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El mito de Caronte, el barquero infernal en el que se inspiró Harry Potter

Casualidad o no, J.K. Rowling pudo beber, sin saberlo, del ambiente que recrea la historia de la manida leyenda

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Fuente: LUCÍA M. CABANELAS > Madrid  |  ABC
13 de noviembre de 2016

¿Qué pueden tener en común Harry Potter y la mitología griega? Aparentemente, nada. Las diferencias son más que evidentes. El niño mago, filón inagotable de la literatura contemporánea, difiere, tanto en forma como en contenido, de la tradición inoculada generación tras generación en la cultura helénica.

Sin embargo, puede que inspirada por el misterio que sugiere la mitología griega, la creadora del universo mágico, J.K. Rowling, pudo beber, sin saberlo, del ambiente que recrea la historia del barquero infernal, una de las leyendas más manidas, referenciada hasta la saciedad en películas (incluso animadas, como «Hércules») y protagonista involuntaria de «discusiones» dialécticas entre Virgilio y Dante.

Según el mito, Caronte guiaba a los muertos de un lado a otro del río Aqueronte (o la laguna Estigia tal y como precisaba Virgilio en su «Eneida»).

Si bien es cierto que ninguna de las figuras de la saga mágica replica la figura del barquero de Hades, una escena de la película «Harry Potter y el misterio del príncipe» (y también del libro) recuerda sustancialmente a ese inframundo por el que Caronte navegaba, guardián tacaño del Dios de los infiernos.

Un lago oscuro, tétrico, una barca hundida, y muertos.

«Ante ellos surgió un panorama sobrecogedor: se hallaban al borde de un gran lago negro, tan vasto que Harry no alcanzó a divisar las orillas opuestas, y situado dentro de una cueva tan alta que el techo tampoco llegaba a verse. Una luz verdosa y difusa brillaba a lo lejos, en lo que debía ser el centro del lago, y se reflejaba en sus aguas, completamente quietas. Aquel resplandor verdoso y la luz de las dos varitas eran lo único que rompía la aterciopelada negrura, aunque no iluminaban como Harry habría deseado. Por decirlo de alguna forma, se trataba de una oscuridad más densa de lo habitual».

Así recrea Rowling la visita de los dos magos a la Cueva del Horrocrux, donde Voldemort había escondido una parte de su alma en el guardapelo de Salazar Slytherin. No tenían que pagarle al barquero de Hades un óbolo por el viaje, la ida en esta ocasión era gratis. Sin embargo, una vez obtienen el objeto que andaban buscando, el mal se cobra su precio. La muerte acecha y a punto está de acabar con la vida del director más mítico de Hogwarts, y de repente los problemas se multiplican. Multitud de cadáveres emergen del agua. Los inferi, criaturas revividas a través de la magia oscura, atacan a Harry Potter y ni su bullir de hechizos primerizos, «Petrificus totalus, sectumsempra… —tantas aventuras para acabar empleando siempre los mismos sortilegios— logran neutralizarlos.

Y, como en todo inframundo, el simbólico fuego.

Entonces, cuando la esperanza se escurre como la luz en la sombría cueva, «el fuego surgió en la oscuridad, un anillo de llamas rojas y doradas rodeó la isla y provocó que los inferi que sujetaban a Harry oscilaran y perdieran el equilibrio, sin atreverse a cruzar las llamas para llegar al agua». Un moribundo Albus Dumbledore susurra un hechizo que salva, cómo no, la vida del niño que sobrevivió, y sigue haciéndolo. A los superhéroes de moda, al realismo, a la literatura… y a su propia saga, ahora con «Animales fantásticos y dónde encontrarlos», un spin-off que se estrena el próximo 18 de noviembre.

 

13 noviembre 2016 at 6:55 pm Deja un comentario

BEN-HUR (2016). La carrera de carros en vídeo 360º

Fuente: Paramount Pictures

 

18 agosto 2016 at 11:35 pm 1 comentario

El retorno de «Ben-Hur»

Roma vibra con el rodaje del remake del clásico, protagonizado hace 57 años por Charlton Heston

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Escena de la película «Ben-Hur» – ABC

Fuente: ÁNGEL GÓMEZ FUENTES  |  ABC
4 de agosto de 2016

A veces los personajes de leyenda regresan. Ben-Hur, 57 años después del film con Charlton Heston de protagonista, considerada como una de las mejores películas de la histooria del cine –ganó 11 Oscar en 1960- , vuelve a la gran pantalla, tras el remake que se ha rodeado con grandes medios en Roma y en Matera. En septiembre será el estreno en Italia del regreso de la verdadera historia del príncipe que se convierte en esclavo.

Este clásico de la cinematografía mundial, entre el género épico y dramático, conoció su primera versión hace 91 años y en 1959 se estrenó la dirigida por William Wyler, con el legendario Heston, rodada en Roma, producida por Metro-Goldwin-Mayer con el mayor presupuesto que hasta entonces había tenido una película, construyéndose los decorados mas grandes jamás utilizados en una película.

El director Timur Bekmambetov –realizador de «Guardianes de la noche» y «Wanted»- hace una nueva adaptación de la novela «Ben-Hur: Una historia de los tiempos de Cristo» de Lewis Wallace. Bekmambetov, nacido en Kazajistán y nacionalizado ruso, un especialista en film de acción, añade elementos bíblicos de la novela de Wallace eliminados en la película de Heston, que cuenta la historia del príncipe traicionado en paralelo con la historia de Jesucristo, papel interpretado por Rodrigo Santoro.

El nuevo Judah Ben-Hur

El nuevo papel de Judah Ben-Hur lo realiza el joven Jack Huston, nieto del director John Huston. Interpreta el papel de un príncipe judío falsamente acusado de traición por su hermano adoptivo Messala (Toby Kebbell), oficial del ejército romano, y sucesivamente despojado de su título, separado de su familia y de la mujer que ama (Nzanin Boniadi). Ben-Hur tiene que vivir como esclavo e iniciará un viaje para regresar a su patria y lograr su venganza sobre el hermano traidor.

Con relación al premiadísimo Ben Hur de William Wyler, en la nueva adaptación destacan, entre otros, dos elementos: Por un lado, se profundiza en particular en la amistad juvenil entre Ben Hur y Messala, dos grandes amigos que han crecido en una Jerusalén no dominada todavía por el imperio romano y que estarán destinados a ser dos rivales.

