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Agripina la Mayor, la orgullosa nieta de Augusto

La sospechosa muerte de su esposo Germánico llevó a Agripina a enfrentarse al emperador Tiberio. Desterrada de Roma y maltratada por los sicarios de Tiberio, se dejó morir de hambre

Por Juan Luis Posadas. Universidad Nebrija (Madrid), Historia NG nº 130

Agripina

Tiberio, al fondo, y Agripina, en primer plano, en un óleo de Pedro Pablo Rubens. Galería Nacional, Washington.

En el año 15 d.C., el pánico se adueñó de repente de las guarniciones romanas en la frontera del Rin. Se había difundido el rumor de que una expedición en territorio bárbaro había sido derrotada por los germanos y que éstos se disponían a invadir la Galia. La noticia de la derrota era falsa, pero los legionarios estaban dispuestos a cortar el puente que unía ambas orillas del río para ponerse a salvo. Fue entonces cuando intervino una mujer, Agripina, esposa del comandante romano Germánico, que en ese momento estaba ausente. Demostrando «un ánimo gigante», según el historiador Tácito, impidió resueltamente que se cortara el puente y, «tomando sobre sí las responsabilidades de un general», recibió a los soldados que regresaban «a pie firme a la entrada del puente y les dirigió alabanzas y palabras».

Pero no todos mostraron igual admiración. Como seguía escribiendo Tácito, al emperador Tiberio «no le parecían naturales aquellos cuidados, ni que buscara ganarse los ánimos de los soldados contra los extranjeros. Nada les quedaba a los generales –decía– una vez que una mujer revistaba a las tropas, se acercaba a las enseñas, intentaba liberalidades». Por una vez, la opinión del emperador Tiberio coincidía con la del historiador Tácito: que una mujer tomara en sus manos el mando de las legiones no sólo era antinatural, sino que también iba en contra del carácter masculino de la política romana.

Querellas de familia

Vipsania Agripina fue una de las hijas de Julia, única hija de Augusto, y de Agripa, el mejor general del emperador. El suyo fue un matrimonio de conveniencia que se vio favorecido por una inusitada descendencia: cinco hijos. Agripina fue educada en la convicción de haber nacido para el poder. Durante su infancia y adolescencia vivió en una corte dividida entre los bandos que se disputaban la sucesión de Augusto, que carecía de descendencia masculina directa. Por un lado estaba Julia, que favorecía a sus propios hijos, entre ellos Agripina. Por el otro, Livia, la esposa de Augusto, que buscaba colocar al hijo que tuvo de un matrimonio anterior, Tiberio.

Fue Livia quien finalmente ganó la partida, cuando Augusto adoptó a su hijo Tiberio haciendo que éste, a su vez, adoptara a su sobrino Germánico como hijo y heredero. Pero un año después de esta doble adopción, Augusto buscó la reconciliación entre ambos bandos uniendo a Germánico con su nieta Agripina. Otra vez fue un matrimonio de conveniencia que se reveló feliz y excepcionalmente fecundo, pues Agripina dio nueve hijos a su marido, de los que sobrevivieron seis, entre ellos el futuro emperador Calígula.

Mientras Germánico cumplía misiones en nombre de Augusto, Agripina no se limitó a quedarse en casa. Con el permiso del emperador, acompañó a su marido en las campañas que éste comandó en Germania, y fue así como justo después de la muerte de Augusto se produjo su intervención providencial que salvó a las legiones de una humillante retirada frente a los germanos.

La muerte de Germánico

Tras el acceso de Tiberio al trono, Germánico y Agripina se convirtieron en los ídolos del pueblo romano, que detestaba en cambio al nuevo emperador. Pese a ello, ambos demostraron su plena lealtad a Tiberio y evitaron comprometerse en cualquier insurrección, a cambio de que Germánico se mantuviera como heredero del Imperio. Las expectativas de la pareja eran, pues, de lo más halagüeño. Pero todo se torció rápidamente.

En el año 18 d.C., Tiberio envió a Germánico a una misión en Siria, en la que le acompañaron Agripina y sus hijos. Con el propósito de moderar los anhelos bélicos de su sobrino, el emperador envió con él a su amigo Pisón. Livia, por su parte, dio instrucciones secretas a la esposa de Pisón, Plancina, para que se enfrentara a Agripina y le parara los pies en el caso de que ésta fuera demasiado lejos. Enseguida estalló el enfrentamiento entre ambas, y de ellas se trasladó a los maridos. Cuando Pisón criticó a Germánico públicamente por la presencia de Agripina en las paradas militares, el comandante lo expulsó de Siria junto a su mujer. Al año siguiente, Germánico hizo un viaje a Egipto y durante el regreso falleció repentinamente en Antioquía. Existe la posibilidad de que muriera de disentería, pero el propio Germánico, en su lecho de muerte, señaló a Pisón y su esposa como culpables de su envenenamiento.

Agripina y sus hijos volvieron a Roma por mar, llevando consigo las cenizas de Germánico. A su llegada a Roma, el pueblo tomó partido inmediatamente por Agripina, clamando venganza contra Pisón. El hecho de que ni Tiberio ni Livia asistieran a las honras fúnebres del heredero al trono imperial no hizo sino confirmar las sospechas en torno al envenenamiento. Hubo incluso un conato de revolución en Roma que sólo pudo ser frenado por la actitud resuelta de Livia y por la intervención de la guardia pretoriana.

Caída en desgracia

Decidida a vengarse, y como no podía probar que su esposo había sido asesinado, Agripina y sus amigos influyentes acusaron a Pisón y a Plancina de traición por regresar a Siria y provocar una pequeña guerra civil entre sus partidarios y los de Germánico. Tiberio no tuvo más remedio que presidir el juicio y aceptar la condena de su amigo, quien se suicidó para evitar la confiscación de sus bienes. Plancina, en cambio, fue juzgada aparte y Livia intervino ante Tiberio para que fuera exonerada. Esto fue la confirmación, para Agripina y el pueblo romano, de que había sido la propia Livia la que había ordenado el envenenamiento de su marido.

A partir de este momento la relación entre Agripina y Tiberio quedó muy maltrecha. En una ocasión, cuando Agripina se quejó abiertamente por las circunstancias de la muerte de su marido, Tiberio le replicó con un verso griego: «Si no eres la que mandas, te parece que te ofenden». En lo sucesivo dejó de dirigirle la palabra. La razón de la disputa residía de nuevo en la sucesión del Imperio. Agripina deseaba que su hijo Nerón César fuera nombrado heredero de Tiberio, pero Sejano, el valido del emperador, se oponía y la octogenaria Livia sostenía al nieto directo de Tiberio, el aún niño Druso Gemelo. Sejano, en particular, urdió toda clase de intrigas contra su rival. Habiéndola convencido de que el emperador la quería envenenar, en una ocasión ella rechazó comer una manzana que aquel le ofrecía desde su mesa, por lo que Tiberio se quejó de que lo considerase un envenenador. Según Suetonio, todo era un plan concertado entre el emperador y su ministro para que Agripina cometiera un error y justificar su eliminación.

Destierro y muerte

Finalmente, en el año 29 Tiberio acusó a Agripina de orgullo impropio ante el Senado y a su hijo Nerón, de homosexualidad. El Senado, dominado por la facción de Agripina, rechazó las acusaciones como invenciones de Sejano, pero Tiberio reaccionó reclamando el juicio para sí y condenó a ambos reos al destierro en la isla Pandataria, la misma a la que fue desterrada Julia, la madre de Agripina. Pero la ira imperial no acabó ahí, al menos según el relato de Suetonio. Cuando Agripina le escribió una carta con reproches e insultos, Tiberio hizo que la azotara un centurión, quien le sacó un ojo. La desterrada decidió entonces dejarse morir de hambre, pero el emperador le hizo tragar comida a la fuerza. Ella, sin embargo, persistió hasta lograr su propósito. Sus dos hijos, Nerón y Druso, murieron de la misma forma, por hambre; el primero en su destierro, y al parecer por propia voluntad; al segundo, encerrado en una cueva del monte Palatino, «lo privaron de alimentos con tanta crueldad –sigue diciendo Suetonio– que intentó comerse el relleno de su colchón».

