Archive for 25 septiembre 2017

Sale a la luz en el centro de Turín un mosaico del siglo II que representa el mito de Acteón

Fuente: FEDERICO PARODI  |  La Repubblica
25 de septiembre de 2017

Un mosaico del siglo II d.C. que representa el mito griego de Acteón. Es el último hallazgo en el Quadrilatero Romano de Turín, salido a la luz durante la restauración del convento de Sant’ Agostino. Se encuentra en la esquina de la Via Santa Chiara y la Via delle Orfane, dentro de una domus abierta a un peristilo. En palabras de Luisa Papotti, superintendente para los Bienes Arquitectónicos y Culturales de la Región del Piamonte “es un hallazgo de gran valor y dignidad que demuestra que en este rincón de la ciudad vivían personas ricas”.

En la mitología griega Acteón es un cazador: durante una partida de caza ve a Diana desnuda mientras se baña con sus ninfas. La diosa, señora de los bosques y protectora de los animales salvajes, se enoja y transforma a Acteón en un ciervo. En la parte central del mosaico el cazador está representado ya con los cuernos, señal de que la metamorfosis está en proceso. En la mano tiene una maza con la que está combatiendo con sus propios perros, que no lo reconocen ya como su amo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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25 septiembre 2017 at 8:35 pm Deja un comentario

Heródoto, el historiador viajero

Nacido en la ciudad jonia de Halicarnaso, Heródoto concibió la historia como una investigación personal y una exploración de otras culturas, incluidas las de los pueblos “bárbaros”.

El padre de la historia. Heródoto de Halicarnaso describió el mundo y los acontecimientos que marcaron su época en su Historia, una magna obra que siglos después fue dividida en nueve libros. Aquí en un busto  en el Museo Metropolitano de Nueva York. ESCULTURA: MMA / RMN-GRAND PALAIS

Fuente: CARLOS GARCÍA GUAL  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
25 de septiembre de 2017

Homero, el autor de la Ilíada y la Odisea, comienza sus poemas invocando a la “Musa divina” como inspiradora de su obra; Heródoto, en cambio, pone su nombre propio en la primera línea de su relato, escrito no en verso, sino en prosa. Esa firma personal sirve como garantía de la veracidad de su testimonio y de su narración, como harán otros dos cronistas, Tucídides y Jenofonte.

En ese inicio encontramos también la palabra que denominará para siempre a este nuevo género de escritura: historia. El relato que presenta Heródoto es el resultado de su investigación personal (apodexis historíes). Enseguida nos advierte de que no pretende contar mitos de los dioses y héroes antiguos, sino “los hechos de los hombres”. Pero hay algo en su gran proyecto narrativo en lo que coincide con los poetas épicos: escribe para salvar del olvido el recuerdo de gestas admirables. Conviene fijarse bien en las líneas iniciales de ese relato histórico pionero, tan extenso y de largo aliento, que esboza su programa de clara novedad: “Ésta es la exposición de la investigación de Heródoto de Halicarnaso, a fin de evitar que, con el tiempo, caigan en el olvido los hechos de los hombres y que las gestas importantes y admirables realizadas tanto por griegos como por bárbaros, y de manera particular el motivo por el que lucharon unos contra otros, queden sin gloria”.

Heródoto quería explicar las causas de la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas

En este prólogo, escrito sin duda al concluir su extensa obra, subraya un doble objetivo: referir las grandes gestas tanto de griegos como de no griegos –bárbaros– y, en segundo lugar, explicar las causas de la tremenda guerra entre unos y otros, la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas (492-478 a.C.). En el texto de Heródoto, la palabra bárbaros no tiene ningún matiz despectivo, como sí tendrá posteriormente en Tucídides y otros autores clásicos. Heródoto admira el mundo abigarrado de “los bárbaros”, sus hazañas y los grandiosos monumentos que erigieron.

Un hombre cosmopolita

Heródoto vivió aproximadamente entre los años 485 y 425 a.C. Es, por tanto, coetáneo del sofista Protágoras y del poeta trágico Sófocles. Consiguió gran renombre durante su visita a Atenas hacia 441 a.C. Allí fue invitado a leer con gran éxito algunos capítulos de su obra y recibió un premio importante por ello, un pago a sus elogios de la heroica lucha de los griegos, sobre todo de los atenienses, en defensa de la libertad.

