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La Tierra, un infierno en el corazón del Cosmos
Ángel Díaz | El Mundo – Ciencia
Plutarco creía que en la Luna habitaban unos misteriosos seres inteligentes. | Afp
La primera comunidad de estudiosos que se dedicó a observar los cielos de forma sistemática fue la Academia ateniense, origen de las actuales universidades. Allí también se impartían otras disciplinas relacionadas con la astronomía, como la geometría y la aritmética, además de dialéctica y música. Esta última materia, en realidad, también se consideraba entonces emparentada con los cuerpos celestes y, más en concreto, con los armoniosos movimientos de sus órbitas. Se trata de una idea pitagórica que tuvo gran aceptación: muchos siglos después, el gran astrónomo Johannes Kepler aún dedicaría una de sus principales obras a la música de las esferas.
La Academia debe su nombre a que se levantaba fuera de las murallas de Atenas, en los jardines del héroe Academos, rival mitológico de Teseo, quien perdió a su amada a manos de la diosa lunar Artemisa. El noble Arístocles de Atenas, más conocido como Platón, fundó esta escuela en 387 a. de C. Allí estudió durante veinte años Aristóteles, quien después fundaría su propio Liceo, pero no sin antes heredar de su maestro una visión de la astronomía que perduraría hasta la edad moderna. Según ambos pensadores -que no estaban de acuerdo en casi nada más-, la Luna no era en absoluto equiparable a nuestro planeta, sino que se trataba de un cuerpo perfecto y puro, perteneciente al mundo supraterrenal.
Desde el punto de vista científico, la tesis suponía un gran paso atrás respecto a las agudas observaciones de Anaxágoras de Clazomene, pero tanto Platón como Aristóteles consideraban que la descripción de la naturaleza tenía que ser coherente con la metafísica y estar supeditada a ella. Tanto la Academia como el Liceo florecieron durante siglos y albergaron a grandes pensadores, hasta que, en el año 529, ambas fueron absorbidas por el Imperio romano, por orden del emperador bizantino Justiniano I. Aunque la astronomía desarrollada en la Academia y el Liceo prolongaría su influjo durante más de un milenio, en gran parte gracias a los trabajos de Eudoxo de Cnido, contemporáneo de Platón y primero en establecer con exactitud la duración del año.
Nacido en el 408 a. de C., Eudoxo fue uno de los primeros astrónomos en oponerse a los horóscopos y la astrología, aunque no porque no creyese en la adivinación, sino más bien porque se dio cuenta de que los movimientos de los orbes eran mucho más complejos de lo que suponían los expertos en esta actividad. “Cuando creen hacer previsiones acerca de la vida de un ciudadano con sus horóscopos, basados en la fecha de su nacimiento, no debemos dar crédito alguno. Las influencias de los astros son tan complicadas de calcular que no existe hombre en la faz de la Tierra que lo pueda hacer“, argumentaba.
Tras abandonar Atenas, Eudoxo fundó su propia Escuela de Filosofía, Matemáticas y Astronomía en su ciudad natal, para la que también redactó una constitución democrática. Levantó un observatorio en su ciudad y otro cerca de Heliópolis, a orillas del Nilo, desde donde estudió los cielos, los cambios meteorológicos de la atmósfera y las subidas y bajadas del río. Pero antes dejó construido en la Academia un artilugio con esferas concéntricas y transparentes que representaban los movimientos de la Luna, el Sol, los planetas y las estrellas. Todos ellos giraban sobre dichas esferas y alrededor de la Tierra, que era también esférica pero permanecía inmóvil en el interior del ingenio. Eudoxo se las arregló para dar cuenta de los movimientos de todos los cuerpos celestiales conocidos con solo cuatro esferas, pero este modelo del cosmos causó una honda impresión en Aristóteles, quien lo desarrolló hasta incluir en él cincuenta y cinco esferas de cristal.