Para saber más

Emperatrices y princesas de Roma. J. L. Posadas. Raíces, Madrid, 2008.
Anales (Libros I-VI). Tácito. Gredos, Madrid, 1991.

17 noviembre 2014 at 3:12 pm Deja un comentario

Yo, Augusto, el emperador

El retrato más completo de César Augusto, del historiador británico Adrian Goldsworthy

escultura-Augusto

Escultura de César Augusto / EM

ADRIAN COLDSWORTHY  |  EL MUNDO

César Augusto falleció el 19 de agosto del 14 d. C., de modo que acabamos de celebrar el aniversario 2.000 de su muerte, claro que siendo el centenario del comienzo de la Gran Guerra me atrevo a decir que la fecha ha pasado sin pena ni gloria. Le faltaba poco para celebrar su septuagésimo séptimo cumpleaños y había estado gobernando sin mucha oposición durante más de cuatro decenios, desde que Marco Antonio se quitara la vida en el 30 a.C. Le sucedió su hijo adoptivo, Tiberio, y a pesar de que el linaje familiar terminó con Nerón, los emperadores siguientes adoptaron los nombres de César y Augusto como títulos. A lo largo de su vida creó el sistema monárquico que gobernaría Roma durante siglos, teniendo el buen sentido de ocultar veladamente su poder sin por ello renunciar a él, pero evitando pese a todo títulos como rey o dictador.

Por algún motivo, a pesar de todos sus logros y de la crucial importancia de sus actos, Augusto ya no se encuentra entre las figuras del mundo antiguo que siguen deambulando por entre la imaginación del gran público. Julio César, Calígula o Nerón son reconocidos de inmediato -aunque a menudo sólo con una vaga idea de quiénes fueron-, no así Augusto. Hoy en día, su nombre se escucha sobre todo durante las misas navideñas, cuando se lee la descripción que hace Lucas de la Natividad. Augusto aparece en Julio César y Antonio y Cleopatra de Shakespeare -ambas representadas a menudo y estudiadas en el colegio, de modo que siguen siendo bien conocidas-; pero no mereció una obra de teatro propia. Quizá se deba a que murió de edad provecta, en vez de ser apuñalado hasta la muerte en una reunión del Senado, como César, o suicidándose, como Brutos y Casio, Antonio y Cleopatra.

Lo curioso es que la historia de Augusto no carece de drama. Cuando estudian los primeros momentos de su carrera hay que hacer un esfuerzo consciente para recordar que sólo tenía 18 años durante los idus de marzo del 44 a.C. No supo que el testamento de su tío abuelo lo nombraba su heredero principal hasta que éste fue asesinado. Durante la República los cargos públicos no podían ser heredados, como tampoco nadie podía ser adoptado de forma póstuma, a pesar de lo cual fue así como decidió interpretar lo que significaba su legado. Su ambición fue precoz, sobre todo en Roma, donde los cargos estaban ligados a la edad y la madurez, pero al principio nadie lo tomó en serio. Marco Antonio lo desdeñó refiriéndose a él como “un chico que se lo debe todo a un nombre”. Cicerón pensaba que Antonio era el principal peligro y consideró al joven Augusto como un arma que usar en su contra: “Debemos alabar al joven, recompensarlo y deshacernos de él”.

No salió como pensaba el orador. Augusto luchó primero por el Senado en contra de Antonio, para luego unirse a éste y a Lépido y formar el segundo triunvirato. Tomaron Roma y ejecutaron a sus enemigos, reviviendo la técnica de Sila de publicar listas de proscripciones. Un hombre que apareciera en ellas perdía todos sus derechos legales y podía ser asesinado por cualquiera. Cicerón fue atrapado y muerto antes de que se colgaran las listas. Años después, los triunviros intentaron echar las culpas de esta masacre a sus colegas; pero Augusto quedó marcado con una reputación de crueldad joven. De ese modo pragmático tan romano, se consideraba sorprendente que una persona tan joven tuviera ya tantos enemigos.

LIBERTAD FRENTE A TIRANÍA

Al final de sus días describió esos primeros años diciendo simplemente: “A la edad de 19 años, bajo mi propia responsabilidad y a mi cargo, reuní un ejército, con el cual triunfé luchando en pos de la libertad de la República cuando ésta se encontraba oprimida bajo la tiranía de una facción”. No menciona el hecho de que se suponía que los ciudadanos particulares no podían reunir ejércitos. Como era de esperar, posteriormente Tácito juzgaría estos acontecimientos de forma más cínica: “Cuando el asesinato de Bruto y Casio desarmó al Estado; cuando [Sexto] Pompeyo fue aplastado en Sicilia y con Lépido dejado de lado y Antonio muerto, incluso el partido juliano carecía de líderes excepto César [Augusto]”.

Augusto ganó y, tras la batalla de Accio, no hubo más aspirantes con el poder militar para oponérsele… circunstancia que se preocupó mucho por mantener así conservando un estrecho control sobre el ejército. El éxito no lo volvió popular, pero lo que tanto los romanos como los provinciales deseaban más que nada era paz y estabilidad.

La guerra civil llevaba asolando la República desde el 88 a.C., cuando Sila lanzó sus legiones contra Roma. Las bajas habían sido importantes, sobre todo entre las familias senatoriales, mientras que los ejércitos lucharon y saquearon por todo el Mediterráneo. Muchos líderes y comunidades apoyaron lealmente a Roma, sólo para encontrarse a menudo en el lado perdedor de una guerra civil y obligados a pagar muchísimo para complacer al vencedor. Las comunidades italianas habían sufrido confiscaciones cuando los caudillos como Augusto tuvieron que encontrar granjas que entregar a sus soldados licenciados. En los años 30 a.C., Virgilio imaginó los pensamientos de uno de esos desposeídos, quizá a partir de su propia experiencia; pues puede que su familia perdiera tierras por entonces. “¡Ah! ¿Acaso volveré, luengos años desde aquí, a mirar de nuevo a los límites de mi patria, a mi humilde casita de campo con su revestimiento de hierba… volveré, luengos años desde aquí, a mirar con asombro unas pocas espigas de trigo, antaño mi reino? ¿Es un impío soldado quien tiene ese bien labrado barbecho? ¿Un bárbaro esas cosechas? ¡Ved donde el conflicto ha llevado a nuestros infelices ciudadanos!”.

Tras tantos trastornos, los ciudadanos querían asegurarse de que transcurridos unos años seguirían poseyendo sus propiedades y no serían llamados a filas para luchar en otra guerra civil. Los líderes y los órganos gobernantes de las provincias también querían tener la seguridad de que los honores y obligaciones que les habían repartido no cambiarían de un día para otro según fueran ascendiendo y cayendo los caudillos romanos. Décadas de inercia por parte de un Senado demasiado enfrascado en una enconada y a menudo violenta competencia por cargos y honores había dejado muchas apelaciones sin respuesta y muchas disputas sin resolver.

Augusto puso manos a la obra para solucionarlo. A menudo se olvida que viajó más que ningún otro emperador hasta Adriano. Augusto pasó más tiempo de su reinado en las provincias que en Roma e incluso Italia. Trabajó duro, recibiendo delegaciones y escuchando peticiones, algo que hacía donde quiera que estuviera. Las diputaciones iban a él ya estuviera en Roma, o en España, Galia, Grecia o Siria, esperaban a ser llamadas y al final eran escuchadas y recibían una respuesta.

