Archive for 16 julio 2017

Hallan 8 nuevos naufragios en el archipiélago griego de Fourni (ya son 53 en total)

El archipiélago de Fourni, compuesto por pequeñas islas e islotes, constituye la mayor concentración conocida de barcos antiguos en el Mediterráneo y probablemente en el mundo

Fotografía en 3D. Un arqueólogo subacuático fotografía los restos de un barco hundido con el fin de crear una imagen en 3D del sitio arqueológico. Foto: Vasilis Mentogianis

Fuente: ALEC FORSSMANN  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
16 de julio de 2017

La expedición arqueológica greco-norteamericana que investiga las profundidades del pequeño archipiélago griego de Fourni, junto a la costa oeste de Turquía, ha descubierto ocho nuevos naufragios, lo cual eleva a 53 el número total de barcos naufragados. “La Investigación Subacuática de Fourni es uno de los proyectos arqueológicos actuales más emocionantes”, expresan los investigadores en un comunicado. El archipiélago de Fourni, compuesto por pequeñas islas e islotes entre las islas de Icaria y Samos, constituye la mayor concentración conocida de barcos

La tercera campaña arqueológica fue desarrollada el pasado mes de junio y a lo largo de tres semanas por el Eforato de Antigüedades Subacuáticas del Ministerio de Cultura de Grecia y por RPM Nautical Foundation. Los arqueólogos, dirigidos por George Koutsouflakis y Peter Campbell, han realizado varios hallazgos importantes, entre ellos los restos de un barco de época clásica que transportaba ánforas de la isla griega de Quíos y un barco romano procedente de Iberia, la península Ibérica. También se han descubierto numerosos anclas de diferentes épocas, del período arcaico al bizantino, y de diversos materiales: piedra, plomo y hierro. Los hallazgos indican una conexión marítima por todo el Mediterráneo y revelan los cambios comerciales y tecnológicos de diferentes épocas. Los investigadores han utilizado los últimos métodos arqueológicos, entre ellos el sónar multihaz, el fotomosaico ortográfico y la fotogrametría en 3D.

Ánfora romana. Ánfora del período romano tardío hallada en el archipiélago griego de Fourni. Foto: Vasilis Mentogianis

 

Elevación de un ánfora. Elevación de un ánfora romana procedente del norte de África. Foto: Vasilis Mentogianis

 

Barco romano hundido. Modelo 3D en alta resolución de un barco romano hundido. Imagen: Kotaro Yamafune

 

Grandes ánforas pónticas. Un arqueólogo subacuático fotografía unas grandes ánforas pónticas de época romana. Foto: Vasilis Mentogianis

 

Ánfora clásica. El conservador jefe con un ánfora del período clásico. Foto: Vasilis Mentogianis

 

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16 julio 2017 at 8:27 pm Deja un comentario

Excavan una villa en Itálica con una construcción única en la península

La UPO estudia un lecho de banquetes similar al que tenía Adriano en Roma. En octubre iciará los trabajos en la muralla, nunca excavada antes

Miembros del equipo de la UPO excavando en la Casa de la Cañada Honda – RAÚL DOBLADO

Fuente: JESÚS MORILLO  |  ABC de Sevilla
16 de julio de 2017

Este agosto se cumplirán diecinueve siglos del fallecimiento de Trajano y la llegada al poder de Adriano, los dos emperadores béticos que tuvo el imperio romano. Las administraciones públicas no han aprovechado la fecha para dar un salto cualitativo con objeto de fomentar el conocimiento de los emperadores, mediante alguna actividad, como por ejemplo, una exposición, ni para avanzar en el estudio de sus figuras, organizando, por ejemplo, algún simposio internacional. El único lo organizó Civisur, que promueve la candidatura a Patrimonio de la Humanidad de Itálica.

El Seminario de Arqueología de la Universidad Pablo de Olavide (UPO) sí ha aprovechado la efeméride y ha puesto en marcha su primer proyecto de excavaciones en el conjunto arqueológico de Itálica, que persigue, en una de sus dos intervenciones, la huella del emperador Adriano en la ciudad bética.

Se trata de la excavación que están realizando durante todo el mes de julio en la Casa de la Cañada Honda, en cuyo patio hay una construcción prácticamente única en España, pues solo se conserva otra similar en la península ibérica en la Villa del Ruedo de Almedinilla (Córdoba).

