Archive for 17 marzo 2013

El trabajo de un historiador del CSIC deja a Pontevedra sin nombre romano

Su identificación de Vigo con Burbida obligaría a replantear la toponimia de los asentamientos del Imperio en la provincia

scale.phpEl pasado de la Pontevedra y de la Vigo romanas vuelve a estar en el candelero. La clave está en la interpretación del Itinerario Antonino, una especie de Guía Michelin o GPS de hace dos mil años y en la que figuraban los topónimos de las rutas más destacadas del Imperio. La teoría del historiador Manuel Santos, del CSIC y publicada en la revista Gallaecia, de ser cierta, dejaría a Pontevedra sin nombre romano conocido y realzaría la historia de Vigo al identificar a esta última con Burbida. Otros como Antonio de la Peña, arqueólogo del Museo Provincial, sitúan Burbida en Pazos de Borbén.

Galicia estaba tan alejada de Roma que podríamos calificarla del Far West del momento -uno de tantos de la época por otra parte-, y esa distancia del pulso vital de la capital del mundo hizo que la Alta Edad Media fuese una era oscura. Al menos en la toponimia.

Las invasiones bárbaras supusieron el abandono de ciudades y villas. Cuando fueron reconstruidas siglos después, solo unas pocas conservaron su nombre de los césares. Es el caso de Lugo (Lucus Augusti) o Tui (Tude). Eso no pasó con Pontevedra ni con Vigo.

Los pontevedreses renacentistas lo solucionaron con rapidez. Toda ciudad que se precie asumió un fundador heleno. Pontevedra no iba a ser menos y en el Ayuntamiento se hacía gala de la inscripción que comienza con «Fundote Teucro valiente». Sí, Teucro, el héroe de Troya. Pura imaginación.

Durante el siglo XIX, se pensó que el nombre de la ciudad del Lérez era Ad Duos Pontes, que aparecía en el Itinerario. Esa tesis gozó de fama sin rival hasta que un miliario hallado en 1988 dio la sorpresa. Tras su examen, De la Peña apostó por otro nombre, en este caso Turoqua, también del Itinerario. Su tesis fue aceptada por especialistas en vías romanas como Rodríguez Colmenero, de la Universidad de Santiago, o Fermín Pérez Losada, de Vigo.

Turoqua fue el nombre indiscutido hasta que Manuel Santos reinterpretó el Itinerario y situó Burbida en Vigo. Entonces, según su tesis, Turoqua estaría en Soutomaior. Como consecuencia, el nombre de la primera Pontevedra se sumiría una vez más en las tinieblas del olvido.

La teoría no convence a todos. La polémica está servida.

Fuente: Marcos Gago | La Voz de Pontevedra

17 marzo 2013 at 12:04 pm 1 comentario

El placer de la X

José Antonio Guerrero | Las Provincias

Historia y curiosidades de los números romanos, esas siete letras que dan brillo a siglos, relojes, reyes, emperadores y papas… a pesar de Francisco

‘El laberinto de los números romanos’ acerca a los jóvenes el uso y las reglas de estos símbolos que encierran la belleza de los tiempos idos

Puerta-AlcaláLa Puerta de Alcalá

Cuentan que los números romanos andan estos días algo huérfanos. De sopetón han perdido a más que un padre, un santo padre. La alegría por el abrazo ordinal de Francisco I, que continuaba la tradición de Benedicto XVI, Juan Pablo II, Juan Pablo I, Pablo VI, Juan XXIII… apenas duró unas horas. Las que transcurrieron entre Francisco I y Francisco a secas. Un alto en el camino de ese milenario honor que tienen los números romanos de poner apellido al papa de turno. Hay que remontarse 1.100 años atrás para encontrar a otro pontífice sin cifras, el Papa Landón, un italiano de salud delicada que dirigió la Iglesia apenas seis meses, entre los años 913 y 914.

Pero ésta es una orfandad temporal. Algún día (quiera el cielo que sea más tarde que pronto) llegará un Francisco II al trono de San Pedro que devolverá el palito al actual Papa Francisco.

