Juan Gil: «Ya lo dijo Tucídides hace 2.500 años: los políticos pervierten el lenguaje»

29 enero 2017 at 1:01 pm Deja un comentario

Juan Gil Fernández es Académico de la Real Academia de la Lengua. Se hizo sabio criándose entre sabios de la cultura y la intelectualidad. Sigue en activo, entre el latín milenario y el español del siglo XXI, para cumplir su papel en la eterna carrera de relevos cuya meta es el saber

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Juan Gil Fernández, en su casa, en el centro de Sevilla. / Manuel Gómez

Fuente: JUAN LUIS PAVÓN > Sevilla  | El Correo de Andalucía
29 de enero de 2017

En la Real Academia de la Lengua Española hay dos sevillanos. Uno de nacimiento, Emilio Lledó, que reside en Madrid, y otro de adopción, Juan Gil, que nació en Madrid en 1939 y vive en Sevilla desde 1971. Ha sido durante décadas catedrático de Filología Latina en la Universidad Hispalense. Casado con la historiadora y americanista Consuelo Varela, tienen una hija y tres nietos. De gran prestigio como latinista y medievalista, ha publicado más de 300 investigaciones. Su vida y su obra están vinculadas a temas, a personalidades y a saberes de nuestro patrimonio cultural, histórico e intelectual. El latín, el medievo mozárabe, el humanismo renacentista, Colón, la Inquisición, la tradición apocalíptica. Un acervo que en cualquier país avanzado es considerado estratégica fuente de riqueza espiritual y material, y no es minusvalorado ni condenado al olvido.

¿En su infancia tenía la erudición al alcance de la mano?

Sí, porque mi padre era entomólogo y había sido conservador en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, donde lo depuraron y despidieron al terminar la guerra en 1939. Soy el más pequeño de sus tres hijos. Mi hermano mayor, gran catedrático de Griego, ya era profesor cuando yo empecé a ir al colegio. Y mi hermana ha sido bióloga e investigadora científica. Mis padres me matricularon en el Colegio-Estudio, fundado en 1940 por la gran pedagoga Jimena Menéndez-Pidal, hija de Ramón Menéndez Pidal y alumna de Francisco Giner de los Ríos. Intentó rescatar el legado educativo del Instituto-Escuela, lo que podía haber quedado tras aquella catástrofe. Era un colegio de chicos y chicas, de ambiente muy grato, donde mandaban las mujeres, como Ángeles Gasset, emparentada con Ortega. Jimena me marcó mucho. Sabía enseñar y me inculcó el amor a las letras. Mi hermano también me ayudó en el aprendizaje.

¿Qué autores fueron una referencia en su juventud al leerlos y al conocerlos directamente?

De los intelectuales que conocí en mi juventud, me resultaba muy simpático Pedro Laín Entralgo, contaba muchas anécdotas, tenía una memoria prodigiosa. Conocí también al filósofo Zubiri, me regaló el libro Naturaleza, Historia, Dios. Me gustó mucho. En cambio, Sobre la esencia, que también me lo regaló, confieso que, aunque intenté leerlo, lo dejé a la tercera página. Entre la gente de mi profesión, trabé especial amistad sobre todo con Antonio Tovar. Cuando acabé la carrera, tuve la suerte de conocer y tratar mucho a Américo Castro, cuando regresó a España. Me arrepiento de no haber tenido en mi juventud más interés por la novela, la de aquella época no me gustaba, me interesaba más el ensayo. Leí mucho a Ortega y Gasset, reconozco que me ponía un poco nervioso. Ahora lo considero mucho más relevante. Y ahora estoy mucho más interesado por el género de la novela.

En aquella España sin libertades, a la hora de trazarse su rumbo como investigador y como ciudadano, ¿qué camino decidió emprender?

