Archive for 24 enero 2014

Los druidas, los misteriosos filósofos de la Galia

Magos y brujos en el imaginario colectivo, los druidas eran en realidad filósofos y teólogos. Gracias a su larga y exigente educación, adquirieron un prestigio sin igual en la antigua Galia

Artículo de Jean-Louis Brunaux. Director de Investigación. Consejo Nacional de Investigación Científica, CNRS (París), Historia National Geographic nº 121

Dios-de-Bouray-sur-JuineUn dios celta. Dios de Bouray-sur-Juine, principios del siglo I d.C.

En la Galia existen filósofos y teólogos respetados a un grado máximo, llamados “druidas” […] Se les considera como los hombres más justos […] A menudo reflexionan acerca de los astros y su movimiento, del tamaño del mundo y de la Tierra, del poder de los dioses inmortales y sus aptitudes; transmiten a la juventud todo este saber». Con estas palabras de admiración se refería a los druidas galos uno de los mayores sabios de la Antigüedad, el filósofo Posidonio de Apamea. Tras haberlos conocido de primera mano en un viaje que realizó a la Galia en el año 100 a.C., Posidonio redactó un informe en el que describía a los druidas con palabras griegas inequívocas, como «filósofo» o «teólogo», lejos de la confusa y hoy en día popular imagen que ve a los druidas como sacerdotes de una religión ancestral, magos o incluso hechiceros. Esta opinión no tiene nada de excepcional. Desde el siglo IV a.C., diversos autores griegos utilizaron el mismo término de «filósofos» para referirse a los druidas de la Galia, dándoles de este modo el mismo estatus que tenían los «magos» para los persas. Incluso se preguntaban si los druidas no estaban más avanzados en cuanto a sabiduría. ¿Acaso practicaron la filosofía antes que ellos?

En esa época, el término «druida» ya se conocía en las orillas orientales del Mediterráneo: servía para referirse a «aquellos que mejor ven y perciben lo que vendrá; los que adivinan». En Grecia se comparaba a los druidas con los pitagóricos, los discípulos del gran filósofo y matemático Pitágoras; ambos grupos conformaban, en cierto modo, sectas cerradas, elitistas, que cultivaban el secretismo y prohibían poner por escrito sus enseñanzas, transmitidas oralmente. Al igual que los pitagóricos, los druidas creían en la existencia de un alma inmortal, llamada a reencarnarse perpetuamente. Compartían la predilección por el estudio del universo y los números. Las dos escuelas profesaban una filosofía cuyo objetivo era lograr que las relaciones entre los hombres fueran más armoniosas, dato que presagiaba su intervención en asuntos políticos. Algunos creían que los druidas fueron alumnos del mismo Pitágoras, y otros que éste fue alumno suyo. Lo más probable es que ni Pitágoras ni los druidas hayan tenido jamás contacto, aunque es posible que los colonos foceos establecidos en Marsella hubieran servido de intermediarios entre ambas escuelas. Con todo, los sabios galos fueron considerados grandes intelectuales tres o cuatro siglos antes de la conquista romana de la Galia.

El origen de los druidas

¿Cómo pudieron aparecer los druidas de forma tan precoz en ese mundo galo que nos parece tan oscuro y arcaico? La comparación con las demás civilizaciones de las orillas del Mediterráneo nos aporta una explicación. Aquí y allá hubo entonces hombres que se dedicaron al estudio astronómico, probablemente con una finalidad adivinatoria. Lo mismo hicieron los druidas, que muy pronto pudieron crear un calendario basado en el doble recorrido del sol y de la luna. Tal realización fue el resultado de una constante observación de los astros durante siglos, una práctica que los familiarizó primero con el cálculo, luego con la geometría y, por último, con las ciencias en general. Todos estos conocimientos hicieron que, en un mundo dominado por unas élites aristocráticas ocupadas en hacer la guerra, se considerara a los druidas como grandes sabios que debían ser respetados y escuchados. Fue así como, a partir del siglo V a.C., los druidas alcanzaron una posición preeminente en los asentamientos galos. Así lo atestiguaba el filósofo Dion Crisóstomo: «Los druidas dominan el arte adivinatorio así como todas las ciencias. Los reyes no pueden tomar decisiones sin su consentimiento. También cabe decir que ellos son los que mandan y que los reyes son sus ministros, los servidores de su sabiduría; éstos se sientan sobre tronos de oro, viven en hermosas casas y gozan de suntuosos banquetes».

