Carles Riba y las elegías de Bierville

21 febrero 2016 at 7:27 pm Deja un comentario

Desde el exilio, el poeta catalán habló de la esperanza de los vencidos

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Carles Riba – J. M. Nieto

Fuente: FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR > Madrid  |  ABC      21/02/2016

En ese espacio complejo, torvo y doloroso que llamamos el exilio republicano español, habitó una extrema diversidad . Hubo quien emprendió su vida como si arrancara de nuevo en París, México o Buenos Aires, dejando atrás una España que, si continuaba existiendo como realidad social, había perecido como territorio moral propio. España se arrancaba del corazón como lugar auténtico, y pasaba a ser un sueño a la deriva, un deseo insatisfecho, un paraíso imaginario. «España ya no existe. España es solo un nombre». La devastadora frase había sido puesta por Cernuda en labios de un compatriota que empapaba su sentimiento de orfandad en el aire mojado de Londres. En realidad, era el mismo Cernuda quien hablaba, en un verso estremecedor en el que se anotaba el aislamiento anímico del que no conseguirá tomar tierra en ninguna parte, alojado su espíritu en el exilio radical de la desesperación. La España a la que nombrará, la España que tratará de «vivir sin estar viviendo», será siempre una zona del pasado, un fragmento de la memoria, una antología del corazón.

Si, para otros, España era más que un nombre, era mucho menos que una actualidad. Ni las mejores palabras, ni la más poderosa inteligencia poética, ni la más profunda meditación de la filosofía, ni el más riguroso esfuerzo de reconstrucción histórica pudo hacer revocable aquella impresión aniquiladora de final de jornada, de exhausta consumación, de culminación de la agonía, de quienes poblaron con tanto fervor la veneración a una patria que consideraban muerta. Preservaban su historia como reliquia. Defendían su honor como esencia de una conducta a lo largo del tiempo concluido. Eran los valientes testimonios de una supervivencia, los náufragos de una nación idealizada, los vástagos de una estirpe condenada a mucho más de cien años de soledad. Empuñaron el nombre de España hasta el final de sus días, creyendo que su existencia personal era la garantía de que la nación viviera también, acodada en su frente, sepultada en sus ojos, extendida en sus gestos y su voz.

Con más esperanza que amargura, otros siguieron pensando que España existía de verdad, aunque partida en las dos mitades de una guerra insaciable, cuya violencia resonaba aún para estimular el miedo y el odio, el rencor o la revancha, el remordimiento o el abuso de vencedores y vencidos. Muchos españoles de ambos campos empezaron pronto a pedir la paz y la palabra. Confusos aún, trataron de hallarla en la reivindicación de su propia causa, pero en un tono alejado en seguida de la insensatez sectaria y la vehemencia del fanatismo. Hubo también, tras la avidez destructora del fuego, la amorosa tensión de la ceniza. Hubo el deseo de restaurar el ciclo de la vida y recuperar la fuerza de la historia. Volvió a mirarse España como empresa, como tradición irrevocable, como materia exacta de una cultura a la que no podía renunciarse.

En un pequeño pueblo del noroeste de Francia, Carles Riba comenzó a escribir, recién acabada la guerra, el libro que tituló con el lugar en que inició su creación: «Elegías de Bierville». Aquel prodigioso poemario, además de ser una de las piezas fundamentales de la lírica en lengua catalana del pasado siglo, se convirtió muy pronto en un objeto de culto para quienes vivían la posguerra española creyendo que la civilización a la que pertenecemos es inmortal. Riba, buen conocedor de las lenguas clásicas, utilizó la métrica, los paisajes y los acontecimientos de la antigua Grecia para devolverles el sabor a eternidad de los valores humanistas de Occidente. Su viaje poético al Mediterráneo no lo inspiró la coqueta curiosidad de los viajeros románticos o la arrogante delectación de los intelectuales de la Ilustración ante los despojos de una época difunta.

Carles Riba levantó con sus versos el edificio de una reivindicación moral, erguida en la presencia interminable de la gran causa de Europa. «¡Gloria de Salamina roja en el mar de la aurora,/ cipreses dormidos en el viento de Queronea!/ Esplendor para los ojos o melancólica estampa,/ grito de llegada o fuego bajo la ceniza de un nombre./ ¡Lugares! Mi presencia de corazón violento os completa,/ ¡palabras!, es mi voz tan sedienta la que os da plenitud.» A quienes leían estos versos en la Barcelona de los años 40, Riba invitaba a regresar mentalmente al origen mismo de una resistencia moral, al lugar y la idea donde nació el impulso de Occidente, a la victoria sobre la barbarie y a la reivindicación de la libertad. Lo que bastó fue que unos hombres, en aquel paraje de lucha, «supieran que ningún espíritu es inútil/ si crece libre en su propia virtud;/ que aceptaran hacerse diversos, iguales en las armas,/ persuadidos de la ley, porque ellos dictaban las leyes,/ y a la fuerza más fuerte que estrecha e inunda,/ opusieran la razón y el ímpetu viril.»

A través de los siglos, apretando la voz en el pecho destrozado de las ruinas, apoyando la voz en la palidez diezmada de la piedra, recostando la voz en la dureza saqueada de los templos, tendiendo la voz en las vestigios de la fe en el destino del hombre libre, un poeta catalán hablaba de la esperanza de los vencidos. Y con ella, la esperanza entera de un pueblo que no podía negar sus orígenes y que vivía para regresar al punto de partida moral de ese esfuerzo de perfección constante que llamamos civilización. «Hombres que disteis medida y cumplimiento a acciones más que humanas/para merecer el orgullo de ser y de llamaros humanos.» En un paisaje batido por la sangre; en una tierra alzada sobre héroes y tumbas; en la sombría tentación de aniquilación espiritual que deposita la muerte, Riba anunciaba aquella promesa de redención ofrecida por nuestros antepasados. Desde las ruinas ejemplares, desde el mar permanente, desde el heroísmo de quienes se llamaron hombres en el tiempo, por aspirar cada día a la eternidad.

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