España es un país a veces inhóspito. Uno tiene que hacerse una especie de hueco y de guarida. Y tuve suerte porque la generación de latinistas y helenistas que había cuando yo entré en Madrid en la universidad, a finales de los 50 y principios de los 60, no se ha dado jamás en la Historia de España. De un nivel extraordinario. José Lasso de la Vega, Manuel Fernández Galiano, José Vallejo (sevillano, muy amigo de la familia Rey, la que dirige el Colegio San Francisco de Paula), Antonio Tovar, José Manuel Pabón, mi hermano Luis,… Era muy cómodo estar con ellos. Todos eran muy diferentes entre sí pero todos eran de espíritu liberal, no comulgaban con las cosas del régimen. Era un ambiente muy grato. Y yo pensé que lo mejor era: zapatero, a tus zapatos. Dedicarte al máximo a lo que sabes hacer, alcanzar el máximo nivel y enseñarlo. No dispersarte en teorizar sobre otros temas. Sigue siendo necesaria esa mentalidad en España. ¿Qué nos hace falta? Gente que trabaje muy bien, que se especialice y alcance nivel internacional… Si todos hicieran así, otro gallo nos cantaría.

Su primer libro lo escribió en latín.

Sí, sobre los códices escritos en latín del Colegio de España en Bolonia (Italia). Tuve la suerte de que mis maestros eran de primerísima categoría y, en un momento en que el director de esa secular institución quería ampliar su convocatoria para que no solo fueran jóvenes licenciados de Derecho o de Medicina, fui el primero de Letras elegido para doctorarme allí. Los dos años en Bolonia fueron una experiencia inolvidable, en un ambiente de gran nivel académico, liberal y antifranquista.

¿Cómo entra en Sevilla?

Por una vacante en la cátedra de Latín en la Universidad de Sevilla, en 1971. El catedrático, Agustín López Kindler, era del Opus y decidió dedicarse al sacerdocio. El decano, Luis Núñez Contreras, me ofreció dejar Madrid para establecerme en Sevilla en comisión de servicios. Y no me arrepiento. Me supuso mucho más esfuerzo obtener la cátedra, pero tampoco me planteé después volver a Madrid.

¿Fue un retroceso en ambiente académico e intelectual?

En mis comienzos, tuve la suerte de que mi cicerone en Sevilla fue Antonio Bonet Correa, gran historiador del arte, y vivíamos en la misma casa. La Facultad de Letras era muy pequeña, y compartida por Filosofía, Filología e Historia. Fue una época en la que coincidió la llegada de muchos profesores de gran nivel. Cada uno de su padre y de su madre, todos desde fuera de Sevilla, todos con ideas nuevas. Por ejemplo: Antonio Quilis, Vidal Lamíquiz y Francisco García Tortosa en Filología y Literatura; Francisco Presedo, Julio Valdeón y Miguel Angel Ladero Quesada en Historia, Enrique Valdivieso en Historia del Arte. Dio muchísima vitalidad a nuestra facultad. Ahora es imposible que entren tantos profesores procedentes de otras universidades, ahora impera la endogamia. Y logramos que fuera decano Alberto Díaz Tejera, superando las resistencias de los sectores más retrógrados.

¿Qué le indujo a ser también un investigador y autor de libros de Historia?

A partir de mi interés por la crítica textual y la filología, empecé a tratar la historia apocalíptica: cómo se hacían los cálculos sobre cuándo iba a ser el fin del mundo. Hasta tiempos muy recientes, la gente era convencida de que el mundo estaba a punto de acabarse, y había miedos terribles. Recuerde que incluso en el año 2000 hubo personas que se suicidaron pensando que llegaba el fin del planeta. Ahora son cosas de cuatro locos. Pero esos miedos al fin del mundo han cambiado muchas cosas a lo largo de la Historia.

Destaque un ejemplo de especial importancia.

