Archive for 9 mayo 2014

Egeria, la primera peregrina de la historia

Un documental seguirá el itinerario de la dama gallega que a finales del siglo IV viajó a Tierra Santa y cuyo manuscrito constituye una importante fuente histórica y lingüística

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Fresco de Pompeya de una mujer romana antes de escribir

Entre los años 381 y 384 de nuestra era, una mujer culta y rica de la Gallaecia romana realiza un viaje a Tierra Santa lleno de peligros e incomodidades. El rodaje del documental Egeria, la primera peregrina, que comienza este mes en Jerusalén, trae a la actualidad la figura de un personaje enigmático que dejó por escrito en su Itinerarium ad Loca Sancta las impresiones de esa apasionante aventura, lo que la convierte en la primera escritora española de nombre conocido y una de las primeras mujeres que escribe en latín.

El Itinerarium de Egeria es un documento de gran interés para el conocimiento de la liturgia de los primeros siglos del cristianismo al tiempo que prueba la antigüedad de la tradición que identifica los Santos Lugares. Se trata de un testimonio de primera mano que recoge numerosas costumbres de la época y tiene además un valor filológico pues incluye locuciones del latín popular tardío.

El periodista Luis Menéndez, director del documental, llevaba mucho tiempo detrás de este proyecto, porque, aunque hay algunos libros sobre Egeria, «hasta ahora no se había hecho nada serio a nivel audiovisual». Lo que más le impresionó del personaje fue «la aventura en sí, porque es realmente sorprendente que una mujer en el siglo IV se vaya desde Gallaecia a Tierra Santa, al otro lugar del mundo». Más de 5.000 kilómetros, en su mayor parte recorridos a lomos de un burro.

No se sabe con exactitud el lugar concreto desde donde inició el viaje Egeria, porque el Itinerario está incompleto: falta la primera y la última parte. «Se supone que el origen de Egeria está en la Gallaecia romana y que acabó sus días en Constantinopla», añade el responsable de este proyecto audiovisual de Productora Faro. Algunos historiadores sostienen que Egeria era natural de Iria Flavia, mientras que otros sitúan su origen en el norte de Portugal o en el Bierzo. Algunas expresiones del Itinerarium y de una carta del monje gallego Valerio, a mediados del s. VII, apuntan al noroeste peninsular como su lugar de origen.

El viaje de la dama aventurera comenzó en Gallaecia, y tras recorrer el Sur de la Galia y el Norte de Italia, llegó a Constantinopla en el año 381 después de cruzar en barco el mar Adriático. De Constantinopla se trasladó a Jerusalén, visitando también Jericó, Belén, Nazaret y Cafarnaúm. Viajó a Egipto en el 382, donde visitó Alejandría, Tebas, el mar Rojo y el monte Sinaí. Posteriormente Egeria se desplazó a Antioquía, Edesa, Mesopotamia y Siria antes de volver a Constantinopla, donde se pierde su pista.

En opinión del catedrático Eduardo López Pereira, investigador de la peregrina gallega, «pudo haber fallecido en Constantinopla, porque ella en las últimas páginas dice que está muy malita y que si Dios le da vida les contará otras cosas. Da la impresión de que ya no debía estar muy bien y quizás murió por allá. Desgraciadamente faltan las últimas hojas y solo hay un manuscrito».

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Sello de Correos conmemorativo del viaje de Egeria

Una parte del Itinerario está escrito en latín vulgar, con matices cultos. Se supone que era una mujer que gozaba de una buena posición social, pues de lo contrario no habría podido afrontar semejante viaje. López Pereira sostiene que era pariente del emperador Teodosio. «De hecho llevaba protección y una especie de salvoconducto», apunta Luis Menéndez.

En una de sus cartas escrita en Arabia comenta a sus hermanas: «A partir de este punto despachamos a los soldados que nos habían brindado protección en nombre de la autoridad romana mientras nos estuvimos moviendo por parajes peligrosos. Pero ahora se trataba de la vía pública de Egipto, que atravesaba la ciudad de Arabia, y que va desde la Tebaida hasta Pelusio, por lo que no era necesario ya incomodar a los soldados».