Esta construcción es un lecho de banquetes denominado «stibadium», diferente del habitual «triclinium», por cuanto aquel distribuye los divanes que lo forman de forma radial respecto a una fuente, mientras este los sitúa en forma de «U», explica el director de la excavación y profesor de Arquelogía de la UPO Rafael Hidalgo.

Lo que hace único a este «stibadium», explica Hidalgo, «es que es muy difícil de ver antes del Bajo Imperio (siglos III y IV d. C.). Los únicos que había en época de Adriano (siglos I y II d. C.) son los que se conservan en la Villa Adriana, en Tívoli, uno en el Canopo y otro en el Palazzo, que excavamos hace un año».

La excavación trata de probar si el «stibadium», muy raro de ver antes del Bajo Imperio, es de la época de Adriano

Lo que trata de probar este equipo con este proyecto es si el «stibadium» de Itálica es de la época del emperador. «Creemos que la casa de Itálica, situada en el barrio Adrianeo, una zona de casas nobles, pertenecía a un rico patricio con casa en Roma y que pudo, tras estar en la villa de Adriano, construirse un “stibadium” similar». Para poder probar esta teoría, se están tomando muestras de los morteros romanos para analizar la composición química de las argamasas y a partir de ahí comprobar si son de la misma época las de Itálica y Villa Adriana, explica la estudiante de doctorado, Rocío Durán, mientras trabaja en la Casa de la Cañada Honda, sobre la que, además, prepara su tesis. La comparativa la podrán hacer cuando concluyan las excavaciones que el Seminario de Arquelogía realizará en la Villa Adriana en agosto y septiembre.

Trabajos todo el mes de julio

Durán forma parte del equipo que excava en Itálica durante todo julio bajo la dirección de Hidalgo, en jornadas de siete y media de la mañana a las dos de la tarde. En total, están sobre el terreno cuatro arqueólogos, un topógrafo y una treintena de alumnos —de distintos grados de Humanidades y de doctorado d e la UPO—, que trabajan en turnos diarios de quince estudiantes. «Excavar en estos meses es muy duro, pero es la mejor época para hacerlo, ya que la lluvia es tu peor enemigo».

La UPO excavará por primera vez la muralla tardoantigua de Itálica en un tramo cercano «Traianeum»

Los trabajos en Itálica los retomará la UPO el próximo octubre, fecha en la que excavarán por primera vez en la muralla tardoantigua de la ciudad, en un tramo situado en las proximidades del «Traianeum». «No se ha excavado nunca, solo se conoce su ubicación gracias las prospecciones geofísicas. Esta excavación puede aportarnos datos para conocer la evolución histórica de Itálica más allá del imperio romano», señala.Con estas palabras, este arqueólogo hace referencia al hecho de que Itálica continuó siendo habitada en época visigoda. «La muralla o es del siglo IV o, más probablemente, del siglo VI, construida durante el conflicto entre Leovigildo y Hermenegildo», que enfrentó a padre e hijo por haberse convertido este último al catolicismo.

Esta segunda fase contará con la colaboración de un equipo de arqueólogos de la universidad alemana de Marburg, dirigidos por el profesor Max Teichner, que se encargarán de realizar las prospecciones geofísicas previas a la excavación de la muralla y colaborarán también en los trabajos.

Jornadas de puertas abiertas

Estas excavaciones se desarrollarán, como mínimo, durante el próximo curso, aunque «con toda probabilidad se extenderán un año más. En ese tiempo, la investigación se complementará con el desarrollo de la actividad docente en la UPO, pues todas las prácticas del Seminario de Arqueología se trasladarán a allí. Creo que estaremos dos años y que tendremos una monografía con resultados medio año después».

Esa unión de la investigación al proyecto docente es un aspecto que valoran los alumnos de Humanidades que participan en la excavación, como Laura Cantos. «La arqueología es algo que veía como muy lejano, como algo que se veía en la tele. Pero cuando vi el anuncio en la facultad me apunté y me cogieron. Es un trabajo pesado, pero cuando encuentras, por ejemplo, una «lucernita» (pequeña lámpara romana) y estucos, eso es un mundo».