Entre el siglo V y II a.C., el paisaje de la Galia se transformó por completo. Carreteras y vías fluviales la atravesaron en todas direcciones, y la agricultura y la ganadería se desarrollaron de forma espectacular, así como la artesanía sobre madera y la metalurgia. En este desarrollo tuvo mucho que ver la influencia griega, a través de los comerciantes y colonos que llegaron a las costas de la Galia, hasta tal punto que los galos llegaron a ser conocidos por sus vecinos como «filohelenos». Fue una «edad de oro» en la historia de la Galia, una época mítica en la que los sabios druidas gobernaban la comunidad si no políticamente, sí espiritualmente.

Druidas, vates, bardos…

Aquélla fue precisamente la razón de que el filósofo y científico griego Posidonio de Apamea quisiera visitar la Galia en torno al año 100 a.C. Posidonio llevó a cabo una serie de investigaciones geográficas, históricas y meteorológicas, pero sobre todo afirmó haber conocido a los druidas, de los que dejó una descripción muy precisa. Aunque no se ha conservado el original de su obra, ésta fue copiada o resumida por Julio César, Diodoro de Sicilia y Estrabón. Sabemos así que, además de los druidas, existían otras dos órdenes de religiosos que se ocupaban de los asuntos sagrados. De las dos, los bardos eran los más conocidos. En su origen, estos poetas inspirados cantaban sus obras mientras tocaban una lira de siete cuerdas que producía una cautivadora música melódica. Su palabra era sagrada, incluso se consideraba que estaba directamente inspirada por los dioses, y disponían de un poder considerable sobre la población.

Los bardos actuaban como auténticos censores de la sociedad, dedicaban elogios a algunos personajes y les ayudaban a ocupar cargos políticos, mientras que a otros les dirigían crueles sátiras que podían acabar con sus carreras. Los druidas, que reivindicaban el conocimiento exclusivo de los dioses y del universo, los consideraban sus rivales y se enfrentaron a ellos, al parecer con cierto éxito: cuando Posidonio viajó a la Galia, los bardos ya no eran más que bufones a sueldo de unos cuantos aristócratas adinerados. Los vates, por su parte, llamados «ovates» o «eubagos», constituían una tercera orden religiosa entre los galos. De origen muy antiguo, practicaban la adivinación mediante el sacrificio de animales e incluso a veces de seres humanos. Pero los druidas también los fueron suplantando progresivamente. Es probable que los vates se dedicasen más tarde a oficiar el culto público.
Así pues, los druidas pretendían ser los únicos intermediarios entre los hombres y los dioses. Como inventores del calendario, eran ellos quienes decidían las fechas de las fiestas religiosas; como teólogos, sólo ellos podían conocer la naturaleza de los dioses, sus deseos y la manera de honrarlos. Esa posición clave en la práctica del culto les permitió impulsar una profunda reforma de la vida religiosa en la Galia antes de la conquista romana.

Templos y banquetes

Con los druidas, la religión ya no se limitó a la esfera privada, sino que adquirió una función social y política. Sus conocimientos en astronomía y geometría les permitieron levantar majestuosos santuarios para la comunidad, equivalentes a los templos griegos y romanos. Los fieles dejaron de ser simples individuos para convertirse en comensales que compartían la carne con los dioses en el marco de grandes banquetes. Muy apreciados por los guerreros, estos festines revestían una forma tanto religiosa como política. Así, se invitaba a los guerreros a ofrecer a los dioses la mayor parte del botín de guerra y, a cambio, los druidas los declaraban ciudadanos de pleno derecho.