Hallazgo del manuscrito

La hazaña de la peregrina gallega permaneció oculta durante siglos, pues la única referencia a Egeria aparecía en la citada carta escrita por san Valerio a los monjes del Bierzo. Fue Gian Francesco Gamurrini quien en 1884 descubrió el manuscrito de esta mujer aventurera. Se encontraba en la biblioteca de Santa María de Arezzo (Italia), proveniente de la abadía de Montecasino. Es el único manuscrito conocido que se conserva del Itinerarium. Posteriormente, en 1903, el benedictino Mario Ferotin atribuyó el texto a la virgen hispana Egeria. Los distintos códices que se conservan de la carta de san Valerio recogen su nombre de diferentes formas: Aetheria, Echeria, Etheria, Heteria, Eiheriai o Egeria. Ferotin se decantó por Eteria, o Etheria, mientras que otros autores propusieron la grafía Egeria, por figurar así en el Liber Glossarum, anónimo del año 750.

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Mosaico con un mapa de Jerusalén

Para preparar el documental, Luis Menéndez se ha asesorado con especialistas en el tema como los catedráticos Fernando López Alsina o Eduardo López Pereira, que tradujo al gallego el texto del Itinerarium, así como con el teólogo e historiador del CSIC Isidro García Tato, o arqueólogos y especialistas en vías romanas como Santiago Ferrer o Brais Currás. «Hemos estado trabajando en la investigación de la figura del personaje y haremos reconstrucciones históricas con actores y actrices en las vías romanas de Galicia del Itinerario Antonino, como la XVIII o Via Nova que unía Braga con Astorga», adelanta el director ourensano.

Mochilera low cost

El documental que prepara Menéndez recoge la historia de una chica joven actual, «mochilera low cost«, que recorre los lugares que visitó Egeria: la subida del Sinaí, Jerusalén, Constantinopla. «Ahora estamos preparando todo lo relacionado con los viajes y las grabaciones -comenta-. El día 14 nos vamos a Jerusalén y estaremos también en Jordania. Después, durante el verano, haremos la parte de las dramatizaciones y reconstrucción histórica en las vías romanas, en zonas de la provincia de Ourense como Portela do Home, en Lobios, o Aquis Querquennis, en Bande».

«Este mes empezamos a rodar en Jerusalén y después haremos dramatizaciones históricas en las vías romanas que se conservan en Ourense»

Dejarán para más adelante los recorridos en Egipto, para terminar en Turquía. Allí visitarán tumbas de santas tan importantes para Galicia como santa Eufemia o santa Tecla.

Menéndez espera que el largo documental pueda estar terminado a finales del año que viene. «En función de cómo salga la cosa se podría hacer una mini serie de varios capítulos». El director de «Egeria, la primera peregrina», no quiere adelantar el nombre de la actriz que seguirá la pista de Egeria ni del resto de los protagonistas «porque todavía estamos cerrando algunas gestiones».

Añade que el documental sobre Egeria, que se encuentra en fase de preproducción y se llevará a las televisiones y a festivales audiovisuales, es «una obra con vocación de exportación; no es solo para consumo interno en Galicia; de hecho se va a rodar en inglés, aunque también con versiones en gallego y castellano». Cuentan con apoyos de Italia, Portugal, Gracia y Francia. «Tenemos incluso el apoyo de monseñor Lombardi, el portavoz del Vaticano. No se puede olvidar el aspecto religioso del peregrinaje de Egeria y de sus textos. En este sentido creo que tendrá una gran repercusión en el turismo religioso», refiere Luis Menéndez.

En cuanto a la financiación del proyecto, hay una parte pública y otra privada, aunque el director prefiere no adelantar el presupuesto final del proyecto, «porque tengo mucha experiencia en viajes y me he llevado muchas sorpresas en este sentido». Menéndez ya grabó en Tierra Santa hace más de veinte años, cuando hizo Galegos no mundo en Israel para TVG, y sabe que es complicado filmar allí, sobre todo por el tema de los permisos. «De todas formas, como no vamos a grabar nada relacionado con el conflicto árabe-israelí supongo que no nos pondrán demasiadas trabas», concluye el periodista ourensano.