La diferencia entre el modelo de Eudoxo y el de Aristóteles no es solo cuantitativa, sino también cualitativa. Se cree que Eudoxo diseñó su sistema de esferas como un mero recurso práctico que le permitiera entender las órbitas de los astros. Para Aristóteles, en cambio, las esferas eran una realidad material: existían en el cosmos y estaban compuestas por éter, el elemento ligero y puro que llenaba el firmamento. La idea de este supuesto material, que jamás ha existido, no sería desechada del todo hasta que Albert Einstein publicó en 1905 su teoría de la relatividad especial. El modelo cosmológico geocentrista de Eudoxo y Aristóteles tuvo un éxito considerable, pero solo tuvieron que pasar unos pocos años para que alguien les llevara la contraria y afirmara que era la Tierra la que se movía alrededor del Sol, y no al revés.
Primer sistema heliocéntrico
Fue Aristarco de Samos, nacido en 310 a. de C. y discípulo de uno de los directores del Liceo aristotélico, Estratón de Lámpsaco. Este astrónomo y matemático no solo fue el primero en proponer un sistema heliocéntrico, lo que lo convierte en el precursor de Copérnico, sino que estuvo a punto de ser procesado por insistir en que la Tierra tenía forma esférica. También sabía que rota sobre su propio eje cada veinticuatro horas, pero sus contemporáneos no aceptaron sus teorías.
Es muy posible que fuesen sus observaciones durante un eclipse lunar las que lo llevaron a la revolucionaria conclusión de que el Sol era mucho más grande que la Tierra y, además, estaba en el centro del universo (que entonces no excedía nuestro sistema planetario). Aristarco aprovechó el eclipse de Luna de 270 a. C para medir la distancia que separa a la Tierra de su satélite. Para ello midió el tiempo que la Luna tardaba en atravesar la sombra de nuestro planeta durante el eclipse. No está claro si Aristarco llegó a calcular el valor correcto o cometió algún fallo en las mediciones, pero este dato, junto a la geometría que ya se conocía en sus tiempos, le hubiera permitido establecer que ambos cuerpos se encuentran a 60 radios terrestres de distancia. La distancia real varía entre 55 y 63 radios terrestres, por lo que la estimación puede considerarse todo un acierto.

Mediciones de la Luna, el Sol y la Tierra realizadas por Aristarco de Samos. | Librería del Vaticano
A partir de estos resultados, también intentó medir la distancia a la que se encuentra el Sol, pero aquí sí sabemos que cometió un error al medir el ángulo entre la Luna y nuestra estrella, así como el tamaño de la Tierra en relación a su satélite. Aun así, acertó en lo fundamental. Sus soluciones sobre el tamaño y la distancia del astro rey diferían mucho de la realidad, pero dejaban claro que el Sol estaba mucho más lejos que la Lunay debía ser mucho más grande que nuestro planeta, algo que sin duda debió influir en el desarrollo de su sistema heliocéntrico: un astro de semejante tamaño no podía quedar recucido al papel de mera comparsa.
Pero el astrónomo Hiparco de Nicea, nacido en 190 a. de C., se dio cuenta de que las predicciones orbitales del aún imperfecto sistema de Aristarco no concordaban con sus observaciones, de modo que volvió a situar a la Tierra en el centro del cosmos. Hasta casi diecinueve siglos después, esta no sería devuelta al lugar que le corresponde. Hiparco defendió el modelo geocéntrico por motivos puramente científicos y para mejor explicar los datos a los que se tenía acceso en su tiempo. Realizó importantes descubrimientos, como la precesión de los equinoccios, y fue el último gran estudioso de los orbes celestes de la Grecia clásica; su relevo lo tomarían los astrónomos árabes de la Edad Media. Pero, antes de eso, un célebre historiador formado en la Academia platónica escribiría un sugerente libro sobre una discusión astronómica muy en boga en aquel momento. Concretamente, sobre la cara que aparece en el orbe de la Luna.