Por otro lado, esta nueva versión es más espiritual, es decir, hay más Jesús, según explica el propio protagonista, Jack Huston: «Aunque si bien los temas siguen siendo los mismos, la novedad está en la dimensión espiritual, al haber más Jesucristo (Rodrigo Santoro), y en la visión de cómo Ben-Hur y Jesús entrecruzan sus caminos. No se trata tanto de una conversión al cristianismo como de un despertar del protagonista frente a sus propios errores, sobre cómo aprender a perdonar, sobre su redención. Hemos profundizado sobre qué papel le corresponde a Ben-Hur en el mundo».

Lugar de rodaje

En la película de 1959, buena parte del filme se rodó en los estudios de Cinecittà de Roma. Para llenar las escenas épicas de grandeza colosal, la película de Heston ocupó 300 set de Cinecittà, algunos de ellos procedentes de «Quo Vadis?» y readaptados, filmando durante 14 horas al día.

En esta nueva adaptación, la mayor parte de la película se ha rodado en Matera y obviamente también en Cinecittà. Las escenas externas han durado unos dos meses y se ha hecho también un gran despliegue de medios, con 2.500 extras y otras 400 personas trabajando directamente en la realización del la película, con 100 millones de dólares de presupuesto.

El «efecto Amarcord» ha sido inevitable: Carreras de cuadrigas, centuriones y túnicas por doquier; sobre el Tiber se ha recordado el periodo de oro de Hollywood, del que Charlton Heston era icono ilustre. La pregunta que hoy viene espontánea e inevitable: ¿Por qué realizar nuevamente un clásico que ganó once Oscars?

Palabras de Sean Daniel

El productor Sean Daniel considera que se trata de un filme bíblico en cierta forma nuevo que merecía la pena realizarse porque «muchos jóvenes han visto la película de William Wyler solo en televisión; en muchos países del mundo, con mercados muy grandes, como Rusia y China, la historia es prácticamente desconocida».

Sean Daniel explica dónde están las novedades del remake: «Ben-Hur no ha sido solamente un filme, sino un fenómeno. El nuestro es una nueva adaptación del libro de Walle de 1880. El coguionista John Ridley ha puesto al centro las relaciones de la familia, la fuerza de la fe y sobre todo el perdón, mientras que el original se centraba en la venganza».

Por su parte, el director Bekmambetov insiste también en la nueva visión que se da en Ben-Hur, centrada en valores: «En muchos sentidos, todavía hoy vivimos en ciertas ideas del imperio romano que hacen mover al mundo, como el poder, la avaricia, el ansia de éxito; demasiados se hacen llevar completamente por la ambición y la competición, mientras pocos comprenden que los valores fundamentales son la colaboración y el perdón».

MATERA, LA JERUSALÉN DE BEN-HUR

Para representar la Jerusalén de la época de Jesús y del imperio romano hay un lugar ideal: Matera, con sus antiguas viviendas excavadas en la roca caliza, una bella ciudad de 60.000 habitantes de la región de Basilicata, al sur de Italia, declarada capital europea de la cultura 2019.

Habitada desde el Paleolítico, Matera ha conservado su identidad a lo largo de los siglos. Algunas de sus casas excavadas en las rocas tienen miles de años y recuerdan las construcciones que un tiempo se realizaban en Jerusalén y Oriente Medio. Es fácil incluso hoy respirar la atmósfera del pasado.

Hoy Matera atrae gran turismo por sus iglesias rupestres, que son Patrimonio de la Humanidad. Matera se hizo famosa en todo el mundo después de que Pier Paolo Pasolini filmara en el año 1964 «El Evangelio según san Mateo». Después «Rey David», con Richard Gere de protagonista, se rodó también en Matera en 1985. Otra película, «La Pasión de Cristo», de Mel Gibson, hizo conocer los «Sassi» (las viviendas excavadas en la roca) en todo el mundo.

Muchos otros personajes del cine italiano e internacional han tenido relación con Matera, entre otros Alberto Lattuada, Francesco Rosi, los Taviani, Giuseppe Tornatore, Abel Ferrara y Fernando Arrabal («El árbol de Guernika»).

 

16 agosto 2016 at 7:43 pm Deja un comentario

El gladiador que perdió su atributo

 

Fuente: JACINTO ANTÓN  |  EL PAÍS
19 de julio de 2016

Es sabido que la de gladiador era una profesión de riesgo, aunque las últimas investigaciones apunten a que la carnicería del anfiteatro no era tanta y que a medida que prosperabas en el oficio –si lo hacías- tus posibilidades de supervivencia aumentaban de manera proporcional a las ganancias de tu lanista, tu agente, por así decirlo: nadie quería perder tontamente una buena inversión. Había distintas clases de gladiadores, según su equipamiento, y cada uno tenemos –como tenían los propios romanos- nuestras preferencias por una u otra: tracio, secutor, murmillo, hoplomachus.… Mis favoritos, descontando la gladiatrix en topless identificada por el estudioso de la Universidad de Granada Alfonso Mañas en una estatuilla de bronce, siempre han sido los reciarios, los que luchaban a cuerpo limpio provistos de un tridente (fascina) y de una red para envolver con ella al rival. El ejemplo más conspicuo de reciario (retiarius, por la red, rete), vía Hollywood, es el famoso Draba que pelea a muerte con el Espartaco de Kirk Douglas. Lo interpretaba el actor negro Woody Strode, de 1,93 metros, que había sido jugador de los Rams y desactivador de bombas en Guam durante la Segunda Guerra Mundial (luego se casó con una princesa hawaiana y encarnó a Lumumba y al protagonista de El sargento negro de Ford, del que era amigo).

A diferencia de mí, salvando las distancias, el emperador Claudio no apreciaba nada a los reciarios y los hacía matar siempre que caían al suelo, incluso accidentalmente, porque, en su crueldad –no era el tipo simpático que nos noveló Robert Graves-, le encantaba ver sus rostros desnudos mientras agonizaban. A lo mejor era rabia por tener en casa a Mesalina. El caso es que Claudio era un obseso de los juegos de la arena: organizó novedades como un número sobre Troya (similar al que aparece en Gladiator), combates con panteras, rejoneo tesalio, naumaquias muy vistosas y hasta llegó a enfrentarse él mismo (con la sutil ayuda de la guardia pretoriana) a una orca atrapada en un canal del puerto de Ostia: lo cuenta en su Historia Natural Plinio el Viejo, que fue testigo del episodio.