La aparición del imperio de Carlomagno, y que ese imperio fuera bendecido por el Papa León III. Le proclama emperador en el año 800, que para los judíos era el año 6000 desde la creación del mundo. ¿Y por qué emperador? Porque San Pablo dijo que un imperio detendrá la llegada del anticristo. Y había angustia en nuestro mundo porque Jerusalén, la ciudad santa, tras seis siglos de dominación romana y bizantina, pasó a manos de los persas y después estaba en manos de los árabes. Y esos cálculos apocalípticos, y esos presagios, arrancan del impacto que supuso en el siglo VII no tener a Jerusalén bajo dominación cristiana.

Pues en el mundo está aumentando el miedo al futuro a causa de la llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos y sus primeras decisiones.

Es muy preocupante. Volviendo al tema de Jerusalén, Trump quiere situar ahí la embajada norteamericana, y no en Tel Aviv. Eso puede provocar un zipi zape. Eso es de locos. Es meter la mano en la herida del conflicto histórico, y por agradar a la facción más extremista de los lobbies judíos.

Empezó a ser más conocido en Sevilla por la repercusión que tuvo su investigación y publicación de varios volúmenes sobre los conversos y la Inquisición. ¿Pervive en España el espíritu inquisitorial?

A la gente de mi edad todavía le quedan recelos para expresarse sin más y decir lo que piensa. Porque la Guerra Civil y la represión posterior fueron el espíritu inquisitorial llevado al máximo: considerar que en la vida hay un bando malo y otro bueno, que el cuerpo se conserva cortando el brazo gangrenado. Teorías que proceden de mucho antes de la Inquisición. En mi casa me decían: “No, esto no se puede decir…”, “Habla bajo que la gente no se puede enterar de que piensas esto…”. Y pervivió ese espíritu de considerar al adversario como el enemigo a batir y, si se puede, se le envía al otro mundo con gran facilidad. O esa cosa tan nuestra de machacar al contrario. Pero yo creo que las generaciones jóvenes de hoy no tienen esos recelos, han desaparecido, y ellos se expresan con total espontaneidad.

Desde 2011 es miembro de la Real Academia de la Lengua. ¿Qué valora más de la institución?

Jamás se le podrá agradecer lo suficiente cómo ha integrado a todas las academias de las otras naciones que hablan español. Eso es una labor importantísima. Solo por eso, la Academia ya estaría justificada. Incluso desde el punto de vista diplomático, es un avance increíble para España. Y es una institución a la que, en lugar de apoyarla por ese enorme logro, el Estado le ha retirado el 60% de la subvención. No llegamos a pasar hambre, pero casi. Si España ahora importa en el mundo es gracias a la lengua. En cierto modo, la lengua nos salva. Y es de locos que, en lugar de promocionar a la Academia para que disponga de más medios, se la ignore. Es tristísimo.

¿Esa integración le está permitiendo tener más relaciones de cooperación con investigadores de países de América Latina?

Claro, porque la Academia actúa como mecenas, es la sede de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale). Su secretario general de Asale es el colombiano Francisco Javier Pérez, lo tenemos allí en Madrid, tiene su despacho en la Academia. Y cuando acuden otros académicos americanos, es la Academia quien los acoge. Pese a ese mecenazgo, no se da cuenta el Estado español que hay otros países de habla hispana que están deseando arrebatar a España eso. México, por ejemplo, daría dinero por estar en esta situación. Nuestro Gobierno, en cambio, anda por las nubes. Por la Academia han sido invitados, y han asistido todos, los presidentes y los reyes de España. El único que se resiste como gato panza arriba a ir a la Academia es Rajoy. Ya eso da índice de la consideración que le merece. Y no se da cuenta de lo que supone la Academia para España, con su esfuerzo diplomático de unir a todos.

¿A qué se está dedicando usted en las comisiones de trabajo entre académicos?

He tenido mucha suerte por formar parte de una comisión que funciona muy bien, donde están Luis Mateo Díez, Alvaro Pombo, Mario Vargas Llosa, Manuel Gutiérrez Aragón, entre otros. Todos nos llevamos estupendamente. Ahora estamos dedicándonos a términos o bien de cine o bien de crítica literaria.