Nacido en la ciudad jonia de Halicarnaso, de donde fue desterrado, pasó largo tiempo en la isla de Samos y luego se dedicó a viajar. Fue en Jonia donde surgieron los primeros filósofos, en ciudades como Mileto o Éfeso, urbes comerciales y abiertas al mar, siempre bajo la amenaza del vecino Imperio persa. Allí forjó Heródoto su carácter y su ánimo intrépido de amante de los viajes, curioso y tolerante, y tomó nota de las noticias frescas de lo que veía y lo que le contaban, como un buen reportero avant la lettre; no en vano, Ryszard Kapuscinski, uno de los mejores periodistas del siglo XX, lo vio como un guía ejemplar para viajeros a tierras lejanas en su libro Viajes con Heródoto.

La actual división de su larga obra Historia en nueve libros procede, seguramente, de los filólogos alejandrinos. Heródoto habla de lógoi, algo así como “tratados”, cada uno con temática propia, reunidos en ese conjunto final. En el libro primero de su Historia, Heródoto trata del reino de Lidia, del fastuoso rey Creso y sus enormes riquezas, y de la conquista de este territorio por el rey persa Ciro. En el segundo libro nos habla de Egipto y sus maravillas. El tercero comienza con la conquista del país del Nilo por el persa Cambises y vuelve a las historias de Persia. El cuarto libro abarca dos lógoi: uno sobre Escitia (región situada en Asia Central) y otro sobre Libia.

Los libros siguientes relatan el conflicto bélico entre griegos y persas, episodio tras episodio. En el quinto enfoca las intrigas de los persas en Macedonia y los conflictos de las ciudades griegas, con noticias sobre las políticas de Esparta y Atenas. Los siguientes libros cuentan las dos guerras médicas: en el sexto, la expedición de Darío, que concluye con la victoria griega en Maratón; el séptimo evoca con intenso dramatismo las batallas decisivas, las de Termópilas y Maratón; en el libro octavo, la de Salamina, y en el noveno narra la de Platea. Todas ellas sellan la merecida victoria final de los griegos.

El primer reportero

Heródoto reúne noticias muy variadas de sus viajes y experiencias. No se basa para ello en textos escritos, no usa viejos archivos, sino que cuenta lo que ha visto y oído en sus largos viajes y, ya en la segunda parte, nos describe y comenta, como nadie antes, la guerra que decidió la libertad de Grecia, con especial referencia a la democrática Atenas. No sólo es el “padre de la historia”, como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural. Nos ofrece una visión personal de su mundo, que exploró con enorme agudeza escuchando a informadores de distintos países a lo largo de sus itinerarios. Sus instrumentos fueron la mirada curiosa (ópsis), el escuchar a fondo (akoé) y la reflexión crítica sobre los datos recogidos (gnóme).

No sólo es el “padre de la historia”, como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural

Los primeros libros de su Historia atestiguan esa faceta de viajero excepcional. Visitó Egipto, recorriendo el valle de Nilo hasta la primera catarata en Elefantina (Asuán), donde acababa el Egipto antiguo, a unos mil kilómetros del mar. También visitó Mesopotamia y nos ha dejado una descripción de la famosa Babilonia y las comarcas cercanas; tal vez llegara hasta Susa. Hacia el norte, visitó las colonias griegas a orillas del mar Negro, y más allá se internó en las praderas pobladas por los errabundos escitas, en la estepa ucraniana, hasta llegar cerca de la actual Kíev. Recorrió también el norte de África, pasando por la Cirenaica y la costa de la actual Libia. Recaló un tiempo en las ciudades griegas del sur de Italia y colaboró en la fundación de la colonia de Turios. Podemos suponer que deambuló por toda Grecia y visitó muchas islas del Egeo.

Nos habría gustado saber más de las andanzas del intrépido viajero. ¿Cómo viajaba? ¿En solitario y con mínima impedimenta? ¿A caballo? ¿Cómo pagaba sus gastos y dónde se albergaba? ¿Registraba sus encuentros e impresiones en apuntes en rollos de papiro? Algunas regiones que Heródoto recorrió estaban colonizadas por griegos –como la costa del mar Negro o el sur de Italia–. También en la costa norte de Egipto había comerciantes griegos, y en Persia, tal vez algunos mercenarios. Pero ¿y en la estepa escita, cuando remontó el río Dniéper viajando entre tribus bárbaras, o en el Alto Egipto? Por otra parte, parece que sólo conocía el griego (como era natural en los viajeros griegos de la época), así que en Egipto tuvo que recurrir a sacerdotes locales bilingües para que le interpretaran las inscripciones más o menos sagradas de los templos.

