Cicerón, modelo humano y literario

7 abril 2016 at 11:35 pm 1 comentario

Ve la luz póstumamente el libro de Antonio Fontán sobre el gran orador romano Marco Tulio Cicerón, trabajo al que el filólogo, político y periodista dedicó muchos años de su vida

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Marco Tulio Cicerón, protagonista del libro de Antonio Fontán

Fuente: LUIS ALBERTO DE CUENCA  |  ABC     06/04/2016

El Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, tan eficazmente dirigido por Benigno Pendás, ha recuperado su acrisolada colección «Civitas». Su número 9 es este apasionante «Marco Tulio Cicerón» en el que el maestro Antonio Fontán Pérez (1923-2010) invirtió muchas horas de su vida, consagrada por entero al estudio de la historia y la literatura romanas, a la política y al periodismo.

Fontán fue una figura irrepetible en la España de su tiempo. Obtuvo en 1949, a una edad muy temprana, la cátedra universitaria de Filología Latina, que desempeñó en las Universidades de Granada, Navarra, Autónoma de Madrid -donde tuve ocasión de disfrutar de sus clases, como estudiante de Clásicas-, y Complutense (donde se jubiló). Entre sus publicaciones como filólogo, se cuentan, entre otras, «Humanismo romano» (Planeta, 1974), «Españoles y polacos en la Corte de Carlos V» (Alianza, 1994), «Letras y poder en Roma» (EUNSA, 2001) y «Príncipes y humanistas» (Marcial Pons, 2008), además de un sinfín de artículos, y de una edición crítica, muy celebrada, de los libros I y II de la «Historia de Roma», de Tito Livio, inserta en la colección «Alma Mater» del CSIC.

Como periodista, fue fundador y director de publicaciones periódicas como «La Actualidad Española», «Nuestro Tiempo» y «Nueva Revista de Política, Cultura y Arte» (ahora editada por la Universidad Internacional de La Rioja y dirigida por Miguel Ángel Garrido), así como director del diario «Madrid».

Fontán fue también un político monárquico y liberal que formó parte del Consejo Privado de Don Juan de Borbón y del grupo de profesores que instruyeron al futuro Juan Carlos I. Era presidente del Senado cuando se aprobó la Constitución de 1978, en cuyo ejemplar original estampó su firma, y se desempeñó más tarde como diputado y ministro de Administración Territorial (1979-1980). Su hoja de servicios no pudo ser más completa ni más diversa, aunque en el mundo clásico que tanto amaba fuese mucho más habitual que en el nuestro el hecho de que los intelectuales ejerciesen como políticos.

No me cabe la menor duda de que el polígrafo romano fue la mitad del alma de Antonio Fontán

Tal vez por ello, Antonio Fontán eligió a Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.) como modelo humano y literario, y fue urdiendo a lo largo de su fecunda existencia una monografía sobre el Arpinate que no llegó a terminar del todo -fue siempre un perfeccionista-, pero que dejó al morir lo suficientemente avanzada como para que su sobrino, Antonio Fontán Meana, y sus discípulos Eduardo Fernández e Ignacio Peyró, con la colaboración de insignes latinistas como Carmen Castillo, Ana Moure, José Luis Moralejo y Jaime Siles, dieran a conocer la labor ciceroniana de don Antonio, supliendo las escasas lagunas que la salpicaban con trabajos previos que habían visto la luz en libros anteriores.

Íntima conexión

ciceron-fontanEl resultado es una síntesis extraordinaria de lo que significó el hombre Cicerón, de lo que fueron sus avatares biográficos, su actividad política, su pensamiento, su literatura. Una semblanza que respira con la intensidad que solo proporciona una apuesta de vida en la tarea, una íntima conexión entre estudioso y estudiado que traspasa fronteras de siglos y se yergue ante nosotros -los lectores de este «Cicerón» de Fontán- con un paralelismo que hubiese hecho las delicias del mismísimo Plutarco. Borges hablaba siempre de sí mismo como una dualidad, refiriéndose a ese otro que siempre lo acompañaba como parte de su propio ser («El otro, el mismo» es el título de su más célebre poemario). Horacio llamó a Virgilio en una de sus odas «animae dimidium meae». Goethe lo imitó al morir Schiller («He perdido a mi amigo y, con él, la mitad de mi alma»). Después de leer su formidable semblanza de Cicerón, no me cabe la menor duda de que el polígrafo romano nacido en Arpino, una pequeña ciudad del Lacio, fue la mitad del alma de Antonio Fontán.

Así debió sentirlo don Antonio, y por ello mantuvo esa relación tan íntima y constante con el arpinate. Su libro sobre Cicerón lleva un prólogo de Benigno Pendás y una nota introductoria de Eduardo Fernández, donde se nos informa del método practicado para el rescate del original. La última versión revisada por Fontán data de octubre de 2009, poco antes de morir. Para completar la biografía, faltaba redactar unas páginas sobre el consulado, tarea realizada por Fontán Meana a partir de las fuentes históricas ad hoc. Se han incluido, además, cuatro trabajos más de don Antonio sobre el tema: «La personalidad intelectual de Cicerón y su actitud en la política», «Cicerón y Horacio, críticos literarios», «Los discursos de Cicerón», y «Artes ad humanitatem. Ideales del hombre y de la cultura en tiempos de Cicerón».

Sin costuras

Como podemos ver, este «Cicerón» fontaniano es un palimpsesto en el que se superponen distintas escrituras, pero todas provenientes de la misma pluma. Pocas veces, sin embargo, me he topado con un libro póstumo tan admirablemente trabado. No se advierten las costuras. Todo él configura un discurso único. Estoy seguro que, desde el otro lado del espejo, don Antonio aprueba con entusiasmo la disposición final de su semblanza sobre Cicerón, esa que tenía en mente publicar en breve cuando lo sorprendió la Parca.

Eduardo Fernández ha incluido una bibliografía ciceroniana muy bien pensada, con un apartado para las ediciones latinas, y otros para las traducciones al castellano, las traducciones a otras lenguas, las biografías de Cicerón y los estudios generales sobre su obra. Digno colofón a una monografía que constituye, a la vez, un gesto de complicidad vital con el autor objeto de estudio y una inmejorable introducción a su mundo político, filosófico y literario.

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