Archive for 8 febrero 2017

El puerto romano de Tarraco tenía 11 metros de fondo y ocupaba 17 hectáreas

La rada del puerto romano de Tarraco (actual Tarragona) tenía una profundidad de entre 9 y 11 metros y se extendía por una superficie de entre 15 y 17 hectáreas, según el estudio europeo Portuslimen, en el que ha colaborado el Instituto Catalán de Arqueología Clásica (ICAC).

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Mapa de Josep M. Macias con la forma y posición del puerto según el proyecto Portuslimen. ICAC

Fuente: EFE  |  LA VANGUARDIA
Fotos: ICAC

Barcelona, 8 feb.-  Los resultados se han presentado hoy en el ICAC en el seminario internacional “La investigación arqueológica en el puerto romano de Tarraco”.

“Por extensión, el puerto de Tarraco se puede comparar con puertos de escala regional como el puerto de Leptis Magna (Libia), pero no con grandes puertos como Oporto, el puerto de Roma, o Alejandría”, ha explicado el investigador de la Universidad de Southampton Simon Keay, que lidera el proyecto.

El especialista ha indicado que un tamaño modesto, sin embargo, no quiere decir que la actividad económica que generaba Tarraco fuera pequeña, porque la estructura comercial marítima era mucho más compleja.

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Plano de Juan de Santacruz de 1780 donde todavía aparece la escollera romana. ICAC

En este sentido, “el puerto de la Tarraco romana no debe entenderse como un solo puerto, sino como un puerto del Mediterráneo que da servicio a una gran área y está en un contexto de otros puertos del litoral tarraconense, como el puerto del Mèdol y de Salou”, ha señalado el investigador del ICAC y colaborador del proyecto Portuslimen en Tarragona, Josep M. Macias.

El estudio señala que Tarraco, pues, especialmente entre los siglos I a. C. y II d. C., era “el foco de todo un sistema de puertos pequeños y medianos, embarcaderos, etc”.

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Simon Keay y Josep M. Macias. ICAC

La investigación se ha hecho gracias a una doble metodología, llevada a cabo en la Part Baixa de Tarragona en noviembre de 2015: prospecciones geofísicas y perforaciones para leer la secuencia sedimentológica del puerto.

El proyecto europeo Portuslimen- Rome’s Mediterranean Ports (2015-2019) comprende 30 puertos romanos del Mediterráneo y estudiarlos globalmente como un único sistema de puertos, superando la dicotomía este/oeste, y no estudiar puerto por puerto, es el objetivo principal de la investigación.

Simon Keay ha explicado que entre los temas que se analizan en el estudio están la topografía de los puertos, la organización de la actividad comercial y la jerarquía y las conexiones comerciales y sociales entre ellos.

 

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8 febrero 2017 at 6:32 pm Deja un comentario

Misterio y polémica detrás del vino milenario encontrado en una tumba romana

La botella Espira, que se produjo entre los años 325 y 359, fue hallada durante una excavación donde yacía un noble romano. Su contenido aún hoy desvela a la ciencia. La controversia: ¿abrirlo o no?

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El vino Espira es el más añejo del mundo

Fuente: Infobae
7 de febrero de 2017

El vino con los años mejora. A medida que pasa el tiempo -más si se habla de siglos- el vino abandona su condición de bebida para transformarse en reliquia. Pese a que no esté del todo confirmado el saber popular de la antigüedad y mucho menos la cantidad de años ideal para que tome el punto justo, hay una botella en Alemania que causa fascinación.

Según los estudios arqueológicos, el primer registro disponible de producción de vino se encuentra en varios sitios de Georgia, donde su fabricación data de 6.000 antes de Cristo. Ninguno de esos ejemplares persiste en la actualidad. En cambio, el vino más añejo disponible en el planeta es uno hallado en la ciudad alemana de Espira.

La botella lleva el mismo nombre de la ciudad pese a que también se la conoce como Römerwein. En 1867 se encontró el ejemplar en medio de una excavación en una tumba romana ubicada en la región Renania-Palatinado de Alemania. Más precisamente en Espira, la ciudad más antigua de la región.