En fin, se me acaba el espacio con tanta miscelánea y aún no les he dado la importante noticia: el reciario perdió su red. Lo argumenta sesudamente en un artículo en The international journal of the history of sport (?) el citado Mañas, autor de Gladiadores (Ariel, 2013). El reciario era un luchador con buenas opciones (como se ve en el combate Draba-Espartaco): enredaba al oponente en la red y luego le clavaba el tridente o lo apuñalaba. Según Mañas sus perspectivas eran tan buenas que llevaron a la modificación de las defensas de los gladiadores que se le enfrentaban, generalmente el murmillo, con casco rematado por un adorno en forma de pez. El cambio fundamental fue la eliminación de ese saliente, en el que se enganchaba con facilidad la red y la aparición del murmillo contrarede, dotado de un casco liso, y del secutor, especialista en evitar ese arma. Consecuentemente, la red cayó en desuso, más aún porque lo único que servía entonces de verdad al reciario era el tridente, que se maneja mejor con dos manos. Mañas ha revisado 262 representaciones de reciarios desde el siglo I antes de Cristo al V y solo en el 10 % aparece la red, la mayoría antes del siglo II. El estudioso añade que el uso de la red requería un virtuosismo que se fue perdiendo al masificarse la carrera de gladiador, con mucho intrusismo (!) y pasar la edad de oro de los juegos. O tempora, o mores!

 

20 julio 2016 at 9:17 am Deja un comentario

James Cameron, en pos de la Atlántida

El director de ‘Avatar’ grabará un documental en aguas del Mediterráneo sobre la búsqueda de la isla mítica de Platón

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El director de cine en una imagen de archivo. | AFP

Fuente: PABLO SCARPELLINI > Los Ángeles  |  EL MUNDO
15 de junio de 2016

James Cameron siempre ha mostrado una especial fascinación por las profundidades del mar. Quedó claro con su exploración del hundimiento del ‘Titanic’ y el taquillazo posterior, y con la fabricación de un submarino para otros proyectos de gran calado. Ahora se ha unido al documental ‘Search for Atlantis’ en calidad de productor ejecutivo en un proyecto conjunto con el canal National Geographic.

Al parecer, ya se ha empezado el proceso de producción del documental, centrado en explorar aguas de Sicilia, Malta, Creta, Santorini y Sardinia, además de varios puntos de la costa española siempre con la Atlántida en mente, la isla mítica que describió Platón en sus textos ‘Timeo y Critias’.

“Encontrar la verdad histórica y arqueológica detrás del mito de la Atlántida siempre ha sido una de mis fascinaciones”, señaló el creador de ‘Avatar’. “Nuestro equipo investigará nuevas teorías de dónde estaba la verdadera Atlántida, de dónde estaban aquellas personas misteriosas y qué clase de desastre los hizo desaparecer de la Tierra hace tres milenios”.

No es la primera alianza de Cameron con National Geographic. En 2012 trabajaron juntos en otro documental, ‘Deepsea Challenge 3D’, en el que el director se sumergió en la fosa de las Marianas para convertirse en la tercera persona en alcanzar el lugar más profundo de la corteza terrestre con un total de 11.012 metros hacia abajo.

El documental será un especial de dos horas y pretende arrojar luz sobre una causa que lleva siglos de estudio con todo tipo de teorías y ubicaciones en varias partes del mundo. En 1922, el arqueólogo alemán Adolf Schulten llegó a la conclusión de que Tartessos, en el sur de Andalucía, había sido la Atlántida.

Y en julio de 2005, se celebró el primero congreso sobre la materia con varias tesis y la elaboración de una lista de 24 criterios para la localización de la antigua civilización. Cameron, con sus muchos recursos, quiere intentar resolver el misterio.

 

15 junio 2016 at 4:28 pm Deja un comentario

Vuelve Ben-Hur: La Fórmula-1 del Imperio Romano

El ocio en el mundo clásico se entendía como un tiempo para el descanso y el placer. Las carreras de carros en Roma, de actualidad ante el próximo estreno del «remake» de «Ben-Hur», eran uno de los espectáculos favoritos en el Circo Máximo

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Jack Huston (que interpreta a Judah Ben-Hur), en la histórica escena de la carrera de cuadrigas de la superproducción que se estrenará en agosto en EE UU

Fuente: David Hernández de la Fuente  |  LA RAZÓN
22 de mayo de 2016

El concepto de tiempo libre en las sociedades occidentales remite invariablemente al mundo clásico, a Roma y, más allá aún a Grecia, y lo hace en su inicio con un rico trasfondo literario y filosófico, aunque haya derivado en un ocio vacuo y manipulador. Si el vocablo castellano ocio remite al latín «otium» el concepto en griego antiguo se expresaba con una polisémica palabra, «scholé», que ha resultado nada menos que en nuestra «escuela». En Grecia «scholé» significaba, a la vez, tiempo libre e instrucción. Frente a ello, la falta de ocio era la «ascholia» (con la alfa privativa), es decir, el «no-ocio», implicaba un cierto estado de servidumbre de lo físico y lo material. El tiempo libre, en el ideal de los buenos ciudadanos, había que dedicarlo al cuidado del espíritu y de la cultura. Existían, por supuesto, en el mundo antiguo maneras de pasar ese tiempo libre en espectáculos de muy variada índole, desde el teatro y las competiciones deportivas, hasta las representaciones de danza, mimo o juegos de habilidad o lucha. Desde luego, el ocio del hombre de bien, como nos dicen Platón o Aristóteles, era para dedicarlo no a espectáculos serviles que envilecieran el alma, sino a los goces supremos de la especulación científica y filosófica, a la escuela del alma, o al bien colectivo representado por la dedicación desinteresada al gobierno de la polis.

Otra cosa era el atletismo antiguo, que tenía implicaciones religiosas, al celebrarse en el marco de los grandes festivales panhelénicos dominados por las cúpulas dirigentes de todo el mundo griego, y suponía un espectáculo regido por un código ético elevado y elitista. También tenía otra consideración muy diferente, por sus matices políticos y educativos, el teatro en Atenas. Nuestro ocio actual, como se ve, no puede equipararse conceptualmente con un tipo de ocio antiguo, pues este presenta una gran variedad.

En Roma, a grandes rasgos, el ocio se concebía en general como un lapso de descanso y placer, de dispersión del espíritu. A diferencia del mundo griego, en el unitario estado romano, en el que primaban la expansión militar y económica, se dio una organización socioeconómica más compleja, de sostenida y creciente urbanización, diferenciación de sectores sociales y con grandes masas de desocupados «libres», lo que tal vez mantenía a la mayor parte de la población ajena a intereses comunes en el plano de las ideas.

