La diosa navega sobre la marea

20 agosto 2014 at 9:46 am Deja un comentario

  • La restauración de la impresionante ‘Victoria de Samotracia’ hace aumentar las visitas en un Museo del Louvre cada vez más tumultuoso
  • Más de un millón de personas han desfilado ante la obra maestra griega desde su reciente ‘vuelta a casa’.

Victoria-de-Samotracia-Louvre

Los viajeros se agolpan bajo la ‘Victoria de Samotracia’ | MARGA ESTEBARANZ

Hay más gente si cabe. Desde el pasado 8 de julio, fecha en la que la impresionante Victoria de Samotracia fue presentada después de una minuciosa restauración, la escalera Daru se ha quedado pequeña ante la ingente marea de turistas que se agolpan a los pies de la diosa para pasmarse con la elegancia de sus formas resucitadas.

Antes ya eran muchos los que desfilaban bajo una de las tres obras más emblemáticas del Louvre, pero que carecía del aura que se le supone a una Niké triunfante. Ahora no queda hueco en los escalones. A las tres semanas de haber sido colocada de nuevo en el centro de la monumental escalera, ya han desfilado bajo ella un millón de almas. Selfies, instantáneas de la diosa sobre la nave, fotos con la familia y los amigos… la totalidad de visitantes tira de aparato, acaso sin comprender del todo qué es lo que se llevan impreso en sus tarjetas electrónicas.

Con una altura de 5,57 metros y 30 toneladas de peso, la Mensajera de la Victoria representa el momento en que, en sorprendente equilibrio, se posa sobre la proa de un navío. Fue descubierta el 15 de abril de 1863 en la isla de Samotracia, al noreste del Egeo, por el viceconsul de Francia y arqueólogo Charles Champoiseau, quien la encontró hecha pedazos en lo que fue el santuario de los Grandes Dioses. “Ha sido esculpida con un arte que ninguna de las obras griegas que conozco iguala”, escribió al embajador francés en Constantinopla. De autor desconocido, data del siglo II antes de nuestra era.

Iniciada el pasado 10 de septiembre, la restauración se ha realizado en la cercana Sala de las Chimeneas, convertida en taller de fortuna para evitar peligrosos traslados. Fueron desmontados los 23 sillares que forman la nave, comprobando los ensamblajes. También se ha retirado el bloque de cemento que en la restauración de 1932 se había colocado sin demasiado fundamento entre la estatua y el barco. Ahora, el monumento se aposenta sobre un amplio pedestal que eleva la colosal obra casi un metro sobre el suelo, ofreciendo una vista más acorde con su posición original.

Donde más luce la restauración es en el cuerpo de la diosa alada, que ha recuperado su integridad visual. Frotada la superficie de la piedra con una solución de bicarbonato de amonio, ha salido a la luz un espectacular contraste entre la blancura del mármol de Paros de la diosa y la severidad del gris mármol de Lartos, conocida cantera de la lejana Rodas, del barco donde se aposenta.

La limpieza ha resaltado la delicadeza de los pliegues de la vestimenta, apenas sustentada por un golpe de viento, que no ocultan las divinas formas de la Niké. El pecho, el ombligo, la curva del abdomen, han surgido como por encanto. El que carezca de brazos y cabeza no le resta el menor atractivo.

En el Louvre se guardan 30 fragmentos que aparecieron desgajados de la obra. Siete de ellos han podido ser colocados, cuatro en la estatua y tres en el barco. Destaca un grupo de tres plumas acopladas en la cúspide del ala izquierda. Se ha retirado una gola de yeso colocada en anteriores restauraciones, apareciendo un mechón de cabello de la diosa.

Realizada por un equipo de ocho restauradores dirigido por Daniel Ibled, se han encontrado con la sorpresa de la policromía en algunos rincones de la escultura. En especial trazos de una banda de color azul en el borde de la túnica, que conforman una suerte de galón y también en las plumas, invisibles a simple vista. “Esto no quiere decir que las alas fueran azules”, asegura el restaurador jefe. Según considera, se trata de restos de pigmento que pudo ser la base para mezclarlo con otro color.

El coste de la restauración ha sido de cuatro millones de euros. Para obtenerlos, el Louvre recurrió a una laboriosa campaña de mecenazgo. La mayor parte la aportaron grandes empresas: Nippon Televisión Holdings, F. Marc de Lacharrière y Bank of América Merrill Lynch, aunque es más reseñable la recaudación de la increíble cantidad de un millón de euros gracias a la generosidad y el chovismo de 6.700 donantes individuales. Por todos los rincones del Louvre grandes carteles explican y agradecen la campaña.

La Victoria de Samotracia junto con La Gioconda de Leonardo da Vinci y la Venus de Milo integra el trío de superstars del Louvre. El fervor que se muestra hacia el resto de obras, todas únicas e imprescindibles, no le llega a la altura de los zapatos a la sacrosanta trinidad del museo de los museos. El 90 por ciento de los visitantes sólo viene para ver a alguna de ellas. Mona Lisa se lleva la palma; ella es la primera de lejos. Para comprobarlo sólo hay que acceder a la Salle des États. Desde que en 2005 se colgó en este enorme espacio, que se creía suficiente para acoger a los visitantes, se constató que era insuficiente para acoger a la marabunta que lo inunda a todas horas.