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La botella tiene más de 1600 años

Antes de la excavación se sospechaba que allí había sido enterrado un noble romano. Lo que no se sabía es que, además, había un cuerpo de una mujer y, mucho menos, que junto a ellos habían sido ubicadas múltiples botellas de vino. De todas ella, solo una resistió el paso del tiempo.

Desde entonces, la Espira atrajo la atención de historiadores e investigadores y alcanzó el estatus de la botella de vino más añeja del mundo. Su procedencia data de entre 325 y 359; más de mil años de antigüedad. La botella de vidrio resistente, que contiene 1,5 litros de vino, se encuentra resguardada en el Museo Histórico del Palatinado en Espira.

El contenido del vino es un misterio y objeto de variadas especulaciones. Algunos análisis sugieren que la mayor parte del agregado de etanol se perdió, pero que aún persiste una pequeña dosis de alcohol etílico en la botella. Según los historiadores, el vino que se produjo se diluyó con una mezcla de varias hierbas.

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El Espira causa fascinación en la comunidad científica

Las botellas de vino se conservaron a partir de una espesa mezcla de aceite de oliva, que se utilizó junto a un sello de cera gruesa para cerrar herméticamente la botella. De ese modo, la protegieron en forma eficaz de la probable influencia exterior.

Los científicos intentaron durante mucho tiempo obtener permiso para analizar en forma pormenorizada el contenido de la botella. Sin embargo, a partir de 2011, la botella permanece sin abrir ya que la interacción del líquido con el ambiente podría dañar su contenido. Por lo tanto, más allá de la curiosidad e insistencia de la ciencia, ningún análisis detallado es posible en este momento.

 

8 febrero 2017 at 2:54 pm Deja un comentario

¿Eres de letras? La sociedad digital te necesita

Nuevas opciones profesionales para la gente de Humanidades surgen junto al desarrollo de perfiles científicos que conlleva la revolución tecnológica

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Un robot posa leyendo Pinocho en Westfield, Londres. / JEFF SPICER (GETTY)

Fuente: SERGIO C. FANJUL > Madrid  |  EL PAÍS
8 de febrero de 2017

¿Qué pinta un humanista en plena revolución digital? En un mundo donde todo se reduce a la computación de ceros y unos, a algoritmos, sensores, aluviones de datos, robots, procesos automatizados, ¿dónde queda espacio para los analógicos saberes en torno al ser humano? Es una pregunta que preocupa y que circula en el mundo de la Humanidades, mientras vamos viendo cómo se van recortando a buen ritmo este tipo de materias en institutos y universidades.

Ya sabemos con certeza que los trabajos del futuro serán mayormente tecnológicos: muchos de los que existirán dentro en una década aún no podemos ni imaginarlos. Según la Comisión Europea en 2020 quedarán desiertos más de 750.000 empleos en áreas cientifico-técnicas (paradójicamente, también existe escasez de vocaciones científicas). Pero en este panorama hipertecnológico los humanistas todavía pueden jugar varios papeles. El más obvio: aprovechar los avances digitales para sus propias disciplinas, en lo que se han llamado las Humanidades Digitales. Pero no solo eso: también colaborar al propio desarrollo tecnológico (como colabora la filosofía o la psicología en el desarrollo de la Inteligencia Artificial) o, sobre todo, crear un marco de sentido para lo que se nos viene encima. Para poner unos límites a la Revolución Tecnológica que la hagan compatible con el ser humano tal y como lo conocemos. Si es que tal cosa es posible.

Colaborando con la tecnología

Aunque a primera vista pudiera no parecerlo, el desarrollo de la tecnología ha estado y está fuertemente imbricado con ciertas ramas de las Humanidades, sobre todo las más filosóficas. “Muchos de los desarrollos tecnológicos han salido primero de la mente de los filósofos para luego ser desarrollados por ingenieros”, afirma el filósofo de la ciencia y la tecnología David Casacuberta, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Hoy en día esa imbricación continúa. “Hay diversos aspectos de la tecnología que se tocan con cuestiones éticas”, explica Casacuberta. Pone como ejemplo el comportamiento de los coches autónomos, que funcionan sin conductor y que tendrán que decidir cómo actuar en diferentes casos, si dada la posibilidad de un choque tiene optar por salvar a las personas o al coche más caro, etc. O en sistemas que decidan a quién dar un préstamo bancario y a quién denegárselo. Con la llegada de las superinteligencias que pueden llegar a competir e incluso superar a la humana, los protocolos éticos serán indispensables. Al fin y al cabo las Leyes de la Robótica de Isaac Asimov, que prohíben a los robots dañar a los humanos por acción u omisión, no son más que uno de estos protocolos.