Mientras eso ocurre, la humanidad seguirá echando mano de esos números fascinantes que, paradojas de la vida, son en realidad siete letras (I, V, X, L, C, D y M) del antiguo alfabeto romano utilizadas para leer y escribir textos. En un mundo dominado por los números indo-arábigos (1, 2 ,3…), donde los goles de La Roja, el cupón de los ciegos, la prima de riesgo, los millones de Bárcenas y la cola del paro se miden en esos dígitos, toparse con un XD o un MCM es como saludar a una distinguida dama de frágil y encantadora belleza. Quizá esa atracción inexplicable por los enigmas del pasado nos impulse a seguir recurriendo a ellos para contar siglos, separar los capítulos de los libros, enumerar los Juegos Olímpicos, engrandecer la figura de emperadores, reyes y papas (hasta ahora)… y mucho más. No hace falta aclarar que la talla XXL y las películas X no tienen nada que ver con el asunto que aquí nos ocupa. Y mucho tiene que ver con los tesoros artísticos. Seguro que la Puerta de Alcalá se dejaría parte de su monumentalidad si en lugar del MDCCLXXVIII grabado en su frontón de piedra apareciera el 1778, más sencillo de leer, pero menos majestuoso y evocador.

Lo mismo ocurre con las horas de los relojes. Sobre este particular hay una historia curiosa relacionada con el número 4 y su ‘alter ego’ romano, el IV o el IIII, su incorrecto mellizo. Ya se sabe que, como regla general, en la numeración romana se permite a lo sumo tres repeticiones consecutivas del mismo símbolo, por lo que el IIII con el que marcan las horas algunos pelucos de buena cuna (los Cartier, por ejemplo), genera la duda de su exactitud. Hay varias versiones sobre la presencia del perseguido IIII dando las horas. La más oficial señala que el IV resulta más difícil de leer con la inclinación en la esfera del reloj. La más popular y apócrifa alude a un relojero suizo que entregó un reloj que le había encargado un rey europeo y cometió el gravísimo error de representar el 4 como IIII. El soberano, enfurecido, hizo ejecutar al pobre artesano, y desde ese momento todo su gremio decidió usar el IIII en lugar del IV a modo de protesta y homenaje a su colega.

«Como mapas antiguos»

El cuento del relojero se la trae al pairo a Justin Bieber, Rihanna o Beckham, quienes, sin embargo, y gracias a sus tatuajes han hecho más por la divulgación entre los jóvenes de los números romanos que muchos libros de texto. Igual que Silvester Stallone y Rocky III, o George Lucas con los episodios I, II y III de Star Wars. No es el caso, desde luego, del profesor Rafael Ortega, autor del cuento ‘El laberinto de los números romanos’, en el que enseña de forma sencilla y divertida las reglas y el uso de los números romanos. Basta escuchar lo que este maestro de Educación Primaria dice de ellos para enamorarse del XV (como se llama a los equipos de rugby) o caer rendido ante el erótico LXIX. «Utilizar los números romanos en nuestra época es fundamentalmente evocar tiempos antiguos y misteriosos. Es como internarse en la historia a través de un mapa antiguo o descubrir el rastro de un viaje marítimo por los restos de un naufragio. Nos ayuda a ver cómo se las ingeniaban nuestros antepasados». Ortega es de los que piensa que el uso de los números romanos es estético y bello, y los compara con una delicada taza de porcelana china para tomar el té o un viejo reloj de arena sobre la chimenea.

‘El laberinto de los números romanos’ (editorial Nivola) también pretende que los chavales de 6 a 12 años, a los que va dirigido, reconozcan asignaturas ‘hueso’ como las matemáticas como algo lúdico. No obstante, el profesor, que actualmente ejerce en Navalperal de Pinares, un pequeño pueblo de la provincia de Ávila, admite la dificultad de sumar y restar en números romanos, y la locura de intentar multiplicarlos o dividirlos.

