Archive for 19 julio 2015

Cádiz: El segundo teatro romano más grande del Imperio no entra en escena

«Es uno de los emblemas del Patrimonio de la ciudad y no se puede visitar», se lamenta Moisés Camacho de Adip

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Fuente: M. LANDETA  |  La Voz Digital   19/07/2015

El Centro de Interpretación ya ha abierto sus puertas pero sólo una parte del Teatro Romano de Cádiz podrá visitarse este año. «Es uno de los emblemas del Patrimonio de la ciudad. Cuando se construye, en el siglo I a.C, es el segundo de mayor tamaño de Occidente tras el de Pompeyo en Roma y actualmente permanece cerrado tras un cartel enorme que indica que son obras de máxima prioridad», lamenta Moisés Camacho, una de las cabezas visibles de la Asociación para la Difusión y la Investigación del Patrimonio Cultural de la Provincia de Cádiz (ADIP).

«Es una pena que no se pueda visitar porque Itálica, Baelo Claudia y Málaga están incluidos en la ruta de teatros romanos de Andalucía y acogen espectáculos dentro estos espacios». Existe una programación cultural de la que Cádiz siempre se queda excluida más por dejadez que por falta de infraestructuras porque se podría seguir con la rehabilitación y las excavaciones arqueológicas habilitando una parte del graderío y los vomitorios para que fueran visiables», sentencia.

Para Moisés, lo primero que hace falta es una educación para saber valorar porque «hay que ser conscientes de que es un tesoro que no tenemos en propiedad. Proviene de los antepasados y es un préstamo que debemos cuidar para las generaciones futuras». Adip, –continúa– apuesta por el turismo cultural , uno de los grandes fuertes de Cádiz y que debe se una fuente de riqueza y desarrollo. «Recientemente hemos organizado una iniciativa titulada ‘Gades desconocido‘ donde se recorría la ciudad contando por donde discurría el Gades antiguo por debajo de Santa María y El Populo. La ruta se apoyaba con planos y documentación pero la herramienta principal fue la imaginación que permitió durante dos horas y media reconstruir el foro romano, recorrer el ‘Cardo’, el ‘Decumano’, el anfiteatro, el circo. La gente salió encantada y con ganas de repetir», explica. Instituciones y ciudadanos deben darse cuenta de la importancia de este legado y ponerlo en valor.

19 julio 2015 at 8:06 pm Deja un comentario

El hermano de Aníbal pierde la cabeza

Metauro, 207 a. de C., los romanos destruyen el ejército cartaginés enviado a Italia a reforzar a su gran caudillo

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‘Aníbal ante la cabeza de Asdrúbal’, de Giovanni Battista Tiepolo.

Fuente: JACINTO ANTÓN  |  EL PAÍS       18/07/2015

Cannas y Zama son más famosas, pero Metauro, ¡ah!, Metauro tiene algo especial. A la hora de elegir una batalla de las Guerras Púnicas —las tres, tan brutales, que enfrentaron a los cartagineses y los romanos durante más de un siglo y de las que Roma salió como la correosa y despiadada potencia que dominaría buena parte del mundo durante quinientos años— posiblemente muchos se inclinarán por las dos primeras, la gran victoria de Aníbal, que se explica en todas las academias militares, y su Waterloo, la derrota definitiva en la llanura africana de Zama ante el capaz Escipión, pese a los 80 elefantes del cartaginés. Sin embargo, yo me quedo con Metauro, no porque fuera una batalla decisiva, que a su manera también lo fue, sino porque desde ella nos llega desde tan antiguo un momento de rara autenticidad, un dramatismo que atraviesa la niebla de los siglos para pulsar una cuerda muy emotiva. Me refiero, claro, al episodio de la cabeza de Asdrúbal.

El ataque de los elefantes procura una ventaja inicial a los cartagineses pero les lastra la borrachera de sus galos

Los romanos decapitaron el cuerpo del general cartaginés caído en la batalla y en un ejercicio de calculada crueldad hicieron llegar su cabeza —la tradición quiere que lanzada con una catapulta— a manos de Aníbal, su hermano mayor. Ese momento, inmortalizado por Lord Byron y Tiepolo, en que el gran líder cartaginés reconoce el querido rostro familiar en el vapuleado y sanguinolento resto (¡hay que ver cómo queda una cabeza lanzada en catapulta!) es de los que ponen, además de la piel de gallina, verdad en las amarillentas páginas de la Historia. Desde niño, para mí, Metauro es indisociable de esa relación fraternal más aún porque mi hermano mayor y yo jugábamos en los años sesenta a un juego de tablero sobre esa batalla (Rojas y Malaret SA, 1961, 325 pesetas) que incluía bonitos soldados de plástico romanos y cartagineses (¡éstos con elefantes!). Siempre temí que acabáramos nuestra relación como Aníbal y Asdrúbal, sin saber qué papel me aterrorizaba más. Los años han pasado y ahora mi hermano ni me habla, pero aquello de Metauro me sigue conmoviendo como a otros les conmueven de su infancia Bambi o Pinocho.

