Entre el psicópata y el pirómano… la verdad sobre el Emperador con parálisis cerebral que estabilizó Roma

13 mayo 2018 at 12:09 pm 1 comentario

Entre Calígula y Nerón, reinó un Emperador que todos consideraban débil, y tal vez lo era físicamente, pero con él vinieron años de estabilidad y avances a Roma

Grato proclama a Claudio emperador. Detalle del cuadro A Roman Emperor 41AD (Un emperador romano, 41 d. C.)

Fuente: César Cervera  |  ABC
9 de mayo de 2018

Un gran número de senadores y miembros del ejército romano planearon el 24 de enero del año 41 d.C castigar con la muerte las extravagancias y violencia crecientes de Calígula. Ese día, un tribuno de la guardia de corp imperial apuñaló a Calígula cuando estaba absorto en la contemplación de un espectáculo teatral. Según el mito popular, la guardia pretoriana descubrió a Claudio, tío de Calígula, escondido tras unos cortinajes y decidió nombrarle Emperador a la vista de lo fácil que iba a resultar manejarlo.

Y sí. Claudio, que es conocido por el gran público gracias a la novela «Yo Claudio», aparentó durante toda su vida una debilidad física y psicológica que, llegada su oportunidad de acceder al poder, jugó en su favor. Así y todo, pronto se vio que Claudio no era ni remotamente tan tonto como había imaginado su familia, que desde tiempos de Tiberio había descartado que supusiera una amenaza debido a sus diversas discapacidades. Nacido con un pie deforme y, como apunta David Potter en «Los emperadores de Roma» (Pasado y Presente), con cierto grado de discapacidad intelectual (una parálisis cerebral le afectaba desde niño), Claudio permaneció en segundo plano durante los reinados de Tiberio y Calígula. Eso a pesar de que su padre, Druso el Mayor, era hermano de Tiberio y su madre, Antonia la Menor, era hija de la hermana del Emperador Augusto.

Una risa desagradable, una cólera más repulsiva

Que Claudio hubiera llegado a adulto en el seno de una familia cuyos miembros solían caer, con gran frecuencia, muertos en circunstancias extrañas se explica, sobre todo, por la discreción del susodicho. Solo gozó de cierto protagonismo político en un breve periodo del reinado de Calígula, quien le nombró cónsul y luego no dejó pasar la ocasión de humillarle mientras ejerció el cargo.

Pero, más allá de las humillaciones y de la anécdota novelada de Claudio apareciendo entre los cortinajes, lo cierto es que el tío de Calígula se reveló pronto más astuto de lo que parecía. Fue él, según las fuentes clásicas, quien se acercó al campamento de los pretorianos al enterarse de la muerte del Emperador psicópata. Estaba enterado de la conjura, sino implicado, y se encargó de negociar con el Senado para que también ellos dieran el visto bueno a su nombramiento. El Senado maniobró, sin éxito, para restaurar el sistema republicano en Roma, pero, con la simpatía del pueblo, la guardia pretoriana logró coronar a Claudio imaginándole un inepto y para evitar así que el Senado recuperara terreno al estamento militar.

Su aislamiento respecto a las clases senatoriales, que nunca se habían molestado en tratar con él, sentó las bases de un reinado realmente fructífero

Claudio, que había pasado su vida entregado a la lectura y a la escritura, era un inexperto en el terreno político, como antes que él lo había sido Calígula, cuyo reinado había devenido en terrorífico. Tenía graves problemas para tratar con los senadores y tendencia a tartamudear en cuanto le alejaban de sus libros, lo cuales versaban en su mayoría sobre la Antigüedad más arcaica. Aquel periodo le fascinaba.