Heródoto era, indudablemente, un tipo excepcional en su curiosidad por lo exótico y en su admiración de lo extraordinario. Al recordar al sabio Solón cuenta que, tras su etapa como legislador en Atenas, partió de viaje “por afán de ver mundo” (theoríes héneken). Ese mismo “afán téorico” movía sin tregua a Heródoto, pero en él va unido a las ganas de narrar las cosas asombrosas que ha visto o que le contaron, y lo hace en un estilo muy claro, con descripciones y anécdotas de vivo colorido en escenarios muy variados.

Pionero de la antropología

Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como “egiptomanía”

Comparado con historiadores como Tucídides o Jenofonte, Heródoto se revela –sobre todo en los primeros libros– como un narrador divertido y fabuloso; después, cuando describe la guerra y sus contextos políticos, resulta más austero. Pero si nos detenemos en la lectura de la mitad inicial de su gran obra podemos admirar toda la variedad de sus observaciones. Es, con razón, muy conocido el libro segundo, dedicado a Egipto –que, desde tiempos de Homero, fue un país que siempre fascinó a los griegos y adonde viajaron famosos sabios como Tales, Pitágoras y más tarde Platón–. Fue Heródoto quien lo llamó “un don del Nilo”.

Y, en efecto, comienza hablando del caudaloso río y de las teorías sobre sus lejanas fuentes en el centro de África, para describir luego las extrañas costumbres de sus gentes, así como algunos animales del variopinto bestiario egipcio, como el cocodrilo, el ibis y los gatos (por entonces, unos animales poco conocidos por los griegos). Asimismo trata de las colosales pirámides y de los dioses, sus templos, sus arcanos ritos y las historias asociadas a ellos; incluso narra cuentos curiosos, como el del ladrón de tesoros de pirámides, Rampsinito. Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como “egiptomanía”.

Heródoto es así, en cierto modo, el primer antropólogo que explora mundos ajenos a su cultura. Abre ojos y oídos a las tradiciones de otros pueblos y elabora una pintoresca narración, una “historia” de horizontes lejanos, monumental y novelesca a ratos; se nos aparece como un viajero ilustrado fascinado por Oriente y Egipto, un pensador de extraordinaria amplitud de miras, tolerante y ameno.

Como otros historiadores griegos, Heródoto vivió desde joven en el exilio y compuso su magna obra desde él. Al igual que Tucídides, Jenofonte y Polibio, la experiencia del destierro le incitó a tender una mirada aguzada e imparcial sobre otras culturas, sin censuras morales ni partidismos patrióticos. Lo hizo con el hondo orgullo de ser un hombre libre y haber conocido la democracia, y de manejar la flexible lengua griega y afianzar, escribiendo en la joven prosa jonia, la tradición helénica del gusto por el diálogo en libertad y el examen crítico ante los hechos y las personas. Por eso, en los últimos libros de su Historia, exaltó la lucha heroica de los griegos por su independencia contra el gran ejército de los persas, llevados de continuo al desastre por reyes despóticos.

Desafiar al olvido

“Todo es azaroso en la vida humana”, apunta en una sentencia; “La divinidad es envidiosa y perturbadora”, dice en otra

Coetáneo y amigo de Sófocles, Heródoto mantiene una visión humanista y trágica de la historia universal, con esa mentalidad arcaica que veía a los humanos como seres “efímeros” de azaroso destino. Incluso el poderío y la ambición de los más grandes puede derrumbarse. “Todo es azaroso en la vida humana”, apunta en una sentencia; “La divinidad es envidiosa y perturbadora”, dice en otra. “No llames a nadie feliz hasta contemplar su último día”, alecciona el ateniense Solón al riquísimo rey Creso, que recordará la frase al caer derrotado por el persa Ciro.

La divinidad abate a los orgullosos y premia a los justos, y castiga el exceso de soberbia, como hizo con Jerjes, al que ya Esquilo en su tragedia Los persas presentó como ejemplo de hybris (el arrebato pasional que lleva a los hombres a desafiar los límites impuestos por los dioses). Para Heródoto, el mundo se mueve bajo la mirada de los dioses, pero la providencia divina nos es extraña e imprevisible. El destino resulta trágico, y por ello vale la pena celebrar las gestas heroicas y las maravillas, e inventar, para siempre, la historia, es decir, un testimonio acreditado a favor de las glorias humanas desafiando las sombras del olvido.