Celebraciones litúrgicas

En la segunda parte del Itinerarium de Egeria se da una descripción de la liturgia tal como se celebraba en Jerusalén: el oficio diario, los oficios propios del domingo, las celebraciones en el curso del año litúrgico, aportando una serie de detalles relativos a la Semana Santa y fiestas de Pascua.

Se trata de una peregrinación para recorrer los lugares que había pisado Jesucristo. «Verdaderamente -se lee en su diario-, esto era lo que yo más deseaba: que al llegar a cualquier sitio se nos leyese el pasaje correspondiente de la Biblia».

Como señala López Pereira, Egeria «pasa en Palestina la Semana Santa y nos la describe día a día. Conocemos por ella, por ejemplo, todos los detalles de los oficios de Viernes Santo, donde se da a besar la Cruz. Refiere incluso alguna curiosidad, como el cuidado que se debe poner para evitar casos como el de una persona que aprovechó el momento de besar la Cruz para darle un mordisco y llevarse una reliquia del lignum crucis. Egeria cuenta todos los detalles de las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa. Y no sólo eso, se han hecho excavaciones arqueológicas en los Santos Lugares y en el Sinaí basándose en los testimonios de Egeria. Algo muy importante para la historia en general, no solo para la historia eclesiástica».

Egeria y sus acompañantes aprovechaban la visita a los distintos lugares para hacer oración. Así se lee en uno de los pasajes de su escrito: » Y cuando llegamos, pues, a aquel lugar [el de la zarza, cf. Ex. 3,5], era ya la hora décima, y así, porque era tarde, no pudimos hacer la oblación. Sino que se hizo oración en la iglesia. Y al otro día, levantándonos más temprano, rogamos a los presbíteros que se hiciese allí la oblación, como se hizo».

El documental que este mes empezará a rodar en Jerusalén el periodista Luis Menéndez recorrerá todos los lugares que visitó la peregrina gallega e intentará desvelar alguno de los enigmas que siguen rodeando a la figura de Egeria.

Un duro viaje

El de Egeria es el primer viaje de sacrificio y peregrinación de la historia. Antes había habido otros viajes literarios o de recreo, pero no de peregrinación». Así lo entiende el catedrático de Filología Latina e investigador Eduardo López Pereira, uno de los mayores especialistas en la figura de la peregrina gallega y traductor de su Itinerarium.

Tras partir de Gallaecia, Egeria atraviesa el Sur de la Galia y el Norte de Italia, cruza en barco el mar Adriático y llega a Constantinopla en el año 381. De allí parte hacia Jerusalén; visita asimismo Belén, Hebrón, Jericó y Galilea. En el año 382 se traslada a Egipto; visita Alejandría, Tebas, el mar Rojo y sube al monte Sinaí. Visita luego el monte Horeb, y regresa a Jerusalén por la tierra de Gesén. Pasado un tiempo va al monte Nebo, en Arabia, y peregrina por las tierras de Samaria. De nuevo en Jerusalén, transcurridos ya tres años desde el día que emprendió su viaje, decide regresar a su patria. Siguiendo la costa mediterránea se dirige hacia Tarso, con la intención de cruzar el Asia Menor en dirección de Constantino-pla. En Antioquía siente deseos de visitar Edesa y demora su regreso adentrándose por Siria y Mesopotamia. Finalmente vuelve a Tarso, y por Galacia y Bitinia llega a Constantinopla, donde concluye el diario de viaje.

«El sacrificio -señala López Pereira-es evidente en muchos de los lugares que visita; ella misma comenta en la subida al Sinaí que aquello no hay quien lo aguante, pues el monte es tan empinado que tiene que subir en caracol porque ni el burro puede subir. No es un viaje de placer, sino de peregrinación».