La negación del «otium» romano, es el «neg-otium», de donde deriva «negocio», es decir, trabajo al que se dedicaban negociantes y mercaderes, pero también la gestión de las haciendas de los ricos ciudadanos que gobernaban el estado romano, la llamada nobilitas patricio-plebeya que será el sustento de las cúpulas dirigentes desde la República. Pronto surgió el problema de a qué convenía que cada clase social dedicara el tiempo libre. El ocio del ciudadano romano de pro había de ser empleado, lejos del servicio público y de los ojos de los conciudadanos, en una soledad fecunda que se dedica a la producción de obras literarias, sobre todo de historia o filosofía política, recogiendo el ideal griego de la scholé. Así lo manifiestan las obras de Cicerón y, más tarde, de Séneca sobre el tema. Pero, por otro lado, Roma atestiguará el uso de una especie de ocio popular en forma de espectáculos masivos con arreglo a intereses políticos, para tener controlada a la población con festivales, juegos, carreras y otros espectáculos.

Baños de sangre y muerte

Sin duda dos de los espectáculos favoritos de las masas eran las carreras del Circo Máximo, heredadas del mundo griego, y los juegos gladiatorios, una bárbara derivación de los agones luctatorios del atletismo griego, protagonizada por esclavos, y que acababa en baños de sangre y muerte. Las carreras de carros recogían indirectamente la tradición del olimpismo griego, en el que las carreras en el hipódromo eran el centro de los juegos por su espectacular desarrollo y por ser financiadas por los grandes potentados de la época, que eran realmente los que obtenían el honor y la gloria del triunfo. En Roma, frente a Grecia, era el auriga el premiado y no el dueño de los caballos y el carro, y se convertía en toda una estrella para la sociedad. Las carreras fueron un útil instrumento de dominación social: los ciudadanos más pobres podían acceder a este espectáculo, ofrecido por su líder político, y acercarse al emperador, que se unía de esta manera a su pueblo. El público se organizaba en facciones que apoyaban denodadamente a uno u otro auriga, llegando a protagonizar enfrentamientos violentos. Bizancio heredará la pasión por las carreras de carros de caballos en el famoso Hipódromo de Constantinopla, algunas de cuyas estatuas se pueden ver aun hoy en la Basílica de San Marcos de Venecia. Las facciones del circo constantinopolitano, más rebeldes que las romanas, llegaron a protagonizar sonadas revueltas contra emperadores como Justiniano. El control social se acabaría convirtiendo en descontrol.

Pero el circo romano y todo lo que lo rodea sigue fascinándonos hoy día, ya sea como espectáculo irrepetible o como mecanismo sociopolítico (panem et circenses), en ambos casos como precursor de lo que hoy hay. Pocas recreaciones han sabido captar la fascinante atracción de este espectáculo de masas, entre política, ostentación y entretenimiento, como la famosa y vibrante escena de la carrera de cuadrigas de la película «Ben-Hur» (1959), de William Wyler, protagonizada por Charlton Heston, que ahora ha tenido un «remake» que llegará a las salas de cine este verano y que pretende ser aún más espectacular.

Sin embargo, el concepto de ocio en el mundo antiguo era otra cosa muy diferente al «entretenimiento». Lo que nos cuenta la literatura antigua es que había que aspirar a la scholé griega o al otium cum dignitate encomiado por Cicerón, formativos del espíritu, y alejarse de las masas a las que los poderosos adulaban con fiestas y espectáculos. Roma supone un desarrollo de un ocio mal entendido, como entretenimiento vacío, arma de propaganda, embrutecimiento y dominación. El ocio se comienza a expresar en actividades concretas y colectivas, no ya en términos ideales, regido por la búsqueda de lo inmediato y del placer material y desprovisto de los parámetros de moralidad expresados por los filósofos griegos y latinos. El tiempo libre, en suma, se moderniza notablemente en Roma: se empezará a parecer, de forma precursora, a nuestra idea de ocio, que cada vez, por desgracia, es más alienante y ajena a lo intelectual. Mantener, pues, al pueblo entretenido y lejos de la reflexión parece ser uno de los objetivos del poder en todas las épocas. Otro había de ser el ocio culto del ciudadano.

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Charlton Heston al mando de su carro en «Ben-Hur» (1959)

Un año entero para preparar una secuencia mítica

La película «Ben-Hur» (1959), de William Wyler, contiene la más espectacular recreación de una carrera de cuadrigas de la historia del cine, pendiente de ser superada por su «remake» dirigido por Timur Bekmambetov (2016). La escena de la carrera, que estuvo preparándose durante un año, se inspira a su vez en la secuencia paralela de la primera versión de la película, de Fred Niblo (1925). Históricamente, pese a las licencias habituales, se trata de una recreación bastante fiel del circo y sus elementos clave, que permiten al espectador hacerse una idea de la magnificencia del Circo Máximo y de la potencia política que la comunión entre emperador y pueblo permitía en aquel espectáculo.

Un clásico popular que sigue vendiendo

La novela «Ben-Hur» del escritor Lewis Wallace, publicada en 1880, fue un éxito muy notable de público y tuvo una enorme fama en su tiempo y en la posteridad, gracias en parte al cine. Pese a ciertas carencias literarias que refieren sus críticos frente a otros clásicos de la novela histórica sobre el mundo romano –excelentes son «Quo Vadis», la introspectiva «La muerte de Virgilio» o la inolvidable «Memorias de Adriano»– «Ben-Hur» presenta de forma atractiva una narración que mezcla los aspectos más populares del mundo romano con el elogio del nacimiento del cristianismo. La combinación entre personajes ficticios y reales, así como la paráfrasis de la narrativa de los Evangelios, combinando romanticismo y espiritualidad, son una de las claves de su éxito. El autor dio su visión sobre el Jesús histórico y su contexto y realizó una obra histórica, romántica y a la par apologética que ha gozado del favor del público desde entonces. Lewis Wallace dijo que escribió «Ben-Hur» como una manera de interpretar sus propias creencias acerca de Dios y de Cristo. La novela ha sido muy popular desde su publicación; a menudo aparece en las listas principales de la literatura estadounidense como uno de los libros más vendidos.

David Hernández de la Fuente es escritor y profesor de Historia Antigua de la UNED

 

23 mayo 2016 at 2:13 pm Deja un comentario

La verdad sobre los «Inmortales», los guerreros de élite persas humillados por solo 300 espartanos

A pesar de que han pasado a la historia por el miedo que causaban entre sus enemigos, estaban peor equipados y peor entrenados que sus equivalentes griegos. Jesús Hernández tiene un hueco en su nuevo libro para ellos

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Los «Inmortales», mito y realidad de los guerreros de élite persas – ABC

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC Historia      29/03/2016

Han pasado a los libros de Historia como los «Inmortales». Un nombre que no adquirieron únicamente por sus habilidades militares -que también- sino porque, cuando uno de ellos caía muerto en batalla, se reclutaba inmediatamente a otro soldado para cubrir su baja. Estos guerreros, las tropas de élite del ejército persa durante casi tres siglos, cuentan hoy en día con el curioso honor de haber aparecido en la película «300», donde se les muestra como unos semidioses capaces de aniquilar a destacamentos enemigos con su mera presencia. La realidad, no obstante, es algo diferente. Y es que, más que por militares invencibles, el cuerpo estaba formado por una división de 10.000 hombres que, aunque entrenados y muy válidos en el manejo de las armas, sangraban exactamente igual que los griegos cuando una espada o una lanza les atravesaba el torso. Así lo atestigua el que fueran derrotados en múltiples ocasiones en por los atenienses y los espartanos.

