«Commentariolum Petitionis», el manual de campaña de Cicerón que los políticos españoles deberían leer

14 mayo 2016 at 8:00 pm Deja un comentario

Escrito hace más de 20 siglos, la guía de Quinto Tulio Cicerón – hermano del orador- para ganar las elecciones al consulado mantiene a juicio de expertos como los profesores Pablo Vicente Sapag y Francisco L. Lisi lecciones muy útiles para la política actual

Maccari-Cicero

El famoso cuadro de Cesare Maccari, representa el momento en que Cicerón acusa a Catilina de traición ante el Senado – WIKIPEDIA

Fuente: CARLOS MANSO CHICOTE – Madrid  |  ABC
14 de mayo de 2016

El próximo 26 de junio los españoles volveremos a las urnas para elegir unas nuevas Cortes. Cada uno de los principales candidatos cuentan con equipos, que estarán poniendo en práctica sus propias estrategias con las que convencer al electorado. Sin embargo, este tipo de asesores o agentes electorales no son cosa de la modernidad, ni de nuestras democracias actuales: «Una candidatura a un cargo público debe centrarse en el logro de dos objetivos: obtener la adhesión de los amigos y el favor popular», escribía Quinto Tulio Cicerón en su «Commentariolum petitionis» dirigido a su hermano el famoso orador Marco Tulio Cicerón.

Era el año 64 a.C. y Cicerón había lanzado su campaña al consulado, la máxima autoridad política y militar de la República romana, que tenía una periodicidad anual. Para el profesor – investigador del Departamento de Historia de la Comunicación Social de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), Pablo Vicente Sapag Muñoz, este «Breviario de campaña electoral» tiene contenidos que son «aplicables» aunque adaptándolos «a una comunicación política mediatizada y de masas». A su juicio, en este contexto, «la estrella es la televisión y su complemento redes, de tal forma que lo que no aparece no existe».

Sapag señala que, en tiempos de Cicerón, «el político romano tenía que dirigirse personalmente a los electores, había cierto diálogo y tenían que llevar filtrados ciertos mensajes o políticas». Algo que contrapone a la actualidad en que observa «una política muy superficial, muy mediatizada, con poco contenido, así como con mucho eslogan o figuración». Este académico lamenta el nivel de las intervenciones de nuestros políticos y destaca que en la República romana, «te tenías que ganar al público con pieza completa de retórica, con introducción, argumentos y conclusiones…)». Al respecto, recuerda el rol esencial de la retórica en la educación de los romanos.

De campaña por el siglo I a.C.

En un contexto muy diferente, aparece este «Breviario de campaña electoral», con un evidente tono epistolar, y que junto a cuatro cartas constituyen la escasa producción literaria que nos ha llegado atribuida Quinto, aunque algunos expertos cuestionan su autoría. Al respecto, el catedrático de Estudios Clásicos de la Universidad Carlos III y director del Instituto de Estudios Clásicos sobre la Sociedad y la Política «Lucio Anneo Séneca» Francisco L. Lisi, advierte que «se trata de una correspondencia publicada, que podría estar corregida posteriormente por el propio Cicerón». El propósito no sería otro que presentarse ante la opinión pública romana como un hombre virtuoso. Especialmente, ante el asunto que marcó su consulado durante el 63 a.C., la conspiración de Catilina.

Catilina era un joven patricio populista, próximo al dictador Sila, que conspiró contra la República

Antes de alcanzar el cargo de mayor dignidad de la República, Cicerón tuvo que enfrentarse contra otros seis rivales, de los que destacaban Gayo Antonio Híbrida y Lucio Sergio Catilina. El primero sería compañero de Cicerón en el consulado – siempre se elegían de dos en dos, para que se turnaran mensualmente en las diferentes funciones y su mandato era por un año no prorrogable- y tío del famosísimo Marco Antonio, al que el orador eclipsó totalmente. Luego estaba el citado Catilina, un joven patricio próximo a otro dictador de la época de nombre Sila, que planificó un auténtico baño de sangre que acabara con la vida de los cónsules y de gran parte de los senadores. Una conspiración desbaratada por el propio Cicerón.

Sobre los citados Catilina y Gayo Antonio, el «Commentariolum» no muestra misericordia: A ambos los considera «asesinos desde la infancia», sobre Gayo Antonio asegura que «tiene miedo hasta de su sombra» mientras que Catilina no lo tiene ni de las leyes». Del primero recuerda que tenía sus bienes embargados o que había sido expulsado del Senado por los cuestores, mientras que al segundo le culpa de «derramar la sangre» de ciudadanos honorables mientras servía a Sila o de «aniquilar el orden ecuestre» (una suerte de clase emprendedora o burguesía de la época), entre ellos al marido de su hermana Quinto Cecilio.