Los druidas convencieron a los galos de que abandonaran los sacrificios humanos; en el caso de los criminales, eran ejecutados después de procesos en los que los druidas actuaban como jueces. En cuanto a las ofrendas a los dioses, adoptaban dos formas: el sacrifico de animales domésticos – buey, cerdo, cordero– y la ofrenda de armas y objetos preciosos. También cambió la imagen de los dioses, la concepción del universo y el destino del hombre. El extraño panteón de los galos que nos transmite Julio César en su Guerra de las Galias, en un pasaje copiado sin duda de Posidonio, es el de los druidas tal como éstos lo expusieron al viajero griego: «La divinidad que más adoran es Mercurio… Luego vienen Apolo, Marte, Júpiter y Minerva, de los cuales tienen una concepción semejante a la de las otras naciones». Estos dioses prodigaban sus virtudes a los hombres para hacerlos más sociables y acogedores con los extranjeros y, sobre todo, con los mercaderes.

Los primeros científicos

Según los relatos de Posidonio, los druidas profesaban una forma de panteísmo: identificaban la divinidad con el cosmos entero y los hombres participaban en el ciclo perpetuo de la naturaleza. Sólo importaba la pureza del alma. Todo lo demás, la vida terrenal y sus muestras materiales, carecía de valor alguno. Por ello, los galos nunca dejaron monumentos u obras de arte que testimoniasen su ingenio.

Los druidas pusieron su talento al servicio del conocimiento en ámbitos muy variados. Posidonio nos revela que se dedicaban principalmente a la «fisiología», es decir a las ciencias naturales, la física, la química, la geología, la botánica y la zoología. Como los griegos, los druidas especulaban sobre la composición de la materia y trataban de aislar sus principales componentes: el aire, el agua y el fuego. Imaginaron un fin del mundo que se produciría por la separación de estos tres elementos y acabaría con el dominio absoluto del fuego y del agua. Sin embargo, este fin del mundo se inscribía en un ciclo perpetuo de renacimiento y destrucción. Según Plinio el Viejo, los druidas clasificaron las especies vegetales y animales y estudiaron los usos que el hombre podía darles. En cuanto a la farmacopea, cabe destacar que los galos atribuyeron al muérdago numerosas propiedades, y las investigaciones actuales han demostrado que esta planta posee grandes poderes terapéuticos, sobre todo en el tratamiento de ciertos tipos de cáncer.

Los druidas destacaron también en el campo del arte. En particular, las composiciones del llamado estilo plástico revelan una espiritualidad que sólo podía provenir de una élite intelectual que reflexionaba acerca del papel de la imagen. Por otra parte, su saber también tuvo aplicaciones prácticas. En el campo de la agricultura desarrollaron, por ejemplo, el abono con estiércol, mientras que en el de la metalurgia cabe atribuirles la invención del hierro forjado y de la hojalata.

Un poder en la sombra

Los druidas estaban muy implicados en la vida política de su sociedad. Eran los únicos que poseían los recursos intelectuales y técnicos suficientes para  llevar a buen término negociaciones y redactar tratados, entre otras cosas. Establecieron las primeras leyes y prepararon las constituciones de algunos pueblos galos, como es el caso de los eduos, entre quienes los druidas supervisaron el nombramiento de sus magistrados. Gozaban asimismo de un estatus cívico privilegiado: no tenían que pagar impuestos ni cumplir con ningún tipo
de obligación militar. Además, su influencia no se limitaba sólo a los distintos pueblos-Estado, sino que se extendó al conjunto del territorio que progresivamente se fue convirtiendo en una realidad geográfica y política: la Galia.

Muy pronto, los druidas repartidos por la región céltica y por Bélgica se federaron. Cada año se reunían en una gran asamblea y debatían sobre cuestiones teológicas, pero también sobre los últimos avances científicos. Se elegía a un Gran Druida, el equivalente a un jefe político, que conservaba dicho título honorífico hasta su muerte. El lugar de la asamblea se situaba en el centro de la Galia; en el siglo II a.C. –el momento en el que la Galia alcanzó su extensión máxima, desde la desembocadura del Rin hasta los Pirineos, desde el océano hasta el extremo de la meseta suiza– los druidas se reunían en tierras de los carnutos, cerca de la actual ciudad de Orleans. En el curso de esta gran asamblea, los druidas impartían justicia; y los pueblos que se comprometían a acatar las decisiones tomadas a un nivel superior, ya nacional, acudían allí a exponer sus desavenencias.