Portada del nuevo libro de Jesús Hernñandez

Portada del nuevo libro de Jesús Hernández

La historia de los «Inmortales», así como otras tantas hasta completar un total de más de 230, se puede leer en el último libro del popular historiador y periodista Jesús Hernández: «¡Es la guerra! Las mejores anécdotas de la historia militar». Una reedición de una de sus obras más vendidas en España en la que es posible encontrar desde curiosidades relacionadas con los espartanos, hasta referencias al siglo XX.

«Aunque pueda parecer que es un libro de anécdotas, en realidad éstas sirven de excusa para conocer la evolución de las tácticas militares, así como hechos históricos poco conocidos, por ejemplo la guerra de Crimea, la de los Bóers o la Ruso-japonesa. El libro supone un repaso ameno y entretenido de toda la historia militar, desde Alejandro Magno a la guerra de las Malvinas. Estoy seguro de que el lector va a descubrir muchas cosas que no sabía y que le va a estimular a conocer más detalles sobre los hechos que ahí describo», explica, en declaraciones a ABC, el prolífico autor (que cuenta en su currículum con más de 20 obras publicadas, así como una infinidad de artículos históricos e intervenciones realizadas en varios medios).

El ejército persa

Cuando los «Inmortales» comenzaron a ganarse sus medallas sobre el campo de batalla, los territorios dominados por los persas abarcaban desde Egipto, hasta el actual sur de Afganistán. Una extensa región imposible de defender por tropas «nacionales» y que llevó a los monarcas de este Imperio a usar un buen número de unidades mercenarias para lanzar ataques sobre sus enemigos (principalmente Grecia) y garantizar que ni un ápice de tierra caía en manos ajenas.

«Las tropas persas eran [escasas] tanto para extender el Imperio como para defenderlo. Los mercenarios, iranios y no iranios, se usaron [por ello] intensamente. Los pueblos iranios de Asia Central -bactrianos, cadusios y saka- eran una fuente importante de ellos. Estas fuerzas podían ser contratadas temporalmente, aunque lo más frecuente era que se mantuviesen de forma permanente o semipermanente. Los ejércitos enviados en operaciones ofensivas, como las invasiones de Grecia, estaban predominantemente compuestos de mercenarios», explica el historiador especializado en Grecia y Roma Philip de Souza en su obra «La guerra en el mundo antiguo».

A pesar de la importancia de los pueblos que ponían su espada al servicio de estos reyes (ya fuera a cambio de dinero o por no ser destruidos), los persas contaban también con un núcleo de guerreros «nacionales» (persas y medos –una tribu Tracia-) que solían ser de dos tipos. Los primeros eran combatientes de entre 20 y 25 años que eran llamados a filas después de haber recibido instrucción militar. «De los 5 a los 20 años, a los varones persas se les enseñaba equitación, tiro con arco y a decir la verdad. Después de ese período de entrenamiento militar permanecían disponibles para el servicio», añade Souza.

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Una de las múltiples visiones que existen sobre los «Inmortales»- Wikimedia

Los segundos eran mucho menos habituales. Consistían en militares cuya vida estaba destinada a guerrear y que, como profesionales que eran, formaban un núcleo permanente de combatientes. Entre ellos se destacaban, precisamente, los «Inmortales». El contingente resultante podría parecer temible, pero nada más lejos de la realidad. Al menos, así lo afirman divulgadores históricos como David F. Burt, quien es partidario de que, aunque cuantitativamente los persas contaban con un ejército de grandes proporciones, a lo largo de la historia quedó demostrada su escasa efectividad en combate directo.

Independientemente de si podían o no arrasar al enemigo por sus artes militares y no por su número –algo discutido a lo largo de los siglos- el ejército persa contaba con una estructura muy concreta basada, como bien explica De Souza, en el sistema decimal.

La base de sus ejércitos eran las unidades de 10 guerreros, las cuales eran conocidas como «Dasabam» (dirigidas por un «Dasabapatis»). Diez de ellas formaban un «Satabam» (con un total de 100 hombres) que, a su vez, era dirigida por un «Satapatis». A su vez, una decena de estos grupos (1.000 militares en total) formaban un «Hazarabam», el cual estaba a los mandos de un «Hazarapatis». Finalmente, diez de estos regimientos daban lugar a una división. Esta era conocida como «Baivarabam» y rendía cuentas ante un «Baivarapatis». El «Baivarabam» más conocido era el de los «Inmortales», al estar formados por un total de 10.000 militares curtidos.

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LUIS CANO (ABC)

A nivel práctico –y a pesar de que los ejércitos fueron variando según pasaban los siglos- entre los años 600 y 400 a.C. la fuerza del contingente persa se encontraba en sus arqueros y su caballería. Los primeros solían causar terror en los griegos con sus saetas y, durante la batalla, se ubicaban tras una línea de guerreros (conocidos como sparabara) ataviados con un gran escudo. Estos eran los encargados de protegerles. «Parece que el “dasabam” de diez hombres conformaba la unidad básica de infantería y formaba en una única hilera en batalla. […] Tras el muro de escudos, el resto de su “dasabam” se disponía en una profundidad de 9 líneas, cada combatiente armado con un arco y una espada curva [formando todos] una muralla de escudos», explica el historiador especializado en la época griega Nicholas Sekunda en su dossier «El ejército aqueménida».

Por otro lado, la segunda pata de este poderoso contingente eran los caballeros. Estos podían ser ligeros (encargados de acosar al enemigo disparándole flechas o jabalinas) o pesados (de los que no hay apenas constancia más allá de alguna batalla en la que se afirma que había persas a caballo equipados con lanzas).

Un cuerpo permanente

«”Inmortales”, pondremos a prueba sus nombres». Si algo hay que agradecer al cine –y en especial a la película «300», es que nos haya recordado la existencia de esta unidad. Sin embargo, la verdad es que este grupo de combatientes era bastante diferente a la que nos muestra el largometraje. Para empezar, porque en la película los presentan ataviados con unas máscaras que en realidad nunca portaron, armados con dos espadas (cuando solían combatir con una lanza) y, finalmente, porque se afirma que eran la élite del ejército persa (una verdad a medias).

