Archive for 16 junio 2017

Jardines cercanos al paraíso

Todas las culturas, desde Babilonia, Grecia o China, han creado monumentos de verdor que evocan lugares ideales y nostálgicos

‘El Jardín de las delicias’ de El Bosco. MUSEO DEL PRADO

Fuente: MARIO SATZ  |  EL PAÍS
15 de junio de 2017

En Grecia y luego en Roma, la antigua sacralidad de los bosques era un tributo a lo pródigo de sus sombras. Así lo atestigua, al menos, la mitología. Cuando Baucis y Filemón, pobre pareja de Frigia, dan cobijo a Zeus y a Hermes —que recorrían el agreste paisaje disfrazados de peregrinos y a quienes nadie había querido recibir entre los ásperos frigios—, sientan el precedente del amor de los griegos por sus escasas arboledas. Enojados por ese rechazo, los dioses enviaron entonces un diluvio a todo el país, pero respetaron la cabaña de los ancianos hospitalarios, la cual, con el tiempo y la leyenda, acabó convirtiéndose en templo. Y como Filemón y Baucis habían pedido terminar juntos sus días, Zeus y Hermes los metamorfosearon en árboles.

Juego de luces y de sombras, misterio y belleza de las formas, la metamorfosis es el alma de la poética griega al mismo tiempo que la proyección cultural de un paisaje tan magro, pétreo y escueto que, para adornar la sencillez de su relieve, la calcárea temperatura de sus veranos mediterráneos, inventa por boca de los hombres juegos de máscaras infinitos con el fin de revelar coherencias secretas y justificar parentescos y dinastías. También Dafne, la hermosa ninfa cuyo nombre significa laurel, a punto de ser alcanzada por el ardiente Apolo, quien prendado de su belleza la perseguía, acabará por convertirse en árbol para escapar del abrazo solar, un árbol que además de refugio de palomas y solaz de los amantes cedía sus hojas a la pitia, quien las mascaba antes de proferir oráculos.

Con el laurel, toda Grecia entra en trance. Su astringencia siempre verde coronará por partida triple al sabio, al poderoso y al poeta. Correosas, sus hojas, en forma de punta de lanza, son heroicas ante el frío y el calor. Dioicos, sólo los árboles femeninos llevan bayas. Macho, el de la inmortalidad y la gloria, más alto y esbelto que la hembra, crece con soltura en los barrancos y busca la proximidad de las fuentes para iluminar su verdor. Figura inmortal, se sitúa en los límites del jardín griego, junto al algarrobo, el almendro y el olivo, constituyendo con ellos el modelo ideal de jardín filosófico. Más abajo, entre las piedras, innúmeras, se hallan las flores, pero los griegos estarán tan entusiasmados con la figura humana que no hay casi ninguna de ellas que no oculte una ninfa, una heroína o una hermosa adolescente, y aprenderán a apreciarlas mucho más tarde en su historia.

Pasará mucho tiempo hasta que las puedan ver como son, y aún más hasta que suban y trepen, tras haberlo hecho por las clámides de las hetairas, por el manto de María Theotokos, la madre del dios crucificado. Más acostumbrado al mar que a la tierra, hijo de las islas, el griego se entregó a la movilidad antes que al reposo. Fue navegante y mercader antes que apicultor, expresó primero la dinámica poesía de la Odisea y después la límpida reflexión filosófica de la Academia platónica. Por eso su antropología no parte de un jardín, como en el caso del Gan Eden bíblico, trasunto sin duda del oasis. Prometeo es un ladrón de fuego, y Pirra y Deucalión arrojan tras de sí las piedras de las que crecerán los seres humanos. De modo que fuego y piedra, ardor y sequedad en los orígenes, y alrededor un agua azul y sonriente que se engolfa en bahías oníricas en las que la calima veraniega desova mitos y cánticos. Una piedra y un fuego presentes aún hoy, despobladas en parte las colinas y los montes de sus frondas habituales por excesos de civilización, mermados sus encinares y madroños, sus mirtos, brezos y espinos aún abiertos a la errante lluvia.