Fuente: J.A. Otero Ricart | FARO DE VIGO

9 mayo 2014 at 11:45 pm Deja un comentario

La guardia pretoriana: La escolta de los emperadores

Por sus salarios y sus privilegios, los guardias pretorianos formaban la élite del ejército romano. De ellos dependía la seguridad personal de los emperadores, a los que proclamaban y deponían a su antojo

Por Fernando Lillo Redonet. Doctor en Filología Clásica y escritor, Historia NG  nº 124

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Cerca del Foro, el núcleo político de la antigua Roma, se alzaba el Palatino, la residencia imperial, donde las cohortes pretorianas montaban guardia a diario para garantizar la seguridad del emperador. MAURIZIO RELLINI

Hoy en día, cuando se habla de «guardia pretoriana» se suele hacer referencia a las unidades armadas de élite que protegen a determinados gobernantes, en particular a dictadores impopulares que, por temor a una conspiración, confían su seguridad a tropas que les son absolutamente fieles. El término procede de la antigua Roma, donde los emperadores y sus familias contaron también para su protección con un poderoso cuerpo militar, instalado en un campamento al este de la ciudad. La guardia pretoriana acompañaba constantemente al emperador, ya fuera como guardaespaldas en Roma o durante sus campañas militares, aunque su fidelidad distó mucho de ser completa, como muestran las constantes conjuras y sublevaciones que protagonizaron hasta su desaparición en el siglo IV.

La guardia pretoriana fue fundada por Augusto en 27 o 26 a.C. En principio se crearon nueve cohortes, aunque su número fluctuó hasta que a finales del siglo I d.C. se estableció en diez. Cada cohorte contaba con unos 480 hombres más un complemento de alrededor de cien jinetes llamados equites pretoriani. Se cree que en la primera mitad del siglo II d.C. se aumentó a mil el número de efectivos por cohorte. Al mando de la guardia pretoriana había normalmente dos prefectos del pretorio, que debían ser militares experimentados pertenecientes al orden de los caballeros, la clase  adinerada que ocupaba importantes cargos en la administración y el ejército.

Mimados por los emperadores

Entrar en la guardia pretoriana era sumamente apetecible, no sólo por el honor que suponía custodiar al emperador, sino también por las ventajas económicas que el puesto traía aparejadas. El sueldo de los pretorianos era el más elevado de todas las unidades del ejército romano. A finales del gobierno de Augusto, la cantidad base anual ascendía a 3.000 sestercios, mientras que un legionario cobraba 900. Hay que considerar también los donativos extraordinarios que les otorgaban los emperadores en acontecimientos como el ascenso al poder, campañas victoriosas o celebraciones especiales, y que eran siempre mayores que las que pudieran ofrecerse a las tropas legionarias. En su testamento, Augusto ordenó que se entregaran 1.000 sestercios a cada pretoriano, por sólo 300 a los legionarios, y muchos de sus sucesores les hicieron generosos donativos nada más acceder al poder para asegurarse su fidelidad: Claudio les concedió 15.000 sestercios, y Marco Aurelio y Lucio Vero, ya en el siglo II d.C., 20.000.

Sin embargo, los pretorianos, al igual que los legionarios, no podían disponer libremente de todos sus ingresos, puesto que una parte del sueldo se depositaba en las arcas de la unidad, así como la mitad de los donativos recibidos. Estos ahorros se les reembolsaban en el momento de licenciarse. Además, al estar acuartelados en la capital del Imperio, los pretorianos no tenían que pagar por el trigo, un alimento básico que se les distribuía gratuitamente y que, en cambio, sí se deducía del sueldo de los legionarios. Tampoco debían abonar sus armas, y a los que pertenecían al cuerpo de caballería se les proporcionaban, sin coste por su parte, los caballos y el alimento para la manutención de los animales. Por otro lado, los años de servicio eran menos: dieciséis frente a los veinte de los legionarios. Los pretorianos gozaban asimismo de ventajas judiciales nada desdeñables: tenían el derecho a ser procesados dentro de su campamento y disfrutaban de juicios más rápidos cuando ellos eran los demandantes. Sin embargo, tenían prohibido el matrimonio legal durante su servicio. Al retirarse recibían tierras libres del pago de impuestos o una cantidad de dinero, que, por ejemplo, en el año 6 d.C. era de 20.000 sestercios. Todo ello sin contar con el prestigio y reconocimiento social del que gozarían en su lugar de origen o en la región en la que se asentasen.