Y es que, no todos ellos pertenecían a lo más alto del escalafón militar. La realidad, por el contrario, es que esta unidad abarcaba un «Baivarabam» (10.000 soldados) y que empezaron a ser conocidos como «Inmortales» después de que el historiador Heródoto afirmara que siempre mantenían una misma composición. «Si un hombre resultaba muerto o caía enfermo, la vacante que dejaba se cubría al momento, así que el total de este cuerpo nunca constaba de menos ni de más que de 10.000». Por tanto, la visión que se da en la película «300» (donde se afirma que este apelativo lo recibían por no morir jamás) sería errónea.

Con todo, y siempre según Heródoto, los inmortales sí contaban con cierta preparación extra al ser una de las pocas unidaes del ejército que nunca era desmovilizada al terminar la guerra. Además, como bien señala el historiador clásico, tenía la particularidad de que debía estar formada únicamente por persas.

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Mosaico que representa a los «Inmortales» – Wikimedia

«Por un lado, los “Inmortales” representan la mística que posee cualquier cuerpo de élite militar. De entre una masa de combatientes, siempre hay un grupo selecto al que se le teme especialmente por su preparación y valentía. No es difícil que ese grupo alcance la categoría de mito, como en este y otros muchos casos a lo largo de la historia. Por otra parte, aquellos soldados persas aparentemente invencibles han estimulado la imaginación, como en el caso de la película 300, en el que aparecen convertidos en una especie de guerreros samuráis», explica Hernández a ABC.

Ese carácter de cuerpo permanente (además de las múltiples batallas en las que participaron –y vencieron- en Asia Menor y Egipto) provocó que la fama de esta unidad fuese aumentado. Además, les granjeó algunos beneficios y ventajas dentro del mismo ejército. Algunas son señaladas por Hernández en su obra: «Este cuerpo de élite disfrutaba de algunos lujos impensables para otros soldados. Siempre los acompañaba una caravana en la que viajaban mujeres y disponían de criados, ataviados con lujosos ropajes». Por descontado, solían partir a la contienda ricamente vestidos y, en palabras de Heródoto, sus vituallas y su comida eran transportadas de forma independiente a las del resto del contingente por su mayor importancia.

La élite de los «Inmortales»

Dentro del «Baivarabam» de los «Inmortales» (es decir, de los 10.000 hombres), había además un «Hazarabam» (1.000 combatientes) cuyos miembros eran seleccionados para ser la guardia privada del rey persa. En palabras de De Souza, todos ellos debían ser nobles. «Estos hombres eran denominados “melophoroi” o “portadores de manzanas” porque sus lanzas estaban rematadas en manzanas de oro, y eran los doryphori –“que en griego se traduce como soldados armados con lanzas”- de su rey», añade Sekunda. No obstante, parece que su nombre oficial era el de «arstibara» (literalmente, «portadores de lanzas»).

El líder de los «Inmortales» era también el hombre de confianza del rey persa

Heródoto ya señaló esta curiosa característica al explicar el orden de batalla que el ejército del rey persa Jerjes mostró en un desfile militar antes de atacar Grecia en el siglo V a.C. Concretamente, en este texto se determina que en los «Inmortales» se incluía un regimiento con «granadas de oro sobre sus lanzas». «Detrás de él marchaba un cuerpo de la mejor infantería, que costaba de 10.000. 1.000 de ellos iban cerrando alrededor de todo aquel cuerpo, los cuales en vez de puntas de hierro llevaban en su lanza granadas de oro. Los restantes 9.000 que iban dentro de aquel cuadro llevaban en las lanzas granadas de plata», señala.

Los «arstibara», como regimiento de élite de los «Inmortales» y guardia privada del monarca y de su palacio, contaban además con un «Hazarapatis» (un oficial al mando) con una habilidad reconocida y de gran respeto entre sus iguales. Y es que, además de labores puramente militares, este noble se encargaba también de recibir primero a las visitas del rey para garantizar su seguridad y dar su consentimiento expreso de que podía mantener una entrevista con él. «Además, el “Hazapatis” de este regimiento servía también como consejero principal del rey. […] En consecuencia, se convirtió en la principal figura de la corte; y a medida que las intrigas palaciegas se hicieron más y más usuales, en los siglos V y IV a.C., se verán envueltas en muchas de ellas», añade Sekunda.

Equipo de combate

1- Armaduras.

A- Escudo.

Entre los siglos VI y IV a.C., los persas usaron un amplio abanico de escudos para protegerse. A día de hoy se desconoce exactamente cuál es el que pudieron utilizar los «Inmortales», aunque es probable que portaran el denominado «spara». Este estaba elaborado en cuero y eran largos y rectangulares en el caso de la infantería, y pequeños y redondos para la caballería.

«El escudo estaba construido por mimbres entrelazados por dentro y por fuera a través de una pieza de cuero de la forma que se deseaba dar finalmente. Cuando el cuero se secaba y se contraía ponía en tensión los mimbres. Los mimbres se flexionaban y la construcción en conjunto se reforzaba», determina De Souza. Este sistema los hacía sumamente ligeros y bastante resistentes a cuchilladas de armas pequeñas y flechas, pero no ante las poderosas lanzas griegas. Además, no podían compararse a los escudos griegos de latón o bronce, mucho más resistentes y que podían aguantar sin problemas la estocada de las armas ligeras de sus enemigos.

B- Tiaras.

Según Heródoto, los «Inmortales» portaban sobre su cabeza tiaras. Es decir, gorros de fieltro o lana que se caracterizaban por su flexibilidad. No les protegían demasiado, pero les otorgaban cierta movilidad.

C- Espinilleras y pantalones.

Además de las espinilleras (que solían ser de bronce) iban equipados con los tradicionales pantalones al modo persa, unas calzas que se anudaban con cinta en los tobillos. En palabras de Raffaele D’Amato (investigador experto en la era medieval y autor de «Roman military clothing»), este tipo de ropa era llamada anaxirydes y se caracterizaba por ser de colores muy vistosos.

D- Corazas.

Sobre las corazas de los «Inmortales» existen diferentes opiniones. Algunos historiadores afirman que las llevaban bajo la túnica y que estaba formada por unas placas tan finas como una carta que nada podían hacer contra la fuerza de las lanzas griegas. Heródoto, por su parte, explica en sus textos que sus armaduras era de unas «láminas de hierro que se asemejaban a las escamas de los peces». A su vez, también señala que los persas solían fabricarlas con piezas mayoritariamente de hierro y, finalmente, algunas doradas.

