Lucio Anneo Séneca: cumbre del estoicismo

2 abril 2017 at 8:55 am Deja un comentario

Montaje de una obra de Antonio Gala sobre el filósofo cordobés

Escultura de Lucio Anneo Séneca. | G. NIMATALLAH / GETTY

Fuente: MANUEL HIDALGO > Madrid  |  EL MUNDO
1 de abril de 2017

El buen nombre de Séneca soportó, vivo y muerto, tremendas acusaciones: ambicioso, servil, adulador, inconsecuente, desagradecido, conspirador, corrupto, codicioso, adúltero y cómplice de tiranos. El prestigio de su sabiduría y la trascendencia de su obra filosófica y literaria, situados en el terreno de la apología de la virtud y de la iluminación del comportamiento moral, chocaron con las imputaciones o las contradicciones señaladas desde el principio por historiadores romanos como Tácito, Suetonio o Plinio el Viejo, que no dieron una visión unívoca del personaje.

En la herida de esas contradicciones hurgó Antonio Gala en 1987 cuando escribió Séneca o el beneficio de la duda, pieza teatral refrescada y puesta al día ahora, con mayor vivacidad y alcance, por Emilio Hernández en el Teatro Valle-Inclán (CDN).

Séneca fue la figura más relevante de la filosofía estoica, inaugurada 300 años antes por el chipriota Zenón de Citio, contemporáneo y detractor de Epicuro y del epicureísmo. Su aportación se inscribe en la llamada etapa posterior del estoicismo, protagonizada no ya por griegos -excepto Epícteto-, sino por pensadores romanos: el propio Séneca y el emperador filósofo, Marco Aurelio, cuyas Meditaciones siguen compitiendo en popularidad con el pensamiento, disperso en varias obras, del filósofo cordobés.

El estoicismo, “ciencia de las cosas divinas y humanas” -según Johannes Hirschberger-, tuvo tres campos principales: la lógica, la física y la ética. Aunque Séneca escribió de infinidad de cuestiones, su aportación principal tuvo lugar en el terreno de la ética, tratando de prescribir las normas y modos de actuar, lejos del vulgo y los vicios, para cuidarse de uno mismo, ser útil a los demás y tener un buen vivir sin temer la inexorable llegada de la muerte.

Séneca fue condenado dos veces a muerte, una por Calígula y la otra por Claudio. Calígula se conformó con que Séneca, ya brillante senador con Tiberio, se retirara de la vida pública. Claudio vio en él a un detractor peligroso y le acusó -se dice que azuzado por su esposa Mesalina– de haberse acostado con una hermana de Calígula. Le perdonó, finalmente, la vida y lo desterró a Córcega. A los ocho años, Claudio -esta vez reconvenido por su nueva esposa, Agripina la Menor– no sólo le permitió regresar a Roma, sino que le confió la tarea de educar a Nerón, hijo de un matrimonio anterior de su mujer, quien, finalmente, se quitó de en medio a Británico -hijo biológico de Claudio- y logró que Nerón fuera proclamado, a los 17 años, emperador, el último de la dinastía Julio-Claudia. Estamos en el año 54 después de Cristo, y Séneca, elevado por Nerón a la categoría de consejero de gobierno, tiene unos 58 años.

Lucio Anneo Séneca había nacido en Córdoba, cabeza de la Hispania Ulterior, en el seno de una familia culta y acomodada de origen romano. Su padre, Marco Anneo Séneca, conocido como El Retórico, fue un gran orador y escritor. Su madre, Helvia, emparentada con Cicerón, era una mujer muy instruida a la que escribiría una de sus tres consolaciones -las otras dos fueron a Polibio y a su tía Marcia-, de la que Hernández ha incluido algún fragmento en su montaje.

Séneca tuvo dos hermanos, Galión y Mela, también notables. Galión fue procónsul de Acaya y optó por dejar libre a San Pablo cuando lo trajeron a su presencia acusado de ir contra los dioses romanos. Mela fue el padre del gran poeta épico Lucano.

Se dio la calamidad de que Galión, Mela, Séneca y Lucano se suicidaron por orden imperial. Séneca y su sobrino Lucano fueron conminados a suicidarse por Nerón por el mismo motivo: haber participado presuntamente en la conjura de Pisón para asesinarle.

Nerón ya no era el que fue. Quo vadis aparte, Nerón fue un hombre bien preparado por Séneca, poeta, músico y amante de las bellas artes, que, al menos durante sus primeros años como emperador -que coinciden con el tiempo en el que el filósofo tuvo mucho poder-, fue un buen gobernante. Después se le fue yendo la olla, se convirtió en un tirano y veía enemigos -que los tenía, claro- por todas partes.

En el año 59, Nerón se cargó a su madre, Agripina, y en el 64 se produjo el incendio de Roma, cuando el emperador estaba enfrascado en la persecución de los cristianos. Nerón había escuchado los rumores que acusaban a Séneca de haberse acostado con su madre -cosa que había hecho él- y los comentarios sobre su gran fortuna. Ya le había apartado de su lado años atrás, pero temía sus juicios. Así que le acusó de conspirar contra él y le ordenó que se suicidara. Corría el año 65.

Séneca -entonces casado con Paulina, su segunda y joven mujer- se cortó los brazos y las piernas. Como se desangraba muy lentamente, bebió cicuta como Sócrates. Pero tampoco dio resultado. Pidió que lo metieran en una bañera de agua muy caliente y, según parece, los vapores lo asfixiaron, ya que padecía asma desde niño. Esta escena está muy bien contada por el enciclopedista Denis Diderot, gran defensor del filósofo, en su beligerante Vida de Séneca y ha sido inmortalizada por Rubens, David y el pintor español del XIX Manuel Domínguez Sánchez.

Tutelado por su tía Marcia, Séneca se formó en Alejandría durante unos 15 años, impregnándose del antiguo pensamiento estoico y pitagórico. Editorial Gredos ha publicado la práctica totalidad de su obra: sus Diálogos, sus Cuestiones naturales y, sobre todo, sus 124 Epístolas a Lucilio, la biblia de su ideario. Y también –Medea, Edipo, Fedra…- sus 10 u 11 violentas y expresionistas tragedias. Si sus ideas -absorbidas y reorientadas por muchos pensadores cristianos- han nutrido a los más importantes filósofos de todos los tiempos, su teatro no es ajeno al de Shakespeare y fue ensalzado por alguien tan rupturista como Antonin Artaud.

 

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