Archive for 6 abril 2014

Barcino, una atípica ciudad de ricos

  • La urbe romana contenía un número desproporcionado de edificios lujosos
  • La intervención en la plaza de Sant Jaume puede no llegar antes del 2016

Barcino-templo-de-Augusto

El Templo de Augusto. Unas columnas con al menos dos interpretaciones. DANNY CAMINAL

El debate generado por la propuesta de modificar la visión vigente desde 1835 del corazón de la Barcelona romana, el templo de Augusto y el foro de la ciudad, no es casual. Desde hace ya unos años, el conocimiento acumulado a lo largo del siglo XX sobre la antigua Barcino está sujeto a replanteamiento, y empieza a sumar elementos que obligan a redibujar la visión que tenemos de ella, ante la evidencia de que nos encontramos ante una ciudad extraña, que nada tiene que ver con la concepción reducida y «absolutamente abstracta» vigente hasta hace poco, en palabras del responsable del Seminari d’Història de Barcelona municipal, Ramon Grau.

Y este debate ha encontrado su estímulo en el marco del Pla Bàrcino del Ayuntamiento de Barcelona, que además de dar un nuevo empuje a la investigación, en una apuesta personal del concejal Jaume Ciurana, ha velado por unos niveles de transparencia y difusión pública insospechables hasta hace solo tres años, cuyo máximo ejemplo es la apertura en la web de la Carta Arqueològica y las iniciativas de debate del Museu d’Història.

Los frentes se acumulan: se duda del templo y el foro, se admite que desde la fundación habría barrios planificados fuera de las murallas y un suburbio portuario potente, se descarta el acueducto de Collserola, se empieza a redescubrir el papel clave del área de Sants Just i Pastor, se descubre el desmesurado tamaño de las viviendas y equipamientos del interior de las murallas, se entiende cómo Barcino se transformó en una capital visigoda primero y en la de todo el país después…

El resultado: la evidencia, explica Carme Miró, responsable del Pla Bàrcino, de que la Colonia Julia Augusta Paterna Faventia Barcino es, pese a su pequeño tamaño (aunque no tanto como se creía), una ciudad atípica: «Barcino es una ciudad extraña, potente y extraña, con domus lujosas, con una villa como la de la Sagrera lujosísima, sin viviendas de gente humilde dentro de las murallas, con tres termas públicas, y termas privadas en cada domus…» Es, explica Julia Beltrán de Heredia, conservadora jefa del subsuelo del Museu d’Història de Barcelona (Muhba), «una ciudad muy pequeña en metros cuadrados pero muy potente, que nace para controlar el territorio, lo que viene del interior, y del mar y la producción de vino; una ciudad de ricos». Un territorio que llegaría hasta los asentamientos agrarios del Llobregat y el Besòs. Una metropolitana Gran Barcino, digamos.

CIUDAD SIMBÓLICA / «Es una ciudad ideológica, simbólica, de marcar el territorio; no me da miedo pensar que tenga más de una zona con espacios públicos; nuestra primera propuesta lo que hace es abrir el debate», apunta Hèctor Orengo, que junto con Ada Cortès ha planteado una nueva ubicación de todo o parte del foro. «Estamos en un momento muy interesante, en que hay la oportunidad de replantear el conocimiento previo sin que haya una teoría que ahogue el debate. La discusión sobre el templo demuestra la debilidad del conocimiento que teníamos hasta ahora, que se basaba en la descripción de Celles en el primer tercio del siglo XIX y que se siguió aceptando por la autoridad de Puig i Cadafalch, que la hizo suya», apunta a su vez Ramon Grau.

En este debate, el Muhba, que acogió la presentación de la teoría de Orengo y Cortés, ha decidido actuar como acicate, no como como freno. «El Muhba ha de tener la actitud de una institución dinámica: apertura y prudencia. Como centro de investigación debe ser una plataforma para el contraste de los trabajos que tengan un fundamento científico, y es bueno que se abra al debate sobre los interrogantes que hay, y como institución museística ha de ser más pausada antes de cambiar su discurso, y esperar a que haya consenso», establece su director, Joan Roca.

Mientras en el Pla Bàrcino del Servei d’Arqueologia se trabaja por la difusión de este debate (difundiendo con una rapidez inverosímil hasta hace poco, desde su web y Twitter, excavaciones en marcha y proyectos en progreso como los nuevos modelos 3D de la ciudad), se propone trabajar sobre la muralla y sobre el foro. «Es uno de los grandes desconocidos de Barcino. Pero no se trata de un proyecto faraónico, no hablamos de levantar la plaza de Sant Jaume, sino de un estudio histórico, arquitectónico, de planimetría, de revisar teorías. Y después del 2016 ya veremos», avanza Carme Miró.