Alan Turing, cuyo famoso test está impregnado de contexto filosófico.

Alan Turing, cuyo famoso test está impregnado de contexto filosófico.

En un futuro el manejo de la tecnología se habrá simplificado tanto que, según algunos expertos, los perfiles más técnicos, como los de los programadores, serán menos necesarios y emergerán otros de carácter más humanístico. “Con los avances que está habiendo en inteligencia artificial las herramientas van a ser cada vez más sencillas de manejar a un nivel técnico y probablemente lo que se necesite entonces sea gente que sepa hacer las preguntas pertinentes, como psicólogos o filósofos”, concluye Juan Antonio Torrero, responsable de big data de Orange España.

La relación entre el desarrollo de la inteligencia artificial y la filosofía, la lingüística o la psicología es evidente. Por ejemplo, el célebre filósofo estadounidense Daniel Dennett ha trabajado extensamente en este ámbito. “Los filósofos han soñado con la inteligencia artificial durante siglos”, escribe en uno de sus artículos, “Hobbes y Leibniz, en formas muy diferentes, intentaron explorar la idea de romper la mente en pequeñas operaciones mecánicas. Descartes incluso anticipó el test de Turing (un experimento ideado por Alan Turing para verificar si existe inteligencia artificial)”. Otro notable filósofo implicado en temas como inteligencia artificial y singularidad tecnológica es Nick Bostrom, director del Instituto para el Futuro de la Humanidad de Oxford. Ante el posible surgimiento de una superinteligencia artificial: “Lo mejor que podemos hacer ahora mismo es impulsar y financiar el pequeño pero pujante campo de investigación que se dedica a analizar el problema de controlar los riesgos futuros de la superinteligencia”, escribió en la revista Edge, “será muy importante contar con las mentes más brillantes, de tal manera que estemos preparados para afrontar este desafío a tiempo”.

Tomando las riendas del caballo digital desbocado

El brutal desarrollo tecnológico sin control puede suponer una apisonadora que arrolle nuestras vidas y hasta nuestra propia naturaleza. Conviene pensar sobre ello, como hacen algunos humanistas. “Con la actual fascinación por la tecnología da la impresión de que todo se puede reducir a átomos y bits”, dice el sociólogo Francesc Núñez Mosteo, director del máster de Humanidades de la Universidad Oberta de Catalunya (UOC), “hay que superar ese materialismo y entender que el ser humano no es solamente eso, sino también espiritualidad, política, moral, ética”. El sociólogo señala la necesidad de promover, más allá de lo científico-técnico, capacidades como el espíritu crítico o la capacidad de juicio que, en su opinión, nacen de las Humanidades. “La tecnología ha ampliado mucho nuestra capacidad de acción y necesitamos criterios para movernos en esos nuevos espacios”, apunta.

Desde algunas posturas cientifistas cualquier avance científico y tecnológico es bueno, pero esa no es una postura universalmente compartida. “Una parte de la tecnociencia ha venido a ponerse al frente de aquello que en el futuro tendrá que ser la vida humana”, explica la filósofa Marina Garcés, profesora de la Universidad de Zaragoza y directora del Aula Oberta del Institut d’Humanitats, en la que se debate sobre temas como estos. “Esa parte quiere monopolizar lo que consideramos la vida buena: una educación digitalizada, un buen envejecimiento gracias a los avances tecnológicos, etc”. Para evitar este monopolio de estos sectores tecnocientíficos Garcés apoya la idea de fundar una nueva alianza entre las ciencias y las humanidades, una alianza para repensar qué es lo que esperamos de desarrollo tecnológico, en qué nos queremos convertir: “Si solo vemos las funciones y no vemos el marco, somos esclavos de ese marco”.