¿Cómo enjuicia, desde el punto de vista del lenguaje, el papel de los principales emisores de comunicación en la opinión pública española?

Tanto los medios de comunicación, como los políticos que se sirven de esos medios, sobre todo lanzan consignas. Como mucho, en una frase de 20 o 30 palabras. Casi todo son clichés, y eso representa un empobrecimiento del idioma. Ahora, si viviera un gran orador como Castelar e hiciera un discurso, no lograría retener la atención del auditorio porque duraban más de una hora. Lo que se prefiere ahora son los chascarrillos que se intercambian los diputados en las contestaciones.

¿El eufemismo es ahora el canon del lenguaje en las relaciones sociales, tanto en los ámbitos de poder como a pie de calle?

Eso es cosa general. Por ejemplo, se sustituye la palabra ‘obrero’ por términos, para no llamar a nadie obrero. Y no se utiliza la palabra operario, que es de la misma raíz.

Enmascarar una grave crisis con la palabra ‘desaceleración’ tuvo consecuencias en el porvenir de la sociedad española.

Para atajar un mal hay que diagnosticarlo. Si le pone un nombre falso, evidentemente está enmascarando el mal. No hay manera de curarlo si se le llama de otra manera. La perversión del lenguaje por motivos políticos es una queja milenaria. Ya Tucídides dice hace más de 2.500 años, en la Atenas del siglo V antes de Cristo, que los políticos de su tiempo habían pervertido el lenguaje. Que el político es el que desvirtúa las palabras que perjudican a sus intereses o a su ideología. Y dice lo mismo siglos después Salustio en la Roma de César, Pompeyo, Craso, Catilina… Explica cómo se pervierte el lenguaje para justificar la revolución que da paso al principado imperial, y que al emperador se le llame príncipe: el primero de todos.

¿A qué se está dedicando ahora como investigador?

Acaba de publicarse un libro que he escrito en colaboración con el profesor portugués Rui Loureiro, es una edición del Tratado ofírico de Goviño de Heredia, un portugués loco que escribió esta locura muy curiosa: Decir dónde está el oro de Ofir, el viejo anhelo de localizar las minas del rey Salomón. Quería ganarse el favor del rey Felipe III, que lo era entonces de España y de Portugal. En la colonización de América y de Asia también se buscaron las minas del rey Salomón en territorios dominados por los españoles. Búsqueda que tiene una resonancia religiosa y apocalíptica. Otro libro que se publicará próximamente es un estudio que he realizado sobre los cultismos. editado por la Universidad de Salamanca en colaboración cono el Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española (Cilengua), que está en San Millán de la Cogolla. Mis trabajos en la Real Academia me han llevado a este campo, que me parece interesantísimo.

¿Qué figuras de nuestra cultura destacan en la creación de cultismos?

De los que he estudiado, los que hacen una aportación más importante son Unamuno y Ortega. También hay que destacar a Cela, en sus primeras novelas no utiliza cultismos, pero cuando empieza a elaborar ‘diccionarios secretos’, libros como Izas, rabizas y colipoterras, no solo utiliza cultismos de origen griego o latino sino que también inventa palabras a partir de ahí.

¿Y en las universidades sevillanas tienen en cuenta a sabios como usted, que está jubilado pero sigue en activo?

En España, la jubilación es la muerte civil. Es verdad que en otros países se trata con más cariño al jubilado. En España, quedan separados de todo. En mi caso, el impacto es menor, porque sigo haciendo muchas cosas, pero hay otras personas del ámbito intelectual y universitario que sienten con más fuerza esa muerte civil a la que nos condenan. Contar con los mayores no ha de impedir dar paso a quienes deben tomar el relevo. Porque sí viene bien hacer ver a algunas personas que el mundo no es suyo. Hay algunos que a los noventa años lo siguen pensando y, si se les dejara, no darían participación alguna a los que están por debajo.

 

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