Compuesto a modo de diálogo entre varios personajes, en él se presentan las opiniones dominantes en la época sobre el origen y naturaleza de las manchas lunares, un debate que se prolongaría durante siglos y no acabaría de resolverse hasta la llegada del programa Apolo.
Los seres inteligentes de la Luna
El autor de esta obra, Plutarco, ha sido considerado gracias a ella el primer divulgador científico de la historia, al menos en lo que a estudios astronómicos se refiere. El personaje central del diálogo es Lamprias, quien defiende, frente a los aristotélicos, la tesis de Anaxágoras de que la Luna es un cuerpo sólido. El principal oponente de Lamprias es Farnacio, quien sostiene que el satélite está hecho de fuego. Un matemático imaginario llamado Apolónidas es el encargado de defender que la Luna tiene valles y montañas, tal y como había dicho ya un contemporáneo de Sócrates, Demócrito de Abdera.
Los personajes partidarios de Aristóteles argumentan en la obra que las manchas lunares son una ilusión óptica o bien el reflejo de los accidentes geográficos terrestres. Lamprias refuta estas teorías, con más o menos acierto: sostiene que la Luna no es lo bastante brillante como para provocar semejantes ilusiones ópticas, lo cual es correcto; pero también argumenta que no puede reflejar las montañas y mares terrestres porque no está mirando directamente a nosotros, lo cual es falso porque asume que la Luna es un disco plano como la superficie de un espejo. Plutarco no aceptaba que nuestro satélite fuese un cuerpo perfecto y usó al personaje de Lamprias para defender sus propias ideas, pero el desarrollo del diálogo nos muestra que, en aquella época, no resultaba nada sencillo rebatir los razonamientos aristotélicos.
Tampoco era fácil de refutar la idea de que la Luna, al contrario de lo que decía Parménides, brilla con luz propia. Farnacio sostiene que el tono rojizo que adquiere este astro durante un eclipse lunar, cuando la luz del Sol no le está llegando, demuestra que ha de estar hecho de fuego. Plutarco no podía saber que este color se debe a la difracción de la luz provocada por la atmósfera, de modo que su personaje Lamprias no logra dar una respuesta convincente y se entretiene en una disquisición filosófica sobre la naturaleza de dicho fuego, cuya existencia considera inviable.
Lamprias intenta entonces convencer a sus rivales de que la Luna alberga seres inteligentes, los cuales seguramente contemplarán a la Tierra en su firmamento y se preguntarán de qué está hecha y si acogerá vida similar a la suya. Los selenitas, de acuerdo con este personaje, tendrían un punto de vista exactamente contrario al nuestro: mirarían hacia abajo y se encontrarían con un mundo quieto, oscuro y envuelto en nubes y vapores, por lo que interpretarían que nuestro planeta es el infierno y que el suyo es el único cuerpo terrestre del cosmos, situado a medio camino entre el inframundo y el firmamento.
Plutarco, que en el fondo era un hombre de letras, jamás habría podido desafiar matemáticamente el modelo geocéntrico, pero hizo algo quizás aún más osado: redujo a la Humanidad a la condición de meros terrícolas, y a nuestra visión del cosmos a una simple cuestión de perspectiva. Desempeñó una amplia variedad de trabajos durante su vida, incluidos los de magistrado y embajador, y escribió sobre temas tan variados como la moral y la zoología. Nunca se dedicó en serio a la astronomía, pero sin duda le apasionaba esta ciencia. Así lo demuestra este libro, el único dedicado a los cielos en la amplísima obra que nos dejó.
