Érase una vez en Olimpia. Los juegos Olímpicos de la Antigüedad (IV)

4 abril 2008 at 5:15 pm Deja un comentario

En los últimos días hemos asistido a los acontecimientos producidos a raíz de la entrega a las autoridades chinas de la antorcha olímpica y las protestas de algunos activistas por considerar que en China se produce una violación de las libertades básicas, incumpliendo por tanto la norma ética de respeto a los derechos humanos que preside el espíritu olímpico. Por desgracia estas protestas se han hecho extensivas a la comunidad tibetana en el litigio que desde hace varias décadas enfrenta a China con la República de Nepal, región reclamada por China, sabedora de su importancia geoestratégica, y de la que los propios nepalíes defienden su independencia. Y es a raíz de estos acontecimientos que se han levantado voces, en especial en la Unión Europea (Francia y Bélgica lo han llegado a sugerir explicitamente), sugiriendo la posibilidad de llegar a un boicot de los Juegos si China no daba pasos concretos con vías a la resolución del conflicto. Aunque rápidamente se han aprestado a dar un paso atrás, con todo no habría sido una situación nueva en la historia de los Juegos Olímpicos Modernos (basta recordar lo ocurrido en Moscu (1980) y Los Ángeles (1984).

En los Juegos Olímpicos de la Antigüedad, si bien es cierto que los conflictos armados estaban a la orden del día, y ello especialmente como hemos comentado en alguna otra ocasión en el área del Peloponeso, también lo es que desde un principio se tendió en los Juegos a evitar en su celebración la interferencia de asuntos políticos o sociales. Es cierto que el territorio no pudo sustraerse a agudas crisis que se produjeron, caso de la ya comentada enemistad eleo-espartana del año 420 a.C. que culminó con la exclusión de Esparta de los Juegos de la 90 Olimpíada bajo la acusación de haber violado la εκεχειρία , pero no es menos cierto que los Juegos tenían ante todo una finalidad religiosa y había en la sociedad griega un temor muy arraigado al sistema teológico que Zeus representaba, temor que hacía de todo punto impensable en las polis griegas un planteamiento de boicot a los Juegos en el sentido moderno del término.

pentathlon.jpgDe muy estrictas por contra pueden considerarse las condiciones impuestas a los atletas que aspiraban a participar en los Juegos; condicionantes que eran de aspecto racial (debían ser griegos), social (no podían ser esclavos), civil (tenían que ser legítimos de nacimiento), ético (no debían haber incurrido en deshonor) y técnico (previamente a las competiciones debían haberse entrenado por un espacio de 10 meses y uno en Elis antes del comienzo de los Juegos).

Ser griego de nacimiento era requisito ineludible para quien aspiraba a participar en los concursos, ya que el gran festival de Olimpia se organizaba en honor y gloria de Zeus, dios patrón de la Hélade. Además la lengua griega y el agonismo olímpico se integraban en un concepto de cultura que lógicamente no podía ser entendido por los barbaroi. Así, por no considerarse griegos puros, los caudillos macedonios tuvieron trabas para participar en los Juegos. Herodoto relata a este respecto las dificultades para participar en las Olimpiadas de Alejandro I rey de Macedonia, tío de Alejandro Magno (Herodoto V,22). Más tarde, la presión política y militar de Roma transformó la cláusula racial hasta hacerla desaparecer; según un texto de Flegón, en la 177 Olimpiada (año 72 a.C.), el corredor romano Gaius se alzó con la victoria en la prueba del dólico, convirtiéndose así en el primer extranjero vencedor en Olimpia.

kylix-villa-giulia-rome.jpgLos esclavos también estaban excluidos de los Juegos, ya que la opción a tomar parte en los concursos presuponía la plenitud de derechos civiles. Del mismo modo, señala Filóstrato (Gymnastike, 25) la minuciosidad con la que se investigaba si los concursantes eran miembros de una comunidad conocida, si tenían padre o familia  o si habían nacido realmente libres y no simplemente como hijos bastardos de padres nacidos libres; es decir, se prestaba atención a la dimensión social del participante (libre no esclavo), pero también a la plenitud de sus derechos familiares (si era legítimo o no).

Además se excluían de los Juegos a los criminales, a los que hubieran cometido delitos de sangre grave, o incurrido en deshonor (ἀτιμία), a los impíos y blasfemos (ασέβεια), a los que quebrantaran la tregua sagrada y a quienes habiendo sido sancionados con multa por cualesquier motivo no la hubieran satisfecho todavía.

 El último requisito estaba basado en razones de carácter de técnica deportiva, tendente a dar mayor brillantez a los agones. Los participantes, bajo pena de descalificación, debían acreditar haberse entrenado por un espacio no inferior a diez meses antes de los Juegos, llevando a cabo el último mes de preparación en las instalaciones de Elis. Cuenta a este respecto Pausanias (V, 21) el caso del púgil alejandrino Apolonio, que en la Olimpiada 218 (año 93) fue descalificado por llegar tarde a los Juegos al detenerse en los festivales de las ciudades de Jonia. 

Imágenes:
*Escena de pentathlon. British Museum                                                                               **Lanzador de disco. Kylix. Villa Giulia. Roma

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