El historiador clásico Cayo Suetonio Tranquilo realizó un semblante que describe a la perfección los problemas para socializar del nuevo Emperador:

Estatua del Emperador Claudio

«Su persona ostentaba cierto aspecto de grandeza y dignidad, ya en pie o sentado, pero sobre todo en reposo, pues era alto y esbelto, tenía un rostro bello, hermosos cabellos blancos, y cuello robusto; pero cuando marchaba, sus inseguras piernas le hacían tambalearse, y cuando hablaba, tanto en broma como en serio, le afeaban sus taras: una risa desagradable, una cólera más repulsiva aún, que le hacía echar espumarajos por la boca, nariz goteante, un insoportable balbuceo y un continuo temblor de cabeza que crecía al ocuparse en cualquier negocio por insignificante que fuese».

Su aislamiento respecto a las clases senatoriales, que nunca se habían molestado en tratar con él, sentó las bases de un reinado sorprendentemente fructífero. A los senadores les reemplazó en sus tareas de gobierno esclavos libertos, bien formados y con menos intereses creados; una forma de gobierno que, en términos modernos, podría ser calificado de tecnocracia.

Los escándalos finiquitan la calma

El gobierno de libertos desarrolló un importante plan de obras públicas, entre cuyos proyectos destacó la construcción de un nuevo puerto comercial en la desembocadura del río Tíber, al norte de Ostia, que permitió la entrada regular de trigo en toda la Península itálica.

En materia militar, el reinado de Claudio fue conocido por la invasión de Britania dos años después de la muerte de Calígula. Aulo Plaucio acometió la campaña que se le había resistido al mismísimo Julio César, ampliamente admirado por Claudio, en un intento del nuevo régimen por demostrar que el Emperador tartamudo era un hombre fuerte y decidido. 40.000 legionarios lograron derrotar a los britones e iniciar un proceso de pacificación que se alargaría casi un siglo y que, en el caso de algunas regiones norteñas, nunca pudo concluirse del todo.

El Emperador Claudio partió precipitadamente al norte a atribuirse él el mérito de la conquista, ignorando que aquel dominio del territorio solo era nominal. Sus enemigos, muy numerosos en el Senado, no dejaron de recordárselo.

Britania en la Tabula Peutingeriana

La falta de astucia política de Claudio impulsó el ascenso de ministros con gran preparación, pero también de advenedizos que estaban interesados en enriquecerse más que en el bien público. Estos libertos se introdujeron en todos los rincones del palacio y orquestaron algunos sonados escándalos.

Tras el terremoto de la vida privada de Calígula, la de Claudio y sus libertos no le fue a la zaga. A finales de la década del 40 a.C., el Emperador se distanció de su tercera esposa, la joven Mesalina, y se lanzó a buscar amantes entre el gran caladero de esclavas. Mesalina respondió al fuego con más fuego… En su particular guerra por mostrar a Roma que podía tener más amantes que su marido, se dice que pasó una noche en un burdel practicando el sexo con todos los que pagaron por sus servicios, para demostrar que podía superar a una prostituta experimentada.

En un banquete celebrado a finales del año 54, Agripina envenenó a su marido con setas tóxicas

Como explica David Potter en el mencionado libro, la gota que colmó la paciencia de Claudio fue que, habiéndose ausentado de Roma, Mesalina simuló una boda con uno de sus amantes. En represalia, Claudio ordenó la ejecución de su esposa y varios de sus amantes. Después de aquel divorcio súbito, tomó una nueva mujer, su sobrina Julia Agripina, por consejo de sus asesores libertos. Un escándalo incestuoso, que obligó al Emperador a cambiar las leyes y a introducir en palacio a una de las mujeres más ambiciosas de la historia romana.

El poder de Agripina, nieta adoptiva de Augusto, creció con rapidez hasta controlar todo el entorno familiar. En un banquete celebrado a finales del año 54, Agripina envenenó a su marido con setas tóxicas. Su hijo Nerón, de otro matrimonio, fue proclamado Emperador en detrimento de Británico, llamado así por Claudio tras la victoria militar en las Islas. Nerón, que terminaría revelándose un gobernante insensato, era mayor que Británico, como bien calculó Agripina, y podía acceder al trono antes que su hermanastro. Una maniobra subterránea que la esposa de Claudio acompañó con otra mucho menos sutil: envenenó también a Británico poco después.

 

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