Las cinematográficas mentiras de los rocosos gladiadores: estrellas de Roma no tan fieras

14 septiembre 2017 at 7:59 am Deja un comentario

Tras el periodo de la dinastía Julio-Claudio se prohibió en todas las partes del imperio, salvo en Roma, los combates a muerte. La cantidad de denarios que movía este negocio hacía que los patrocinadores tuvieran gran interés en que los gladiadores sobrevivieran a los combate

«Pollice Verso» (1872), del pintor francés Jean-Léon Gérôme – Museum purchase

Fuente: CÉSAR CERVERA ABC
14 de septiembre de 2017

Los gladiadores eran auténticas estrellas mediáticas, como hoy lo son los futbolistas o los tenistas, con la salvedad de que la impaciencia de los espectadores romanos no permitía que las competiciones se alargaran más de un día. Como si a un boxeador le obligaran a luchar varias veces en cuestión de pocas horas, la resistencia física era fundamental para poder aguantar ronda tras ronda combates interminables. No obstante, la gran mentira trasladada por películas como «Gladiator» o «Espartaco» es que la mayoría de gladiadores morían sobre la arena y que los espectadores acudían a ver sangre y vísceras. Lo último que querían los patrocinadores era ver muertos a los luchadores que los estaban haciendo de oro y proyectaban tantas cualidades que admiraba el pueblo romano. Nada había peor en estos espectáculos que un combate breve (mortal) o sin emoción.

La virtus era la principal cualidad masculina que regía la vida en la Antigua Roma. Se esperaba de los políticos, militares y ciudadanos que se mostraran varoniles, leales a la República (más tarde al Emperador) y dispuestos a sacrificarse por el bien común. De ahí la importancia social de los combates de gladiadores, que entretenían al pueblo con las hazañas de unos hombres que cumplían al detalle con la virtus y las cualidades marciales que habían engrandecido a Roma.

De rituales a espectáculo de masas

El nombre de gladiador deriva del arma principal que solían utilizar, una espada corta de hoja recta llamada gladius, que las legionarios romanas adaptaron a modo de imitación de las armas portadas por los mercenarios celtíberos de Aníbal Barca;. El origen más remoto de la lucha de gladiadores hay que buscarlo en la época etrusca (siglo IV a.C.), durante la cual se celebraban combates rituales entre los prisioneros en torno a las tumbas de los héroes para honrar a Saturno. En este sentido, como explica David Potter en su libro «Los emperadores de Roma» (Pasado&Presente, 2017), los combates públicos como entretenimiento, y no como rituales religiosos, ya se empezaron a celebrar en los años de la República, pero no adquirieron la magnitud de un espectáculo de masas, común en todas las regiones del Imperio, hasta después de la batalla de Accio (31 a.C.), cuando la Pax Romana permitió un periodo de relativa calma en las fronteras.

El formato más habitual de estos combates era el de una serie de asaltos entre dos o más hombres armados que finalizaban, por regla general, cuando uno de los contendientes resultaba herido. Al comienzo del evento, los gladiadores desfilaban por el circo con sus armas y distintivos. Cuando llegaban al palco del Emperador saludaban a las autoridades en muestra de respeto, pero es poco probable que pronunciaran el cinematográfico «Ave, Caesar, morituri te salutant» (Ave, César, los que van a morir te saludan), tras lo cual presentaban sus armas al promotor encargado de comprobar que estuvieran en buen estado y cumplieran con las reglas establecidas. Asimismo, los gladiadores realizaban un precombate simulado (prolusio) a modo del moderno calentamiento.

Gladiadores después del combate, por José Moreno Carbonero

Los vencedores en los combates iban acumulando prestigio y subían de categoría, de tal manera que a los veteranos les quedaba la opción al final de su carrera de convertirse en maestros de las escuelas o incluso en árbitros. Los combates estaban perfectamente reglados por un «suma rudis», un árbitro que vigilaba el desarrollo de la lucha y que mandaba parar el combate cuando uno de los contendientes no respetaba las normas. El «suma rudis» era siempre un gladiador retirado y portaba una espada de madera, símbolo de su pasado como luchador de la arena.

Las estrellas no pueden morir

La creencia de que todos los gladiadores eran esclavos o debían ganarse su libertad se desmiente con la existencia de numerosos hombres libres que se dedicaron a estos combates con fines lucrativos. Las filas de las escuelas de gladiadores se nutrían con prisioneros de guerra, condenado ad gladium, a trabajos forzados y esclavos destinados a las escuelas por sus amos para que los adiestraran y luego poder usarlos de guardia de corp en sus familias.

No en vano, la cantidad de denarios que movía este negocio, que los magistrados civiles tenían la obligación de organizar al menos una vez al año, hacía que los patrocinadores tuvieran gran interés en que los gladiadores sobrevivieran a los combates y, de paso, evitar el pago de los millonarios seguros de vida contratados por los hombres libres en caso de sufrir una desgracia.

