Archive for 29 noviembre 2012

La Sala Canal de Madrid acoge la exposición “Pompeya, catástrofe bajo el Vesubio”

La exposición “Pompeya, catástrofe bajo el Vesubio”  se podrá visitar en la Sala de Exposiciones Arte Canal de Madrid desde del proximo 6 de diciembre al 5 de mayo de 2013. De nuevo Arte Canal pone en marcha una muestra de nivel para disfrute tanto de madrileños como turistas.

Varias de las piezas arqueológicas más importantes de la época romana del Museo de Cuenca y del Parque Arqueológico de Segóbriga, dependientes de la Consejería de Educación, Cultura y Deportes de la Junta de Comunidades, formarán parte de esta magnífica exposición.

Además, el Museo de Cuenca ha cedido de manera temporal para esta muestra varias piezas entre las que sobresale el retrato de Lucio César, nieto del emperado César Augusto, descubierto en el año 1973 en las excavaciones de Ercávica, localidad ubicada dentro del término municipal de la localidad conquense de Cañaveruelas.

Esta famosa escultura perteneció al aula de culto imperial del Foro de Ercávica. El resto de piezas que han viajado a la capital de España con motivo de esta exposición  son el retrato de Vespasiano, el Joven con bulla y la Cabeza de Sileno.

Completan el conjunto de obras cedidas una jarra de plata, un jarro de terra sigilata, una placa de lapis speculais y varios objetos de uso cotidiano como llaves, un dado de juego, un stilus de hueso y un tintero, un amuleto fálico de coral y oro o una olla de cocina. Estas últimas piezas han sido halladas  en las excavaciones de la ciudad de Segóbriga.

La exposición “Pompeya, catástrofe bajo el Vesubio” estará comisariada por el reputado profesor Martín Almagro Gorbea, catedrático de la Universidad Complutense y Académico Anticuario de la Real Academia de la Historia. Ello asegura un alto nivel de la muestra.

En definitiva, una nueva oportunidad de disfrutar de una exposición de categoría en la capital de España.

Fuente: TurismoMadrid.net

29 noviembre 2012 at 5:02 pm Deja un comentario

“El pequeño Nicolás” se publica por primera vez en latín

“El pequeño Nicolás”, colección de libros ilustrados en los que René Goscinny y Jean-Jacques Sempé narraban las aventuras cotidianas de ese niño y sus amiguetes, se ha publicado por primera vez en latín, con una versión que pretende hacer más entretenido el estudio de esa lengua.

“Pullus Nicolellus” salió a la venta en Francia el pasado 9 de noviembre dirigido a los más de 500.000 alumnos que según la editorial Imav estudian latín en el país, de los cuales “muchos descubrieron el placer de la lectura” a través de su particular manera de ver la vida.

El libro, de 104 páginas, recoge ocho capítulos incluidos en una de sus últimas publicaciones, las historias inéditas, y ha sido traducido por Élisabeth Antébi y Marie-France Saignes, que reconocen que ajustarse a la versión original fue “un desafío”.

El lector descubre al pequeño Nicolás desde una nueva óptica, en la que no faltan ninguno de sus infatigables compañeros: “Alcestus Crassus Edax”, su mejor amigo y que siempre tiene las manos sucias porque come sin parar, o “Agnanus Lupa Gratiosus”, el ojito derecho de la maestra.

En “Geocaldus Ireneus Aureus” se esconde Godofredo, que tiene un padre muy rico que le compra todo lo que quiere, y en “Clotarius Numa Nugax” Clotario, al que Nicolás siempre ha considerado “un buen compañero”, aunque sea el último de la clase.

“Eudosius Germanicus Pugnax” es Eudes, con el que no hay que andarse con bromas porque es muy fuerte, y “Joachim Theogenes Ocellator” es Joaquín, que de mayor quiere ser policía, como su padre.

Y con ellos, el resto de personajes inconfundibles de esas historias que han cumplido más de medio siglo de vida, acompañadas de pistas para poder traducirlas mejor y de un juego que busca que el estudiante que se enfrente a ellas tenga parte de la partida ganada.