La expulsión de Adán y Eva es el comienzo de la humanidad; su multiplicidad, la nuestra. El gozo fue breve pero inolvidable

Tal vez por eso el jardín griego complementará su escasez, su relieve como garriga con jardines mitológicos que tanto tienen de huerto cultivado. En su Odisea Homero describe con cálida precisión a Ogigia, isla del Mediterráneo occidental en medio de la cual, en una cueva rodeada de alisos, álamos y cipreses, vive la ninfa Calipso, guardiana de una viña de racimos maduros. Cuatro fuentes de aguas claras —como los cuatro ríos del paraíso bíblico— fluyen muy juntas y dejan manar, a partir de allí, en varias direcciones, sus sinuosas corrientes. No muy lejos de la entrada de la cueva crece el hinojo y se extienden, en enero y febrero, los prados de violetas y anémonas.

Modelo de todo jardín ulterior, la cueva de Calipso posee, al menos, dos elementos arquetípicos: por un lado su nombre significa “la que oculta o protege” —pues acogió a Ulises náufrago—, y por otro están sus criadas, también ellas ninfas, que hilan mientras cantan entre redes de hiedras y tapices de hierba. Gráciles aunque un poco distantes, Calipso y sus compañeras desconocen la premura y mucho más la angustia. Cuando los griegos de la generación de Sócrates y de Platón, y más tarde los discípulos peripatéticos de Aristóteles, busquen la sombra arbolada del Liceo, invocarán la compañía incomparable de las musas en memoria de aquella Calipso que poseyó, allá en su isla, todo bien terrestre, amó a un pirata griego y le permitió reposar entre siete y diez años de las fatigas de sus viajes.

Adán y Eva deben dejar ese locus magnificus en el que Dios les colmó de gracia la desnudez; su expulsión es el comienzo de la humanidad; su multiplicidad, la nuestra. El gozo fue breve pero inolvidable. Así también Ulises deberá partir de los brazos de Calipso —duende, musa, espíritu ligero— para retornar a los de la mujer-esposa, Penélope, madre de su hijo y tejedora de ropas humanas. El hombre bíblico sale de la naturaleza para entrar en la cultura; el hombre griego, forjado entre islas, imagina una de ellas para retornar de la cultura —naufragio constante— a la naturaleza, siquiera por el tiempo que demande su deteriorada salud. Para Ulises la aventura de vivir y explorar está jalonada de esos momentos verdes; en Esqueria, otra isla, esta vez de los feacios, el viajero será recibido por el rey Alcínoo, cuyo palacio está rodeado de un magnífico vergel en el que se mezclan las especies comestibles con las que agradan a los dioses. Es allí donde Ulises, que ha convivido ya con Calipso, comprende que el hombre peregrina en pos de un jardín que deberá abandonar, porque la belleza y su mejor instrumento, la contemplación, son demasiado pasivos para quienes —como él— adoran la acción.

Esa autosuficiencia, esa especie de fanfarronería viril que tan bien define al genio griego, será más tarde y por otros motivos la de los estoicos, colmo del pensar urbano e histórico. En efecto, mientras Platón aún venera (aunque no demasiado) a los poetas y reconoce la naturaleza inspiradora de las musas, Zenón, el fundador de la Stoa, se declara enemigo de los pavos reales y critica a los ruiseñores, guardianes avícolas del jardín griego: “El sabio no deja sitio para tales objetos en la ciudad”. Su discípulo Crisipo irá todavía más lejos; enseñará que el jardín es, junto a sus fuentes, hiedras y rosales trepadores, “una pérdida de tiempo” para quien se dedique a pensar. Por el contrario, Epicuro, como Platón y Aristóteles —quienes, aunque urbanos, responden a ciertos apegos y tradiciones—, creerá que todo tiempo perdido puede ser recuperado, diálogo mediante, en la calma del jardín.