Augusto se esforzó porque el Estado funcionara de nuevo y, al mismo tiempo, le proporcionó paz; un tema celebrado constantemente en el arte y la literatura, de forma destacada en el ara pacis augustae (el altar de la paz augustea), un honor concedido por el Senado en el 13 a.C. Se trataba de paz interna y de ausencia de guerra civil, pues al mismo tiempo fue uno de los grandes conquistadores de nuevos territorios. Derrotar a enemigos extranjeros era un logro completamente honorable y adecuado para un aristócrata romano. Como diría Virgilio: “Recuerda, romano -pues estas son tus artes- que has de gobernar naciones con tu poder, añadir buenas costumbres a la paz, perdonar a los conquistados y derrotar al orgulloso en la guerra”.

EL PRINCIPAL SERVIDOR

El orden regresó al mundo, un orden basado en las victorias romanas y el respeto al poder de Roma. Ovidio escribió sobre el ara pacis en sus Fastii, reflexionando sobre cómo entendían la paz los romanos: “Ven, Paz, con tus delicados tirabuzones coronados por laureles accios, y deja que tu gentil presencia permanezca en todo el mundo. De tal modo que nunca haya enemigos, ni hambre de triunfos, tú debes ser para nuestros jefes una gloria mayor que la guerra. ¡Ojalá que el soldado sólo tenga que portar armas para controlar al agresor armado […]! ¡Ojalá que el mundo cercano y lejano tema a los hijos de Eneas y si hubiera tierra que no temiera a Roma, que la ame”». La paz y la prosperidad procedían de la victoria de Accio y el continuado poder de Roma bajo el liderazgo de Augusto.

Augusto se llamaba a sí mismo princeps -el principal servidor de la República- y presumía de haberle devuelto el poder al Senado y al Pueblo. Su posición constitucional evolucionó gradualmente mediante la improvisación tanto como mediante una cuidadosa planificación; pero nunca alteró la sencilla verdad de que él controlaba las legiones y no se podía hacer que las devolviera.

A los historiadores les gusta entrever una oposición senatorial que lo obligó a mantener una apariencia de conducta constitucional, pero aquélla existe mayormente en su imaginación. Como dijo Tácito, Augusto “sedujo al ejército con botines, a la gente con repartos de grano gratuito, al mundo entero con el confort de la paz y luego, gradualmente, asumió el poder del Senado, los magistrados y la creación de leyes. No había oposición, pues los más bravos de los hombres cayeron en la línea de batalla o ante las listas de la proscripción…”. El único límite real al comportamiento de Augusto provino de su propio sentido de lo que era sensato y correcto.

No existía ninguna alternativa real, y atractiva aún menos, a su gobierno. Hasta donde alcanzaba la memoria, la República no había funcionado adecuadamente. Bruto y Casio asesinaron a César para restaurar la libertad, para seguidamente reclutar un ejército y actuar exactamente igual que el resto de caudillos de la época… y al final perdieron. Augusto le dio al imperio estabilidad e hizo que las instituciones funcionaran de nuevo o creó otras nuevas.

Requirió tiempo, pero los beneficios de su régimen no tardaron en ser evidentes -y su intención de mantener el poder fue tan obvia- que el triunviro empapado en sangre fue difuminándose en el recuerdo para dejar sólo al princeps, el padre de su país (pater patriae), como fue saludado en el 2 a.C. Pocos emperadores gobernaron durante más tiempo, o fueron tan llorados cuando murieron.

Adrian Goldsworthy es el autor de «Augusto. De revolucionario a emperador», ya a la venta. (La Esfera)

16 noviembre 2014 at 9:43 am Deja un comentario

Vivir de alquiler en Roma: caro y sin comodidades

El aumento de población en Roma hizo que se construyeran bloques de pisos que se alquilaban por precios abusivos

Por Pedro Ángel Fernández Vega. Doctor en Historia Antigua, Historia NG nº 129

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En las ciudades romanas, numerosos bloques de viviendas bordeaban las calles. En la imagen, vía de la Abundancia, en Pompeya

Cuenta Tito Livio que, entre los muchos prodigios que anunciaron en Roma la llegada de Aníbal atravesando los Alpes en aquel fatídico 218 a.C., ocurrió que en el Foro Boario, sede del mercado de ganado, «un buey había subido por sí solo a una tercera planta y, espantado por el alboroto de los vecinos, se había arrojado al vacío desde allí». Se trata de la alusión más antigua a la existencia de bloques de pisos en Roma. La zona, no lejos del Aventino, formaba parte del sector popular de la ciudad. Entonces, el censo de ciudadanos varones, que vivían tanto en la ciudad como en el campo (además de los itálicos a los que se había otorgado la ciudadanía) ascendía a unos 330.000. Al acabar la guerra, la cifra descendió a unos 214.000. Sólo en Roma vivían cerca de 200.000 personas, por lo que es verosímil que los inmuebles de pisos ya hubieran aparecido.

Otro testimonio data de 186 a.C., cuando el cónsul Postumio forzó la declaración de una testigo para desencadenar la persecución contra las Bacanales. Postimio pidió a su suegra Sulpicia, matrona viuda de rango senatorial, que ocultase a la joven en su vivienda: «Se le asignó una estancia en la parte alta de la casa, cerrando el acceso por la escalera que conducía a la calle y abriendo una entrada hacia el interior de la mansión». La morada también estaba en el Aventino.

El negocio del alquiler

Entre finales del siglo III y comienzos del II a.C., las insulae o ínsulas (bloques de pisos) eran habituales en Roma. Sus dueños eran aristócratas que no desdeñaban los alquileres como fuente de ingresos, como en el caso de Sulpicia. La ley Claudia, del mismo año 218 a.C. en que ocurrió el episodio del buey, excluía el lucro como origen de rentas senatoriales, pero el negocio de los alquileres inmobiliarios era demasiado tentador como para despreciarlo. Además, se podía contar con intermediarios para las operaciones.

El crecimiento de población en Roma fue muy intenso. Durante la segunda guerra púnica, masas de emigrantes abandonaron un campo asolado por los ejércitos. Tras la guerra, las oportunidades de trabajo y promoción social atrajeron población incesantemente a Roma. Se calcula que hacia 130 a.C., la ciudad tenía medio millón de habitantes, y que la cifra habría vuelto a duplicarse, tal vez hasta el millón, en época de Augusto, en torno al cambio de era.

Dar acomodo a una población en constante aumento fue posible gracias a un mercado de viviendas de alquiler muy desarrollado: entre el millón escaso de personas que vivía en Roma se contaban 750.000 plebeyos libres, de 100.000 a 200.000 esclavos y en torno a 20.000 personas entre soldados, caballeros y las familias de unos 300 senadores. Las desigualdades sociales crearon una Roma con una minoría de rentistas y una gran masa de inquilinos.

Las regulaciones de alturas para los bloques de pisos, que Augusto estableció en siete plantas y Trajano rebajó a seis, indican que la especulación se impuso y que se resistía a ser controlada. Aunque en época imperial se generalizó la construcción de ladrillo y mortero, en los últimos siglos de la República los incendios fueron muy habituales: han quedado registrados más de cuarenta. Vitruvio culpaba de ellos al opus craticium, el zarzo, un entramado de varas revestidas de arcilla que se usaba para hacer tabiques, sobre todo en los pisos altos, y que demostró ser muy combustible. Por ello estaba contraindicado encender fuego en el interior de las viviendas. Es probable que esto explique la presencia de numerosos thermopolia –establecimientos que despachaban comida caliente sobre la marcha– en las calles de las ciudades romanas. Aulo Gelio reconoce con pesar que «si se pudieran evitar los incendios de que son presa con tanta frecuencia las casas de Roma, me apresuraría a vender mis campos para hacerme propietario en la ciudad», porque «las rentas que producen las propiedades urbanas son elevadas».