Algo de la emoción que supone desenterrar piezas que hablan del pasado romano e imperial de la actual Santiponce pueden sentirlo los visitantes que quieran acercase a la excavación, pues el equipo organiza todos los viernes jornadas de puertas abiertas a las diez de la mañana y con explicaciones en cuatro idiomas: español, francés, inglés e italiano. Una oportunidad de buscar la huella de Adriano el año del XIX aniversario.

 

16 julio 2017 at 11:41 am Deja un comentario

Un turista español defeca en las ruinas de Pompeya

Su esposa, para asegurar la privacidad necesaria para evacuar en el lugar del arte por excelencia, bloqueó la entrada de la «domus» a los turistas

Gtres

Fuente: L.R.S. LA RAZÓN
15 de julio de 2017

Un turista español de 80 años fue sorprendido defecando en las ruinas de Pompeya, según informa el diario italiano il Matino di Napoli. Al parecer, el hombre sufría incontinencia debido a su avanzada edad. «La incontinencia, su avanzada edad, el calor sofocante y el almuerzo digerido (no precisamente ligero), provocó que el hombre no se pudiese contener y se viera obligado a evacuar en los frescos de la “casa de Menandro», publica el diario.

El hombre contó con la complicidad de su esposa. La mujer, para asegurar la privacidad necesaria para defecar en el lugar del arte por excelencia, bloqueó la entrada de la «domus» para evitar que otros turistas entraran. Esta actitud resultó sospechosa para el guardia de seguridad que entró en la estancia y se encontró con la desagradable escena: el anciano con los pantalones en los tobillos y dispuesto a evacuar en las ruinas. El vigilante avisó a los carabinieri que en un principio pensaron que era un malentendido pero la apestosa evidencia no hizo sino constatar el delito.

Todo esto ocurrió unas horas antes de la visita a Pompeya de los ministros Dario Franceschini y Claudio De Vincenti, con motivo de la inaguración de una nueva ruta en las ruinas. El hombre ha sido denunciado por atentar contra en monumento nacional.

 

16 julio 2017 at 9:55 am Deja un comentario

El atroz Vietnam de las legiones romanas

Recorrido por el campo de batalla de Teutoburgo de la mano de Valerio Manfredi, autor de una novela sobre la derrota de las tropas de Augusto por los germanos

Legionarios romanos en un acto de reconstrucción histórica en Kalkriese.

Fuente: JACINTO ANTÓN > Kalkriese  |  EL PAÍS
16 de julio de 2017

Valerio Manfredi se arrodilla y deposita sentidamente una rosa sobre la hierba (una rosa, por cierto, que le han prestado en una cafetería cercana). Aquí y en los alrededores, de hecho a todo lo largo de una ruta infernal de unos 50 kilómetros a través de los espesos bosques de Germania, cayeron millares de legionarios romanos, compatriotas del novelista (Castelfranco Emilia, 1942), hace dos milenios, masacrados a lanzazos y espadazos por las tribus enfurecidas de los queruscos, brúcteros y angivaros, entre otros. La peor derrota de Roma junto a Cannas, Carras y Adrianópolis. Manfredi suspira y agita la leonina cabeza orlada de cabello blanco mientras con porte de centurión musita un fragmento de Velleius Paterculus sobre el combate, en latín.

Estamos en uno de los escenarios estelares de la batalla de Teutoburgo, una de las mayores y de más trascendencia de la Antigüedad, pues acabó con el sueño de romanizar Germania y convertirla en provincia del imperio (lo que hubiera ahorrado muchos problemas futuros, aunque quizá también nos habría privado de Beethoven, Kant y Beckenbauer). Junto al lugar de la genuflexión del escritor se ha reconstruido parte del terraplén que en su día, en aquel tempestuoso y sangriento final de verano del 9 después de Cristo, levantaron con insólito sentido de la estrategia los guerreros germanos para, tras varios días de acosarlas, estrechar el ya difícil paso de las legiones, embotellarlas entre montaña y pantanos y diezmarlas con hierro. Esto es el “Varusschlacht”, el lugar del desastre de Varo, la gran trampa al pie de la colina de Kalkriese, al noroeste de Alemania, por encima de Bonn y Colonia, el único espacio identificado arqueológicamente hasta ahora de la famosa batalla de Teutoburgo. En ella, desarrollada a lo largo de varias jornadas de enfrentamientos salvajes, culminados un (otro) infausto 11 de septiembre, se desangraron hasta la aniquilación completa tres legiones enteras, el orgullo de Roma, las numeradas XVII, XIIX (el 18 lo escribían así) y XIX, junto con sus correspondientes tropas auxiliares, hasta un total de unos 17.000 combatientes, más la impedimenta y seguidores civiles, un concepto que incluía desde comerciantes y familiares de los militares a prostitutas que marchaban animosamente detrás del ejército.