Adelanto de ‘Pequeños paraísos. El espíritu de los jardines’, de Mario Satz, que publicó el 14 de junio (Acantilado).

 

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16 junio 2017 at 10:33 am Deja un comentario

El mapa de Peutinger: así era el mundo a finales del Imperio romano

En la Biblioteca Nacional de Viena se conserva uno de los documentos más extraordinarios de la historia de la cartografía: un mapa de casi siete metros de longitud que representa el mundo conocido a finales del Imperio romano, en el siglo IV d.C.

Mapa de Peutinger. En esta sección se muestra la costa de Dalmacia, el sur de la península itálica y la costa de Túnez, el territorio que los romanos denominaban Africa. Foto: Österreichische Nationalbibliothek, Wien, 324

Fuente: AMANDA CASTELLÓ  |  NATIONAL GEOGRAPHIC

15 de junio de 2017

A principios del siglo XVI, uno de los mayores exponentes de la cartografía antigua llegaba por vía testamentaria a manos de Konrad Peutinger, humanista alemán que dio nombre a este mapa que hoy constituye una de las fuentes esenciales para el estudio de la geografía de la Antigüedad. Se trata de un rollo de pergamino de 33 centímetros de alto por aproximadamente 6,9 metros de largo y dividido en doce segmentos que facilitan su mejor preservación. El mapa que hoy conservamos es una copia medieval –datada en torno al siglo XIII– de un original romano que situaríamos, por diversas razones, en el siglo IV: la presencia de la ciudad de Constantinopla, fundada en el año 330, nos indica que el mapa no puede ser anterior a esta fecha. Así, este documento es un elemento fundamental para el estudio de la cartografía antigua.

Hay que tener en cuenta que la cartografía romana tuvo una finalidad eminentemente práctica, a diferencia de la griega, de mayor orientación científica. Para no perderse en sus vastos dominos, los romanos crearon lo que denominaron itinerarios, documentos en los que quedaban registradas las principales arterias o estaciones de un territorio. Existían dos tipos de itinerarios: los itineraria adnotata, listas viales que enumeraban las principales estaciones y las distancias entre ellas especificadas en millas (el más conocido es el Itinerario de Antonino, datado en el siglo III, aunque también pueden citarse los Vasos de Vicarello o el Anónimo de Ravena, entre otros), y los itineraria picta, que eran esencialmente representaciones gráficas con especial relevancia de la red viaria, grupo al que pertenece la Tabula de Peutinger.

De Hispania a la India

El mapa de Peutinger inicia su recorrido en los Pirineos y lo termina en la península de la India y la isla de Taprobane (en Sri Lanka). Abarca, de este modo, la ecúmene, la tierra habitada conocida, con la excepción del extremo oeste que correspondería a la representación de la península Ibérica, un fragmento perdido que fue reconstruido por el estudioso Konrad Miller en 1898. El mapa contiene, a lo largo de su recorrido, numerosos detalles dignos de mención, tanto por su significado histórico como por su grado de acabado.

A grandes rasgos, en la Tabula aparecen indicados ríos y mares, accidentes geográficos y, por supuesto, ciudades, todos ellos con acabados cromáticos distintos. Se señalan también centros religiosos y mansios, lugares destinados a lo largo del camino al descanso y al cambio de caballería, información que resultaba imprescindible para todo aquel que emprendiera un largo viaje. Es interesante la representación de puertos comerciales en el Mediterráneo, como es el caso de Ostia, principal vía de entrada a Roma por mar, así como de centros termales. Este volumen de información indicaría que el mapa no fue en absoluto compuesto con fines militares, si bien su uso no habría quedado en modo alguno excluido de este ámbito.