Gladiadores victoriosos ofreciendo las armas a Hércules guardián

Según el jurista y escritor Gayo, los gladiadores de alquiler para un solo combate se cotizaban a 20 denarios si salían vivos y sin heridas del anfiteatro, mientras que la cifra se elevaba a los 1.000 por los hombres muertos o mal heridas. Los mejores gladiadores voluntarios firmaban contratos de cinco años y combatían dos o tres veces cada temporada.

Los combatientes se organizaban en «familiae», esto es, compañías en las que sus entrenadores tenían la potestad de vender, alquilar o intercambiar a los miembros de su equipo. Los propietarios de las escuelas de gladiadores, conocidos como «lanistas», eran los responsables de reclutar a los guerreros y de su entrenamiento. El adiestramiento diario en la escuela era en muchos casos extremo, pues se requería un gran aguante para soportar una sucesión maratoniana de combates sobre la arena. Por lo demás, los gladiadores vivían entre grandes comodidades para preservar su salud.

A cambio de los duros entrenamientos, los gladiadores obtenían buenas dietas, masajes y cuidados médicos diarios, algo al alcance de muy pocos en la época. En la víspera de la lucha –explican los autores de «Historia del deporte. De la Prehistoria al Renacimiento» (Editorial Wanceulen)– se ofrecía públicamente a los gladiadores una cena libera con los mejores manjares y bebidas, con el fin de que el pueblo pudiera observar de cerca a sus héroes. A nivel social, se daba la contradicción de que los patricios romanos denigraban a los gladiadores por su baja posición y, a la vez, los admiraban por su valentía y los elevaban por encima de otras grandes celebridades.

Sangre, sudor y habilidad

Ver un derramamiento de sangre no era lo que hacía tan seguidas las luchas entre gladiadores. La sociedad romana sentía fascinación por el dolor y el sufrimiento, hasta el punto de que los gladiadores eran admirados como símbolos de fortaleza extrema, individuos que arriesgaban la vida y la integridad física. Una pequeña dosis de sangre y sufrimiento era bienvenida, aun cuando las matanzas no eran deseables ni lo más probable (el índice de mortalidad estaba en torno al 5% en cualquiera de los espectáculos romanos). La muerte acaecía por accidente o cuando uno de los contendientes se comportaba de manera esquiva o inútil, en cuyo caso se le azuzaba con latigazos y hierros candentes. Si persistía en su actitud se le azotaba y mataba por cobarde.

A la muerte de Augusto, le siguió un periodo en el que sí fueron más frecuentes los combates «sine missione» (sin perdón). No obstante, tras el periodo de la dinastía Julio-Claudio se prohibió en todas las partes del imperio, salvo en Roma, los combates a muerte. E incluso en la capital solo cuando asistía el Emperador era habitual que las luchas acabaran con muertos. De ahí ha derivado la cinematográfica escena de la grada, sediento de sangre, pidiendo al Emperador la muerte o el perdón del gladiador derrotado con la señal del dedo pulgar hacia arriba (pollice verso, pulgar girado). Una interpretación errónea de este gesto, que se extendió originalmente por culpa de un cuadro del siglo XIX del pintor francés Jean Leon Gerome. En verdad, el pulgar hacia abajo significaba clemencia para el vencido, a través de un gesto que trataba de imitar una espada envainada de nuevo.

En la época del Emperador Marco Aurelio, fue habitual que en los enfrentamientos se usaran armas de madera en vez de espadas y tridentes de acero. Todo ello porque la verdadera esencia de estos combates era dar con un espectáculo de larga duración en el que se exhibieran las habilidades marciales de los combatientes y hubiera un toque teatral. En las raras situaciones en las que un gladiador moría, el operario que lo retiraba de la arena iba disfrazado como el dios etrusco del infierno blandiendo un enorme y teatral martillo.

Para ver sangre a raudales había otros entretenimientos públicos con una violencia más explícita y probable. Entre ellos –apunta David Potter– aquellos en los que uno o más cazadores profesionales acosaban y daban muerte a diferentes tipos de animales o en las ejecuciones de delincuentes, precedidas de torturas públicas, que se vestían de representación teatral. Y a veces se enfrentaban a muerte los condenados. Asimismo, «la exposición a las bestias» consistía en arrojar a convictos desarmados a la arena para que fueran devorados por leones, tigres, osos o lobos.

La decandencia de este tipo de entretenimientos fue acelerado por las prohibiciones. En el año 200 se prohibió que las mujeres lucharan y, finalmente, la lucha de gladiadores fue prohibido por el Emperador Constantino el Grande en el año 325, y retirado definitivamente por Horacio en el 404. El ascenso del cristianismo a fe oficial de Roma hizo que los espectáculos que tanto gustaban a la gente empezaron a ser mal vistos, por crueles y sanguinarios, así como por recordar la muerte de mártires cristianos a manos de bestias en los años de la persecución de los seguidores de Cristo.

 

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