CIERTA FRIVOLIDAD / Eso sí, la reapertura del debate y la recuperación del interés público ha dado paso también a una cierta frivolidad, («una hipótesis de trabajo necesita 10 o 12 años para que circule por la comunidad científica, se contraste, se amplíe y se sedimente», advierte Beltrán de Heredia), que desde el Servei d’Arqueologia y el Muhba se quiere evitar al poner en total cuarentena, por ejemplo, las hipótesis sin fundamento que sitúan, por ejemplo, un no localizado anfiteatro en Santa Maria del Mar o en el Pi. Aunque eso no quiere decir que haya grandes incógnitas excitantes. Para Miró, por ejemplo, «Montjuïc es la asignatura pendiente; falta una revisión a fondo de los núcleos íberos en el Turó de la Rovira y Montjuïc, y del Montjuïc romano; algo hay allí».

Fuente: Ernest Alós | El Periódico

6 abril 2014 at 6:24 pm Deja un comentario

El mal uso del latín: por favor, no pisen al muerto

Artículo de Miguel Ángel González Manjarrés, profesor Titular de Filología Latina de la Universidad de Valladolid. Zoom News

  • Las lenguas romances son las hijas de un latín que, como bien ha dicho el profesor Stroh, murió pronto, pero sin enterrarse
  • Hoy recurren a ella algunos que aparentan y no saben. Aquí va un compendio de pifias de intelectuales y dislates culturales con el latín

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Virgilio leyendo la ‘Eneida’ a Augusto, Octavia y Livia / Cuadro de Jean-Baptiste Wicar en el Chicago Art Institute

En esto de las lenguas parece razonable estar con la idea bíblica: son una maldición. Peccati enim poena est tot esse linguas, que muy bien dijo Vives. El hombre ha debido acarrear con ellas desde bien temprano y, quizá por el viejo atasco de las comunicaciones, tuvieron que aumentar en cada barrio con tal de asegurar un mínimo de cohesión social. Con los años, ya se sabe: un mero instrumento cobra una suerte de falsa firmeza y acaba por convertirse en patrimonio, tradición y otras falacias. Luego son medio para literaturas y se confunden fácilmente con el resultado mismo de las manifestaciones artísticas, en una mezcla que termina por llevar al patriotismo. La parte final resulta bien conocida y hasta cotidiana: por todos lados aparecen las metáforas habituales que llevan de la lengua al alma de un pueblo y del alma de un pueblo al espíritu de un creador. Y así seguimos, sin poner nunca los pies en el suelo. Es decir: cualquier lengua es del todo prescindible porque todo se puede decir en cualquier lengua. Y también el latín.

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Las lenguas romances son las hijas de un latín que, como bien ha dicho el profesor Stroh, murió pronto, pero sin enterrarse, de forma que su cadáver siguió paseándose como si tal cosa: ya nadie la aprendía en casa, pero se hizo la única lengua posible para la educación y la cultura. Y así durante casi dos mil años. Luego ya, en esta parte última de nuestra historia, el muerto fue casi solo objeto de análisis anatomofilológico, con breves y melancólicas composiciones originales. Pero sus vicisitudes atraviesan los siglos: es la única lengua que dio más producción de muerta que de viva, e incluso hoy mismo puede aprenderse y hablarse como una diversión casi fúnebre que da más alegría que tristeza. La sola delicia, por ejemplo, de leer a los antiguos, de leer a Petrarca o de leer a Erasmo y casi conversar con ellos como sin tiempo. El solo placer de no sentirse extraño con los muertos.

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Los gustos son raros y, por tanto, allá cada cual. Aprender a hablar, a escribir y leer en latín -es decir, aprender latín- es cosa de uno: no parece que pueda tenerse por materia básica para la formación y la vida, aun cuando su dominio -como ocurre con otras lenguas- pueda llegar a ser muy placentero y prestar ayudas intelectuales de calado. Quizá nadie haya de exigir que todos sepan esta lengua de vivencias tan extrañas, pero debe cuidarse que siempre haya alguien que la conozca y sea capaz de descifrar a los demás el rico fruto que esconden sus signos. Nada más. La gracia del asunto, en este caso como en otros paralelos, viene de quienes quieren y no pueden o, mejor incluso, de quienes aparentan y no saben: esa numerosa gente cultivada -por no irse del terreno propio del latín- que, sin saber mucho de la lengua, se expresa a veces con ella por tópico o adorno. Y con el error lingüístico, como es obvio, va a menudo el fallo cultural. No se trata, en todo caso, de hacer catálogo de pifias por mero prurito hipercorrecto, sino de recurrir de nuevo a este latín ya sin infancias y por pura compasión mostrar algunos casos de quienes lo usan sin saberlo demasiado.