Fuente: EFE | ABC

29 noviembre 2012 at 4:45 pm Deja un comentario

Ostia, el gran puerto de Roma

Situada a 35 kilómetros de Roma, en la desembocadura del río Tíber, Ostia se convirtió en la principal vía de entrada a la Urbe después de que el emperador Claudio creara allí un espléndido puerto

Ostia. Casa de Diana. De esta insula, o bloque de casas, se conserva el piso inferior, en el que se situaban tiendas y del que partían las escaleras de acceso a los dos o tres pisos superiores. MANUEL COHEN / ART ARCHIVE

En la época de los emperadores Julio-Claudios, Roma era una inmensa ciudad, de más de un millón de habitantes, que absorbía la producción de todas las regiones del Imperio. Cada año llegaban a la Urbe miles de toneladas de trigo, aceite y vino para el consumo diario de los romanos; tejidos y metales para las manufacturas, animales salvajes para los espectáculos de circo… Todo ello representaba un trabajo de abastecimiento colosal, que se hacía por tierra y, sobre todo, por mar. Tarea tanto más ardua cuanto que, para absorber este comercio, la ciudad poseía únicamente un puerto fluvial en la desembocadura del Tíber, junto a la antigua colonia de Ostia; un puerto de pequeñas dimensiones y que, a causa de la estrechez y de la poca profundidad del río, no podía acoger a los barcos de gran calado. Ello obligaba a trasvasar las mercancías en alta mar a pequeños barcos auxiliares, operación que ocasionaba a menudo naufragios; luego los navíos descargaban en Ostia o remontaban los 35 kilómetros que separaban Roma de la costa. La otra opción era descargar en Puteolum (Pozzuoli), cerca de Nápoles, y continuar el transporte por tierra, a lo largo de 250 kilómetros.

La situación cambió en el año 42 d.C., cuando el emperador Claudio hizo construir, a casi cuatro kilómetros al norte de la colonia, dos muelles semicirculares en los que pudieron fondear por vez primera los grandes navíos mercantes; un gran faro ayudaba asimismo a la orientación de los pilotos. Pero el puerto de Claudio, inaugurado durante el reinado de Nerón y conocido como Portus Augusti Ostiensis, no fue suficiente para acabar con los naufragios. En 62 d.C., una tempestad hundió dentro del puerto doscientas embarcaciones cargadas de trigo. Por ello, en el año 113, en tiempos de Trajano, empezó a construirse un segundo fondeadero, de forma hexagonal, más apartado de la costa y unido al precedente y al Tíber por la Fosa de Trajano, el actual canal de Fiumicino.

La construcción de ambos puertos provocó una transformación radical de la antigua colonia. Su población aumentó rápidamente, y su urbanismo se adaptó a las necesidades derivadas de sus funciones portuarias. Ostia se convirtió en una ciudad bulliciosa, habitada por una masa de trabajadores empleados en el puerto, en la construcción o dedicados a la venta y manufactura de los productos que llegaban de ultramar. Para darles alojamiento, las antiguas casas unifamiliares de una sola planta, de tradición republicana, fueron sustituidas por bloques de viviendas de ladrillo de hasta cinco pisos de altura (insulae), en los que la gente humilde podía alquilar minúsculos apartamentos. Hoy día pueden observarse, conservados en excelente estado tras casi dos milenios de historia, los primeros pisos de aquellas insulae ostienses y las más de ochocientas tabernae o talleres que se han identificado hasta el momento, dispuestas regularmente a lo largo de las vías principales. Es, sin duda, uno de los paisajes urbanísticos más espectaculares del mundo romano.

Las corporaciones de obreros

En Ostia trabajaba un gran número de artesanos, que se agrupaban en corporaciones, encargadas de defender los intereses de sus colegiados ante los funcionarios públicos. Algunas eran muy numerosas; por ejemplo, la de los carpinteros tenía más de 350 miembros a fines del siglo II d.C. Había también fabricantes y vendedores de estopa y de cuerdas y armadores de barcos (fabri navales). Cada grupo desarrollaba su actividad en un área propia, en la que se situaban las instalaciones industriales, almacenes, oficinas y puntos de venta, así como apartamentos, comedores comunales e incluso altares en los que rendir culto a sus divinidades protectoras. Independientemente de los centros de trabajo, las asociaciones profesionales contaban con sedes, llamadas scholae, en las que se desarrollaban banquetes y reuniones periódicas.

En el siglo II d.C., durante el gobierno de los emperadores Adriano, Antonino Pío y Cómodo, surgieron en el área septentrional de la ciudad gigantescos depósitos para almacenar el trigo y el resto de mercancías que se transportarían a la Urbe. Denominados en latín horrea, consistían en un conjunto de estrechos almacenes de planta rectangular, dispuestos en torno a un patio porticado, con robustas paredes de piedra reforzadas con contrafuertes y con suelos levantados sobre pilares de ladrillo, que garantizaban la conservación de los productos almacenados.