La ‘música’ de las esferas
La astronomía de la edad clásica culmina con el ciudadano romano de ascendencia griega Claudio Ptolomeo. Nacido en Egipto alrededor del año 85, fue contemporáneo de Plutarco, aunque mucho más joven. Vivió en la ciudad de Alejandría y se cree que trabajó en la célebre Biblioteca de esta ciudad. Se inspiró en los trabajos de Hiparco, pero contaba con mejores datos, por lo que pudo definir de un modo aún más preciso los movimientos del Sol, la Luna, los planetas y las estrellas. Eso sí, la Tierra seguía en el centro del cosmos. Todo ello quedó recogido en una obra que nos ha llegado gracias a su traducción árabe y que se convertiría en el libro astronómico de referencia durante más de catorce siglos.
El Almagesto (Gran Tratado) de Ptolomeo es, tras los Elementos del matemático Euclides, la obra científica que más tiempo ha permanecido en vigor. En ella se muestra una descripción del universo inspirada en el modelo esférico de Aristóteles y Eudoxo, aunque mucho más desarrollada desde el punto de vista matemático. Ptolomeo, como Platón y los pitagóricos, creía en la música de las esferas, y también redactó un tratado de armonía musical. Pero su mayor goce era contemplar el firmamento: “Cuando trazo a mi placer el vertiginoso ir y venir de los cuerpos celestes, dejo de tener los pies sobre la Tierra: estoy en presencia del mismísimo Zeus y tomo mi ración de ambrosía, el manjar de los dioses“.
Aunque se basó siempre en datos empíricos, el sistema geocéntrico que creó encajaría como un guante en la filosofía cristiana que dominó Occidente en la Edad Media. Por ello, aun cuando nuevas y mejores observaciones dejaron obsoleto este modelo, no fue fácil desprenderse de él. La idea de un universo bello y armónico, con la Tierra anclada en su corazón, enseguida se vería respaldada por los valores culturales y religiosos del momento; separarla de ellos sería un proceso largo y traumático.
Maldiciones romanas
Foto: Celia Sánchez Natalías, Universidad de Zaragoza
Los ciudadanos del Imperio romano tenían la costumbre de dejar constancia por escrito de cualquier agravio del que pudieran ser objeto. Grababan sus quejas en finas láminas de plomo que después enrollaban, perforaban con clavos y enterraban en tumbas o arrojaban a los pozos. Una tablilla de hace 1.600 años, conservada en el Museo Arqueológico Cívico de Bolonia y traducida recientemente, clama venganza sobre un veterinario llamado Porcello.
Pocas afrentas eran consideradas irrelevantes. Se han hallado más de 1.500 piezas, entre ellas 130 de Aquae Sulis (la actual Bath, en Inglaterra) que piden venganza por el robo de zapatos u otros objetos sustraídos mientras su propietario se bañaba en las termas. Algunas inscripciones están firmadas, otras contienen la imagen del culpable. Muchas ruegan a una deidad poderosa que acabe con la vida del sospechoso. «Estos textos son importantes porque muestran, con total sinceridad, los deseos, angustias, miedos y preocupaciones de la gente normal –dice Celia Sánchez Natalías, de la Universidad de Zaragoza–, y no de los grandes personajes como Augusto o Cicerón, de los que tenemos numerosos testimonios.»
Fuente: Johnna Rizzo | National Geographic
Una tesis defiende el importante peso de Quintiliano en la cultura europea
Una tesis defendida en la Universidad de La Rioja (UR) señala el “importante” peso que los autores clásicos, como Quintiliano, tuvieron durante siglos en el desarrollo de la cultura europea, lo que dota a la misma de un notable grado de homogeneidad durante toda la Edad Moderna.
Esta es una de las conclusiones de la tesis “Tradición clásica en la Edad Moderna: el legado de Quintiliano y la cultura del Humanismo”, defendida en la UR por Guillermo Soriano Sancha, por la que ha obtenido el título de doctor.
Esta tesis ofrece una muestra de la influencia que la tradición clásica tuvo en el desarrollo de la cultura de Occidente durante varios siglos, para lo que estudia a Marco Fabio Quintiliano, un orador y maestro de retórica hispanorromano del siglo I d.C., autor de un tratado educativo titulado “Institutio Oratoria”.