El matemático italiano Leonardo Fibonacci (que vivió entre el siglo XII y XIII) tuvo mucha culpa del declive de los números romanos. «Cuando Fibonacci volvió a su Pisa natal desde los países árabes al otro lado del Mediterráneo, trajo consigo los dos grandes enemigos que derrotaron a los números romanos: el sistema posicional de los números arábigos y el cero. Con ellos se podían realizar divisiones enormes por cuyo conocimiento familias acaudaladas de la época cruzaban media Europa e invertían todos sus ahorros», detalla Ortega, que tiene publicados otros ocho libros de Literatura infantil y juveni, todos en la editorial Nivola.

Otro que también se ha aventurado a escribir de los números romanos es Linton Weeks, ex director de la web del Washington Post, y autor del artículo ‘V razones para amar los números romanos’, en el que contempla a los protagonistas de este reportaje como algo «antiguo y atemporal, como si llevaran los secretos de una época más simple, cuando los números eran más pequeños».

Acabemos como hemos empezado. Con papas. Quizás el emérito Ratzinger se encuentre uno de estos días con Bergoglio paseando por los jardines del Vaticano y le convenza de las ventajas de los números romanos. «Sin ellos, yo sería Benedicto 16, que parece más bien un correo electrónico». El mío de gmail, por si les interesa, joseguerreroMCCCLXXXIV. Lo pillan, ¿no?

17 marzo 2013 at 12:01 pm Deja un comentario

Roma contra Cartago, arqueología de la batalla de Baécula

El campo donde se enfrentaron Escipión y Asdrúbal, en el 208 aC, sale a la luz en Jaén

Baécula

Año 208 aC. Los ejércitos romano y cartaginés, a las órdenes de Escipión el Africano y Asdrúbal Barca (hermano de Aníbal), están a punto de entablar batalla. Asdrúbal domina un cerro estratégico en el que se ha instalado ante la llegada de su enemigo. Las tropas de Escipión, que han acampado a unos cuatro kilómetros, atacan a los cartagineses: primero con la infantería ligera y luego con el grueso de su ejército, desplegando una maniobra de tenaza para rodear al ejército enemigo. Asdrúbal pierde el combate y huye, llevándose, eso sí, el tesoro y los elefantes. “Es la batalla de Baécula, una de las importantes de la Segunda Guerra Púnica, que enfrenta a las dos potencias del momento por el dominio del Mediterráneo, casi una guerra mundial”, apunta el arqueólogo Arturo Ruiz.

La historia, los detalles de esta batalla, la cuentan los historiadores romanos Polibio y Tito Livio. Pero, ¿dónde se libró exactamente? ¿Qué cerro era ese en el que se defendió Asdrúbal y atacó Escipión? ¿Por dónde avanzó uno y huyó el otro? Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Jaén afirma haber descubierto el lugar del combate y encontrado el rastro de las tropas en sus movimientos sobre el terreno. Los investigadores están leyendo los vestigios directos para entender qué pasó. Lanzas, puntas de flecha y de jabalina, tachuelas de las sandalias, proyectiles de los honderos baleares que lucharon en las filas cartaginesas, broches de los ropajes, espuelas… incluso piquetas de las tiendas de acampada o los agujeros donde clavaron los de Asdrúbal la empalizada de protección, han salido a la luz en los últimos años. En total, estos arqueólogos han recuperado ya más de 6.000 objetos, dos tercios de ellos asociados al acontecimiento del 208 aC. Los ejércitos de las dos potencias, afirman, se enfrentaron en el cerro de Las Albahacas cerca de la actual localidad de Santo Tomé (Jaén), un lugar estratégico de acceso a la cuenca del Guadalquivir desde Cartago Nova (Cartagena) que Escipión había conquistado el año anterior. Asdrúbal estaba a tiro de las minas de cobre y plata de Cástulo. Una región importante para unos y para otros.