Recreación de un ataque de elefantes púnicos contra las legiones romanas

Recreación de un ataque de elefantes púnicos contra las legiones romanas

Vayamos a la batalla. Asdrúbal llega al río Metauro, entre Rímini y Ancona, y a su destino tras protagonizar con su ejército una epopeya como la de su hermano (aunque como estratega no estaba a su altura): sale de Hispania, cruza los Pirineos y luego los Alpes y entra en la península itálica. El objetivo es unir el ejército que trae al de Aníbal que —tras quedarse ad portas— lleva diez años en territorio enemigo y aunque continúa invicto no logra progresos, y juntos asestar el golpe definitivo a la odiada Roma. Los romanos son pavorosamente conscientes del riesgo: otro hijo de Amílcar se les mete en casa como una zorra en el gallinero. Lo fundamental es impedir que ambos contingentes (Asdrúbal desciende desde el norte por la costa este, Aníbal está en el sur) lleguen a reunirse. Aquí intervienen dos de esos factores impredecibles que hacen tan interesante la historia militar. Los romanos interceptan a los correos (dos númidas y cuatro galos) que envía Asdrúbal a Aníbal y descubren que el primero propone reunirse en Umbría. El segundo factor es que uno de los dos cónsules romanos del momento, Claudio Nerón, es un tipo osado y con iniciativa y decide realizar una inesperada y arriesgadísima maniobra. A él le corresponde tener controlado a Aníbal, pero toma la crême de sus legiones, 6.000 soldados y mil jinetes y se lanza a la carrera, en una marcha ligera, sin pertrechos, a unirse con el ejército de su colega Marco Livio Salinátor en el norte. Asdrúbal rehúye el enfrentamiento. Pero se pierde tratando de hallar un vado para cruzar el Metauro de noche, los guías le abandonan y se encuentra al día siguiente en la peor posición para librar batalla, frente a un enemigo superior que le ha alcanzado y de espaldas al río.

El general púnico elige morir junto a sus soldados con la espada en la mano. Polibio elogia su valor

El cartaginés, con su heterogénea hueste —la clásica mezcla púnica de africanos, hispanos y otros aliados— lastrada por la monumental borrachera que arrastraba su contingente de galos, lanzó su ataque con los elefantes (10 según Polibio, 15 según Apiano) al frente que le procuraron una ventaja inicial, aunque luego se volvieron hacia sus propias filas y sus mismos cornacas hubieron de matarlos con el clavo y el martillo que llevaban para el caso. La lucha fue muy dura y ningún bando se imponía hasta que Claudio Nerón —de nuevo él— encontró la forma de flanquear a los cartagineses, cayó sobre su retaguardia y entonces su ala derecha y su centro se hundieron.

Viendo la batalla perdida, Asdrúbal eligió morir con sus hombres. Polibio le rinde un homenaje insólito: “Asdrúbal, que siempre había sido un hombre valiente lo fue también en aquel su último momento, al terminar su vida con las armas en la mano”. Murieron 10.000 cartagineses por dos mil romanos. Claudio Nerón regresó a toda velocidad al sur antes de que Aníbal pudiera aprovecharse de su ausencia y entonces hizo lanzar la ajada cabeza del hermano al campamento del cartaginés. Más allá de las consideraciones militares, el golpe para Aníbal fue brutal. No es que él no hubiera librado una guerra cruel pero el infame gesto del cónsul le demostró hasta qué grado de inquina podían llegar los romanos. “Roma será la dueña del mundo”, vaticinó. Así fue, y tras el choque con ella del esplendor de Cartago no han quedado más que algunas monedas, la sombra de sus generales en las páginas del enemigo y un puñado de viejas historias.

Los leones de Cartago

Aníbal, el varón primogénito, y Asdrúbal, eran hijos de Amílcar Barca el Rayo,el gran general cartaginés. Además de Aníbal y Asdrúbal, Amílcar tenía otro hijo, el benjamín, Magón, muerto, en 205 a. C., al ir también a ayudar a su hermano mayor (en dos fases: herido de un lanzazo en el muslo y luego ahogado al hundirse el barco que lo transportaba). Amílcar estaba muy orgulloso de los tres y según Valerio Máximo al contemplarlos jugar de niños habría exclamado: “¡He aquí los jóvenes leones que he criado para la ruina de Roma!”. No pudo ser.

Amílcar había tenido previamente tres hijas de destinos tampoco nada desdeñables. La mayor se casó con el sufete y almirante Bomílcar, la segunda con otro Asdrúbal, llamado el Hermoso y que fue también un gran comandante, aunque los romanos hicieron correr con malevolencia que el yerno y el suegro se entendían más allá de lo militar. La tercera hija le aseguró a su padre el apoyo de la caballería númida en la guerra contra los mercenarios al desposarse con el caudillo Naravas: es la chica que ha pasado a la posteridad como Salambó merced a la imaginación de Flaubert.

19 julio 2015 at 9:26 am Deja un comentario


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