El museo sobre la batalla de Teutoburgo, en Kalkriese.

Manfredi ha dedicado su última y muy emocionante novela, Teutoburgo (Grijalbo, 2017), a narrar las causas y el desarrollo de esa batalla, remontándose a la juventud del artífice de la victoria germana, el caudillo y príncipe querusco Arminio, al que el relato le imagina una estancia como rehén en Roma, donde aprende el funcionamiento y las tácticas de las legiones, lo que le permitirá luego –después de formar parte del mando de ellas, lo que sucedió en la realidad- destruirlas (el clímax de la novela).

Si la llegada de las tropas romanas al matadero de Teutoburgo, mandadas por un inepto y arrogante general, Publio Quintilio Varo –amigo del emperador Augusto-, fue un Via Crucis, la nuestra a esta zona de Baja Sajonia no ha sido menos complicada (salvando las distancias). El trayecto desde Colonia, a altas horas de la noche, con un automóvil alquilado que no conseguíamos arrancar y cuyo sistema de navegación solo informaba en alemán, resultó complejo. Además, la reserva en el hotel de Gütersloh, donde debíamos pernoctar había sido hecha por error para el mes siguiente. Así que tuvimos que refugiarnos durante unas horas en un tronado bar regentado por armenios y frecuentado por seguidores del Olympiakos griego, antes de conseguir in extremis una única habitación en otro hotel, que compartimos con alivio (“dalle stalle alle stelle”, se exclamó el novelista) y gran sentido de la camaradería, lo que permitió la excepcional visión del célebre autor de Alexandros en calzoncillos.

Hacerle de auriga a Manfredi, que decidió no conducir en todo el trayecto y dedicarse a recitar los clásicos, resulta muy ameno. El escritor va desgranando tanta información sobre la antigüedad que uno ya no sabe si está a la altura de Osnabrück o en un desvío al reino de los marcomanos, adonde Arminio envió la cabeza de Varo, que se suicidó durante la batalla (el rey de los marcomanos, Marbod, se la mandó a su vez a Augusto, por quedar bien: así acaso el emperador pudo decirle a la cara aquello de “¡Varo, devuélveme mis legiones!”). Manfredi explica que en una ocasión se vio involucrado en un acto de recreación histórica de la batalla de Teutoburgo en la que participaban entusiastas italianos caracterizados de legionarios y empeñados en ganar a sus rivales alemanes. Un profesor de Heildeberg les hizo ver lo inadecuado e inexacto de su testaruda actitud y solo entonces se dejaron masacrar, pero con desgana.

Un letrero de “Teutoburger Wald” (Bosque de Teutoburgo) nos hace saltar de entusiasmo en la autopista. Luego vemos un MacDonald’s. Al poco llegamos por carreteras secundarias al Varusschlacht Museum und Park de Kalkriese, el moderno centro creado en 2002 para explicar los hallazgos arqueológicos de la batalla de Teutoburgo. Entramos en tromba, como los galos de Astérix. Del edificio de admisión, con las taquillas y tienda de recuerdos (desgraciadamente con la mayor parte de los libros en alemán), se accede a través de un espacio abierto, en el que unos niños están formando una cohorte bajo el entusiasta mando de una profesora, al museo propiamente dicho, que es un cubo con una alta e intimidatoria torre revestida de hierro oxidado. Es evidente que alude al armamento y a las atalayas de vigilancia de la frontera del Rhin. La panorámica en lo alto es espectacular.

Manfredi, en la terraza del museo de Kalkriese.

En las salas se despliegan una pormenorizada y muy didáctica explicación de la historia de la batalla, con dispositivos multimedia (Arminio, de 26 años, y Varo de 51, en 3D se materializan para darte sus versiones de lo ocurrido) y los hallazgos arqueológicos que atestiguan que una parte sustancial de la contienda tuvo lugar aquí. Las excavaciones en los alrededores las inició el voluntarioso cazatesoros, entusiasta del detector de metales y oficial británico estacionado en Osnabrück Tony Clunn, reconocido descubridor en 1987 del lugar de la batalla, un enigma durante siglos aunque la localización en Kalkriese había sido ya propuesta por el gran Mommsen hacia 1880.