Humanidades Digitales

La tecnología y las Humanidades se mezclan de una forma mucho más cotidiana habitualmente. El concepto de Humanidades Digitales se refiere a la utilización de las diversas herramientas tecnológicas en el ámbito de las Humanidades, ya sea en la docencia, la creación o la investigación. A día de hoy el impacto de la tecnología se observa en las bibliotecas digitalizadas, en las bases de datos, en los materiales digitales para la docencia o en los campus virtuales de las universidades. “La humanidades, casi en un ejercicio de ventriloquía, pueden utilizar la tecnología para mostrar que todavía es importante lo que tienen que decir”, opina Laura Borràs, directora del Máster de Literatura en la Era Digital de la Universidad de Barcelona.

La tecnología no solo ejerce de herramienta facilitadora, sino que también modula el contenido humanístico. “No es lo mismo la literatura digitalizada, que simplemente se ha pasado a un formato tecnológico, que la literatura digital que utiliza todos los recursos y que sin la tecnología pierde parte de su esencia”, explica Borràs. Así los textos de literatura digital incluyen imágenes, sonidos, hipervínculos o son animados al contacto con el dedo o el ratón, creando nuevas experiencias literarias difícilmente traducibles al papel. El escritor Michael Joyce, pionero de este tipo de literatura, creó obras cuyos fragmentos estaban relacionados mediante links, cosa normal al navegar por la web, pero que abre nuevas dimensiones en la literatura. La poesía digital, en las que las palabras se mueven, se modifican o forman sucesivas figuras, puede cumplir en esta era el papel de los viejos caligramas de Apollinaire. Y en cualquier iPad se pueden descargar coloridas versiones de los cuentos de terror de Lovecraft o de Poe que incluyen animaciones, interacción con el lector o efectos de sonido, que pueden ser muy del gusto de las nuevas generaciones de lectores.

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Tango, el proyecto de Realidad Aumentada de Google, y su aplicación en museos.

No solo literatura: las Humanidades Digitales abarcan multitud de disciplinas, como la geografía, la historia del arte, o la arqueología. El arqueólogo Joan Anton Barceló, profesor titular de Prehistoria en la Universidad Autónoma de Barcelona, utiliza de manera cotidiana tecnología avanzada en su tarea. Los escáneres 3D, sistemas de tomografía computerizada, teledetección satelital, etc, le proporcionan una gran cantidad de datos numéricos. “En una excavación arqueológica puede haber cinco pentabytes de información o incluso más” comenta el investigador. Para presentar todos esos datos al público aprovecha la naturaleza digital de la información para montar museos virtuales con todo tipo de información añadida. Todo esto cambia radicalmente la manera en cómo las nuevas generaciones se aproximarán al estudio del pasado y tratarán de predecir el futuro.

 

Ciencias vs. Humanidades

S. C. F.

La brecha entre las ciencias y humanidades, establecida desde la educación como una línea roja (que para muchos es preciso saltar) ha generado frecuentes fricciones. Si ahora las Humanidades se sienten amenazadas por el rampante desarrollo tecnológico, también han sido frecuentes las quejas desde el lado científico por el desinterés de los humanistas en sus disciplinas, excluidas con frecuencia de lo que generalmente llamamos cultura: se considera de incultos no conocer El Quijote pero muy normal no saber enunciar el Segundo Principio de la Termodinámica, que vertebra nuestro Universo.

Sobre esta brecha lanzó su crítica el físico y novelista británico C.P. Snow en su célebre conferencia de 1959, titulada Las dos culturas. Allí abogaba por traspasar las fronteras y trabajar de manera multidisciplinar para afrontar los problemas a los que se enfrenta la Humanidad. Más recientemente, el empresario y editor de la revista Edge John Brockman acuñó el término de Tercera Cultura, que trata de unir y superar las dos anteriores. Entre los nombres que se relacionan con este movimiento están el científico cognitivo Steven Pinker, el biólogo Richard Dawkins, el filósofo Daniel Dennett, el astrofísico Martin Rees, el físico Alan Guth o la bióloga Lynn Margulis, que vendrían a ocupar, desde las ciencias naturales, el papel del intelectual tradicional. Como se ve no abundan los humanistas.

 

8 febrero 2017 at 2:18 pm 2 comentarios


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