 

25 septiembre 2017 at 7:13 pm Deja un comentario

Leptis Magna, una joya romana vence al Isis

Los arqueólogos consideran a Leptis Magna una de las urbes romanas mejor conservadas del Mediterráneo. A pesar de la guerra que destruye Libia desde hace seis años, la cuna del emperador Septimio Severo ha logrado resistir el embate de las milicias y la codicia de los yihadistas.

Parte de los Baños de Adriano en las ruinas libias de la ciudad romana de Leptis Magna. / RICARDO GARCÍA VILANOVA

Fuente: Javier Martín EL PAÍS Semanal
25 de septiembre de 2017

Cuentan las crónicas romanas que la noche en la que se conoció el asesinato del emperador Cómodo, Septimio Severo ni siquiera mudó el gesto. Gobernador en aquel tiempo de la Panonia Superior, ordenó a sus legionarios que estrecharan el perímetro y optó por dormir, desoyendo las voces de aquellos que le conminaban a marchar sobre Roma y reclamar la corona de laurel. Lo haría apenas un año después y con una excusa que le permitiría tanto alcanzar el poder como transformar el sistema de gobierno e implantar una tiranía militar similar a la que el coronel Muamar el Gadafi soñó con fundar 19 siglos después en la misma franja de la costa mediterránea en la que Severo, el primer emperador africano, nació. “Aquí han sucedido cosas importantes de nuestra historia y es esencial que nuestros jóvenes las conozcan. Los libios somos árabes y norteafricanos, pero también mediterráneos, algo que el anterior régimen quiso ocultar”, explica con entusiasmo lectivo Mohamad abu Salam.

Gadafi la usó para esconder sus tanques confiando en que los cazabombarderos de la OTAN no se atreverían a destruir un enclave histórico tan relevante

Es una cálida mañana de verano y una infantil algarabía, inusual en un país quebrado por el caos y la guerra, resuena entre los imponentes vestigios de la ciudad romana de Leptis Magna, cuna de Severo, que, pese a la guerra que destruye Libia desde hace seis años, y al contrario de lo que ha ocurrido con ruinas similares en Siria, ha resistido el embate de las milicias y la codicia de los yihadistas. Corros de niños, todos uniformados con camisetas blancas y gorras de un color mandarina intenso, escuchan relajados sus explicaciones y las del resto de voluntarios, todos ellos miembros de una asociación local dedicada a la expansión y difusión del vasto patrimonio cultural libio.

“En general la situación aquí es buena, afortunadamente no hemos tenido episodios como el de Palmira”, destaca un funcionario del antiguo Gobierno en Trípoli. “La mayor parte de las piezas importantes o ya habían sido expoliadas por el anterior régimen, o se encontraban en el Museo de Trípoli, que pudo ser protegido durante la revolución”, argumenta. “Solo las ruinas de Sabratha (ciudad situada al oeste de la capital, donde en 2015 se instaló una importante célula radical afín a la rama libia del grupo yihadista Estado Islámico) y las de Cyrene (situadas en un área en disputa entre las localidades de Sirte —antiguo bastión yihadista— y Bengasi, capital del alzamiento popular de 2011) han estado en grave peligro. Esta zona siempre ha estado menos expuesta, argumenta el responsable, que por razones de seguridad prefiere no ser identificado.

Uno de los ejes principales de la ciudad, que conducía al arco de Septimio Severo; / RICARDO GARCÍA VILANOVA

Asomado al mar, en un paraje idílico a medio camino entre Misrata —principal puerto comercial del país— y la capital, el primer asentamiento urbano del que se tiene memoria en el área donde ahora brillan las milenarias piedras de Leptis Magna fue levantado por colonos fenicios procedentes de Tiro en torno al año 1100 antes de Cristo y permaneció bajo control cartaginés hasta que, tras las Guerras Púnicas, engrosó el reino númida. Punto de confluencia de las caravanas que cruzaban el Sáhara, su importancia comercial aumentó tras ser incorporada al Imperio Romano y promovida al estatus de colonia por el emperador Trajano. Allí, en un entorno comercial y cosmopolita, se educó Severo, hijo del sufete local Publio Septimio Geta, un hombre al que los cronistas bárbaros describen como un militar brutal y ambicioso. Emigrado a Roma a la edad de 17 años, el futuro emperador aprovechó sus lazos familiares en el Senado para escalar en la jerarquía militar y formar una fuerza de élite que le permitió medrar. Sus victorias castrenses en Oriente Próximo y los Balcanes añadieron después los galones y los recursos financieros suficientes para retar a la poderosa Guardia Pretoriana e instalar la dictadura de los Severos, que prolongaría su famoso hijo Caracalla y que dominaría Roma a lo largo del siglo III. Invadida por tribus locales, Leptis Magna decaería lentamente hasta que la invasión árabe en el año 642 la sumió en el olvido.