«Homo novus»

Pero, ¿cuáles eran las recomendaciones que le daba a Cicerón? Quinto, en la correspondencia con su hermano, le hace ver que debe presentarse como un «homo novus» u hombre nuevo – sin antepasados aristocráticos ni tradición familiar en el Senado- pero que llega a ser el primero de su familia en acceder a cargos públicos relevantes. Cicerón es bastante fiel a ese retrato: nacido de una familia plebeya, del orden ecuestre, tuvo una formación sólida en literatura, retórica o derecho y tras un breve servicio militar su creciente prestigio como abogado le permitió acceder al consulado, tras ser cuestor en Sicilia (75 a.C.) y pretor (66 a.C.).

Cicerón nació en una familia plebeya, del orden ecuestre, que logró dar a sus hijos una educación de patricio

En este sentido como «homos novus» señala su hermano tendrá que estar preparado para hablar ante cualquier público «como si en cada una de las causas se fuera a someter a juicio todo su talento». También le aconseja hacer ostentación de las amistades que posee y hacerles ver a cada uno que la campaña es el momento oportuno para devolverle el favor por haber defendido su causa o como una forma de demostrar su estima: «Juzga y sopesa las posibilidades de cada persona», para saber cómo servirte de ellas.

Todo ello, con el objetivo de ampliar su base electoral que se concentraba en el orden ecuestre, beneficiados por sus servicios como abogado, estudiantes que le tenían por maestro o su círculo de amigos. En este sentido, recomienda atraerse la simpatía de los nobles y, especialmente, la de los excónsules, para que te consideren digno del puesto al que se aspira. Porque a juicio de Quinto «las promesas quedan en el aire, no tienen un plazo determinado de tiempo y afectan a un número limitado de gente, por el contrario, las negativas te granjean indudable e inmediatamente, muchas enemistades».

El hermano de Cicerón – o él mismo- atribuyen a tres razones el que alguien vote a un determinado candidato: «los beneficios, las expectativas y la simpatía sincera». Por este motivo, le urge a rodearse de un séquito numeroso, para demostrar con qué fuerzas se cuenta de cara a los comicios, que tenían lugar en el denominado Campo de Marte, una llanura situada en torno al Tíber.

Voto secreto

Unos comicios en los que ya existía el voto secreto, de tal forma que las 193 centurias en que se dividía el cuerpo electoral, cada una organizada en 5 clases según su riqueza, escribían el nombre de su candidato favorito en una tablilla. Como recuerda el profesor Lisi (Universidad Carlos III) en aquel momento sólo tenían derecho a votar los «ciudadanos libres», ni los esclavos, ni los libertos ni las mujeres o extranjeros podían participar en este proceso. Además, una gran parte de los electores provenían de las clases más privilegiadas.

Quinto aconsejaba a su hermano que las promesas «no tienen un plazo determinado»

El breviario también habla de tipos de enemigos y de cómo intentar atraerlos con argumentos; así como de hacer que «salten a la vista» los esfuerzos por conocer mejor a los electores y sus necesidades: «No hay nada, me parece, que haga a un candidato tan popular y tan grato». ¿Cómo? Con adulación, generosidad y variando o adaptando las palabras a las opiniones de cada público. Eso sí, «aquello de lo que no seas capaz niégate amablemente a hacerlo o no te niegues», como haría un buen candidato.

Cínico o no, el hermano de Cicerón en su correspondencia constata que los hombres se dejan seducir «por el aspecto y por las palabras, antes que por la realidad de su propio beneficio»; y que es preferible que, de vez en cuando, haya gente que salga frustrada por una promesa incumplida (una mentira) que por una negativa. En resumen, recomienda que Cicerón en su campaña ofrezca «buenas expectativas» y sea tenido por «persona íntegra», que no va a ir contra los intereses de los patricios ni de las masas.

Lectura recomendable

Para el profesor de la Universidad Carlos III, este brevario se trata de «un libro que nuestros políticos deberían leer todos los días». En su opinión, refleja perfectamente el ideal político de los romanos ya que plantea tres cuestiones importantes como conocerse a uno mismo, fijar cuál es mi horizonte («persevera todavía más en seguir el camino que te has marcado: sobresalir en la elocuencia») y qué espero o cuáles son mis metas («…como aspiras al más alto cargo de la ciudad …»).

«Un libro que nuestros políticos deberían leer todos los días», concluye el catedrático Franciso L. Lisi

En este sentido, añade que el «Commentariolum» también habla de desenmascarar las malas artes de los rivales poniéndolas en evidencia «y no a través de mentiras». En su opinión, Cicerón «idealizaba» a Platón y «era partidario de volver a la República romana primitiva» en un siglo en que ya padecía una prolongada crisis. Lo que le convertía en un conservador, enfrentado a otros prohombres de la primera mitad del siglo I a.C. como Craso, Julio César o Cneo Pompeyo, a quien apoyó en algunas ocasiones. De ahí su actuación contundente contra Catilina y sus cómplices, que le granjeará gran fama y también un exilio a Macedonia durante el 58 a.C., así como una de sus obras cumbre: las Catilinarias.

Héroe de Roma, salvador de la República , la suerte del conocido orador cambió dramáticamente al socaire de la guerra civil entre Julio César y Pompeyo. Cicerón fue ejecutado como enemigo del Estado un año después del asesinato del conquistador de las Galias, en el 43 a.C.

 

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