La obra de Quintiliano es muy amplia y, junto con los contenidos educativos y retóricos, recoge un gran número de ideas y planteamientos procedentes de otros autores antiguos, por lo que es una fuente muy valiosa del pensamiento del mundo clásico, ha detallado la UR en una nota.
Como consecuencia de ello, la “Institutio Oratoria” fue una obra apreciada en la Edad Media, cuando fue usada como manual educativo y retórico.
Fuente: EFE | La Rioja
El ADN desmiente a Evans: los minoicos eran europeos
Según una reciente investigación, los minoicos, los artífices de la primera civilización avanzada de Europa, eran realmente europeos
Pintura mural del Palacio minoico de Cnosos, Creta
A esta conclusión, publicada ayer (14 de mayo) en la revista Nature Communications, se ha podido llegar mediante la comparación de ADN de esqueletos minoicos de 4.000 años de antigüedad con material genético de habitantes de Europa y África, tanto del pasado como de la actualidad.
“Ahora sabemos que los fundadores de la primera civilización europea avanzada eran europeos”, asegura el coautor del estudio, George Stamatoyannopoulos, especialista en genética humana de la Universidad de Washington. “Eran muy similares a los europeos del Neolítico y muy similares a los actuales cretenses”.
Si bien esto puede sonar muy intuitivo, los hallazgos desafían sin embargo la teoría largamente sostenida de que los antiguos minoicos provenían de Egipto.
La primera civilización europea
La cultura minoica surgió en Creta, hoy parte de Grecia, y floreció desde el 2.700 al 1.420 a.C. aproximadamente. Hay quien cree que una erupción masiva del volcán Thera en la isla de Santorini condenó a la civilización de la Edad de Bronce, mientras que otros sostienen que fueron los invasores micénicos quienes derrocaron a la anterior potencia.
En nuestros días, los minoicos suelen ser más conocidos por el mito del minotauro, una criatura mitad hombre, mitad toro que habitaba en el interior de un laberinto en Creta.
Cuando hace más de 100 años el arqueólogo británico Sir Arthur Evans descubrió el palacio minoico de Cnosos, quedó deslumbrado por su belleza. También observó una misteriosa similitud entre el arte minoico y el egipcio, y no creyó que esta cultura fuera de cosecha propia.
“Es por eso que Evans postuló que esta civilización procedía de Egipto o de Libia,” señala Stamatoyannopoulos a LiveScience.
Claves genéticas
Para probar esta idea, el equipo de investigación analizó el ADN de restos humanos de antiguos minoicos hallados en una cueva en Lassithi Plateau de entre 3.700 y 4.400 años de antigüedad. Compararon el ADN mitocondrial de los huesos, que se transmite a través de la línea materna, con el de muestras pertenecientes a 135 poblaciones modernas y antiguas de toda Europa y África.
Los investigadores descubrieron que los esqueletos minoicos eran genéticamente muy similares a los europeos de hoy en día – sobre todo a los de los actuales cretenses, y particularmente a los de Lassithi Plateau. También que eran genéticamente similares a los europeos del Neolítico, pero distintos a los de poblaciones de Egipto o Libia.
Fuente: Tia Ghose, LiveScience | Mysterious Minoans Were European, DNA Finds
Los romanos utilizaban mitos griegos en sus mosaicos como símbolos de civilización
Entrevista con la profesora Luz Neira de la UC3M en relación a una investigación coordinada en la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M).
Analiza las representaciones mitológicas en los mosaicos romanos y evidencia que los miembros más poderosos de las élites seleccionaban dioses y héroes griegos como símbolos con unos valores universales que reforzaban lo que significaba Roma.