El inevitable declive

El extraordinario prestigio que rodeó a los druidas no duró eternamente. Su misma implicación en los asuntos políticos, diplomáticos y judiciales les hizo perder su carisma espiritual ante sus compatriotas. Pero lo que les afectó más profundamente fue la creciente influencia de la cultura romana. La invasión de productos de lujo a través de los comerciantes romanos cambió los hábitos de la aristocracia indígena y fue erosionando las creencias tradicionales de los galos, incluida la fe en el poder de los druidas. Es característico el caso del eduo Diviciaco, único druida cuyo nombre conocemos. Como primer magistrado de su ciudad colaboró activamente en la conquista romana y se hizo amigo de César, pero puso el mayor empeño en ocultarle su oficio; al contrario que sus lejanos predecesores, probablemente no se enorgullecía de él, pese a que su educación druídica le había permitido convertirse en un experto de la adivinación a través de los números.

Con la conquista romana, los adversarios de César fueron eliminados y gran parte de la nobleza asimiló los valores de Roma. Los últimos druidas auténticos acabaron desapareciendo. Los que reivindicaron ese título algunas décadas o siglos después no eran ya sino adivinos o brujos de poca monta. Ninguno  había recibido la estricta educación oral que había sido el secreto de los druidas: veinte años de estudios en los que los aspirantes a druida adquirían el inmenso conocimiento de sus mayores.

Para saber más

Los druidas. Françoise Le Roux y Christian Guyonvarc. Abada, Madrid, 2009.
Druidas. Manuel Alberro. Dilema, Madrid, 2009.
El druida. M. Llywelyn. Martínez Roca, Barcelona, 2002.

24 enero 2014 at 7:43 pm 1 comentario

Galicia: el Dorado de Roma

Investigadores de Estructura Social y Arqueología del CSIC cifran en 190 toneladas el preciado metal extraído del Noroeste, gran parte de Galicia, en época romana

recreación-mina-romana

Recreación sobre la minería romana

La fiebre del oro de los romanos se llevó de las minas gallegas decenas de toneladas del dorado metal, que luego circularía en forma de monedas llamadas aúreos, durante los dos siglos en los que el Imperio explotó el rico patrimonio mineral del noroeste de la Península.

Los habitantes del territorio de la antigua Gallaecia pagaban como tributo su trabajo en las minas, de las que se pudieron extraer gran parte de las 190 toneladas que los expertos estiman que Roma sustrajo del Noroeste. Con la cotización actual del oro -sin valor histórico de referencia- el importe de esta cantidad de oro equivaldría hoy a algo más de 5.800 millones de euros.

Un completo mapa de minas de oro entre los siglos I y II después de Cristo, que han elaborado con rigor y mucho trabajo a lo largo de años los investigadores del equipo Estructura Social y Territorio-Arqueología del Paisaje del CSIC, comandados por el director Javier Sánchez-Palencia, salpica de puntos Galicia. Concretamente el Baixo Miño se muestra colmado de hasta 144 minas, decenas de ellas inéditas, que atestiguan el aprovechamiento aurífero.

La minería es la actividad económica de la Antigüedad que mejor ha quedado fosilizada en el paisaje, como una auténtica máquina del tiempo que nos transporta y acerca al esfuerzo de miles de habitantes locales, que cavaron en la dura roca o lavaron toneladas de tierra. Aunque eran fundamentalmente campesinos, dedicaban parte de año a trabajar en las explotaciones auríferas, como parte de sus obligaciones tributarias con Roma. Eso es lo que hace tan especiales estos restos arqueológicos.

El equipo que dirige Sánchez Palencia y entre cuyos miembros se encuentra el gallego Brais Currás lleva años indagando en los vestigios de las infraestructuras con las que este próspero Imperio desincrustó el codiciado metal dorado de los confines de la tierra.

Los habitantes de los castros antes de la romanización ya habían accedido al oro, pero solo por medio del bateo de los ríos y a escala muy reducida. Por tanto, no cabe la menor duda: La explotación sistemática y extensiva de los recursos auríferos del Noroeste de la Península empieza y termina con el imperio romano. Y ellos fueron los mejores en hacerlo hasta la fecha.