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Hay para todos los gustos, aunque las patadas gramaticales suelen ser las más pertinaces. Solo se ponen tres ejemplos periodísticos de gente encumbrada y gran valor intelectual: ¡lo que no habrá, mehercle, entre las numerosas autoridades infimae notae! Quede claro que siempre puede haber error o errata tipográfica, pero los casos son graciosos. Hace ya tiempo que un Juan Goytisolo entusiasmado con Todorov y Said alababa su arte excéntrica y atemporal, que los biempensantes tenían por monstrum horrendus, informis, ingens: una locución en que la concordancia del género queda hecha trizas, porque el que la usa no sabe poner un nombre neutro con su adyacente neutro (qué le vamos a hacer: un sustantivo concierta con su adjetivo en género, número y caso). Hablando de neutros y concordancias: hasta el gran Savater mencionaba a los clásicos con un refrán destrozado por un maldito adjetivo masculino: nihil novus sub sole. ¿Y qué decir de Arcadi Espada? Nuestro mejor columnista tituló una vez un texto con el latino Mediocritas, y terminaba usando un préstamo de Horacio en sentido desfigurado (para el poeta era su regla de vida: una medianía sublime), pero con un añadido agramatical: «La utopía de la izquierda es la igualdad; pero su traducción real y cotidiana es el aura mediocritas«. El dorado adjetival pasaba así a convertirse en una brisa sin concordancia: aliquando bonus Homerus dormitat.

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El desbaratamiento lingüístico queda muy feo en lenguas modernas, pero con el latín parece perdonarse siempre: solo sea porque quizá ni se detecte. Aun así, resultan más cómicos los dislates en la cosa cultural, que tantas veces se acarrea de titulares digitales dispersos como a la rebatiña. Aún recuerdo, hace ya tanto tiempo, aquella estupefacción cuando el literato Manuel Vicent se metía con la seriedad del papa Ratzinger y le oponía el cantito goliardo del Gaudeamus igitur, hoy tan universitario, con una atribución insospechada: ¡nada menos que a Séneca y su De brevitate vitae! Los mil doscientos años de adelanto para la cancioncilla medieval bien valían una columna de tan alegórica belleza. No le va a la zaga, en todo caso, una exposición de tópicos sobre Heliogábalo que hacía un Rubén Díaz Caviedes en cierta ocasión: la literatura de acarreo, si no se vigila, lleva a engaños gordos, como confundir a Elio Lampridio, uno de los autores de la Historia Augusta que narra los desmanes del emperador, con un humanista croata llamado también Elio Lampridio Cerva. El remate, por seguir con el tres como muestra, viene de Andrés Trapiello: al comparar la exigencia de un hombre culto actual con otro de tiempos renacentistas, dice que «cuando Maquiavelo pensaba en el Príncipe del Renacimiento, pensaba en un joven prudente, sagaz y culto. ¿Y qué entendía por culto? Alguien, desde luego, que pudiera leer en latín a Marco Aurelio y a los filósofos e historiadores griegos tanto como a Ariosto«. La cultura entonces, desde luego, sería exigentísima: para leer en latín a Marco Aurelio, que escribió en griego aun siendo emperador romano, se volvía necesario hacerlo en traducción, a lo que quizá bien aluda aquí el diarista.

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En la letra muerta del latín hay mucho escrito que todavía alguien quiere seguir leyendo. No está mal. Cuando uno dice cosas, es mejor decirlas con corrección que de forma equivocada y, en todo caso, es preferible decirlas bien en el vernáculo de cada cual que meter la pata para adornarse con una reliquia ignota. Pero el adorno tira mucho, desde luego, y más aún cuando se pone algo que suena a misterio y se deja como en zona de sombra. El arcano prestigioso y prestigiado, como si no fuese igual de ordinario que cualquier expresión en una lengua cualquiera. El final es simple y horaciano: sit modus in rebus. Y allá los muertos que entierren como Dios manda a sus muertos.

6 abril 2014 at 6:02 pm 2 comentarios


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