Más información en: http://www.historiayarqueologia.com
Cuando éramos romanos: Floralia
Israel J. Espino | HOY.es
Esclavas y matronas se unían en los bailes de Floralia (A. Briz)
Cuando éramos romanos no nos perdíamos una fiesta. Y ahora tampoco. Algunas las hemos customizado. Otras las hemos adaptado al cristianismo y las pocas que hemos perdido las estamos recuperando.
Y eso es lo que hemos hecho con Las Floralias (en latín Floralia), recuperada desde hace dos años entre las ruinas romanas de Cáparra, restos mudos de un esplendor pasado que una vez al año resucita con la invocación que nobles y plebeyos lanzan a la diosa Flora:
- Madre de las flores, ven, que has de ser festejada con juegos y regocijos.
Y por los dioses que se festeja, aunque no con la misma intensidad que nuestros ancestros. Hace un par de milenios comenzaban a finales de abril y terminaban en mayo, y se jugaba, se bailaba y se bebía como si no hubiese un mañana.
Ahora dura sólo un día, pero a ella acuden arqueólogas, peluqueras, camareros y abogados, sociólogos y electricistas con sus mejores galas romanas. Como antes. Son parte de una asociación llamada Emérita Antiqua que recrea como nadie la sociedad romana de Mérida. Senadores, taberneras, soldados, centuriones, esclavos y esclavas, todos con su nombre, ropaje y espíritu romano.
Y eso era Floralia, una fiesta democrática que aunaba a libertos y esclavos, a matronas y prostitutas quienes, por cierto, y según Juvenal, bailaban desnudas y luchaban en simulacro de combates como gladiadoras.
Ofrecíamos rosas a la diosa y bebíamos menta y miel (símbolos de Venus), las mujeres vestíamos ropas multicolores para imitar la policromía del campo y todos (hombres, mujeres y niños) nos adornábamos con coronas de flores y cintas de colores.
Ovidio señala que liebres y cabras (considerados animales especialmente fértiles y lascivos) eran liberados ceremonialmente como parte de estas fiestas. Persio afirma que la multitud recibía una lluvia de guisantes, habas o altramuces, también símbolos de fertilidad.
Como diosa de las flores, la vegetación y la fertilidad, a ella se dedicaban los juegos florales que se abrían con actuaciones teatrales y terminaban con competiciones y espectáculos y un sacrificio a Flora. Cuentan los historiadores que en el año 30 los espectáculos de Floralia ofrecían hasta un elefante en la cuerda floja. Nosotros no hemos llegado a tanto, pero voy a proponer que ofrezcan, el año que viene, el espectáculo de ver a algún banquero sin vergüenza o algún político sin palabra en la cuerda floja.
Después de todo, la primavera siempre ha sido tiempo de flores, pero también de revoluciones.
El mosaico de los Amores de Cástulo desde hoy en internet
El Mosaico romano de Los Amores abierto desde hoy a los internautas
El Mosaico de los Amores, como han llamado los arqueólogos a los restos romanos encontrados en la ciudad íbero- romana de Cástulo (Jaén), se puede ver desde hoy en alta resolución, desde cualquier parte del mundo, por internet.
En la dirección http://gigapan.com/gigapans?query=mosaico+de+los+amores y, gracias a un trabajo de fotografía de alta calidad, se ha inmortalizado tesela a tesela este mosaico.
El mismo, reconocido por Nacional Geographic entre los descubrimientos más importantes del 2012 y fechado entre finales del siglo I y principios del II, ha sido presentado hoy en la Universidad de Jaén (UJA).
Gracias al trabajo de fotografía, además se pueden saber muchos detalles, fundamentalmente sobre su conservación, según ha explicado a Efe Marcelo Castro, investigador principal del proyecto FORVM MMX.
Esto también permitirá que investigadores de cualquier parte del mundo puedan aportar sus conocimientos al hallazgo, o saber cómo se elaboró el mosaico, qué teselas se pusieron primero, o cómo se diseñaron sus dibujos.