«Tras la conquista, Roma puso en marcha una prospección sistemática de los recursos de oro a escala de todo el Noroeste. Los resultados fueron tan precisos que en la actualidad los mapas metalogenéticos modernos no contienen prácticamente ningún indicio de mineralización aurífera que no fuera explotado previamente por los romanos», asegura Currás.

Pero para entender los porqués, conviene volver la vista atrás. Roma implantó la explotación sistemática de los recursos de oro a través de una completa reestructuración del territorio, que supuso la implantación de un nuevo marco administrativo y fiscal basado en la civitas.

«La minería romana en el Noroeste tiene su origen en el comienzo del s. I d.C., al poco tiempo de terminar la conquista, y se implanta al compás de la reestructuración sociopolítica de las comunidades locales dirigida por el Imperio Romano. Los trabajos se extienden hasta el final del s. II d.C , o el comienzo del s. III d.C. Tras esta fecha, desaparece del todo la minería aurífera extensiva a gran escala», contextualizan los miembros del grupo del CSIC.

La Via Nova o vía XVIII, que enlaza Bracara Augusta (Braga) con Asturica Augusta (Astorga), por sus nombres en latín y surca el territorio de la Galicia actual, es parte de esta nueva organización territorial. El recorrido de la Vía Nova, que data del siglo I, une dos ciudades que en aquel momento eran los principales núcleos romanos en el territorio. Y una gran parte de su trayecto también discurre por la provincia de Ourense. A lo largo de sus aproximadamente 300 kilómetros de longitud, la inclinación de la vía nunca supera el 8% -lo que facilita el transporte- y su anchura tiene un mínimo de cinco metros, aunque en algunos puntos puede llegar hasta los once metros. Y otra de las peculiaridades de la vía reside, precisamente, en su relación con numerosas minas de oro que se explotaban en la época. El responsable del equipo de investigación, Javier Sánchez-Palencia, explica: «Esta es una de las diferencias más significativas entre la Vía Nova y el resto de las calzadas romanas».

El mapa minero de la Hispania romana concentraba en la zona Noroeste las explotaciones mineras de oro más fructíferas, a través de dos tipos de yacimientos básicos. En primario, extraído directamente de la roca en vetas auríferas que requirieron para su explotación minas a cielo abierto, cortas, y minas de galería; y en secundario, sobre materiales fluviales donde el oro se encuentra de forma libre y donde se removieron mediante fuerza hidráulica -las llamadas arrugiae-; así como con el empleo de canales de agua, tanto para el movimientos de tierras y su excavación, como para el lavado de la arena.

El equipo del CSIC ha realizado un cálculo aproximado tras largos y extensos estudios in situ analizando los vestigios de decenas de minas romanas. Calcula que se obtuvieron de forma aproximada unas 190 toneladas de oro en época romana en todo el Noroeste de Hispania, aunque insisten en que se trata de una «cifra estrictamente estimativa, con solo un valor aproximado». Por ilustrar gráficamente, citan a la explotación archiconocida de Las Médulas, que fue la mina más grande de todo el imperio romano. Pues bien, la producción allí fue de tan solo 4,2 toneladas.

¿Por qué tal fiebre del oro? «El origen de la minería romana en el Noroeste de la Península Ibérica tiene mucho que ver con la política de Augusto», explica Brais Currás. «El emperador llevó a cabo una transformación del sistema monetario en el que el aúreo, la moneda de oro, juega un papel fundamental. Será precisamente cuando el Imperio y el sistema monetario entren en crisis cuando se produzca la decadencia y desaparición de la minería romana durante el s. III».

Y también, dentro del marco de la organización del trabajo que impone el Imperio Romano estas minas sí serían rentables aunque la producción fuese baja. La razón no es otra que la siguiente: » Las minas de oro romanas aquí no fueron trabajadas por esclavos, sino por la población local que pagaba su tributo a Roma en forma de trabajo en las minas. Sólo así se puede entender el despliegue de grandes infraestructuras hidráulicas y la apertura de grandes labores, cuya rentabilidad desde el presente sería considerada irrisoria», comentan los investigadores del CSIC.