Es arqueología de una batalla, de un acontecimiento efímero, algo insólito en la tradición de unas investigaciones que suelen ocuparse de ciudades, templos, tumbas o infraestructuras que perduran durante siglos. “Hasta ahora solo se había excavado así una batalla de la antigüedad, la de Teotoburgo, en Alemania, de romanos contra los germanos, y es muy posterior, del año 9 aC.”, recalca Juan Pedro Bellón, del Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica (Universidad de Jaén). “Hay alguna batalla excavada con una metodología similar, pero del siglo XIX, en concreto la de tropas estadounidenses contra indios en Little Big Horn, y algunos campamentos militares, pero nada más”, añade su colega Manuel Molinos. Por ejemplo, las batallas de Aníbal en Italia se sabe que fueron en Tesino, Trebia, Trasimeno y Cannas, pero no en qué sitio exactamente, dice Bellón, ni hay restos arqueológicos de ellas.

Con las detalladas descripciones de los historiadores romanos, los investigadores del Instituto de Jaén se plantearon, hace una década, encontrar los vestigios de la batalla de Baécula. “El general cartaginés recorría entonces los parajes de Cástulo, alrededor de la ciudad de Bécula, no lejos de las minas de plata. Informado de la proximidad de los romanos cambió de lugar su campamento y se procuró seguridad por un río que fluía a sus espaldas”, escribió Polibio. Y Tito Livio: “El ejército de Asdrúbal estaba cerca de la ciudad de Bécula y por la noche Asdrúbal replegó sus tropas a una altura. Por detrás había un río. La altura, que tenía una explanada en la parte más alta, por delante y por los lados ceñía todo su contorno una especie de ribazo abrupto”.

Los arqueólogos emprendieron una labor casi detectivesca para dar con el lugar de los hechos, con la ayuda de los textos clásicos y técnicas topográficas avanzadas, además de la observación directa sobre el terreno. “Schulten, en 1925, situó la batalla de Baécula al sur de Bailén, pero lo descartamos, porque la geografía no se ajustaba a las descripciones de Polibio y Tito Livio”, cuenta Arturo Ruiz, arqueólogo de la Universidad de Jaén que puso en marcha el proyecto de Baécula. También se habían propuesto otras localizaciones. Poco a poco, el equipo fue identificando posibles cerros y haciendo catas arqueológicas con detectores de metales, hasta que en el cerro de Las Albahacas empezaron a aparecer restos acordes con un enfrentamiento entre dos ejércitos. Desde 2006, realizan excavaciones en el lugar y participan en los estudios una veintena de expertos: topógrafos, numismáticos, conocedores de armamento antiguo, especialistas en paleoclima y en análisis químicos.

La investigación, financiada por el Plan Nacional de Investigación Científica, es una labor ardua y extensa. El teatro de operaciones se extiende por 400 hectáreas, aunque las prospecciones más intensas se centran en 20 hectáreas. Los arqueólogos han hecho decenas de transectos (líneas de prospección con los detectores de metales) y centenares de cuadrículas.

En el 209 aC los romanos han tomado Cartagena y, un año después entran en la zona del alto Guadalquivir, dominado por los cartagineses. Aníbal ha estado en ese territorio de importancia estratégica antes de dirigirse a Italia, recuerda Bellón. Y en la península Ibérica permanecen tres ejércitos cartagineses: dos de ellos al mando de los hermanos de Aníbal, Asdrúbal Barca y Magón Barca, y otro al mando de Asdrúbal Giscón. “La batalla de Baécula abre el control de la Bética a Roma y, en adelante, Andalucía será su almacén de aceite, trigo y minas de plata y plomo”, explica Ruiz. “Según una teoría, Escipión entra en Andalucía por Despeñaperros, pero nosotros sostenemos que lo hace por el valle del río Guadiana Menor”, apunta Bellón. Quiere evitar que Asdrúbal llegue a Italia para apoyar a su hermano Aníbal y, a la vez, evitar que se unan los otros dos ejércitos cartagineses.

