El TAC lee los huesos de los moldes de Pompeya 2.000 años después

11 julio 2016 at 5:04 pm Deja un comentario

Debido a su posición antes de que se vertiera el yeso, o al desgaste sufrido los huesos asoman y permiten estudiar patologías de las víctimas

TAC_Pompeya

Fuente: JOSÉ MIGUEL PARRA, Egiptólogo |  EL MUNDO
11 de julio de 2016

En el año 79 d. C., cuando Tito acababa de heredar el poder imperial, el Vesubio entró en erupción y terminó enterrando a dos importantes ciudades de veraneo que se encontraban a los pies de sus laderas. No es que la erupción del volcán fuera algo repentino, pues hubo algunas semanas previas de temblores de tierra y ruidos; pero los habitantes de Pompeya y Herculano, reacios a abandonar sus hogares y posesiones, decidieron aguantar a ver qué pasaba. Y lo que pasó fue que el estallido del Vesubio lanzó al aire una inmensa lluvia de escombros y ceniza que cayó como un granizo de piedra pómez sobre toda la zona.

Esto terminó por decidir a alguno a salir de la ciudad, pero no a todos. El problema fue lo que vino después, una oleada piroclástica, una avenida de aire a más de 100 ºC de temperatura que asfixió y quemó cuanto encontró a su paso. En realidad, fueron varias consecutivas, la última de las cuales alcanzó kilómetros lejos del volcán y terminó llegando a la costa, donde su víctima más conocida fue Plinio el Viejo, que estaba allí en labores de rescate.

Desde 1772 se sabía que los objetos de Pompeya enterrados por la ceniza y destruidos por el tiempo dejaban un hueco; pero no fue hasta un siglo después cuando se comprobó que, si se rellenaba con yeso, este hueco proporcionaba un molde del objeto. El primero en sufrir este proceso reconstructivo fue una puerta de madera. Sería en 1863 cuando Giuseppe Fiorelli, director del yacimiento, decidió probar el sistema con los huecos de las víctimas humanas, creando así las «momias» del Vesubio. Estas «esculturas» de yeso nos ofrecen una espectacular imagen de cómo sorprendió a los pobres pompeyanos su estertor final.

El rostro de la muerte 2.000 años después

En muchos casos, los moldes poseen unos detalles asombrosos, que permiten apreciar el tipo y los pliegues de las ropas e incluso las expresiones faciales de las víctimas de la erupción. Es algo sobrecogedor, pues nos presenta el rostro de la muerte hace dos mil años, como la cámara de un reportero de guerra que siguiera el rastro mortífero de un señor de la guerra.

En algunos casos, debido a su posición dentro del hueco antes de que se vertiera el yeso, o al desgaste sufrido por éste con los años, los huesos asoman y permiten estudiar a algunas patologías de las víctimas del volcán. Por fortuna, ahora contamos con la tomografía axial computerizada, que permite asomarse a las entrañas de estos romanos sin que por ello su cáscara protectora de escayola sufra.

De las entre 10.000 y 50.0000 personas que se calcula vivían en Pompeya, sólo se han encontrado algo más de mil, y sólo la décima parte ha sido «momificada», pero son bastantes como para hacerse una idea la salud general de esta población. La técnica del TAC, que está empezando a aplicar en Pompeya un nuevo proyecto arqueológico, consiste en hacer miles de radiografías que luego el ordenador combina para formar una imagen tridimensional.

Esto permite luego «jugar» con los resultados, girarlos, diseccionarlos… La capa exterior queda convertida en una concha transparente en cuyo interior los huesos se ven perfectamente. A cada hueso se le puede dar un color distinto para identificarlos mejor, pero es que otro programa permite «teñir» las distintas capas como si fueran la piel y los músculos, añadiendo profundidad a la reconstrucción.

Así se ha podido comprobar que la dentadura de los cuerpos de yeso escaneados están mejor estado de lo sospechado, quizá por la escasa posibilidad de estas personas concretas de consumir alimentos dulces; pero también que algunas de ellas presentan restos de trauma que pueden ser debidos a deyecciones del volcán. Al fin y al cabo, lo interesante de estos cuerpos es que nos ofrecen una muestra aleatoria de una población antigua en un momento dado y conocido, una valiosísima fuente de información para reconstruir el mundo romano.

 

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