Mona Lisa preside la sala. Protegida en todo momento al menos por dos vigilantes y dentro de una vitrina que la aisla. Frente a ella la masa se agolpa detrás de la barrera y dispara móviles, cámaras y tabletas en un intento inútil de descubrir la enigmática sonrisa, alejada seis metros, detrás de los brillos del cristal blindado y bajo la mugre de siglos acumulada sobre el esfumeto de Leonardo, que pide a gritos una restauración como la de su hermana del Museo del Prado.

En el piso de abajo los turistas hacen otra montonera. Esta vez bajo la tercera prima donna del museo, la Venus de Milo. Al contrario que la Victoria de Samotracia, la fascinante Afrodita encontrada en las Cícladas en 1820 no perdió la cabeza en su viaje a través de los siglos. Su rostro contempla impasible al gentío rendido a sus pies. Elipse medio desnuda, la sensual y ondulante figura emana un misterio que fascina a todo el que la contempla.

Vayan a ver a la Mona Lisa o a la Venus de Milo, es obligado que todos pasen ante la diosa Niké y, claro, se detienen a contemplar su último lifting, de manera que la escalinata Daru parece el metro en hora punta. Solo es el principio. Ahora se restauran escaleras, paredes, suelos, arcos y barandillas. Las obras concluirán en la primavera de 2015, justo para acoger la gran exposición que sobre la Victoria de Samotracia ha anunciado el museo y que incluirá el resto de fragmentos encontrados, entre los que destaca la enorme mano derecha aparecida en 1950 y que ya se muestra en una vitrina lateral.

Parque temático del arte, el Louvre tiene muy claro que su éxito se basa en una renovación permanente y si estos días los andamios cubren el ala Richelieu en la calle Rivoli, justo frente a la dorada estatua de Juana de Arco, ya se anuncian nuevas obras para el otoño. “Se va a transformar el vestíbulo de Napoleón para racionalizar los accesos a las colecciones”, explica Coralie James, portavoz del museo. En 2013 visitaron el Louvre 9,33 millones de personas, el más visitado del mundo. Tal afluencia provoca grandes atascos y aglomeraciones bajo la pirámide creada por el arquitecto chino I. M. Pei, mientras afuera una multitud aguarda el turno en una cola que alcanza el Arco del Triunfo del Carrusel. La espera supera la hora y media.

El 70 por ciento de los visitantes son extranjeros. Con un millón de personas, los estadounidenses son los primeros, les siguen italianos y chinos, esperándose que este año los orientales pasen a cabeza. Los españoles ocupamos el puesto duodécimo con 210.000 visitantes.

Inaugurada en 1989, la pirámide es la parte más visible de una reforma que se hizo para recibir a cuatro millones de visitas. No habían pasado 10 años y las cifras superaban el doble de las previsiones. La nueva transformación será, como lo fue entonces, la cara del nuevo Louvre. El denominado proyecto Pirámide permitirá acoger a ¡12 millones! de personas al año. Con un presupuesto de 53,5 millones de euros, está previsto que se concluya a finales de 2016.

Lejos del trasiego de tan tumultuosos lugares, el patio Visconti permanece en un sacro silencio que para sí quisieran muchas iglesias, la cercana Notre Dame (ocho millones de visitantes al año), sin ir más lejos. Y eso que aquí se localiza la última gran transformación del Louvre que ha seguido a la pirámide de Pei. Desde finales de 2012, un singular techo ondulado, metáfora de una alfombra voladora, ocupa el patio. Ala de libélula suspendida en el aire, la etérea estructura de cristal traslucido apoyada en paredes transparentes, fue la solución de los arquitectos Rudy Riccioti y Mario Bellini para albergar uno de los más antiguos sueños del primer museo parisino: las Artes del Islam.

La tarea no fue sencilla, pues se trataba de hacer sitio a una colección que se extiende a lo largo de 12 siglos y abarca desde España al norte de la India, incluyendo Sicilia, los Balcanes, Malta, el Magreb, Libia, Egipto, Oriente Medio, Turquía, Irak, Irán y Afganistán. Junto con el techo volante, se excavó el patio en una profundidad de 12 metros, lo que supuso el empleo de un sofisticado sistema hidráulico que evitase el menor movimiento del ala Denon. Todo ello sin tocar ni una de las fachadas del XVIII, consideradas monumentos históricos.

Los 100 millones de euros gastados pueden parecer excesivos en estos tiempos en los que hasta Francia tiene apreturas, pero el resultado es espectacular. Un total de 2.800 metros cuadrados expositivos nuevos que albergan cerámicas, cristalerías, joyas, armaduras, bronces, marfiles, tapices, manuscritos, artesonados, elementos arquitectónicos reconstruidos… Hasta más de 3.000 piezas, no pocas procedentes de España, que desde hace siglos se llenaban de polvo en los almacenes del Louvre y también del Musée des Arts Décoratifs, que ha cedido una importante cantidad de obras. Merece la pena detenerse ante algunas. La pila bautismal de San Luis, pieza de latón, oro y plata exquisitamente grabada procedente de la Siria del XIV; el espectacular muro de azulejos otomanos del XVI y la extravagante jarra fatimida egipcia tallada en cristal de roca en el año 1.000 son buenos ejemplos. Es hora de partir. Cojamos fuerzas, hay que zambullirse de nuevo en la ávida marea que recorre las galerías y para alcanzar la salida toca nadar a contracorriente.

Fuente: ALFREDO MERINO  |  EL MUNDO       20/08/2014

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