Esa extraña piedad de los muy ricos

16 enero 2017 at 2:47 pm Deja un comentario

El historiador irlandés Peter Brown analiza con claridad y rigor el papel que la riqueza tuvo en la caída de Roma y en la gestación de lo que hoy llamamos Occidente

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Detalle del fresco ‘La leyenda de Constantino y San Silvestre.

Fuente: ENRIQUE LYNCH  |  EL PAÍS
16 de enero de 2017

Agustín de Hipona afirmaba que el pasado y el futuro eran en el fondo inaccesibles y que lo tangible es ese presente insoslayable desde el cual nos referimos a ellos. La historia, pues, tiene algo de irreal, pues de lo único que podemos hablar con cierta confianza racional es de la época en que nos toca vivir. Todo lo demás —lo que alguna vez sucedió y lo que algunos aseguran que ocurrirá— solo puede ser mera conjetura. Quizá por eso, casi todos los grandes historiadores —y Peter Brown está, sin duda, entre ellos— no se limitan a reconstruir lo “que efectivamente pasó”, como reclamaban Ranke, Mommsen y los positivistas que tanto influyeron en la historiografía marxista, sino que son sagaces narradores de un género híbrido donde se traman corazonadas y finas especulaciones inspiradas en unos pocos recursos de la memoria histórica. Los grandes historiadores hurgan en documenta et monumenta, es decir, en los viejos textos y en los vestigios arqueológicos, pero nunca renuncian a interpretar los hechos.

Por el ojo de una aguja es un ejemplo cabal de esa historiografía que recrea con todo detalle el pasado sin renunciar a interpretarlo. La vocación de desentrañar la verdad histórica jamás abandona la voluntad de generar un sentido. En las más de mil páginas que forman esta obra capital, Brown acumula y procesa un inmenso caudal de datos y referencias críticas, eruditas y arqueológicas sobre los primeros siglos del Occidente cristiano. Arranca desde la conversión de Constantino y desemboca en las primeras décadas del siglo V que dan comienzo a la llamada Edad Media. El libro, pues, recorre el fascinante proceso de cristianización del Imperio Romano, cuando se gestó lo que llamamos “Occidente”, con especial referencia a los años 370 a 430, que Brown compara con una insólita belle époque de la antigüedad.

Peter Brown es el característico historiador anglosajón, somero y riguroso, pero su modelo historiográfico es afín a la imaginación desbordante de la escuela francesa de los Annales y a la antropología cultural del mundo antiguo que fundara Louis Gernet, donde la historia de la religión y la cultura son examinadas siempre en estrecha relación con la historia social, con el lenguaje y el arte, lo que es imprescindible cuando se aborda un periodo de transición tan complejo como este.

Su investigación se orienta por una anomalía. En la obra de Paul Veyne —­otro gran especialista en el Imperio Romano tardío— también se ponía especial atención en algunas anomalías del desaparecido mundo antiguo. Por ejemplo, en El pan y el circo, Veyne abordaba la extraña afición de los romanos por los combates de gladiadores y el culto a la divinidad del emperador. Una misma curiosidad por lo anómalo lleva a Brown a seguir la pista de las donaciones cristianas, realizadas durante una época en que, contrariamente al mito de la decadencia, el Imperio Romano de Occidente se caracterizaba por su opulencia. En suma, estudia por qué un buen día los ricos decidieron desprenderse de sus bienes y dieron lugar a la acumulación originaria que todavía cimenta el inmenso poder económico y espiritual de la Iglesia. Estudia por qué —al contrario de lo que manda la parábola crística— esos ricos acabaron por entrar en las iglesias guiados por el “amor por los pobres” que predicaban los Padres de la Iglesia: Ambrosio, Agustín, Jerónimo, Paulino de Nola. Las asombrosas y cuantiosas donaciones cristianas podría pensarse que son una variante del evergetismo pagano, pero Brown observa en ellas una importante diferencia: el gesto del evergeta servía para su gloria mundana; en cambio, la renunciación cristiana perseguía consumar una gigantesca transferencia de riqueza, del mundo al cielo.

No es la primera vez que Brown revoluciona nuestro conocimiento del Imperio Romano tardío. Su biografía de Agustín de Hipona conseguía reconstruir el perfil de ese intelectual formidable que fue Agustín sin incurrir en hagiografía; y en El cuerpo y la sociedad, dedicada a estudiar las costumbres de las élites tardorromanas, buscaba desentrañar el misterio que rodea el dogma del celibato eclesiástico. ¡Qué cosa más extraña que durante siglos los hombres y mujeres más civilizados de la sociedad antigua renunciaran a la riqueza y a la sexualidad!

A veces se derivan conclusiones sorprendentes de su trabajo. La renuncia sexual implica que el ascetismo cristiano originario estaba ya prefigurado en la ataraxia de los estoicos, que ganó las costumbres civilizadas de las clases altas romanas hacia el siglo II, pero también implica reconocer que la abstinencia que predica el Opus Dei es, por decirlo así, más auténticamente cristiana que la secuela del Concilio Vaticano II y la rebelión contra el celibato por parte de la Reforma protestante. Entre muchas otras observaciones sugestivas, Brown muestra en este libro extraordinario que la enormemente influyente noción de la humanitas, entendida como el trato que una persona dedica a otra en razón de una naturaleza humana compartida, es una herencia cristiana y que esa noción y la desaparecida idea de la verecundia —la consciencia de ocupar un lugar propio y de responder moralmente por él— justifican que la donación antigua, más que una limosna, deba ser comprendida como una acción mística que aseguraba al donante un lugar junto a Dios padre. Y más aún: para nosotros, que estamos desengañados del misticismo, es una prueba tangible de que un sistema económico basado en una aplastante presión fiscal puede seguir generando riqueza.

Por el ojo de una aguja. Peter Brown. Traducción de Agustina Luengo. Acantilado, 2016. 1.223 páginas. 48 euros

 

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