Más cerca, ya dentro de nuestras fronteras autonómicas, han estudiado pormenorizadamente el yacimiento de Os Biocos. Esta mina excavada en roca en los límites del Concello de San Xoán de Río en Ourense se diferencia de otras grandes minas de oro de la Península, como la citada de Las Médulas, que explotan yacimientos secundarios procedentes de la erosión y en los que el oro se encuentra ya libre.

Esta explotación es un yacimiento primario; una mina romana de oro realizada a cielo abierto sobre roca. Forma parte de un conjunto minero aurífero más amplio que se extiende a ambos lados del alto de A Moa, entre los municipios de Ribas de Sil y San Xoán de Río, en el que se documentan muchas otras labores romanas. Esta mina es una de las explotaciones auríferas más grandes realizadas directamente sobre roca de Galicia, y la reciente intervención patrimonial ha facilitado la accesibilidad a las labores y la posibilidad de entender el proceso de explotación del oro en la antigüedad de un modo muy gráfico. «Sabemos que los trabajos se llevaron a cabo mediante cortas de minado, técnica mediante la cual se va extrayendo la roca por medios mecánicos, socavándola y abatiéndola con la ayuda de mazos, cuñas y picos. También es posible que empleasen de forma alterna fuego y agua para someter la roca a cambios bruscos de temperatura y favorecer así su ruptura», explica el investigador del CSIC Javier Sánchez-Palencia y director del equipo. Ejemplifica los procesos de transformación histórica que tienen lugar después de la conquista del noroeste por parte del emperador Augusto.

El análisis de la explotación ha permitido calcular la cantidad de roca extraída: entre 1,2 millones y 1,9 millones de metros cúbicos de roca. En cuanto a la cantidad de oro obtenida en esta mina orensana, aunque no existen datos que permitan dar una cifra concreta, según los arqueólogos del CSIC, se pueden establecer estimaciones. «Si tenemos en cuenta los valores medios de los yacimientos auríferos en contexto primario, es decir, en roca, podemos decir que en la explotación romana de Os Biocos se extrajeron entre 774 y 1.161 kilos de oro», añade Sánchez-Palencia.

La puesta en valor de esta explotación, dentro de un proyecto para recuperar patrimonio de la Vía Nova, fue el resultado un encargo al CSIC por parte del Ministerio de Cultura, a través del IPCE y se trazó un itinerario para visitar la explotación.

Además, este grupo de investigación ha trabajado en Las Médulas, declarada Patrimonio de la Humanidad -en la dotación de una completa infraestructura que facilita el acceso y la comprensión de la mina y la estructura del poblamiento- y trabajos en otras zonas como El Cabaco (Salamanca), Pino del Oro (Zamora) o en la Bessa (Norte de Italia).

Arbo, el «filón» del Baixo Miño

Hasta 144 yacimientos del Baixo Miño, muchos de ellos inéditos, han sido objeto de estudio y centro de la tesis doctoral de Brais Currás, un joven arqueólogo de Moaña que conoce palmo a palmo estas explotaciones romanas y en ellas ha centrado su investigación junto con Luis F. López -de la firma Terraarqueos-. Esta nueva investigación cifra en unos 610 kilos los extraídos de A Lagoa, en Arbo, la explotación romana de oro más grande del Baixo Miño. Los romanos, que allí dejaron muestra de su paso también en la gastronomía -fueron pioneros en comer lamprea- tuvieron una impronta importante. Tal es así que hubo poblados dentro de las mismas explotaciones mineras.

«En época romana, el valle del Baixo Miño experimenta una intensa transformación. En relación a las explotaciones mineras surge un nuevo tipo de asentamientos: aparentemente parecen castros, pero nada tienen que ver con los poblados de la Edad del Hierro prerromanos», asegura Currás Refojos.

