Adolf, el alemán que desenterró Numancia

5 mayo 2017 at 9:11 pm Deja un comentario

  • Llegó a Soria en 1905 en busca de la ‘ciudad perdida’ que resistió a Roma. Disfrutó de las jotas, cenó con el rey… Pero lo acusaron de expolio: se llevó 12.500 objetos celtíberos
  • Por primera vez 478 de los tesoros del “sabio extranjero” han vuelto a España

Schulten, sentado en el centro, en un momento de sus excavaciones. Fotos cortesía de la exposición ‘Schulten y el descubrimiento de Numantia’ | Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid

Fuente: MAURICIO H. CERVANTESLEYRE IGLESIAS  |  EL MUNDO
5 de mayo de 2017

El día siguiente a su llegada a Soria, una diligencia lo llevó hasta su destino. Numancia, la ciudad que no existía, lo esperaba, enterrada, a siete kilómetros de la ciudad castellana. Era el 12 de agosto de 1905 y Adolf Schulten estaba seguro de que iba a hacer historia. Allí, en el cerro de Garray, cinco obreros a sus órdenes trazaron cuatro zanjas. Y pocas horas después, excavando con pico y azada, encontraron el tesoro que andaba buscando. En medio de una base rojiza de adobes quemados y ceniza, Schulten identificó fragmentos de vasos ibéricos.

“No había duda”, escribiría después: “Bajo la ciudad romana yacía una ciudad más antigua, ibérica, destruida por el fuego. ¡Habíamos encontrado Numancia!”.

Así, en medio de un calor abrasador que le obligó a afeitarse el bigote, y atraído hasta Soria por una obsesión que lo poseería toda la vida, el “sabio extranjero” -como lo denominó la prensa soriana-, el “héroe de Numancia” -como decía de sí mismo en sus diarios-, inició las excavaciones de lo que hoy es el yacimiento que más información ha proporcionado sobre el mundo celtíbero.

Y así arrancó también el mito de un hombre aplaudido por sus descubrimientos pero perseguido por una sombra que aún hoy resuena en Soria: “Se llevó todo lo que quiso para Alemania…”. Porque buena parte de los objetos que Adolf Schulten encontró en la vieja Numancia han permanecido en un museo alemán durante décadas, y no ha sido hasta este mes cuando han pisado suelo español. Los ha reunido el Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid, en Alcalá de Henares, en una exposición denominada Schulten y el descubrimiento de Numantia. Por primera vez, más de un siglo después, los tesoros de Schulten regresan a casa.

Con 1.000 marcos en el bolsillo fue como el metódico alemán llegó a la mísera Soria aquel agosto de 1905. Se los había asignado, a petición suya, la Real Sociedad de Ciencias de Göttingen. Su trabajo de campo a lo largo de siete años acabaría costando hasta 40.000 marcos, según reveló en su librito Mis excavaciones en Numancia. “Casi la mitad” se los dio el káiser Guillermo II, entusiasmado por sus hallazgos; el resto, “en su mayor parte”, otras instituciones y academias alemanas. Y eso que Adolf, nacido en 1870 en Elberfeld, al oeste de Alemania, no era arqueólogo, sino filólogo, doctorado en Derecho Romano y profesor de Historia Antigua. Y la de España le apasionaba.

De pulsión romántica, como dictaba la época, Schulten había leído con fascinación la historia que los clásicos contaron de Numancia: cómo, en verano del año 133 antes de Cristo, los habitantes celtíberos de aquella ciudad resistieron, durante casi un año de hambre y enfermedades, el asedio del Imperio Romano, y la mayoría incluso prefirió el suicidio antes que entregarse. (De ahí la resistencia numantina). El alemán quería descubrir lo que España no había logrado: según María Paz Gómez Gonzalo, que ha dedicado su tesis doctoral en la Universidad de Barcelona a la figura de Schulten, los arqueólogos españoles, con Eduardo Saavedra a la cabeza, habían identificado las ruinas romanas, sí, pero no habían podido afirmar con certeza que la anterior urbe, la celtíbera, la ciudad heroica, seguía allí, debajo o al lado de la que después levantaron los conquistadores romanos. Él sí pudo.

Cabeza de lobo de Terracota. MUSEO ARQUEOLÓGICO DE LA COMUNIDAD DE MADRID

Acabamos de descubrir la ciudad ibérica -contó orgulloso en una carta-: casas construidas de adobas grandes quemadas por incendio, mucha cerámica muy característica ibérica…”. También encontró utensilios de hierro, vasos de barro pintados con figuras geométricas, arcas, cornetas, molinos de mano… Después llegó el resto de descubrimientos: los siete campamentos que los romanos comandados por Escipión levantaron alrededor de la ciudad en su largo asedio, sólidos muros de piedra bien conservados, monedas romanas, armas, ánforas…

La prensa de la época da fe de que las autoridades lo agasajaron y de que el pueblo, en un principio, lo quería. Le gustaban las jotas que cantaban los obreros mientras excavaban. Se llevaba bien con el dueño de aquellos terrenos, Luis de Marichalar y Monreal, vizconde de Eza y abuelo de Álvaro de Marichalar -que en 1917 los donaría al Estado-, y hasta compartió banquete con el rey Alfonso XIII cuando el monarca fue a inaugurar un monumento a Numancia. Aunque Schulten cometió un error imperdonable que la prensa divulgó: “desconociendo las etiquetas palatinas”, el “extranjero” asistió a la cena ataviado “con traje de americana”.

