatino arrinconamiento en las sucesivas reformas de planes de estudios de Secundaria e incluso en universidad y se ha justificado en la errónea idea de que son saberes poco prácticos, lejos del énfasis actual en lo inmediatamente productivo. Nada más lejos de la realidad si se entiende que el estudio de las lenguas clásicas es un ejercicio continuado de reflexión, atención y análisis en el que entre en juego el pensamiento lógico, analítico y creativo. ¿Qué mejor que este tipo de aprendizaje para una ley como la LOMCE, que en su segunda línea manifiesta que la enseñanza debe ir dirigida «a formar personas autónomas, críticas, con pensamiento propio». Es cuando menos paradójico que una ley que esto propugna arrincone las enseñanzas que mejor cumple ese objetivo.

Aunque el bachillerato LOMCE contempla una modalidad de «Humanidades y Ciencias sociales», a su vez bifurcada en los itinerarios de Humanidades y Ciencias Sociales, la realidad es que el itinerario de Humanidades ha quedado desvirtuado toda vez que el griego no es obligatorio para el Bachillerato de Humanidades y es ofrecido de forma residual y en concurrencia con otras asignaturas como Historia del Mundo Contemporáneo, Literatura Universal y Economía. Por su lado, el latín ha visto reducido su campo de acción al quedar restringido sólo al itinerario de Humanidades y no al de Ciencias Sociales, cuando es una enseñanza clave en estudios superiores de la rama de las Ciencias Sociales (léase, Derecho). Esta restricción y esa pérdida de peso de las lenguas (y literaturas) clásicas hace que, aunque nominalmente la palabra Humanidades aparezca contemplada en los planes de estudios, lo que en realidad se esté ofreciendo sea una versión devaluada de esos estudios.

Ahora las clásicas –en concreto el griego– reciben una nueva estocada en la secundaria madrileña. Si hasta ahora las instrucciones de inicio de curso blindaban la precariedad de los estudios clásicos concediendo la apertura de un grupo de griego o latín con menos de 15 alumnos, desde este curso desaparece la protección a las lenguas clásicas (que sigue, en cambio, en lenguas como el francés), siendo de carácter excepcional la apertura de grupos por debajo de este número. Si con esta medida el latín peligra, el griego está directamente a los pies de los caballos, al no ser de estudio obligado en ningún itinerario, lo que provoca que los funcionarios con plaza se vean desplazados de sus centros y obligados a impartir otras especialidades. No menos importante es el hecho de que los alumnos con vocación humanística no puedan cursar latín y griego, y menos veces aún juntos, con este número mínimo. En el mosaico caótico de las autonomías, hay excepciones honrosas: en Castilla y León la asignatura de Cultura Clásica se enseña de forma obligatoria en Secundaria, y en Cataluña, donde se sigue protegiendo al latín y al griego al no establecerse un mínimo de alumnos para cursarlos: ¿por qué no Madrid?

Merece la pena hacer hincapié en que, aunque las diversas reformas y prejuicios las hayan convertido en minoritarias, el latín y el griego son el núcleo de las humanidades, y que sin ellas es difícil afrontar de forma rigurosa estudios humanísticos y mucho menos comprender nuestra propia historia e identidad. Hagamos algo para frenar esta vergonzosa decadencia de las lenguas clásicas en España, que mucho tienen que ver, me temo, con la decadencia de las humanidades en general.

 

27 septiembre 2016 at 4:23 pm Deja un comentario

¿Quién dijo que el latín ha muerto?

El aragonés Guillermo Mora es el único español que ha conseguido una beca para estudiar en la academia romana Vivarium Novum

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El aragonés Guillermo Mora es el único español que ha conseguido una beca para estudiar latín en la academia romana Vivarium Novum. Aránzazu Navarro

Fuente: P. Puebla > Zaragoza  |  Heraldo.es
25 de septiembre de 2016

Irse a estudiar un año a otro país ya apenas resulta sorprendente, pero si el protagonista tiene 17 años y se va como interno a un palacio renacentista romano donde solo se hablan latín y griego antiguo… la cosa cambia.

A su edad, el zaragozano Guillermo Mora destaca por ser un apasionado de la literatura clásica. A los 13 años se leyó ‘La Guerra de las Galias’ de Julio César y desde entonces no ha dejado de devorar las obras de autores como Salustio o Platón. Gracias a ese interés por el mundo antiguo, acaba de conseguir una de las 28 becas que otorga a nivel mundial la única academia del globo que fomenta una inmersión absoluta en las lenguas y la cultura clásicas.

La academia italiana Vivarium Novum es un centro de estudios creado a imagen y semejanza de las antiguas escuelas humanistas renacentistas. Para empezar, allí todo el mundo habla latín. Los profesores imparten en esa lengua todas las asignaturas (excepto la de griego clásico) y los alumnos, como son todos de distintos países, debaten, se comunican y crean vínculos entre ellos en un riguroso latín.

Un reto que no asusta al zaragozano: “Al llegar todos tenemos un nivel muy limitado pero me han dicho que al haber tres o cuatro horas diarias de clase en latín, al cabo de un mes ya podemos hablar entre nosotros sin demasiados problemas”, comenta Guillermo a apenas una semana de poner rumbo a la capital italiana.

Tras terminar el Bachillerato y la selectividad con una media de 11,25 en el colegio Sagrado Corazón de Jesús, Guillermo pensaba empezar la carrera de Historia en la Universidad de Zaragoza. No se imaginaba que la Vivarium Novum fuese a aceptar su solicitud y a seleccionarlo entre los candidatos de todo el mundo. De hecho, es el único español que lo ha conseguido y aún no se explica del todo el por qué.

“No pedían nota ni nada muy específico. Solo saber cuánto tiempo llevaba estudiando latín y griego y qué autores y obras había leído”, cuenta Guillermo. El estudiante se enteró de la existencia de estas becas por su profesora de latín del Bachillerato. Envió una carta de motivación en mayo y, tras pasar una primera fase de selección, tuvo que enfrentarse a la parte más complicada, la entrevista por Skype. “Entonces sí me hicieron preguntas más rebuscadas. Querían saber, por ejemplo, qué valores del mundo clásico aprecio más y como los trasladaría a la actualidad. Cosas así que fui contestando sobre la marcha”.

Y debió de contestar bien, porque gracias a esa entrevista el zaragozano aparcará durante un año sus planes de empezar Historia y dedicará el próximo curso a sumergirse de lleno y a gastos pagados en la literatura, la filosofía , la historia y la poesía antiguas. Además de, claro, adquirir un nivel avanzado de latín y griego. Lenguas que considera que pueden resultarle de mucha utilidad en el futuro: “Me gustaría dedicarme a la investigación arqueológica o a algo parecido y para eso tener latín y griego en mi currículum es un plus muy importante”. Y, si todo va bien, Guillermo tendrá la posibilidad de prolongar su beca otro año y compaginar las materias de la Academia con la carrera de Clásicas en la Universidad de Roma.

 

26 septiembre 2016 at 7:36 am 1 comentario

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