Archive for 13 junio 2008

Moriturae sumus!

Jueves 12, por la mañana. Último día de Selectividad. Este año estoy en un tribunal. No me quejo, lo he solicitado yo; me gusta cada ciertos años tener contacto con alumnos de otros centros y poder comparar su nivel de preparación con el de los míos. Al tiempo, es una manera de estar al día en los contenidos y criterios de calificación de las PAU.

Esta mañana se nota que es ya el tercer día de pruebas. La tensión y el temor a lo desconocido del primer día se ha diluido y  el cansancio empieza a hacer mella en los alumnos. A la prueba de inglés van tranquilos; saben que será fácil y el hecho de que a los 45 minutos de examen hayan acabado más de la mitad lo corrobora. Yo, aunque estoy de cuerpo presente en el aula en mi tarea de vigilancia, como Argos, tengo el pensamiento en mis alumnas de latín que se examinarán en apenas una hora. Pienso en si habrán traducido estos últimos días, si se habrán acordado de coger el diccionario, si habrán repasado la literatura. Estoy intranquilo. No es que crea que me voy a examinar yo, no; después de 22 selectividades he visto de todo y he a prendido a relativizar los éxitos y los fracasos. Pero me gusta estar con los alumnos en esos momentos, darles tranquilidad y confianza. Es como si todos los años se me examinara un hijo, o cinco, o diez, o veinte…

Mientras pasa el tiempo me entretengo leyendo el examen de inglés. «Qué suerte -pienso-, diez años estudiando inglés y encima les ponen un texto que puede entenderse sin tener ni idea de inglés. Y en latín, dos años y ala.., a traducir a César a pelo. No es justo». Pasa el tiempo, eso sí, lentamente. Ya sólo quedan tres o cuatro alumnos en el aula; ni una sola pregunta, ni una sola duda. Bueno sí, el número 24 pregunta si se puede cambiar de mesa porque la suya está algo descoyuntada.

Termina el inglés y rápidamente pasamos a organizar las siguientes pruebas. Llega el momento de actuar. Pienso en mis tres magníficas; sé que ahora estarán atacadas de los nervios. Pienso en Amparo, quien seguro que en estos momentos estará soltando su lacónica frase favorita: «moriturae sumus!.» Faltan dos minutos para las 11’30 y el presidente me entrega un sobre con el examen. Lo abro solemnemente. No puedo creerlo, el texto de César lo hemos trabajado en clase apenas dos semanas antes. Pienso en mis tres magníficas y me alegro por ellas.

Hacemos el examen de latín en dos barracones. El que más y el que menos ha dado alguna vez clase en uno y sabe de qué estoy hablando. Los alumnos apretados en unos pocos metros cuadrados. «Nunca lo habrán tenido más facíl para copiar, pienso; pero no lo harán. Sus profesores ya se habrán encargado de reprimirles cualquier conato de hacer trampa en estos exámenes». El calor aprieta y ponemos el aire acondicionado; el ruido que hace es insoportable pero aún así lo prefieren. Mientras se organizan pienso en lo meritorio que es que aún hoy día haya jóvenes que tengan interés por aprender, que no se abandonen a una vida cómoda y sin esfuerzo, y que encima hagan un bachillerato humanístico. Me viene a la memoria la foto de la manifestación en defensa de la Enseñanza Pública: «religión en latín, ya» y me cabreo (estoy hasta los testículos de la típica bromita de turno). Comienza el examen. Opción A: César. La mayoría ni lee la Opción B. Todo va sobre ruedas; el ablativo absoluto lo analizan con la naturalidad de quien se lo espera ya de antemano. Llegamos al quod y empiezan las primeras muestras de inquietud. Como no pueden comunicarse verbalmente utilizan la comunicación no verbal. Fruncen el ceño. El número 8 mira de reojo a su vecina «Ostres, deduzco que piensa -la mayoría son valencianoparlantes-, la Míriam també s’ha deixat el quod en blanc, i esta de llatí en sap prou». Primeras manos alzadas, tantean si el profe es de los que ayudan en el examen o no. El número 41 me llama, pienso en Ben-Hur. Hombre no está mal traida a colación la metáfora; y si el aula es la galera ellos son los galeotes. Llego ante el número 41 mientras intento recordar si Charlton Heston también era en la película el número 41. Me señala el quod con el bolígrafo. No sabe cómo pedirme ayuda, aunque me la implora con la mirada. Le ayudo hasta donde puedo porque creo que debo ser justo.

Es un examen de desgaste. Nadie abandona la galera. Resoplan según les vamos recordando el tiempo que falta y al final a algunos hay que quitarles el examen de las manos. Alea iacta est. Aún les queda una prueba por la tarde y deben hacer el último repaso.

Por la tarde toca hacer de nuevo de Argos. Mientras me dirijo a la nueva galera me aborda acaloradamente el número 41 y me dice «Profesor, es que tengo que saberlo, si no no podré dormir esta noche, ¿qué era el quod?». Nunca he visto a nadie a quien un tema gramatical le cause mayor desasosiego. Le digo la respuesta y enseguida me doy cuenta de que no es la que quería oír. Se va maldiciendo, no me deja tiempo para decirle que el error no tiene importancia, que puede dormir tranquilo, que su vida no cambiará en nada por ello. Me quedo con la sensación de que acabo de arruinar una vida.

Llego a casa cansado y con la preocupación de saber cómo les habrá ido a mis magníficas. No las tengo todas conmigo porque hace unos años ya les salió un texto hecho en clase y casi nadie se dio cuenta. Enciendo el ordenador y entro en el blog de usar y tirar que habíamos abierto estos días para preparar la Selectividad. ¡Cuánta faena hecha y tan poco reconocida! (Vale, no es momento de quejarse, peor están en Italia). En el chat veo que hay una nota de Amparo: «en el examen de latín han puesto un texto ya realizado en clase: Castilla y León 06, página 18 del libro. ¡Qué felicidad haber acabado!. Y creo que no me ha ido mal». Siento un profundo alivio. Hoy la diosa Fortuna nos ha sido favorable.

13 junio 2008 at 5:11 pm 1 comentario


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