Pero pronto hubo quienes, en la España campesina, rural e ignorante que él describía en sus publicaciones, heridos quizá en su orgullo patriótico, preguntaron por qué un alemán y no un español tenía que acometer esos trabajos.

“Vergonzoso es para España que por no haber terminado las excavaciones empezadas en 1861 (…) tengan que venir arqueólogos alemanes a descubrir y estudiar los sagrados restos de la épica ciudad”, publicó la revista La Construcción Moderna. Corrió también el rumor de que Schulten había mandado “facturadas para Alemania” una docena de cajas con vasijas de cerámica y otros objetos numantinos, denuncia que acabó escuchándose en el Senado.

Empezó ahí la leyenda negra del hispanista. El mito del alemán expoliador.

Su diario, con su autorretrato como “héroe de Numancia” / MARIO TORQUEMADA / MUSEO ARQUEOLÓGICO DE LA COMUNIDAD DE MADRID

Lo cierto es que el contenido de aquellas primeras 13 cajas, con 231 kilos de vestigios, volvió a España enseguida, en 1906, como la cabeza de lobo de terracota que se muestra en estas páginas. De hecho, el propio Schulten dejó por escrito que su “gran gusto” era fundar en Garray un Museo Numantino. Pero hubo otra segunda remesa de piezas que salió hacia Alemania, supuestamente para ser estudiadas allí. Esas no regresaron jamás.

Una carta inédita descubierta por Gómez Gonzalo desvela que en 1929 el explorador alemán donó al Museo Central Romano-Germánico de Mainz las piezas que se había llevado, con la condición de que estuvieran en una sala propia en la que sólo podrían exponerse los hallazgos numantinos y otros del resto de España.

Pero esto “nunca” sucedió, según ha explicado el investigador del museo de Mainz Raimon Graells i Fabregat. No se han expuesto, sino que han permanecido durante 88 años guardadas en un almacén; algunas de ellas, apiladas en sacos de tela. Fueron hasta 12.500 vestigios celtíberos de Numancia -en muchos casos, fragmentos de vasijas y otros objetos-, según los cálculos de Enrique Baquedano y Marian Arlegui, comisarios de la exposición que hasta el 9 de julio podrá visitarse en Alcalá de Henares. Porque ahora, por primera vez, 478 de esas piezas han viajado de Mainz a Madrid.

¿Fue Adolf Schulten un expoliador? Los tres expertos consultados coinciden en que no. En aquella época no era extraño que los exploradores alemanes e ingleses se quedaran con parte de sus hallazgos para exhibirlos en sus países. “Los controles eran muy laxos y la legislación [contra el expolio] estaba en mantillas”, asegura Marian Arlegui.

Pero Numancia no fue la última obsesión española de Adolf Schulten, empeñado en dejar huella en un país que, a su juicio, nunca le recompensó su inmenso trabajo (la “envidia de los españolitos”, decía). Ya cuando excavaba en el cerro de Garray tenía en la cabeza su siguiente aventura: Tartessos, otra ciudad perdida que los griegos consideraron la primera civilización de Occidente. A ello se puso Schulten tras la Primera Guerra Mundial -de la que pudo librarse-, angustiado tras “cinco largos años” de espera sin poder obtener un pasaporte que le permitiera viajar a la Península. Aunque en este caso la suerte no le acompañó. Excavó el actual Parque de Doñana, cerca de la desembocadura del Guadalquivir, creyendo que allí encontraría la ciudad mítica sepultada. No lo consiguió.

Antes de la Guerra Civil también investigó en Barcelona, Cartagena, Valencia, Salou... Se jubiló de su Universidad de Erlangen en 1935, a los 65 años, con apenas 7.000 pesetas ahorradas, según contó. Aunque en pleno surgimiento del nazismo le nombrarán profesor emérito y en la España de Franco recibirá la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, acompañada de una pensión honorífica. La Segunda Guerra Mundial la vivirá entre Alicante y Tarragona con una beca del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y en sus últimos años también pasará largas temporadas en la costa mediterránea, ideal para su reúma.

Cinco años antes de morir, en 1955, Adolf Schulten viajó por última vez a España para asistir en Barcelona a un congreso arqueológico. Su propósito era aprovechar esos días para escaparse a Numancia. Volver a verla de nuevo. Pero el alzhéimer que padecía se lo impidió. El “sabio extranjero” no pudo cumplir quizá su último sueño: despedirse de la ciudad perdida que él desenterró.

 

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