Durante la presentación se ha podido también ver un vídeo (http://www.youtube.com/watch?v=r_vcei0vD8c) con imágenes idealizadas de cómo pudo ser aquella ciudad romana.
Cástulo tuvo una situación estratégica en la cabecera del Valle del Guadalquivir, al ser el último puerto navegable del Betis, un municipio que tuvo capacidad para acuñar moneda y ser sede episcopal en la época del Bajo Imperio.
El Mosaico de Los Amores muestra a través de teselas de pequeño tamaño, características del Alto Imperio y semejantes a las de Pompeya, de piedra y pasta de vidrio en tonos rojos, amarillos, verdes o azules, de forma clara, dos mitos clásicos.
Uno de ellos es el del juicio de Paris, por el que comenzó la guerra de Troya, tras el enfrentamiento de Juno, Venus y Minerva por la manzana de la discordia.
También aparece el mito de Selene (diosa griega que en la mitología romana era la Luna) y Endimión, pastor del que se enamoró y que cayó en un profundo sueño del que solo despertaba para ella.
Pero el mosaico es solo uno de los hallazgos, ya que gracias a las últimas excavaciones, en las que se buscaba el foro de Cástulo, objetivo no logrado, se han descubierto espacios públicos altamente significativos del centro monumental, como un edificio de época alto imperial, identificado con “el tesoro” de la ciudad, que acogió durante los siglos IV y V el establecimiento de una comunidad judía.
El otro edificio hallado, donde además se encuentra el mosaico de Los Amores, pudo ser la sede del culto imperial, en un complejo donde se intercalaban patios con espacios cubiertos, pavimentados con mosaicos y muros estucados.
El 1 de junio comienzan de nuevo las excavaciones donde cientos de voluntarios se unirán al trabajo de los expertos para seguir sacando a la luz la historia de una ciudad, escenario de guerras púnicas y lugar de nacimiento de una princesa ibera llamada Himilce, unida en matrimonio al cartaginés Aníbal.
Fuente: EFE | eldiario.es
Hallan una pizarra que muestra la contabilidad de los últimos romanos en Lusitania
Un equipo de investigadores del CSIC ha analizado el objeto para desvelar los usos de estos frecuentes pero poco conocidos documentos históricos
La pizarra de Valdelobos es una de las pocas encontradas en el entorno de Mérida
Ya en la época visigoda (siglos VI-VIII) antes de que se extendiera el uso del papel, era necesario algún tipo de medio que permitiera hacer anotaciones ‘de usar y tirar’ para, por ejemplo, facilitar la contabilidad de un almacén o hacer ejercicios de escritura. Este era el objetivo de las pizarras numerales, unos documentos escritos muy frecuentes –se conocen más de 2.000 en España–, que continúan siendo poco conocidos, ya que su información se reduce a números sin ninguna indicación.
“Descifrar su significado es todo un reto, porque son documentos de difícil interpretación que nos acercarían a la cultura y a los modelos de gestión de unas sociedades que se escapan a la documentación habitual”, explica a SINC Iñaki Martín, profesor de Historia Medieval de la Universidad de Salamanca. “Nuestro estudio plantea el origen y la evolución de los procesos culturales y sociales que están detrás de las pizarras numerales”, añade.
Martí y su compañero Tomás Cordero, junto a un equipo de arqueólogos e historiadores, analizaron una pizarra numeral encontrada en el yacimiento de Valdelobos (Montijo, Badajoz), datada entre los siglos IV y V; anterior a la cronología visigoda. Este yacimiento fue una villa tardorromana, posteriormente reconvertida en necrópolis visigoda. De este estudio se deduce que los visigodos ‘heredaron’ las pizarras del mundo clásico.