La historia solo contaba con las fuentes de una de las partes en conflicto, explica Ruiz. “Y los romanos ensalzan a Escipión como gran estratega que planifica el movimiento envolvente de su ejército, que afronta la dificultad y dureza de la batalla de Baécula y que, al final, derrota a Asdrúbal”, comenta Bellón. Pero ahora los arqueólogos intentan leer directamente las pruebas para averiguar qué paso. Apenas aparecen en el cerro armas cortas, lo que indica que el enfrentamiento cuerpo a cuerpo fue limitado. Sin embargo, añade Bellón, hay muchas armas arrojadizas, como lanzas, flechas, proyectiles de los honderos baleáricos y dardos.

“Asdrúbal elige el cerro sabiendo que es un punto defensivo estratégico para defenderse y para preparar la huida”, continúa Bellón. “Los romanos establecen su campamento a unos cuatro kilómetros e, inmediatamente, fuerzan la batalla atacando a los cartagineses. Tienen desventaja teórica sobre el terreno ya que atacan cuesta arriba, pero tienen ventaja numérica”. No está claro cuántos hombres participaron en la batalla. Tito Livio habla de 70.000 (40.000 romanos y 30.000 cartagineses). Puede ser exagerado. Los arqueólogos de Jaén lo dejan en unos 15.000en total.

“Ni Polibio ni Tito Livio son contemporáneos de los hechos, y escriben basándose en la abundante documentación romana, aunque el primero, que nació en 200 aC, se considera una fuente más fidedigna porque escucharía datos de primera mano. De los cartagineses no hay testimonios porque la ciudad de Cartago fue arrasada al final de la Tercera Guerra Púnica, cuando los romanos finalmente se hicieron con el poder absoluto del Mediterráneo”, apunta Molinos.

Después de Baécula, Escipión permanece poco tiempo en el campamento del cerro que ha tomado al enemigo. Asdrúbal huye y llega a Italia, en el 207 aC. Una vez allí, envía dos emisarios a Aníbal, pero los romanos los interceptan y atacan: Asdrúbal muere en la batalla de Metauro.

El rastro de las tachuelas de sandalias

Las sandalias de los romanos, que no de los cartagineses, llevaban unos remaches de hierro en la suela de cuero, para proteger el material frente al deterioro del uso y para mejorar el agarre. Las tachuelas se desprendían. O el calzado quedaba abandonado por alguna causa. Entonces esas piezas, denominadas clavi caligarii, de un centímetro de diámetro aproximadamente y dos o tres milímetros de alto, con una punta curvada para sujetarlas al cuero, quedan sembradas por el campo. Para los expoliadores carecen de valor, así que permanecen en el lugar durante siglos, hasta convertirse en un tesoro para los arqueólogos.

“Hemos encontrado cientos de tachuelas en Baécula y, gracias a ellas hemos podido localizar no solo el campamento romano, su punto de partida, sino también el camino de unos cuatro kilómetros que recorrió el ejército de Escipión para atacar al enemigo en el cerro, así como la zona donde se desplegó y la batalla”, explica el arqueólogo Juan Pedro Bellón. Es una forma de arqueología dinámica importante, e incluso se han hecho estudios para estimar cuántas tachuelas perdería un soldado romano caminando, añade Bellón.

Las tachuelas salen ahora a la luz con los detectores de metales (apoyados con GPS para una localización exacta de cada pieza), y los arqueólogos de Baécula han analizado los resultados del barrido del territorio con ellos identificando las zonas de mayor densidad de tachuelas (campamentos y batalla) y piezas más dispersas en el camino. Cuando los investigadores han comparado la ruta que marca el rastro de las tachuelas con el mejor camino trazado sobre la topografía de la zona han visto que los romanos acertaron.

¿Y de los movimientos de los cartagineses? Puede haber un rastro de sus monedas, sus armas… El plan de investigación ahora es seguir a las tropas de Asdrúbal en la retirada y profundizar el conocimiento del campo de batalla.

Fuente: Alicia Rivera | El País

17 marzo 2013 at 11:57 am Deja un comentario


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