Archive for 23 julio 2017

La exhumación del anfiteatro de Porcuna (Jaén) revela que es “uno de los coliseos romanos más importantes de España”

Los trabajos arqueológicos han sacado a la luz en Porcuna (Jaén) un anfiteatro romano del siglo primero antes de Cristo, que tras las primeras catas de exhumación, los expertos han colegido que es “uno de los coliseos más importantes de España”.

Excavación arqueológica en Porcuna (EUROPA PRESS/ AYUNTAMIENTO PORCUNA)

Fuente: EUROPA PRESS  |  20minutos.es

PORCUNA (JAÉN), 23 Jul.- Según informa el Ayuntamiento de Porcuna en una nota, por su dimensión, superior a la de un campo de fútbol, implica que tenía capacidad para más de 10.000 espectadores, de forma que el anfiteatro de la entonces romana Obulco es uno de los principales monumentos de su etapa histórica construidos en la Península Ibérica.

Los trabajos iniciales han propiciado que emerjan muros de gran envergadura en tan perfecto estado de conservación que el resultado ha sorprendido al impulsor del proyecto, el alcalde de Porcuna, Miguel Moreno.

El regidor ha admitido que la apuesta municipal ha dado un fruto impensable, pues se “sabía que el hallazgo era importante y por eso se invirtió en él, pero lo cierto es que lo que se ha descubierto sobrepasa las expectativas más optimistas”.

Moreno ha explicado que a pesar de que la excavación acaba de comenzar, ya han sido desenterrados los pilares de la fachada meridional, con un vano cegado de época, que muestran una sólida sillería de enormes bloques, ciclópea y almohadillada.

Para el director de la excavación arqueológica, Rafael Saco, las perspectivas son excelentes por la magnífica conservación de los muros exhumados, de casi tres metros de altura, sin bien admite que otras zonas están más alteradas.

En ese aspecto, su buen estado se deriva de los grandes derrumbes de estructuras con una altura de diez metros, ya que protegió a los sillares de los frecuentes saqueos que se llevaban a cabo en otras épocas para utilizar las piedras en diversas construcciones.

El anfiteatro de Porcuna, que se encuentra bajo calles y viviendas, casi rozaba la superficie. De hecho, los arqueólogos apenas habían excavado medio metro en el subsuelo cuando surgió el coliseo, cuya magnitud es coherente con la de la antigua ciudad de Obulco, sobre la que se asienta Porcuna.

Tal y como indican los arqueólogos, la superficie de Obulco era mayor que la de la Córdoba romana, de ahí la presencia de los numerosos vestigios arquitectónicos romanos que jalonan el municipio, como las cisterna de la Calderona, los recintos fortificados del Comendador y Jabonero y las fachadas de las casas nobles del sector de San Benito.

La obra cuenta con la autorización de la Junta de Andalucía, una de cuyas inspectoras ha visitado recientemente la zona en la que ha surgido el anfiteatro. Precisamente, Moreno planteará a la administración autonómica, y también a la central, que respalden financieramente el proyecto para que Andalucía cuente con un monumento de la época romana a la altura de los anfiteatros de Mérida, Tarragona y Sagunto.

El alcalde porcunense está convencido de que el coliseo apuntalará el atractivo turístico del resto de los yacimientos del municipio, lo que, al propiciar un incremento de visitantes, lo convertirá en un “importante recurso económico para la población”.

 

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23 julio 2017 at 5:55 pm Deja un comentario

¿Cómo murió Alejandro Magno?

A pesar de la vigencia que tiene la hipótesis del envenenamiento, lo más probable es que el general contrajera una fiebre mismática.

Mosaico de Alejandro en la batalla de Issos, una de las grandes victorias de su campaña contra los persas

Fuente: José María Zavala  |  LA RAZÓN
22 de julio de 2017

La prematura muerte de Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno (356-323 a. C.), apenas cumplidos los treinta y tres años, sigue constituyendo hoy uno de los mitos de la Historia universal. Existen razones fundadas para pensar que su fallecimiento no se debió al envenenamiento, como algunos historiadores han pretendido hacer creer. Entre otras cosas, porque la ciencia de los venenos sólo podía basarse en meras conjeturas en una época en la que no se practicaban autopsias.