Cabe también destacar las notas que sirven para explicar la relevancia de algunos puntos. Así, en la zona del Sinaí se lee: “El desierto por el que durante cuarenta años erraron los hijos de Israel guiados por Moisés”. Encontramos otra nota en el extremo oriental para explicar el límite al que llegó Alejandro con su ejército: “Aquí recibió Alejandro la respuesta: ¿Hasta dónde, Alejandro?”. La ciudad de Roma –que, si tenemos en cuenta los fragmentos desaparecidos del mapa, debió de ocupar en su día su centro neurálgico– aparece representada como una figura sentada en un trono, portando el globo terrestre, una lanza y un escudo, como el caput mundi, “la capital del mundo” a la que conducen todos los caminos. También se da especial relevancia a dos grandes urbes de Oriente, Constantinopla y Antioquía, si bien aparecen representadas en un tamaño inferior al de Roma. Por otro lado, cabe destacar la presencia en el mapa de Pompeya, Herculano y Oplontis, ciudades todas ellas arrasadas por la erupción del Vesubio del año 79, lo que podría indicarnos que, si bien la Tabula data del siglo IV, se habría basado en mapas anteriores.

El mundo es un camino

Por último, y por encima de todo, están los caminos. La Tabula de Peutinger es esencialmente un mapa viario. Las vías de comunicación, marcadas en color rojo, llegan a representar alrededor de 70.000 millas romanas, mucho más de lo que recoge el Itinerario de Antonino. Sin embargo, no se pueden establecer distancias viarias reales ni calcular un espacio geográfico. Éste es el aspecto más controvertido del mapa y, a la vez, el más interesante.

La Tabula no presenta ningún tipo de proyección: la tierra viene representada siguiendo una línea horizontal, es decir, siguiendo la visión del viajero. De este modo, no se puede aplicar una escala constante, puesto que las dimensiones este-oeste quedan ensanchadas y las norte-sur reducidas y estrechadas, quedando los puntos cardinales a su vez modificados; por este motivo el Nilo aparece fluyendo de oeste a este y no de sur a norte.

La mayor particularidad de este mapa es su más que evidente oposición a la realidad geográfica

Todas estas características pueden explicarse mediante el concepto hodológico del espacio (del griego hodós, “camino”) que existía en la Antigüedad. Sería un error analizar un documento como éste desde el punto de vista de nuestra cultura y de nuestra civilización: nuestras ideas sobre la latitud y la longitud deben quedar desterradas desde un principio. La mayor particularidad de este mapa es su más que evidente oposición a la realidad geográfica. El espacio geográfico pasa a ser lineal, unidimensional, está representado por el camino mismo. La red viaria era para los romanos la guía fundamental en el periplo, el mejor modo de determinar su ubicación.

Konrad Peutinger (1464-1547). Grabado del siglo XVIII, basado en otro del siglo XVI. Foto: Akg / Album

 

Un inmenso mapa de carreteras del Imperio y de todo el orbe conocido. El mapa de Peutinger señala las vías de comunicación que unían Roma con el resto del mundo, desde la península ibérica hasta Mesopotamia y las tierras de India. Las líneas rojas en el mapa señalan los caminos que comunicaban los principales enclaves. Foto: Österreichische Nationalbibliothek, Wien, 324

 

El río Nilo. Al este del delta del Nilo, dibujado con gran detalle, aparece el desierto por el que erró Moisés durante 40 años. Foto: Österreichische Nationalbibliothek, Wien, 324

 

Constantinopla. La capital oriental del Imperio está marcada por una mujer armada junto a una columna con la estatua de Constantino. Foto: Österreichische Nationalbibliothek, Wien, 324

 

Antioquía. Esta ciudad de la antigua Siria está simbolizada por la Tyche o Fortuna, junto al templo de Apolo y el bosque de Dafne. Foto: Österreichische Nationalbibliothek, Wien, 324

 

India. El extremo oriente del mapa representa la India, atravesada por el río Ganges (en la parte inferior del detalle). Foto: Österreichische Nationalbibliothek, Wien, 324

 

16 junio 2017 at 10:32 am Deja un comentario


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