El otro gran riesgo de los pisos en Roma fueron los desplomes, como cuenta Juvenal: «Nosotros habitamos en una ciudad apoyada en gran parte sobre débiles puntales; pero cuando el administrador apuntala las paredes que amenazan ruina o tapa la abertura de una grieta antigua, dice que ya podemos dormir tranquilos teniendo la amenaza encima».  Séneca coincide en que el apuntalamiento es «harto económico» y, por lo tanto, muy rentable.

Las casas de vecinos

El mercado de alquileres en Roma se renovaba cada año. Los contratos entraban en vigor el primero de julio y se pagaban a año vencido. Es posible que tras esa fecha lo que quedara sin alquilar bajara de precio. Suetonio cuenta que Tiberio despojó de la túnica laticlavia –la túnica senatorial, con amplias bandas púrpura– a un senador «que se había ido a vivir al campo por las calendas de julio, con la intención de alquilar después una casa más barata, cuando se hubiera pasado el plazo de arriendo en Roma». Como el inquilino debía permitir el acceso al administrador, es probable que, salvo en contratos firmados por varios años, cada junio nuevos inquilinos potenciales visitasen la vivienda. Era una hábil estrategia para presionar al residente e intentar subir la renta, ya de por sí cara.  Juvenal dice que en las ciudades vecinas «se compra una casa cómoda por el precio por el que [en Roma] alquilas un tugurio por un año». A finales de junio, el trasiego de quienes se mudaban y quienes se marchaban sin pagar tenía que ser incesante.

Los cenáculos, los distintos apartamentos que formaban una ínsula, eran, así, inseguros y caros. Un cenáculo normalmente consistía en una habitación principal, el medianum, provista de ventanales a la calle o al patio. Desde allí se accedía al resto de cuartos, la mayoría sin ventana. En las primeras y segundas plantas se alojaban gentes de posición media. Incluso Séneca, el filósofo y mentor de Nerón, vivió tras su retiro de la vida pública sobre unas termas, y reconoció tener un inquilino carpintero; en su descripción, los ruidos de la calle y las voces de los vendedores pregonando mercancías, se amalgaman con los sonidos del agua y de los masajes de las termas. En las plantas bajas, comercios, talleres y tabernas formaban una pantalla junto con otros locales abiertos a la calle que se alquilaban como viviendas a los más pobres (cellae pauperum). Detrás se parapetaban las residencias más acomodadas, las casas señoriales, que se distanciaban de la calzada por un largo corredor y estaban estructuradas en torno a atrios y patios de columnas.

Cuchitriles para los pobres

La necesidad de vivienda provocó que cualquier lugar fuera bueno para vivir con tal de poder estar a cubierto, y eso incluía las buhardillas repletas de palomas, bajo el tejado. Entre los apartamentos de las plantas bajas y los áticos había una auténtica estratificación social en altura. A más escalones que subir, el precio bajaba. Los juristas registran que se podían subarrendar los cuartos de un piso que ya se había alquilado.

Los inquilinos pobres, que vivían bajo el tejado, muchas veces disponían sólo de una habitación y ni siquiera contaban con sanitarios. Una tinaja al pie de la escalera podía servir para vaciar la bacinilla, pero muchos preferían tirar los desechos por la ventana. Juvenal no recomendaba salir de noche por Roma: «Los peligros se cuentan por las ventanas que en tal noche estén abiertas y vigilantes a tu paso. De modo que formula un deseo: llévate contigo este anhelo miserable, que se contenten con vaciar sus anchos bacines».

Para saber más

La casa romana. P. A. Fernández Vega. Akal, 2003.
«Especulación inmobiliaria en Roma». Historia NG, n.º 49

20 octubre 2014 at 2:12 pm 2 comentarios

El festín de los dioses

Luis. M. Alonso | La Opinión de Málaga

La ambrosía y el néctar han cuadrado la metáfora del placer en la mesa desde los orígenes clásicos hasta nuestros días

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Conocí a un tipo que solía mostrarse especialmente pletórico en las mesas bien surtidas. «Comamos igual que dioses», solía decir alzando la copa. Y aunque sus palabras sólo aspiraban a sustituir el momento por la metáfora y su correspondiente hipérbole, alguien se veía obligado a aclarar que el manjar de los dioses era la ambrosía, alimento de buen gusto y delicado que nadie ha podido determinar con certeza.

La ambrosía se acompañaba a menudo por el néctar en las celebraciones, y ambas aparecen en el mito y la literatura como dulces divinos que fueron garantizados para satisfacer el hambre o la sed de cualquier residente inmortal del Olimpo. Aunque los estudiosos no están del todo seguros de lo que los antiguos griegos pensaban de la ambrosía (o su equivalente líquido) en realidad se cree que estos ingredientes míticos tenían alguna conexión con la miel, un dulce disfrutado por los mortales a lo largo de los siglos. La miel era muy apreciada en la antigua Grecia. Sin embargo, la ambrosía es algo más que una comida deliciosa. Hay varios episodios de la mitología griega en los que la ambrosía es utilizada por los dioses y diosas como una especie de bálsamo que confiere la gracia o incluso la inmortalidad (si se trata de mortales) a quienes la toman. Afrodita, diosa de la lujuria y del amor, la ingería para embellecer aún más. Aquiles se bañó en ella para convertirse en inmortal. Con la ambrosía –abundante en el jardín de las Hespérides– como pretexto, uno llegaba a Homero, a la ninfa marina Tetis y a Amaltea, la cabra nodriza de Zeus. Y de ahí al verdadero sentido de todo ello: el elixir de la vida.

No es descabellado preguntarse después de un festín qué es lo que comían los dioses y, ya con los pies en la tierra, qué es lo que se comía en la Antigüedad y quiénes fueron desde los orígenes los perfeccionistas del gusto en los albores de la cocina occidental. El sabio Arquestrato, autor del primer tratado gastronómico; Marco Gavio Apicio, a quien se debe un recetario todavía de referencia, o el rey de los gourmets, Lucio Licinio Lúculo. Para empezar, por lo que nos cuenta Homero, los dioses, además del néctar y de la ambrosía, lo que les gustaba era la carne. El autor de La Odisea no escatima adjetivos cuando se trata de describir los aromas de los asados que envuelven corredores y salas en las moradas olímpicas.

Un caso claro es el de Hermes. Dios de los rebaños y los pastos y mensajero de los dioses, su pasión por la carne es un ejemplo incomparable de precocidad. Cuando no habían transcurrido aún 24 horas desde su nacimiento se le despertó un hambre atroz. Todavía envuelto en pañales, se levantó, robó 50 bueyes de la ganadería de Apolo, desolló una pareja y después de descuartizarla asó los pedazos. Más tarde, como si no hubiera pasado nada, regresó a la cuna y se hizo el dormido. Pero el olor del asado seguía tentándolo. Debido a su insistencia, Apolo acabó cediéndole todos sus bueyes a cambio de la cítara que aquel había inventado y Zeus le nombró dios protector de los rebaños, de los que luego pasó a ocuparse.