Altos, fornidos y de provincias

El aspirante típico a guardia pretoriano era un voluntario civil, de entre 17 y 20 años, con una excelente forma física y una altura mínima de 1,75 metros, aunque también eran necesarias unas buenas cartas de recomendación. Al ingresar se le hacía un reconocimiento y se comprobaba que era ciudadano romano. En los dos primeros siglos, los reclutas procedían principalmente de la parte central y septentrional de la península itálica y de Hispania, Macedonia y Nórico (territorio entre Austria y Alemania). En el siglo III d.C., tras la reforma de Septimio Severo, los pretorianos no procedían ya de la vida civil, sino que eran soldados pertenecientes a las legiones acantonadas en las fronteras del Imperio.

Una vez admitido, el nuevo recluta viviría en el campamento de la guardia denominado Castra Praetoria. Situado en uno de los lugares más altos al noreste de Roma, fue instituido en época de Tiberio, en el año 23 d.C. Delante del campamento había un campo de entrenamiento, que servía también para ceremonias religiosas y desfiles militares. Una vez superado el entrenamiento, el pretoriano tendría que asumir las múltiples funciones que la guardia pretoriana desempeñaba. La tarea básica consistía en la protección del emperador en palacio y en sus desplazamientos por la ciudad. Cada día, una cohorte con sus centuriones y tribuno al mando se dirigía desde el campamento pretoriano hasta el Palatino  para custodiar la residencia del césar. Durante el servicio en palacio, los pretorianos vestían una toga, en cuyos pliegues llevaban una espada oculta. Cuando el emperador acudía al Senado también llevaban la toga y solían quedarse fuera del lugar de reunión, aunque el emperador Calígula les permitió hacer la guardia también en el interior.

Al servicio del emperador

Algunos emperadores se obsesionaron por su seguridad personal hasta extremos insospechados. Claudio, por ejemplo, no se atrevía a ir a los banquetes si no era rodeado de sus guardias armados con lanzas. Tampoco visitaba a ningún enfermo sin hacer registrar antes su dormitorio y examinar y sacudir los colchones y las colchas. También exigía registrar con el mayor rigor y sin excepciones a las personas que venían a saludarle. Cuando su esposa Mesalina cometió adulterio con Cayo Silio, pensando que éste se proclamaría emperador, corrió aterrorizado a buscar refugio en el campamento pretoriano. Al excéntrico Nerón, en sus correrías nocturnas por las calles de Roma, le seguían de lejos unos tribunos que lo custodiaban, ya que en una ocasión un personaje del orden senatorial había estado a punto de matar a golpes al emperador por propasarse con su mujer.

A veces, la seguridad de los emperadores podía verse seriamente comprometida. Se cuenta que durante el reinado de Cómodo un bandido llamado Materno, que había sido soldado, tramó junto con sus secuaces acabar con la vida del césar; su plan consistía en  mezclarse entre la guardia, armados y disfrazados de pretorianos durante un festival de primavera en el que era lícito usar disfraces. Por suerte para Cómodo, algunos de los suyos traicionaron a Materno y la conspiración fue descubierta antes de que pudiese llevarse a cabo. De ese modo, el bandido que quiso ser emperador acabó decapitado.

De los desfiles al campo de batalla

Los pretorianos también custodiaban al emperador en sus desplazamientos por Italia y otras regiones del Imperio. Cuando el emperador estaba en camino se enviaba un destacamento por delante para despejar la ruta y atajar peligros potenciales. Se dijo de Tiberio que cuando en uno de sus viajes su litera quedó enredada en unas zarzas tiró al suelo al explorador responsable, un centurión de las primeras cohortes, y lo azotó casi hasta la muerte. La guardia protegió al mismo Tiberio durante su exilio en la isla de Capri, a Nerón en su viaje por Grecia y a Adriano en su villa de Tívoli o en sus frecuentes viajes por las provincias. En su fidelidad a la persona del césar, la guardia pretoriana le acompañaba incluso en su último viaje, el cortejo fúnebre.