“Libia tiene un patrimonio cultural riquísimo, no solo Leptis Magna”, recuerda el exdiputado libio Naser el Seklani. “Ni a Gadafi ni a los nuevos dirigentes les ha interesado nunca, solo pendientes de un petróleo que podríamos regalar. Únicamente con nuestras playas y monumentos, con la pesca y el turismo seguiríamos siendo un país rico y atractivo”, asegura Seklani, un antiguo oficial del Ejército encarcelado por el dictador que se sumó a la revuelta y que se desligó enseguida del proceso político al ver “que quienes abandonaron el país y lo dejaron al capricho del dictador ahora vuelven para ordeñarlo y vendérselo a los extranjeros”.

El ninfeo o monumento a las ninfas

El potencial turístico de Leptis Magna y de las playas vírgenes de arenas blancas que se extienden cientos de kilómetros desde sus ruinas hasta la ciudad de Bengasi es indudable. Considerada por los arqueólogos una de las urbes romanas mejor conservadas del Mediterráneo, pasear por sus empedradas vías supone un viaje en el tiempo. Su teatro se inclina casi intacto sobre el mar, en el foro parecen resonar las voces de los oradores y en el mercado aún es posible ver los puestos de venta. Sentado bajo el Tetrapylon, erigido en honor a Severo, no es necesario imaginar las calles. Hileras de muros de cerca de dos metros de altura se mantienen erguidos dibujando claramente el plano de esta ciudad declarada patrimonio de la humanidad en 1982, y que la Unesco incluyó en junio de 2016 en la lista de lugares históricos en riesgo junto al resto de maravillas del país: Sabratha, Cyrene, las pinturas rupestres de Tadrart Acacus y el antiguo mercado de esclavos de Ghadames.

Los Baños de Adriano

Indudable es también, sin embargo, la amenaza sostenida que padece desde que en 2011 Gadafi se acordara de ella para esconder sus tanques, confiado en que los cazabombarderos de la OTAN no se atreverían a destruir tan bello enclave. A apenas 200 kilómetros al este, en la vecina Sirte, la guerra entre las milicias del oeste de Libia y los grupos afines al Estado Islámico vuelve a resonar como un siniestro eco, pese a que los yihadistas fueron expulsados de la ciudad en diciembre pasado. Unos 70 kilómetros al oeste, la apacibilidad de su entorno también se desvanece frente a la inseguridad tribal de Trípoli, escenario de escaramuzas entre los diferentes grupos armados y de luchas cainitas entre los señores de la guerra y el impotente Gobierno sostenido por la ONU, que un año después de ser designado aún no ha sido capaz de conseguir la legitimidad que debe concederle el legislativo ni de mejorar la vida en la capital, donde los cortes de agua corriente y electricidad son una realidad diaria, escasean la comida y los servicios, y conseguir dinero en efectivo es una odisea. Y en el este, a las puertas de Bengasi, prolonga su creciente e inquietante sombra el mariscal Jalifa Hafter, un militar con trazas de dictador que contribuyó a aupar al poder a Gadafi y que años más tarde, reclutado por la CIA, devino en su principal opositor desde el exilio en Virginia. Dos décadas después, apoyado por Rusia, Egipto y Arabia Saudí y acusado de crímenes de guerra, encarna el cesarismo que vuelve a soplar en la región una vez asfixiadas las ilusionantes y manipuladas primaveras árabes: controla los recursos petroleros y domina el 70% de un país sumido en una larga y cruenta guerra civil de la que, al contrario de las libradas por Severo, nadie parece querer ya escribir.

 

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25 septiembre 2017 at 6:16 pm 1 comentario

Sevilla recupera este otoño el tiempo de Adriano y Trajano

La Hispalense y la Pablo de Olavide preparan un congreso y una exposición

Estatua del emperador Adriano – ABC

Fuente: EVA DÍAZ PÉREZ > Sevilla  |   ABC de Sevilla
24 de septiembre de 2017

El tiempo de Adriano y Trajano fue una de las grandes épocas de la Historia. Un momento en el que el imperio romano se transforma incorporando la gran diversidad de las culturas mediterráneas. Un tiempo de integración, mestizaje e hibridación en el que Roma fue paradójicamente más Roma que nunca. Esa época estuvo protagonizada por dos personajes cuyo origen estaba en las provincias del imperio, concretamente en Itálica: Trajano y Adriano.