La exageración en las observaciones se ha ido limando, no obstante y gracias al Cielo, dentro del propio contexto de los tiempos. El griego Arquestrato, poeta de Gela (Sicilia) y autor de la primera guía gastronómica, explicaba en su Hedypatheia cómo las lampreas cebadas con carne humana tenían un sabor sublime y eran mucho más digestivas que el resto. En sus viveros del lago Lucrino, Lúculo las alimentaba con los despojos de los pescadores de Miseno que se tenían la arriesgada costumbre de rescatar del agua los objetos preciosos que los romanos ofrecían a los dioses. La profanación se castigaba con la muerte, como recordaba Santiago R. Santerbás en La vuelta al mundo en ochenta mundos, un imaginativo cuaderno de viajes editado en los años ochenta, por Hiperión. Lúculo confiaba ciegamente en Arquestrato, que, a su vez, seguramente guió los pasos, ocho siglos después, del cocinero y patricio romano Marco Gavio Apicio, que escribió, en tiempos de Tiberio, De re coquinaria, una interesante recopilación de recetas que ayuda a entender lo que se comía entonces.

El desdén de Tiberio por los asuntos de Estado era equiparable a su interés por los placeres de la vida. Y no cesaron hasta los últimos días en los que el emperador, ya viejo, se refugió en Capri, alimentándose básicamente de ostras y rodeados de efebos, mientras que el gobierno estaba en manos de los procónsules. En Roma, los cocineros no llegaron a valorarse como en la antigua Grecia. De hecho, fueron siete chefs griegos, aunque muy posteriores al poeta de Gela, quienes colocaron, según admite la historia, los cimientos de la gran cocina que se hizo más tarde en Roma y en todo Occidente: Egis, de Rodas, especialista en los pescados; el teórico ateniense Chariades; Lampria, autor de un caldo oscurecido con sangre –aquí se podría bromear con la lamprea a la bordelesa–; Euthino, cocinero de las legumbres, en particular de las lentejas que eran las más utilizadas; Apctonete, que embutía las carnes; Nereo, a quien se debe el caldo de pescado que se ofrecía los dioses, y Ariston, creador de guisos y salsas. Aquí concluye, se puede decir, la aportación de los griegos a la cocina, ya que siglos más tarde se dedicaron a rebautizar, y a veces tan siquiera, las especialidades de sus invasores turcos.

En la Grecia de hoy, mientras uno se envenena con ese matarratas que llaman retsina sólo queda comer cocina de tradición otomana o felicitar a los griegos por sus antepasados en los tiempos de Homero, que fueron grandes amasadores de pan, excelentes cazadores y que rindieron culto como nadie al aceite, que cumplía con las funciones de alimentar, alumbrar y ungir el cuerpo. Como recuerda el Conde de Sert en Una historia europea de la buena mesa, la utilización del aceite fue tan importante en este período que la destrucción de los olivos en la guerra del Peloponeso fue causa primera de la decadencia y ruina de Atenas. Aquellos griegos, ajenos a su tortuosa y accidentada evolución, sí eran dignos descendientes de los dioses.

11 octubre 2014 at 8:52 pm Deja un comentario

Augusto el reformador: Una nueva disciplina para Roma

Considerando que la sociedad romana estaba perdiendo sus valores tradicionales, el emperador Augusto promulgó las leyes Julias, que castigaban con dureza los delitos contra el honor familiar

Por Eva Cantarella. Profesora de Derecho Griego y Romano. Universidad de Nueva York, Historia NG nº 128

Vasarri-boda-romana

Este óleo de Emilio Vasarri (1914) muestra de un modo idealizado una ceremonia de matrimonio romana

En el año 8 d.C., el poeta Ovidio recibió una orden fulminante del emperador Augusto: debía abandonar Roma de inmediato y marchar a la última frontera del Imperio, una fortaleza del mar Negro llamada Tomis (la actual ciudad rumana de Constanza). Ovidio pasaría los últimos años de su vida en aquel territorio «bárbaro», y en sus poemas se quejaba de que, pasados los cincuenta, debiera vivir junto a gentes que hablaban una lengua incomprensible, sufriendo durísimos inviernos y expuesto constantemente a las incursiones de las tribus vecinas. A cada momento le pedía a Augusto permiso para volver, pero el emperador se mostró inflexible, al igual que Tiberio, su sucesor, y el poeta murió sin poder ver de nuevo su añorada Roma.

Aún hoy no se sabe exactamente qué provocó la caída en desgracia de Ovidio, pero parece ser que una de las razones fue que sus libros de poemas no habían gustado al emperador. Aquellos libros, publicados en su juventud, habían hecho de Ovidio una celebridad en Roma, e infinidad de lectores habían seguido la historia, relatada en los Amores, de la relación del poeta con la bella y traicionera Corinna, o se habían zambullido en el Arte de amar, un manual de seducción de tono muy explícito, con consejos tanto para ellos –«no olvidar el cumpleaños de la amada», «no preguntar por la edad»– como para  ellas, a las que se instruía en el maquillaje que debían ponerse y los gestos más efectivos para captar a su presa.

Pero desde entonces la situación había cambiado. Augusto, al consolidar su poder como emperador, había intentado imponer unos valores «conservadores»: los de la clásica familia romana, basada en el modelo de esposa y madre intachable que él enaltecía, y del que las mujeres de la época, a su parecer, se alejaban de manera tan radical que suponían un peligro para la comunidad. Esto es lo que hacía tan peligrosa la obra de Ovidio: enseñando a las mujeres cómo cultivar su belleza y cómo seducir a sus amantes podía  favorecer la tendencia femenina a disfrutar de la vida y a actuar con una independencia contraria al modelo de la familia patriarcal tradicional.

La misoginia de Augusto

El emperador, sin duda, tenía una visión muy determinada del papel de la mujer en la sociedad. Así lo puso de manifiesto en 18 a.C., cuando él mismo se presentó en el Senado y leyó entero un discurso pronunciado más de un siglo antes por el censor Quinto Metelo Macedónico. En él se decía: «Si nosotros, ¡oh Quirites [ciudadanos]!, pudiéramos vivir sin mujeres, ninguno de nosotros, sin duda, aceptaría el fastidio del matrimonio. Pero como la naturaleza ha querido que no se pueda vivir con las mujeres sin tener problemas, y  también ha querido que no se pueda vivir sin ellas, es necesario que nos preocupemos por la tranquilidad perpetua, en lugar de hacerlo por el placer de corta duración». La conclusión de Metelo era que los ciudadanos varones debían guardarse de la influencia femenina, pero a la vez debían casarse y tener con sus esposas numerosa descendencia para así reforzar el poder de la ciudad. Lo mismo pensaba Augusto, y con ese objetivo promulgó las llamadas leyes Julias. Una de ellas, la lex Iulia de maritandis ordinibus, imponía a todos los ciudadanos varones entre los 25 y los 60 años la obligación de casarse, aunque siempre dentro de una misma clase social. La «ley para reprimir los adulterios» (lex de adulteriis coercendis), por su parte, buscaba reforzar los valores morales de la familia castigando severamente toda infracción del vínculo matrimonial.

Maridos engañados

Esta última ley es muy reveladora de la política de Augusto. En virtud de ella se castigaban como «adulterio» todas las relaciones extraconyugales que pudiese mantener una mujer, aunque fuese soltera o viuda, con la única excepción de las prostitutas y las alcahuetas. La ley supuso un profundo cambio en la manera de enfrentarse a los delitos sexuales. Durante siglos, el castigo de estos delitos se había confiado a las propias familias, concretamente a la autoridad del pater familias, el cual podía decidir incluso la ejecución de los culpables sin rendir cuentas ante nadie. Con Augusto, en cambio, estos delitos se convertían en un crimen, esto es, en un delito público que era juzgado por un tribunal específico (quaestio de adulteriis).

La acusación podía presentarla no sólo el marido o el padre de la mujer culpable, sino cualquier ciudadano particular. Además, el marido que no denunciaba a su mujer podía ser denunciado a su vez por lenocinio, es decir, por inducción a la prostitución, lo que era una forma de forzarlo a llevar el caso ante la justicia. La pena contra los culpables de adulterio era el destierro a una isla, la relegatio in insulam, aunque se establecía prudentemente que hombre y mujer debían ser desterrados a islas distintas. También se fijaban importantes sanciones patrimoniales.