«De especial relevancia e interés patrimonial en el lado de Galicia podría ser la mina de A Lagoa en Arbo, que es la más grande de todo el Baixo Miño», señalan. De allí se extrajeron de forma estimativa 610 kg de oro, tras remover un total de 2.000.000 de m3 de tierra. Esta explotación, que actualmente está dañada por el polígono industrial de la localidad, acogió un contexto geológico de depósito secundario; es decir, una explotación similar a la de Las Médulas.

En su tesis, el experto señala también la de Os Buracos dos Mouros en el alto de Pinzás, Tomiño. En este caso, se trató de una mina en contexto primario, es decir, explotada directamente sobre la roca. Además de varias zonas de interés localizadas en un área de influencia entre Pontevedra y Portugal, como una gran mina al pie de la fortaleza de Valença, se puede mencionar el Monte Furado (Paredes de Coura), y las labores de Cortes y Messegães (Monção).

«En el Baixo Miño hemos documentado seis de estos asentamientos relacionados con la minería y otros dos que consideramos como probables. Entre ellos cabe mencionar el Castro de A Graña, que se sitúa en As Neves, junto al paso del río Miño. Se encuentra muy alterado por los desmontes realizados para la plantación de viñedos, así como por el paso de la vía del tren», sostienen. «Sin embargo conserva su estructura básica y además fue objeto de una excavación que reveló que ya estaba ocupado durante el s. I d.C, lo que marca el inicio de las labores mineras», explican en la publicación «Minería romana y poblamiento en la Cuenca del Baixo Miño (Noroeste Peninsular)».

También, llaman la atención sobre el grado de conservación de «la inmensa mayoría de las explotaciones auríferas romanas de la Cuenca del Baixo Miño»: «Se encuentran en un estado de conservación deplorable, y en el mejor de los casos, bajo condiciones de seria amenaza. Las canteras de extracción de áridos, las viñas, la presión urbanística, los trabajos agrícolas, carreteras, polígonos industriales,? son los principales factores de agresión a los que se enfrentan las minas».

Y su propuesta para habilitar mecanismos de protección, no es otra que revitalizar turísticamente y culturalmente la zona. «El Baixo Miño cuenta con un interesantísimo patrimonio minero en el que todavía no se ha llevado a cabo ninguna intervención firme para su puesta en valor. Tanto en el lado de Galicia como en el de Portugal hay labores mineras de gran interés en las que sería sumamente interesante desarrollar algún tipo de proyecto transfronterizo que pusiera en valor su relevancia histórica. Algunos de los sitios de mayor interés por su estado de conservación y relevancia patrimonial son las minas de Os Buracos dos Mouros o la de A Lagoa», señalan.

Como muestra, un botón: «Hasta la fecha, en Galicia el catálogo de la DXPC cuenta con poco más de una docena de minas catalogadas en el conjunto del Baixo Miño, varias de ellas erróneamente recogidas como castros o fortalezas de época Moderna».

Fuente: Elena Ocampo | FARO DE VIGO

24 enero 2014 at 6:17 pm Deja un comentario

Noticias en Latín LXVII desde Radio Torcal

LXVIIº programa de noticias en latín desde Radio Torcal, bajo la dirección del doctor Cristóbal Macías Villalobos, jefe del Departamento de Lenguas Clásicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga.

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24 enero 2014 at 6:14 pm Deja un comentario

Los cartagineses sacrificaban a sus propios hijos, según un estudio publicado en la revista Antiquity

Es difícil de creer, pero un nuevo estudio realizado por arqueólogos e historiadores de Inglaterra, Italia y Holanda, publicado recientemente en la revista Antiquity, afirma que existen grandes evidencias que probarían que los cartagineses sacrificaban a sus propios hijos

A tophet outside Carthage

Un «tophet» a las afueras de Cartago, un cementerio especial dedicado a la sepultura de recién nacidos, según Josephine Quinn. Fotografía: Josephine Quinn

Esta afirmación no es propiamente nueva, fue hecha ya por los antiguos propagandistas griegos y romanos, quienes relataron que los cartagineses mataban a sus propios hijos durante la infancia y los enterraban con animales sacrificados e inscripciones rituales en cementerios especiales para agradecer los favores de dioses. Al parecer, se trataría de una verdadera práctica, aunque siempre se había interpretado como una propaganda negra y se había relegado a un segundo plano, por ser tan inusual y tan difícil de creer.