Los pretorianos actuaban además como guardia de honor en las distintas ceremonias oficiales; por ejemplo, las que festejaban la salida del emperador cuando iba a la guerra o regresaba victorioso, su aniversario o la recepción de embajadores. Asimismo, eran responsables del mantenimiento del orden en Roma, ayudaban al cuerpo de vigiles (bomberos) en la extinción de incendios, reprimían rebeliones e investigaban las conjuras contra el emperador. Durante los espectáculos públicos montaban guardia, e incluso podían participar en ellos; el emperador Claudio, por ejemplo, hizo que un grupo de jinetes pretorianos abatiera fieras africanas en el circo Máximo.

Pero la guardia pretoriana también demostró ser una verdadera fuerza de combate. Su equipamiento militar era similar al de los legionarios, si bien se distinguían por llevar motivos específicos en sus escudos, como el rayo alado, la luna y las estrellas o el escorpión, símbolo zodiacal del emperador Tiberio. Sus portaestandartes tenían la particularidad de llevar enseñas con las efigies de los distintos emperadores y se cubrían con una piel de león. Sus intervenciones fueron numerosas dado que el emperador, cuando entraba personalmente en campaña, les ordenaba acompañarlo o bien enviaba a sus oficiales pretorianos para guiar la contienda. Por ejemplo, a comienzos del gobierno de Tiberio, Germánico y Druso fueron enviados al frente de la guardia pretoriana para sofocar las revueltas de las legiones de Germania y Panonia. En tiempos de Domiciano, el propio prefecto del pretorio, Cornelio Fusco, murió en combate contra los dacios. Los pretorianos también lucharon contra estos últimos en las guerras dácicas, bajo el mando de Trajano, y se enfrentaron a los pueblos germánicos durante el gobierno de Marco Aurelio.

Rebeliones y conjuras

El gran poder militar y policial que adquirió la guardia pretoriana tuvo un reverso: las constantes rebeliones y conjuras que protagonizaron contra los emperadores para imponer a su candidato preferido. Uno de los momentos más turbulentos se produjo en el año 192, a la muerte de Cómodo. Los pretorianos eligieron como emperador a Pértinax, un anciano senador, pero al ver que ponía freno a sus desmanes y a su poder ilimitado decidieron deshacerse de él y lo asesinaron en su palacio. A continuación, pusieron el trono imperial literalmente a subasta, pregonando desde los muros de su campamento que el cargo de emperador estaba en venta e iría a parar a quien les ofreciera más dinero. Un ex cónsul llamado Didio Juliano les prometió una gran cantidad de dinero, asegurándoles también que volverían a tener plena libertad de acción. Ellos aceptaron y lo escoltaron desde el campamento hasta el palacio imperial en medio de fuertes medidas de seguridad.

Poco después, sin embargo, llegó a Roma Septimio Severo, que había sido proclamado emperador por las legiones de Iliria y que convenció al Senado para que decretara la muerte de Juliano. A continuación, Septimio invitó a los pretorianos a que salieran desarmados del campamento para jurarle fidelidad, pero cuando se presentaron con los uniformes de gala los hizo apresar. Les perdonó la vida, pero ordenó expulsarlos de Roma. A partir de entonces se reclutó a los pretorianos entre las legiones de frontera.

En los primeros años del siglo IV, los pretorianos elevaron al trono a otro de sus candidatos, Majencio, pero Constantino lo derrotó en Roma, en la célebre batalla del puente Milvio librada en el año 312. A continuación, el vencedor decidió disolver la guardia. Terminaron así tres siglos de luces y sombras, de heroicidades e infidelidades de la guardia encargada de proteger el corazón de Roma.

Para saber más

La guardia pretoriana. Boris Rankov. RBA-Osprey, Barcelona, 2009.
Pretorianos. La guardia imperial de la antigua Roma. A. R. Menéndez Argüín. Almena, Madrid, 2006.
Pretoriano. S. Scarrow. Edhasa, Barcelona, 2012.

9 mayo 2014 at 5:22 pm Deja un comentario


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