Mediante esta ley, Augusto confiaba en restablecer la antigua moral y dar impulso a la natalidad, pero el resultado de su iniciativa fue un fracaso absoluto. La ley de represión de los adulterios fue, quizá, la más desafortunada de las que promulgó Augusto, porque prácticamente no se aplicó. Según un cálculo reciente, las denuncias por adulterio y las condenas por este crimen bajo la dinastía Julio-Claudia, durante casi un siglo, habrían sido tan sólo veintiuna en total.

El mal ejemplo del emperador

Podría pensarse que la ley empezó a fracasar con Augusto y su familia. El comportamiento del emperador no era en absoluto ejemplar: los romanos se hacían lenguas de sus aventuras, incluso con las esposas de sus ministros –fue muy sonado el affaire con Terencia, esposa de Mecenas–. Peor aún fue el caso de su hija Julia, tan extraordinariamente licenciosa que se convirtió en una de las pocas víctimas de la ley de adulteriis y Augusto decidió desterrarla a la isla de Pandataria (actualmente Ventotene). A su nieta, llamada también Julia, se la acusó asimismo de llevar una vida escandalosa; incluso se ha dicho que el destierro del poeta Ovidio se debió a que había ofrecido su casa a Julia para un encuentro amoroso.

Sin embargo, la razón última del fracaso de la ley residió en la resistencia de la gran mayoría de romanos, que no aceptaban la pretensión del Estado de establecer las reglas de su vida privada. Las grandes familias romanas habían seguido siempre el principio de que los trapos sucios se lavan en casa y no podían aceptar una ley que violaba su autonomía familiar. De hecho, el mismo Augusto tenía esta mentalidad y no puso gran empeño en aplicar la ley que él mismo había promulgado. Según cuenta el historiador Dión Casio, cuando el Senado le pidió que interviniese con mayor decisión en el problema de la inmoralidad pública, respondió: «Dad vosotros mismos a vuestras mujeres los consejos y las órdenes que consideréis necesarios: es lo que hago yo con la mía».

Los romanos no sólo rechazaban de la ley lo que tenía de intromisión: también temían que causara disensiones entre ellos. En efecto, si denunciaban a una mujer perteneciente a otra familia, los miembros de aquella familia se vengarían denunciando a una mujer de la suya; la necesidad de vengar las ofensas sufridas era, en efecto, parte integrante de la cultura de la época.

Ellas también se rebelan

La ley contra los adulterios tuvo una consecuencia sorprendente. Según cuentan historiadores y cronistas del período, numerosas mujeres romanas empezaron a declarar que ejercían el oficio de prostitutas y fueron a registrarse en las listas correspondientes, para así escapar a los castigos de la ley contra los adulterios, que no afectaba a las prostitutas y a las alcahuetas. A primera vista podría pensarse que esta solución extrema era la única que les quedaba a las mujeres para escapar a la ley. Pero la realidad no era ésa. Las fuentes demuestran que quienes más explotaron este recurso fueron mujeres de clases sociales altas, de rango senatorial o ecuestre: mujeres, pues, que en realidad no tenían nada que temer de la ley, porque con casi toda probabilidad no habrían sido denunciadas.
La declaración de ejercer la prostitución o el lenocinio, en resumen, no parece que fuese dictada por el temor a exponerse a la dureza de la ley, sino más bien por el deseo de realizar un acto de provocación explícita, una especie de bravata o gesto de desobediencia civil para mostrar de forma pública y notoria la hostilidad de la buena sociedad romana respecto a las nuevas normas. Los emperadores entendieron perfectamente el mensaje; de ahí que, según Suetonio, Tiberio enviara al exilio a todas las damas que apelaron a este tipo de recurso; o que prohibiera ejercer la prostitución a las mujeres de rango ecuestre, decisión tomada, según Tácito, después de que en la lista de las prostitutas se inscribiera una tal Vistilia, que precisamente pertenecía a esa clase.

Si la ley no funcionaba, sí lo hacían las sanciones sociales. Funcionaban las críticas, la marginación y la vergüenza que afectaban a las mujeres cuya vida no se correspondía con el modelo de Augusto, representado por la modestísima emperatriz Livia: aquella Livia que tejía personalmente las telas con las que se confeccionaba la ropa de su marido y que encarnaba a la perfección, al menos en apariencia, el ideal de la matrona romana.

Para saber más

Augusto, el primer emperador. Anthony Everitt. Ariel, Barcelona, 2008.
Augusto. Pat Southern. Gredos, Madrid, 2013.
La civilización romana: vida, costumbres, leyes, artes. Pierre Grimal, Paidos Ibérica, Barcelona, 2007.

4 septiembre 2014 at 8:45 am Deja un comentario

La guardia pretoriana: La escolta de los emperadores

Por sus salarios y sus privilegios, los guardias pretorianos formaban la élite del ejército romano. De ellos dependía la seguridad personal de los emperadores, a los que proclamaban y deponían a su antojo

Por Fernando Lillo Redonet. Doctor en Filología Clásica y escritor, Historia NG  nº 124

Roma-Foro

Cerca del Foro, el núcleo político de la antigua Roma, se alzaba el Palatino, la residencia imperial, donde las cohortes pretorianas montaban guardia a diario para garantizar la seguridad del emperador. MAURIZIO RELLINI

Hoy en día, cuando se habla de «guardia pretoriana» se suele hacer referencia a las unidades armadas de élite que protegen a determinados gobernantes, en particular a dictadores impopulares que, por temor a una conspiración, confían su seguridad a tropas que les son absolutamente fieles. El término procede de la antigua Roma, donde los emperadores y sus familias contaron también para su protección con un poderoso cuerpo militar, instalado en un campamento al este de la ciudad. La guardia pretoriana acompañaba constantemente al emperador, ya fuera como guardaespaldas en Roma o durante sus campañas militares, aunque su fidelidad distó mucho de ser completa, como muestran las constantes conjuras y sublevaciones que protagonizaron hasta su desaparición en el siglo IV.

La guardia pretoriana fue fundada por Augusto en 27 o 26 a.C. En principio se crearon nueve cohortes, aunque su número fluctuó hasta que a finales del siglo I d.C. se estableció en diez. Cada cohorte contaba con unos 480 hombres más un complemento de alrededor de cien jinetes llamados equites pretoriani. Se cree que en la primera mitad del siglo II d.C. se aumentó a mil el número de efectivos por cohorte. Al mando de la guardia pretoriana había normalmente dos prefectos del pretorio, que debían ser militares experimentados pertenecientes al orden de los caballeros, la clase  adinerada que ocupaba importantes cargos en la administración y el ejército.

Mimados por los emperadores

Entrar en la guardia pretoriana era sumamente apetecible, no sólo por el honor que suponía custodiar al emperador, sino también por las ventajas económicas que el puesto traía aparejadas. El sueldo de los pretorianos era el más elevado de todas las unidades del ejército romano. A finales del gobierno de Augusto, la cantidad base anual ascendía a 3.000 sestercios, mientras que un legionario cobraba 900. Hay que considerar también los donativos extraordinarios que les otorgaban los emperadores en acontecimientos como el ascenso al poder, campañas victoriosas o celebraciones especiales, y que eran siempre mayores que las que pudieran ofrecerse a las tropas legionarias. En su testamento, Augusto ordenó que se entregaran 1.000 sestercios a cada pretoriano, por sólo 300 a los legionarios, y muchos de sus sucesores les hicieron generosos donativos nada más acceder al poder para asegurarse su fidelidad: Claudio les concedió 15.000 sestercios, y Marco Aurelio y Lucio Vero, ya en el siglo II d.C., 20.000.