«Esto es algo que siempre fue descartado como propaganda negra, ya que en los tiempos modernos la gente tiene dificultades en creerlo», señala Josephine Quinn, profesora de historia antigua en la Universidad de Oxford, responsable junto con otros investigadores internacionales de este nuevo estudio.

«Pero cuando se reúnen y cruzan todas las pruebas – arqueológicas, epigráficas y literarias – el resultado es abrumador: ellos mismos mataban a sus hijos, y a partir de las pruebas epigráficas concluimos que estos sacrificios se hacían no sólo como una ofrenda para futuros favores, sino como una forma de pago de una promesa que había sido escuchada por los dioses.

«Esta, sin embargo, no era una práctica común; debió haber sido llevada a cabo entre una élite,  porque la cremación era entonces muy cara. Podría incluso haber sido vista y entendida como un acto filantrópico para el bien de toda la comunidad», refiere Josephine Quinn al diario «The Guardian».

Esta investigación se inició a partir de algunos materiales recogidos en los cementerios designados como «tophet», conocidos a través de los relatos bíblicos como lugares de sacrificio, algunos de los cuales fueron excavados a principios del siglo XX en los alrededores de Cartago, Túnez y otros enclaves cartagineses de Sicilia y Cerdeña.

Las sepulturas estaban formadas por pequeños huesos cremados y cuidadosamente acondicionados en urnas que estaban enterradas bajo lápidas dando gracias a los dioses. Una de ellas tiene una escultura que ha sido interpretada como un sacerdote que lleva el cuerpo de un niño pequeño. Algunos arqueólogos e historiadores han visto estos hallazgos como una prueba de los antiguos relatos de sacrificios de niños, otros han defendido que estos sitios fueron utilizados para el enterramiento de criaturas que morían antes de nacer o poco después.

«Las inscripciones son inequívocas. Si se analizan detenidamente encontramos la explicación para la frase» los dioses han escuchado mi voz y me han bendecido». Es poco probable que tantos niños hayan muerto en el momento justo para constituir una ofrenda a los dioses. Además está también el hecho de que los animales encontrados en los sitios están enterrados exactamente de la misma manera, a veces en las mismas urnas y junto con los huesos de los niños».

El historiador romano Diodoro Sículo y otros historiadores antiguos relataron el sacrificio de niños realizado por los cartagineses: «Había en su ciudad una estatua de bronce de Cronos inclinado hacia el suelo, con las manos extendidas y las palmas hacia arriba, de modo que cada uno de los niños cuando era colocado en ella [en la estatua], rodaba hacia abajo y caía en una especie de enorme hoyo lleno de fuego».

Diodoro Sículo menciona también que algunos ciudadanos compraban los hijos de otras personas, los cuales eran criados especialmente para ser sacrificados cuando acontecía alguna desgracia, bien porque los ricos no tenían hijos bien porque no querían sacrificar a los de su propia prole.

El asunto ha sido discutido con entusiasmo durante años, llegando a menudo los científicos a conclusiones opuestas a partir de los mismos fragmentos de huesos. Por ejemplo, hace cuatro años, un grupo de científicos publicó un artículo diciendo que los restos incinerados de estos cementerios no indicaban el sacrificio de niños .

Ahora, el mismo asunto ha ocupado la investigación de Josephine Quinn, cuyas conclusiones se publican en la revista Antiquity, conclusiones que contradicen todos los artículos publicados anteriormente.

«La sensación de que un último tabú se rompe es muy fuerte. Fue impresionante el número de colegas que reaccionaban con horror cuando me preguntaban y les explicaba lo que estaba investigando», señala Josephine Quinn.

Fuente: The Guardian, vía Jornal de Arqueologia

24 enero 2014 at 12:04 am 2 comentarios


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Reunificación de los Mármoles del Partenón

"Hacemos un llamamiento a todos aquellos que en el mundo creen en los valores e ideas que surgieron a los pies de la Acrópolis a fin de unir nuestros esfuerzos para traer a casa los Mármoles del Partenón". Antonis Samaras, Ministro de Cultura de Grecia

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