Manfredi, con una réplica de la máscara de caballería romana hallada en Kalkriese.

Los trabajos arqueológicos han permitido desenterrar un material tan fascinante como elocuente y que prueba sin lugar a dudas que hubo en el sitio un choque espectacular entre las legiones y los bárbaros germanos en las fechas exactas que atestiguan las fuentes clásicas (Tácito, Patérculo –esencial para Manfredi, que recuerda que el historiador era legado en Germania en la época de la batalla), Dion Casio y Floro, principalmente). Millares de objetos, más de seis mil –piezas de equipo militar, armas, proyectiles (piedras o plomos de honda con “SMS” como “culum pete”, “dale en el culo”), restos humanos, monedas, hasta sandalias-, la mayoría hechos trizas, reflejan la enormidad e intensidad del combate. Aquella, recalca Manfredi, fue una lucha feroz, despiadada, una “batalla de aniquilamiento” que culminó en una matanza salvaje de romanos, incluido luego el terrible sacrificio de prisioneros a los dioses germanos. Un soporte de penacho de un casco de centurión apareció junto a un trozo de mandíbula, un cráneo mostraba espeluznantes heridas de espada. Incluso se encontraron (y se exhiben), restos de las acémilas que empleaban las legiones aniquiladas, así como testimonios de la vida cotidiana de los soldados.

Manfredi, que recorre la exhibición sobrecogido, recuerda que los objetos son solo lo que quedó tras el minucioso pillaje de los vencedores. Y señala que la escasez de material propiamente germano se explica porque su equipo era más somero (era tradición combatir desnudo, empuñando la temible framea, la lanza germana) y los que portaban equipamiento Premium es porque éste era precisamente de factura romana (arrebatados en los puestos de vigilancia sobre el territorio). En una vitrina se muestra la famosa e inquietante máscara de jinete romano hallada en las excavaciones y que, multiplicada en reproducciones y postales, se ha convertido en el omnipresente icono del museo y de la batalla de Teutoburgo. La Historia misma parece mirar a través de sus ojos vacíos. Originalmente estaba revestida de una capa de plata que le fue arrancada. “Generalmente se usaban para ejercicios de equitación, no sabemos por qué la llevaría un combatiente”, apunta Manfredi, que hace aparecer la máscara en su novela y que se ha probado una réplica en la tienda. Richard Helmer, experto en reconstrucción facial (identificó los huesos de Mengele) ha realizado un molde del rostro que se escondía tras la máscara.

Soldados romanos en el bosque de Teutoburgo en un espectáculo de reconstrucción histórica en Kalkriese.

En el centro de la sala principal se despliegan las tres legiones en miniatura para que te hagas un efecto de cómo era el inmenso ejército de Varo en formación de marcha: una columna de 20 kilómetros de largo: cuando los últimos salían de un campamento los primeros ya estaban construyendo el siguiente. Mantener la capacidad operativa y las comunicaciones con esa extensión en un paisaje accidentado, sufriendo ataques sorpresa y con mal tiempo (hubo grandes tormentas, “horribile caelum”, dice Manfredi citando a Tácito), resultó tarea imposible, incluso para los romanos. Varo pagó el exceso de confianza, considera Manfredi, al dejar en manos de los auxiliares germanos, mandados por el propio Arminio la misión de explorar y detectar posibles peligros para las legiones, lo que era como confiar al zorro el cuidado de las gallinas. El general creía que Germania estaba ya pacificada, y no solo sometida, y se fiaba completamente del príncipe querusco romanizado, que hablaba latín y hasta poseía el rango ecuestre. No se dio cuenta de que se metía en una trampa.

“En formación de marcha y en ese terreno, boscoso y embarrado por las lluvias, la máquina de guerra de las legiones no pudo desplegarse y se vio atascada”, explica Manfredi, al corro que se ha formado espontáneamente a su alrededor; “una fuerza invencible en orden abierto se convirtió en muy vulnerable”.

Las legiones de Varo en miniatura en el Museo de Kalkriese.