Sin embargo, los pretorianos, al igual que los legionarios, no podían disponer libremente de todos sus ingresos, puesto que una parte del sueldo se depositaba en las arcas de la unidad, así como la mitad de los donativos recibidos. Estos ahorros se les reembolsaban en el momento de licenciarse. Además, al estar acuartelados en la capital del Imperio, los pretorianos no tenían que pagar por el trigo, un alimento básico que se les distribuía gratuitamente y que, en cambio, sí se deducía del sueldo de los legionarios. Tampoco debían abonar sus armas, y a los que pertenecían al cuerpo de caballería se les proporcionaban, sin coste por su parte, los caballos y el alimento para la manutención de los animales. Por otro lado, los años de servicio eran menos: dieciséis frente a los veinte de los legionarios. Los pretorianos gozaban asimismo de ventajas judiciales nada desdeñables: tenían el derecho a ser procesados dentro de su campamento y disfrutaban de juicios más rápidos cuando ellos eran los demandantes. Sin embargo, tenían prohibido el matrimonio legal durante su servicio. Al retirarse recibían tierras libres del pago de impuestos o una cantidad de dinero, que, por ejemplo, en el año 6 d.C. era de 20.000 sestercios. Todo ello sin contar con el prestigio y reconocimiento social del que gozarían en su lugar de origen o en la región en la que se asentasen.

Altos, fornidos y de provincias

El aspirante típico a guardia pretoriano era un voluntario civil, de entre 17 y 20 años, con una excelente forma física y una altura mínima de 1,75 metros, aunque también eran necesarias unas buenas cartas de recomendación. Al ingresar se le hacía un reconocimiento y se comprobaba que era ciudadano romano. En los dos primeros siglos, los reclutas procedían principalmente de la parte central y septentrional de la península itálica y de Hispania, Macedonia y Nórico (territorio entre Austria y Alemania). En el siglo III d.C., tras la reforma de Septimio Severo, los pretorianos no procedían ya de la vida civil, sino que eran soldados pertenecientes a las legiones acantonadas en las fronteras del Imperio.

Una vez admitido, el nuevo recluta viviría en el campamento de la guardia denominado Castra Praetoria. Situado en uno de los lugares más altos al noreste de Roma, fue instituido en época de Tiberio, en el año 23 d.C. Delante del campamento había un campo de entrenamiento, que servía también para ceremonias religiosas y desfiles militares. Una vez superado el entrenamiento, el pretoriano tendría que asumir las múltiples funciones que la guardia pretoriana desempeñaba. La tarea básica consistía en la protección del emperador en palacio y en sus desplazamientos por la ciudad. Cada día, una cohorte con sus centuriones y tribuno al mando se dirigía desde el campamento pretoriano hasta el Palatino  para custodiar la residencia del césar. Durante el servicio en palacio, los pretorianos vestían una toga, en cuyos pliegues llevaban una espada oculta. Cuando el emperador acudía al Senado también llevaban la toga y solían quedarse fuera del lugar de reunión, aunque el emperador Calígula les permitió hacer la guardia también en el interior.

Al servicio del emperador

Algunos emperadores se obsesionaron por su seguridad personal hasta extremos insospechados. Claudio, por ejemplo, no se atrevía a ir a los banquetes si no era rodeado de sus guardias armados con lanzas. Tampoco visitaba a ningún enfermo sin hacer registrar antes su dormitorio y examinar y sacudir los colchones y las colchas. También exigía registrar con el mayor rigor y sin excepciones a las personas que venían a saludarle. Cuando su esposa Mesalina cometió adulterio con Cayo Silio, pensando que éste se proclamaría emperador, corrió aterrorizado a buscar refugio en el campamento pretoriano. Al excéntrico Nerón, en sus correrías nocturnas por las calles de Roma, le seguían de lejos unos tribunos que lo custodiaban, ya que en una ocasión un personaje del orden senatorial había estado a punto de matar a golpes al emperador por propasarse con su mujer.

A veces, la seguridad de los emperadores podía verse seriamente comprometida. Se cuenta que durante el reinado de Cómodo un bandido llamado Materno, que había sido soldado, tramó junto con sus secuaces acabar con la vida del césar; su plan consistía en  mezclarse entre la guardia, armados y disfrazados de pretorianos durante un festival de primavera en el que era lícito usar disfraces. Por suerte para Cómodo, algunos de los suyos traicionaron a Materno y la conspiración fue descubierta antes de que pudiese llevarse a cabo. De ese modo, el bandido que quiso ser emperador acabó decapitado.

De los desfiles al campo de batalla

Los pretorianos también custodiaban al emperador en sus desplazamientos por Italia y otras regiones del Imperio. Cuando el emperador estaba en camino se enviaba un destacamento por delante para despejar la ruta y atajar peligros potenciales. Se dijo de Tiberio que cuando en uno de sus viajes su litera quedó enredada en unas zarzas tiró al suelo al explorador responsable, un centurión de las primeras cohortes, y lo azotó casi hasta la muerte. La guardia protegió al mismo Tiberio durante su exilio en la isla de Capri, a Nerón en su viaje por Grecia y a Adriano en su villa de Tívoli o en sus frecuentes viajes por las provincias. En su fidelidad a la persona del césar, la guardia pretoriana le acompañaba incluso en su último viaje, el cortejo fúnebre.

Los pretorianos actuaban además como guardia de honor en las distintas ceremonias oficiales; por ejemplo, las que festejaban la salida del emperador cuando iba a la guerra o regresaba victorioso, su aniversario o la recepción de embajadores. Asimismo, eran responsables del mantenimiento del orden en Roma, ayudaban al cuerpo de vigiles (bomberos) en la extinción de incendios, reprimían rebeliones e investigaban las conjuras contra el emperador. Durante los espectáculos públicos montaban guardia, e incluso podían participar en ellos; el emperador Claudio, por ejemplo, hizo que un grupo de jinetes pretorianos abatiera fieras africanas en el circo Máximo.

Pero la guardia pretoriana también demostró ser una verdadera fuerza de combate. Su equipamiento militar era similar al de los legionarios, si bien se distinguían por llevar motivos específicos en sus escudos, como el rayo alado, la luna y las estrellas o el escorpión, símbolo zodiacal del emperador Tiberio. Sus portaestandartes tenían la particularidad de llevar enseñas con las efigies de los distintos emperadores y se cubrían con una piel de león. Sus intervenciones fueron numerosas dado que el emperador, cuando entraba personalmente en campaña, les ordenaba acompañarlo o bien enviaba a sus oficiales pretorianos para guiar la contienda. Por ejemplo, a comienzos del gobierno de Tiberio, Germánico y Druso fueron enviados al frente de la guardia pretoriana para sofocar las revueltas de las legiones de Germania y Panonia. En tiempos de Domiciano, el propio prefecto del pretorio, Cornelio Fusco, murió en combate contra los dacios. Los pretorianos también lucharon contra estos últimos en las guerras dácicas, bajo el mando de Trajano, y se enfrentaron a los pueblos germánicos durante el gobierno de Marco Aurelio.

Rebeliones y conjuras

El gran poder militar y policial que adquirió la guardia pretoriana tuvo un reverso: las constantes rebeliones y conjuras que protagonizaron contra los emperadores para imponer a su candidato preferido. Uno de los momentos más turbulentos se produjo en el año 192, a la muerte de Cómodo. Los pretorianos eligieron como emperador a Pértinax, un anciano senador, pero al ver que ponía freno a sus desmanes y a su poder ilimitado decidieron deshacerse de él y lo asesinaron en su palacio. A continuación, pusieron el trono imperial literalmente a subasta, pregonando desde los muros de su campamento que el cargo de emperador estaba en venta e iría a parar a quien les ofreciera más dinero. Un ex cónsul llamado Didio Juliano les prometió una gran cantidad de dinero, asegurándoles también que volverían a tener plena libertad de acción. Ellos aceptaron y lo escoltaron desde el campamento hasta el palacio imperial en medio de fuertes medidas de seguridad.