2- Armas.

A- Lanza.

El arma principal de los «Inmortales» era la lanza corta. Esta tenía un contrapeso en su extremo inferior. Aunque la lanza persa era efectiva en sus tierras, su extensión era considerablemente menor a la de las griegas.

B- Puñales o espadas cortas.

Los «Inmortales» portaban sobre su muslo derecho unos puñales que, según Heródoto, les pendían del cinturón. Otras fuentes, por el contrario, las definen como espadas cortas o dagas.

C- Arco y flechas.

Además de la lanza y la daga, los «Inmortales» eran capaces de atacar a su enemigo a distancia gracias al arco compuesto que portaban a la espalda y un carcaj lleno de flechas de caña. Esta era un tipo de arma elaborada en tres partes y unida por pegamento animal y tiras de diferentes materiales. Eso, sumado a su forma y a su estructura, le hacía tener un alcance de unos 300 metros a pesar de su pequeño tamaño.

«El arco compuesto es el arma esencial del nómada. Su construcción “compuesta” requería muy poca madera, difícil de obtener en la estepa eurasiática. Se pegaban tiras de cuerno en la superficie que miraba al arquero, y tendones en la cara orientada al exterior. […] Los componentes del arco se disponían formando una “C”, que debía invertirse para poder armarlo. Esto permitía acumular mayor energía en un arma que era corta en comparación con otras», añade De Souza.

3- Túnica.

Si por algo se caracterizaban los «Inmortales», era por las túnicas que portaban. Para Heródoto, por ejemplo, esta prenda destacaba por ser absolutamente rica en comparación con la del resto del ejército al contar -por ejemplo- con pedrería en las mangas . Él las define como «túnicas de vistosos colores con mangas». Por su parte, Jenofonte es de la opinión de que estos soldados solían dar una gran importancia a su aspecto y, como tal, vestían con de color rojo. Esta teoría es la que apoya Jesús Hernández en su libro «¡Es la guerra!». Nic Fields (doctorado en Historia por la Universidad de Newcastle) explica en su obra «La leyenda de los 300. Termópilas», que esta prenda era holgada y llegaba hasta las rodillas.

Los dos combates en los que no hicieron honor a su nombre

1-La batalla de Maratón.

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Esquema de la batalla de Maratón- Wikimedia

Tal y como explica el historiador español en la nueva reedición de su obra más vendida, una de las derrotas más escandalosas de los «Inmortales» se produjo en el año 490 a.C. durante la célebre batalla de Maratón. Por entonces corrían tiempos precarios para Atenas pues, tras haber participado en una pequeña revuelta contra los persas, se había convertido en un objetivo prioritario del monarca Darío I (al que, por cierto, llamaban «el Grande» por la ingente cantidad de territorio que había conquistado).

Lo cierto es que los temores no nacieron en vano, pues -con ansias de venganza- envió a más de 150.000 guerreros (los números son discutidos ampliamente a día de hoy) a tomar la región, derrocar al gobierno y ubicar a uno más afín a sus intereses. Al mando del contingente puso al medo Datis (supervisado por el representante real Artáfrenes). Además, dentro de este gigantesco ejército se destacaban los «Inmortales». Los atenienses apenas pudieron reunir 11.000 combatientes al mando de los cuales se encontraba el general Milcíades.

En Maratón, los «Inmortales» no pudieron resistir el ataque griego y huyeron

Tras considerar durante algún tempo el lugar idóneo para enfrentarse a los persas, Milcíades decidió que sería en la bahía de Maratón, ubicada aproximadamente a 42 kilómetros de Atenas y donde los persas iban a hacer desembarcar a sus tropas. «Milcíades extendió sus líneas a través de un valle para que no les rodearan por los flancos», explica Hernández.

Por su parte, Datis ordenó que solo desembarcara la infantería y que los jinetes se quedasen en los buques. El objetivo era dirigir a estos últimos hacia Atenas mientras, en la bahía, la infantería acababa con el grueso de los combatientes enemigos. De esa forma, según creía, lograría tomar la ciudad sin apenas oposición.

Sabiendo que no había hombres a caballo contra los que darse de mamporros, Milcíades ordenó atacar a Datis el 12 de agosto (o septiembre, dependiendo de las fuentes). Para ello, formaron una extensa línea de batalla (un kilómetro y medio más amplia de lo normal) y reforzaron los flancos de la formación en detrimento del centro. La idea era sencilla: rodear por los laterales a las mejores tropas persas, que se ubicaban en el medio del ejército contrario (y entre las que destacaban los «Inmortales») y acabar con ellas atrapándolas en una pinza mortal.

En palabras de Heródoto, Milcíades tomó una decisión que pareció sumamente extraña a los persas, pero que resultó efectiva a la postre: ordenó a sus tropas cargar contra el enemigo a la carrera recorriendo el kilómetro y medio que les separaba de la primera línea de infantería enemiga.

Aquel movimiento parecía una locura, pero lo que buscaban los atenienses era disminuir el tiempo que iban a estar expuestos a las temibles flechas de los arqueros de Datis. «Pese a la debilidad de su centro, las alas pudieron contener el ataque enemigo. Seguidamente, los griegos pasaron al ataque, con una ferocidad que provocó el pánico en las filas persas, incluidos los “Inmortales”. Los hombres de Darío huyeron corriendo hacia sus barcos. Dejaron tras de sí unos 6.400 muertos. Por su parte, los griegos solo contaron ciento noventa y dos bajas», explica Hernández en «¡Es la guerra!».

2-Las Termópilas y los 300 espartanos.

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La batalla de las Termópilas – Wikimedia

Apenas diez años después de la gran derrota de Maratón, los persas volvieron a armar a un gran ejército para tratar de conquistar Atenas. En este caso, la responsabilidad corrió a cargo de Jerjes, hijo de Darío y un destacado estudiando de filosofía (aunque la película «300» le muestre como un estúpido). El monarca logró reunir un ejército para atacar Grecia que, a día de hoy, se cifra en 300.000 hombres (Heródoto explica en sus textos que estaba formado casi por dos millones de hombres).

Los atenienses, por su parte, cuando se percataron del gran contingente que se les venía encima (allá por el año 481 a.C.) solicitaron apoyo a todos las regiones cercanas. Entre ellas se encontraba Esparta cuyo rey, Leónidas, aceptó enviar hombres en su ayuda después de que una pitonisa le informase de que su pueblo sería el siguiente en caer bajo el yugo invasor. No obstante, el consejo de espartano se negó a enviar al grueso de sus hombres (unos 9.000 soldados) a la lucha. Así pues, Leónidas únicamente pudo unirse a sus curiosos aliados (pues su enemistad era conocida) con 300 hombres de su guardia personal.