El intenso tráfico de barcos y de mercancías procedentes de todo el Mediterráneo hacía confluir en Ostia a un gran número de obreros que se empleaban en el puerto. Se contaban cientos de estibadores –llamados saccarii en referencia a su trabajo de carga y descarga de sacos en el puerto–, así como pregoneros para la venta al por mayor o buceadores profesionales llamados urinarii, expertos en el rescate de cargamentos sumergidos y dedicados también a la limpieza de pozos, cisternas y alcantarillas, de donde tomaban su nombre.

El puerto contaba asimismo con su cuota de funcionarios. Algunos, de la clase ecuestre, se encargaban de contratar la importación de las mercancías con los mercaderes y con propietarios de barcos (navicularii). Había un responsable del abastecimiento de grano, llamado procurator annonae, en cuya oficina trabajaban varios secretarios encargados de registrar las mercancías y los pagos efectuados sobre tablas enceradas (de ahí su nombre, tabularii). Otros funcionarios se encargaban del abastecimiento de aceite (procurator ad oleum) y de la importación de animales para los juegos del anfiteatro, como elefantes y camellos (llamados respectivamente procurator ad elephantos y praepositus camellorum). Los mensores tenían como tarea controlar el peso y la calidad de los productos. Un escuadrón de bomberos, los vigiles, ejercía a la vez de policía urbana.

Los bajos fondos de Ostia

Como en todos los puertos, en Ostia había también muchos extranjeros y ciudadanos de paso en espera de una nave en la que zarpar o de un carro que los condujese a la cercana Roma. Se alojaban en hospederías o cauponae y frecuentaban mesones y bares llamados popinae, en los que se reunía la gente de peor calaña de la ciudad, tal como describe Juvenal en su Sátira VIII: «Manda, emperador, manda un enviado a Ostia y haz que busque a tu gobernador en alguna gran hospedería. Lo encontrarás borracho, tirado junto a un sicario, confundido entre los marineros, los ladrones y los esclavos fugitivos, en medio de los siervos del verdugo y los fabricantes de ataúdes baratos o los címbalos mudos de un invertido sacerdote de Cibeles». Se cree que en estos locales también había prostitutas, ya que en Ostia no se ha localizado aún ningún burdel.

En los momentos de ocio, los ostienses podían disfrutar de los espectáculos que se celebraban en el teatro que Agripa, yerno de Augusto, había mandado construir a finales del siglo I a.C., y que Cómodo reconstruyó y amplió, hasta alcanzar un aforo de 4.000 espectadores. Es probable que en él también tuvieran lugar luchas de gladiadores y cacerías de animales, además de mimos y pantomimas.

Placeres y devoción

A finales del siglo II d.C., Ostia contaba con tres establecimientos termales. El más antiguo, construido por Trajano, estaba junto a la Puerta Marina; las termas de Neptuno, construidas por liberalidad de Adriano, estaban situadas en el barrio oriental, y el complejo termal más reciente y suntuoso, sufragado por el prefecto del pretorio de Antonino Pío, se erigió en el centro, junto al foro. Todos ellos ofrecían, por un módico precio, letrinas, saunas, gimnasios y piscinas de agua caliente, templada y fría. Cabe señalar también el gran número de templos que se alzaban en la ciudad, consagrados tanto a las divinidades tradicionales romanas como a dioses extranjeros. En el foro, la plaza principal de Ostia, Adriano mandó erigir el capitolium, un imponente templo de veinte metros de altura en el que se veneraba la Tríada Capitolina, formada por los dioses Júpiter, Juno y Minerva.

Sin embargo, desde finales del siglo III Ostia se hundió en un imparable declive. Mientras la actividad portuaria se concentraba en la vecina ciudad de Portus, el brazo del Tíber que pasaba por Ostia se colmató de arena y se volvió impracticable. En poco tiempo, la población de Ostia disminuyó y los negocios empezaron a cerrarse. Quedó totalmente abandonada en la Edad Media, y durante el Renacimiento sus ruinas fueron saqueadas en busca de materiales de construcción. Sólo a finales del siglo XVIII los arqueólogos rescataron aquella ciudad olvidada, cuyos edificios y calles evocan magníficamente, como los de Pompeya, la vida diaria de los romanos de la Antigüedad.

 Para saber más

La vida en la antigua Roma. Harold W. Johnston. Alianza, Madrid, 2010.

La vita quotidiana a Ostia. C. Pavolini. Laterza, Roma, 2010.

En busca de infamia. Lindsey Davis. Edhasa, Barcelona, 2005.

www.ostia-antica.org

Fuente: Elena Castillo. Investigadora de Arqueología Clásica. Univ. de la Sapienza, Historia NG nº 107 | National Geographic

29 noviembre 2012 at 8:43 am Deja un comentario


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