Poco después, sin embargo, llegó a Roma Septimio Severo, que había sido proclamado emperador por las legiones de Iliria y que convenció al Senado para que decretara la muerte de Juliano. A continuación, Septimio invitó a los pretorianos a que salieran desarmados del campamento para jurarle fidelidad, pero cuando se presentaron con los uniformes de gala los hizo apresar. Les perdonó la vida, pero ordenó expulsarlos de Roma. A partir de entonces se reclutó a los pretorianos entre las legiones de frontera.

En los primeros años del siglo IV, los pretorianos elevaron al trono a otro de sus candidatos, Majencio, pero Constantino lo derrotó en Roma, en la célebre batalla del puente Milvio librada en el año 312. A continuación, el vencedor decidió disolver la guardia. Terminaron así tres siglos de luces y sombras, de heroicidades e infidelidades de la guardia encargada de proteger el corazón de Roma.

Para saber más

La guardia pretoriana. Boris Rankov. RBA-Osprey, Barcelona, 2009.
Pretorianos. La guardia imperial de la antigua Roma. A. R. Menéndez Argüín. Almena, Madrid, 2006.
Pretoriano. S. Scarrow. Edhasa, Barcelona, 2012.

9 mayo 2014 at 5:22 pm Deja un comentario

¿Quién fue Poncio Pilato?

Millones de personas han repetido en la Historia el nombre de este cruel gobernador de Judea, según Filón, y santo para los coptos, que tuvo en sus manos la vida y muerte de Jesucristo

Caesarea_maritima

Piedra hallada en Cesarea en 1961 con una dedicatoria a Tiberio de Poncio Pilato

Ni Julio César, ni Augusto, ni Nerón… La figura del Imperio Romano más evocada en la Historia es la de Poncio Pilato. Millones de cristianos recitan en el Credo desde época muy temprana -al menos desde el s.II- que Cristo «padeció bajo el poder» de este prefecto romano, subrayando así que la muerte de Jesús de Nazareth fue un hecho histórico.

Poco podía imaginar este gobernador de Judea que iba a ser recordado por aquel proceso. Ni que el gesto de lavarse las manos que relata San Mateo en su evangelio para expresar que Jesús fue condenado injustamente asociaría para siempre su recuerdo con el de una persona que pretende descargarse de una responsabilidad. «Pilato se ha convertido en un símbolo tradicional de la vileza y de la sumisión a los bajos intereses de la política», señalaba José Antonio Pérez-Rioja en su «Diccionario de Símbolos y Mitos».

Del quinto prefecto de Judea, designado por Tiberio, no se sabe con seguridad ni dónde nació ni cómo fue su vida antes de llegar a esta provincia romana que gobernó desde el año 26 al 36 d.C.. El periodista italiano Vittorio Messori, en su investigación sobre la Pasión y Muerte de Jesús titulada «¿Padeció bajo Poncio Pilato?», señala que era de la noble familia de los Poncios, originaria probablemente del territorio samnita próximo a Benevento (Italia). Pertenecía al orden ecuestre, no a la clase senatorial más aristocrática, por lo que a ojos de sus superiores era «un hombre obligado a “hacer carrera”», según el teólogo José Antonio Pagola («Jesús, aproximación histórica»).

Cuando recibió a Jesús aquella víspera de la Pascua del año 784 de la fundación de Roma, llevaba siete años al frente de esta conflictiva provincia romana cuya capital era Cesarea Marítima, a unos 100 kilómetros de Jerusalén, donde contaba con cerca de 3.000 soldados. Pilato solo acudía a la ciudad sagrada de los judíos en las fiestas y entonces se alojaba en el palacio-fortaleza construido por Herodes el Grande. En la ciudad tenía dos cohortes auxiliares de guarnición, con cuartel en la Torre Antonia.

Una piedra del anfiteatro de Cesarea hallada en 1961 por arqueólogos italianos con una dedicatoria de Pilato al emperador Tiberio confirmó el cargo de prefecto de este personaje histórico del que ya daba cuenta Tácito en los Anales, así como Flavio Josefo en sus «Antigüedades judías».

Tanto este último historiador nacido en Roma 37 años después de Cristo, como Filón de Alejandría, coetáneo de Jesús, describen a Pilatos como una persona cruel. Filón señala incluso que se caracterizaba por «su venalidad, su violencia, sus robos, sus asaltos, su conducta abusiva, sus frecuentes ejecuciones de prisioneros que no habían sido juzgados, y su ferocidad sin límite» («De legatione ad Gaium», 302).

Flavio Josefo narra que Pilato introdujo en Jerusalén unos estandartes con el busto de Tiberio, que originaron un gran revuelo hasta que Pilato acabó cediendo y las retiró. Relata también que utilizó dinero del Templo para construir un acueducto. En esta ocasión, sin embargo, las iras judías fueron duramente reprimidas. Hacia el año 35 también reprimió con violencia a los samaritanos en el monte Garizim y ejecutó a sus dirigentes, acción por la que Vitelio, legado de Siria, le ordenó que volviera a Roma para dar cuenta al emperador. Cuando llegó, en la primavera del 37, Tiberio había muerto no hacía mucho. «Según una tradición recogida por Eusebio, cayó en desgracia bajo el imperio de Calígula y acabó suicidándose», señala Juan Chapa, profesor de Teología de la Universidad de Navarra.

Lo cierto es que tampoco se sabe con seguridad cómo y dónde murió Poncio Pilato. Una leyenda cuenta que Pilatos se mató con su propio cuchillo y su cuerpo fue después atado a una rueda de molino y arrojado al Tíber, pero se perturbaron las aguas, por lo que fue llevado a Vienne y hundido en el Ródano. Como volvió a ocurrir lo mismo, se llevó hasta un lago de una montaña cercana a Lucerna (Suiza), aún hoy llamada Pilato.

Otros creen que Pilato fue cesado y desterrado a la Galia donde murió. «Probablemente no fue un hombre tan sangriento y malvado como lo describe Filón, pero ciertamente fue un gobernador que no dudaba en recurrir a métodos brutales y expeditivos para resolver los conflictos», estima Pagola en su aproximación histórica a los hechos.

«Pilato es un tipo de hombre mundano, conocedor del derecho y ansioso de cumplirlo en la medida que pudiera ser hecho sin sacrificio personal de ninguna clase, pero cediendo fácilmente a la presión de aquellos cuyo interés era que él actuase de manera diferente. Él hubiera gustosamente absuelto a Cristo, y hasta hizo serios esfuerzos en esa dirección, pero cedió a la presión de inmediato cuando su propia posición fue amenazada», señala la Enciclopedia Católica.

Tertuliano y Justino Mártir hablan de unas actas hoy desaparecidas sobre el juicio y la crucifixión de Jesús que supuestamente Pilato envió al emperador Tiberio y que dio pie a la creencia de que el gobernador de Judea acabó convirtiéndose al cristianismo, como también lo haría su mujer Claudia Prócula, la misma que según San Mateo le advirtió: «No te mezcles en el asunto de este justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho». A Prócula se la venera como santa en la Iglesia Ortodoxa griega y en la etíope.

Más sorprendente resulta comprobar que el mismo Poncio Pilato, que tuvo en sus manos la vida y la muerte de Jesús, es considerado santo por la iglesia etíope y la copta egipcia. Algunos textos apócrifos le llegan a asignar incluso un final de mártir.

Fuente: M. Arrizabalaga | ABC     18/04/2014

18 abril 2014 at 10:07 am Deja un comentario

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