Este año se conmemoran los 1900 años de la muerte de Trajano y el ascenso al trono de Adriano. Y Sevilla, al ser la patria de los emperadores, se convertirá en lugar de referencia para la revisión científica de ambos. Un congreso internacional organizado por la Universidad de Sevilla y una exposición en el Museo Arqueológico impulsada por la Universidad Pablo de Olavide serán las destacadas citas de un otoño en el que también continúa en marcha el proyecto de la candidatura para declarar Itálica como patrimonio de la humanidad. Un reto promovido por la asociación civil Civisur y respaldada por diversas instituciones.

La exposición, que se inaugurará en octubre en el Museo Arqueológico, lleva el sugerente título de «Metamorfosis: El nacimiento de una nueva Roma», cuyo comisario es el profesor de Historia Antigua de la Pablo de Olavide Juan Manuel Cortés Copete. Esta muestra contará con la exhibición de los cinco bustos de Adriano realizados en Hispania y que proceden de Sevilla, Mérida, Tarragona, Yecla y el Museo del Prado.

El otro plato fuerte será el ambicioso congreso internacional «De Trajano a Adriano. Roma matura, Roma mutans» que prepara la Universidad de Sevilla y que tendrá lugar entre el 26 y el 28 de octubre. Los responsables de este encuentro científico son Antonio F. Caballos Rufino, Salvador Ordóñez Agulla y José Carlos Saquete Chamizo.

La cita tiene como misión actualizar las últimas investigaciones sobre este brillante periodo del imperio romano que protagonizaron dos hijos de la Bética. «Con esta conmemoración quedará de manifiesto, una vez más, por su misma romanidad, la universalidad de Andalucía y su centralidad histórica en Europa», aclaran los organizadores.

Sevilla será el eje de un congreso que inaugurará en el Paraninfo el profesor Werner Eck de la Universidad de Colonia con la conferencia «Trajano y Adriano: ¿dos gobernantes contrapuestos» y que clausurará la profesora de la Universidad de Sevilla Pilar León-Castro con «Itálica: de la madurez trajanea a la mutación adrianea».

En el epílogo del encuentro se presentará el número especial que la revista «Andalucía en la Historia» ha dedicado a «La Bética: cuna de emperadores» y habrá una visita guiada al Museo Arqueológico y a Itálica.

1900 aniversario de la muerte de Trajano

No podía pasar desapercibida, al menos para el mundo académico, la conmemoración del 1900 aniversario de la muerte en Selinunte de Cilicia, el 8 de agosto del 117 d. C., del emperador Trajano —Imperator Caesar Nerva Traianus Augustus—, nacido en Itálica, y de la llegada al poder de Publius Aelius Hadrianus, nacido el 24 de enero del 76 en Roma, aunque de familia italicense.

Trajano llegó a ser el personaje más poderoso de su tiempo. Con él —el llamado Optimus Princeps— llegó el tiempo de las provincias. Mientras que con Adriano se llevó a cabo un proceso de racionalización en la gestión del Estado. Ambos son considerados los emperadores más romanos de entre todos los romanos.

Entre los especialistas que se reunirán en una Sevilla convertida en laboratorio de reflexión sobre la época dorada de Roma están profesores procedentes de universidades de Alemania, Francia e Italia como Patrick Le Roux, Matthäus Heil, Ségolene Demougin, Stephane Ne Benoist, Sabine Lefebvre, Gian Luca Gregori, Christian Witschel, Rudolf Haensch y Marietta Horster.

De universidades españolas participarán María del Pilar González-Conde Puente y Juan Manuel Abascal Palazón (Alicante), Francisco Marco Simón (Zaragoza), Santiago Montero Herrero (Madrid), Enrique Melchor Gil, Juan Francisco Rodríguez Neila y Antonio David Pérez Zurita (Córdoba) y Sergio García-Dils de la Vega, del Servicio de Arqueología del Ayuntamiento de Écija. Así como los profesores de la Hispalense Pilar Pavón Torrejón, José Carlos Saquete Chamizo, Aurelio Padilla Monge y Rosario S. de Castro-Camero, Anthony Álvarez Melero, Salvador Ordóñez Agulla y Antonio Caballos Rufino que hablará sobre Itálica como cuna de emperador y patria imperial.

 

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25 septiembre 2017 at 8:11 am Deja un comentario


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