El museo barre un poco para casa (al cabo la batalla ha sido uno de los elementos míticos de la construcción del imaginario del nacionalismo alemán) al enfatizar cómo los germanos lograron resistir y hasta vencer al imperio romano, que entonces contaba con 38 legiones, 11 flotas, 7.000 ciudades, 100.000 kilómetros de calzadas, y 70 millones de habitantes, una tercera parte de la humanidad. Pero Arminio, el gran líder pangermánico, aunque parte de la historiografía alemana lo ha reivindicado como un libertador y Hitler lo calificó de “el gran arquitecto de nuestra libertad”, no deja de ser un personaje complejo. “Es un héroe difícil de manejar”, recalca Manfredi. “Se lo puede ver como un traidor doble, primero a los suyos, a los que combatió como oficial de las tropas auxiliares romanas, y luego a sus camaradas de las legiones: es un ciudadano romano que crea una emboscada fatal a su propio ejército”. A Manfredi, pese a convivir con él toda una novela, no le es muy simpático el querusco.

Salimos del museo hacia la Killing zone. Seguimos un pequeño sendero en el bosque empedrado con planchas de metal cuadradas que sugieren escudos romanos o lápidas. De los árboles penden algunas cuerdas para trepar y columpiarse, a fin de amenizar la visita a los niños, pero que causan un efecto perturbador; crees ver a los germanos emboscados o los cadáveres de los prisioneros romanos ofrecidos a Wotan colgados de las ramas. Manfredi no resulta muy tranquilizador evocando la matanza. “Había una tempestad, caían árboles derribados por los rayos, el suelo estaba enfangado. De repente surgió el clamor de los bárbaros escondidos en la colina”. Es como visionar las primeras escenas de La caída del imperio romano o Gladiator. Pero aquí los germanos ganan por goleada. Los soldados se vieron atacados por el flanco, desde la altura, apelotonados en el estrecho paso que dejaba el muro disimulado con vegetación en un lado y los pantanos en el otro”.

Hoy el lugar, el campo llamado Oberesch, está muy cambiado. Hace solete y canta un petirrojo. Los pantanos de antaño son una amable y extensa planicie cubierta de hierba y diente de león, excepto una pequeña porción que, con cañas e inundada artificialmente, permite imaginar cómo era el terreno en el que lucharon y murieron los romanos. Nos acercamos al talud germano reconstruido. Frente a él se indica el lugar del hallazgo de una asombrosa cantidad de elementos, incluida la máscara, trozos de armas, y restos humanos. Los legionarios, apunta Manfredi, probablemente trataron de escalar el letal terraplén componiendo la testuto valaria, la tortuga para escalar muros, protegiéndose con los escudos y subiendo una fila de soldados sobre los de los compañeros (espero que no quiera que lo probemos: seguro que me toca a mí debajo). En todo caso, no sirvió. El autor evoca in situ, de manera impresionante -como en su novela- a las tropas romanas diezmadas, apretados los legionarios escudo con escudo, hombro con hombro, los gladios en la mano, protegiendo sus enseñas alzadas, resplandecientes fugazmente los golpeados y ensangrentados cascos y corazas por la iluminación fugaz de un relámpago. “No les quedaba más que coraje”.

Restos humanos con marcas de heridas de armas en el Museo de Kalkriese.

En el cielo vuelan muy alto tres rapaces. ¿Serán las águilas perdidas de las legiones? Los germanos capturaron las preciosas insignias, incluida la que trató de esconder sumergiéndola en el pantano su portador. “Se tardó años en recuperarlas las tres, y con ellas el honor de Roma”, recuerda Manfredi. “Los germanos las habían depositado en los altares de sus dioses”.

Tras hacer Manfredi su ofrenda floral y picarme yo con una ortiga (¡herido en Teutoburgo!) al tratar de coger lo que me parecía un denario romano y que resultó ser una chapa de cerveza, regresamos cabizbajos. Como reliquia me he llenado los bolsillos con tierra del lugar, tierra que una vez estuvo empapada de sangre, me parece más emotivo que un pin. “Esto fue el Vietnam de Roma”, comenta el novelista. “Y el fin de un sueño de imperio universal, Augusto no buscaba llevar la frontera hasta el Elba, 600 kilómetros al este del Rin, sino más allá, hasta el confín del mundo conocido”. Manfredi acaba el paseo como su libro: “Con la batalla de Teutoburgo Roma perdió Germania, y Germania perdió Roma”.

 

16 julio 2017 at 9:34 am Deja un comentario


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