El lugar que Leónidas seleccionó para detener al ejército persa fue el paso de las Termópilas, una angosta zona montañosa ubicada al norte de Grecia que se consideraba la entrada natural hacia el sur de la región (donde se ubicaban las principales ciudades). Su característica más llamativa era que su paso principal no superaba los 15 metros de largo, lo que lo hacía perfectamente defendible.

Leónidas, según el cine - Wikimedia

Leónidas, según el cine – Wikimedia

«Si observamos la batalla de las Termópilas a vista de pájaro, vemos el estrecho paso que el ejército de tierra tenía que atravesar, y eso representó una ventaja para los griegos, ya que podían utilizar una pequeña cantidad de hombres para reducir el frente y ofrecer una defensa significativa», señala el historiador militar Richard A. Gabriel en declaraciones para la obra «Las grandes batallas de la Historia». Heródoto fue de la misma opinión: «Estos parajes parecieron a los Griegos los más aptos para su defensa; pues miradas atentamente y pesadas todas las circunstancias, convinieron en que debían esperar al bárbaro invasor de la Grecia en un puesto tal, en que no pudiera servirse de la muchedumbre de sus tropas y mucho menos de caballería».

Entre agosto y septiembre del año 480 a..C. se sucedió la contienda. Los griegos contaban con 300 espartanos y unos 6.000 soldados «Tejeos; Mantineos; de Orcomeno, ciudad de la Arcadia; de lo restante de la misma Arcadia; de Corinto; de Fliunte, de los Miceneos, los Locros Opuncios y los Focenses». Jerjes desembarcó con un ejército imposible de contar y que superaba, como mínimo, a los defensores en una diferencia de 50 a 1. Con todo, se demostró que el lugar había sido elegido a la perfección, pues -durante el primer día batalla- la infantería ligera persa se estrelló contra la falange hoplita y se vio obligada a retirarse.

El segundo día, ansioso de lograr la victoria, Jerjes envió a luchar contra los defensores de las Termópilas a los «Inmortales». «Hizo venir el rey a los Inmortales, cuyo general era Hidarnes, muy confiado en que éstos se llevarían de calle a los Griegos sin dificultad alguna. Entran, pues, los Inmortales a medir sus fuerzas con los Griegos, y no con mejor fortuna que la tropa de los Medos, antes con la misma pérdida que ellos, porque se veían precisados a pelear en un paso angosto, y con unas lanzas más cortas que las que usaban los Griegos, no sirviéndoles de nada su misma muchedumbre», explica Heródoto.

Al final, viéndose superados por un enemigo mucho mejor entrenado y equipado, los guerreros de élite de los persas tuvieron que darse la vuelta, y salir por piernas para evitar ser masacrados. Con todo, todavía lucharon durante algún tiempo más contra las primeras líneas de los «Inmortales». «Es increíble cuánto enemigo Persa derribaban [los espartanos], si bien en aquellos encuentros no dejaban de caer algunos pocos Espartanos», finaliza el historiador. El resto de la Historia es bien conocida por todos. Los hombres de Leónidas murieron, pero retuvieron al enemigo lo suficiente (y con un impacto tal) como para que otro ejército se formase e hiciese retirarse a los persas.

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Jesús Hernández- .J.H.

Cuatro preguntas a Jesús Hernández

1-¿Existe documentación suficiente para hablar de su participación en algunas batallas?

Contamos con los relatos y descripciones del historiador griego Heródoto en el Libro VII de sus Historias. En el Anábasis del también historiador griego Jenofonte aparecen igualmente referencias a este cuerpo de élite persa. Por lo tanto, disponemos de fuentes históricas suficientes para conocer esos hechos.

2-¿Cree que los libros de Historia pueden contar y, a la vez, entretener?

Sin duda. Mucha gente no se anima a leer libros de Historia porque los considera aburridos, y tienen razón. Buena parte de los historiadores no escribe pensando en el lector, sino en demostrar a sus colegas que son grandes eruditos y que han consultado una extensísima bibliografía. El resultado, claro está, es tan indigerible como disuasorio. Por suerte, desde hace unos años contamos con historiadores que saben combinar el rigor y la amenidad de manera brillante; por ejemplo, en el campo de la Segunda Guerra Mundial, Max Hastings o Rick Atkinson, cuyos libros resultan tan apasionantes como la mejor de las novelas.

3-¿Cuál será su siguiente trabajo?¿Cómo sorprenderá a sus lectores?

Este otoño se publicará mi vigesimoprimer libro. Será el relato de unos hechos increíbles que ocurrieron en Brasil al acabar la Segunda Guerra Mundial. Los inmigrantes nipones no sólo no creían que Japón había perdido la guerra, sino que estaban convencidos ¡de que la había ganado! Se editaban falsas revistas norteamericanas y se radiaban noticias en emisoras clandestinas en las que Japón aparecía como vencedora. Además, surgió una secta fanática que comenzó a asesinar a los que aceptaban la realidad de la derrota. Parece el argumento de una novela, pero eso es lo que ocurrió. Cuando supe de esos hechos, no dudé en escribir un libro para que el lector español los pudiese conocer. Para ello, he viajado a Brasil para documentarme y entrevistarme con descendientes de los protagonistas.

4-Es usted un pionero de la divulgación histórica con más de una veintena de libros a sus espaldas. ¿Cómo diría que han afectado sus textos al conocimiento de la historia militar española?

Cuando se publicó mi primer libro, Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial, prácticamente no había obras sobre este conflicto escritas por autores españoles. Su éxito sirvió para animar a más autores a lanzarse a escribir sobre el tema, y a las editoriales a apostar por ellos. Ahora, por suerte, son muchos los autores españoles que escriben sobre éste y otros temas que hasta hace poco parecían exclusivos de los autores extranjeros, y con un nivel de calidad muy alto. Mi libro sobre la guerra de Secesión norteamericana, Norte contra sur, fue también el primero escrito por un autor español, igual que mi obra sobre la Primera Guerra Mundial. Me gusta abrir nuevos filones en los que no hay bibliografía en español, como el del dirigible Hindenburg, los protagonistas de mi libro Bestias nazis, como Dirlewanger o Göth, o el que he referido de la colonia japonesa en Brasil. Ahora estoy valorando escribir un libro sobre otro tema en el que tampoco hay nada publicado en español.

29 marzo 2016 at 10:33 am 2 comentarios

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