En cuanto a su incorruptibilidad, la cual ha llegado a afirmarse no debe perderse de vista que para los biógrafos del conquistador, como para todos sus contemporáneos, los monarcas debían gozar entonces de semejante privilegio. El cadáver de un soberano no podía ser pasto de los gusanos, como el del último de sus súbditos.

Pero volviendo al más que improbable emponzoñamiento de Alejandro Magno, debemos advertir al lector que los rumores fueron propalados por la propia madre del difunto monarca, Olimpia de Epiro, para estigmatizar la memoria del general Antípatro, el cual mandaba en Macedonia y gobernaba Grecia mientras el conquistador libraba encarnizadas batallas en el interior de Asia.

Herida en su orgullo de madre, Olimpia de Epiro pretendió dañar también el prestigio de Casandro de Macedonia, hijo de Antípatro, a quien sucedió en el trono. El doctor Foissac manifestó incluso que Olimpia esparció al viento las cenizas de Iolas, hermano de Casandro, a quien acusaba de verter el veneno que mató a su amado hijo. Llegó a decirse, para colmo de maledicencias, que el general Antípatro, celoso de las victorias del joven Alejandro, se puso de acuerdo nada menos que con el impar Aristóteles, que tantos conocimientos brindó al monarca, encargándose el propio filósofo de preparar el brebaje letal. Verlo para creerlo.

Hablando de leyendas, añadamos que existía en la Arcadia, cerca de un lugar llamado Nonacres, un manantial muy frío que surtía de agua a la Estigia, llamada así en la mitología griega.

De acuerdo con una versión popular publicada en la «Revista española» de ambos mundos en 1853, el agua de ese manantial estaba desprovista de olor y sabor, constituyendo un veneno mortal que atravesaba el vidrio y hasta el metal, y con cuanta mayor razón las vísceras de un cuerpo humano como el de Alejandro Magno, por muy rey que fuera. Según esa leyenda, el agua solo podía transportarse en el interior del casco de un caballo; precisamente el medio empleado por Casandro, de acuerdo con las habladurías, para hacerla llegar a sus hermanos Filipo e Iolas, mayordomos del rey. Como las responsabilidades de Filipo e Iolas en la Corte les obligaban a probar antes los alimentos y bebidas, sirvieron primero el agua demasiado caliente. Al rechazarla Alejandro, añadieron entonces el agua fría y venenosa.

Bebamos ahora, nunca mejor dicho, de la gran fuente documental: el propio «Diario de Alejandro Magno». En el primero de sus últimos días en el mundo de los vivos, se hace constar que Alejandro volvió a casa de Medio, uno de sus efebos predilectos, y empezó a sentir ya entonces los primeros accesos de fiebre.

Al día siguiente, llevado en su litera, permaneció acostado hasta la noche. Reunió a los jefes, fijó la ruta de navegación, y ordenó a la Infantería que estuviese preparada. Transportado en litera hasta orillas del Éufrates, lo atravesó en barco, tomó luego un baño y descansó. Durante los últimos diez días, la fiebre aumentó hasta límites insoportables para el ser humano. De ello dan cumplida cuenta los boletines diarios de la enfermedad de Alejandro proporcionados por Arrio, según los diarios de Ptolomeo y de Aristóbulo.

El relato de Plutarco, basado en el Diario del monarca, nos sirve para completar el de Arrio y confirmar que el soberano falleció víctima de las altas fiebres en el plazo de diez días. Es probable que nuestro protagonista perdiese la vida así a consecuencia de la fiebre y no del veneno, teniendo en cuenta que acababa de atravesar una comarca pantanosa, durante su paseo por las marismas que formaban el Éufrates. Para colmo de males, los remedios médicos contra la fiebre –baños fríos, principalmente– resultaron ineficaces por completo. No sería descabellado deducir que Alejandro pudo haber sucumbido en realidad a una fiebre miasmática que progresó de forma acelerada por sus excesos con el alcohol, tal y como manifestaba Efipo en su obra sobre la sepultura de Alejandro y de Hefestión. Alejandro Magno, en efecto, bebía también a lo grande.

 

23 julio 2017 at 10:09 am Deja un comentario


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