La pizarra de Valdelobos presenta dos cuentas, separadas por una línea y escritas por manos diferentes. En cada una de las líneas completas, las cantidades tienden a sumar veinte. “La suma quizá obedezca a la facilidad para calcular el total o para el almacenamiento posterior de ese bien de 20 en 20”, aclara Martín. En cada pizarra se cuenta el mismo producto –grano o aceite, por ejemplo– que, por lo tanto, no es necesario especificar.
Instrumentos de contabilidad
“La pizarra se encontró en una tumba, por lo que es un material reutilizado –explica Martín–. Aparece en una posición secundaria, es decir que forma parte de una estructura diferente a la original”. “El hecho de que aparezca en una villa implica su vinculación con las élites del momento”, indica Martín. El uso de la pizarra se puede asociar a las actividades profesionales o domésticas del propietario de la villa.
El que escribía sabía sumar y multiplicar. “Esto descarta a la población campesina, que ni poseía esos conocimientos ni necesitaba redactar estos documentos”, asegura el historiador. Las conclusiones pueden extrapolarse a otras pizarras halladas en contextos tardorromanos y permite establecer su origen en la gestión de la propiedad, que se extendió a otros ambientes posromanos.
Fuente: Iñaki Martín | ABC
Tarragona rememora su pasado romano
El festival romano Tarraco Viva, del 16 al 26 de mayo de 2013, propone innumerables actividades: conferencias, recreaciones históricas, degustaciones o visitas a museos
El anfiteatro romano de la antigua Tarraco. / XAVIER SUBIAS / GTRES
Del jueves 16 de mayo al domingo 26 de mayo de 2013 Tarragona celebra la decimoquinta edición de Tarraco Viva, el festival romano de Tarragona, dedicado a la divulgación de la historia antigua y, en especial, de la época romana. El festival nació a finales de los años noventa para expresar el apoyo ciudadano a la candidatura de la antigua Tarraco como Patrimonio Mundial de la Unesco, que se materializó en el año 2000. Su propuesta consiste en ir más allá del estudio y conservación del patrimonio histórico, esto es, busca ponerlo al alcance de un público mayoritario, de los ciudadanos de Tarragona y de sus visitantes. Por ello, no se adornan ni se decoran los espacios ni las calles, sino que se muestra la ciudad tal como es o como ha llegado a ser desde la fundación de la Tarraco romana, en el siglo III a.C. La programación se desarrolla principalmente en espacios monumentales o arqueológicos relacionados con la época romana.
En la presente edición se profundizará en el asesinato de Julio César, que cayó asesinado en el Senado víctima de una conspiración. ¿Trataron sus asesinos de restaurar las libertades republicanas al eliminar a un déspota o lo asesinaron porque percibían que un líder tan popular amenazaba sus intereses y privilegios? En 2013 también se cumplen 1.700 años de la promulgación del Edicto de Milán, que reconocía la libertad de culto en todo el Imperio romano y que favoreció, sobre todo, al cristianismo.
Por otro lado, el festival rinde homenaje a Peter Connolly, ilustrador del mundo clásico e infatigable investigador de la historia antigua, que participó en el festival en varias ocasiones y que falleció en mayo del año pasado. A lo largo de once días se ofrecen numerosas actividades relacionadas con la época romana: ciclos de conferencias y charlas; proyección de películas y documentales premiados; recreaciones históricas, por ejemplo, la ceremonia de apertura al mar, que realizaban los romanos con la llegada de la primavera; lecturas dramatizadas de las obras de Eurípides y Séneca; representaciones teatrales, en las que se podrá revivir el teatro cómico romano, o de títeres; degustación de la cocina de la República romana, incluidos los vinos más comunes del Mediterráneo; paseos por la muralla o por la ciudad de Tarraco; conciertos con instrumentos reconstruidos de época romana; jornadas de puertas abiertas en los museos; e incluso se ofrece al público la posibilidad de vestir como un senador, un legionario o un esclavo y participar en el festival.
Fuente: National Geographic














