Píndaro, Homero y Carlos Fuentes
16 mayo 2012 at 6:09 pm 1 comentario
Carlos Fuentes era un gran conocedor y profundo admirador de los clásicos. Fueron de hecho una fuente de inspiración constante a lo largo de toda su obra. En los personajes de Homero, de Ovidio, de Cervantes, de Shakespeare… el escritor mejicano creía poder encontrar modelos de conocimiento que le permitiesen entender mejor aquello que constituía su verdadera inquietud, que no era otra que la realidad que respiraba.
Releyendo entre la abundante información que de él aparece hoy en la red tras su luctuoso fallecimiento he ido a dar, casi por casualidad, con el discurso que Carlos Fuentes pronunció en 1.994 con motivo de la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Recomiendo su lectura, pausada y serena. Ayudará sin duda al lector a hacerse una idea de cuáles eran las motivaciones vitales más profundas de este autor. Unas motivaciones que pasan por una reivindicación enérgica de la cultura frente a la barbarie: una cultura de inclusiones, jamás de exclusiones; una cultura que disminuya el imperio de la violencia y aumente el imperio de la paz, una cultura, en fin, al servicio del valor supremo que es la continuidad de la vida en este planeta.
Este era Carlos Fuentes. Dejo aquí este fragmento extraído del discurso como pequeño homenaje al genial escritor mejicano:
[...] Nos diferencia la profesión, la nacionalidad, la edad, el sexo. Sin embargo, desde la antigüedad griega, existe la tradición de unir los méritos y las ocupaciones distintas en un himno común: tan importante es lo que nos distingue como lo que nos une.
Píndaro, el gran poeta helénico del siglo VI antes de Cristo, nos dejó un canto coral a los vencedores olímpicos en el que se premiaba, conjuntamente, a los deportistas, a los músicos, a los poetas y a los estadistas.
Virtud, valentía, fuerza y justicia, el uso moderado del poder y la gloria que todo ello otorga, son los laureles que Píndaro atribuye a los vencedores de las primeras olimpiadas.
Pero su poesía pertenece a un mundo que, desde la gesta homérica, era consciente de que, al lado de los triunfos de la paz, existían los horrores de la guerra. Ambos se disputaban el nombre de la gloria. Pero la gloria de la guerra, al perder su máscara, revelaba su rostro verdadero: la muerte.
Qué terribles palabras estas de Aquiles a su víctima postrada:
“Vamos, amigo, tú también debes morir.
Patroclo valía más que tú, y sin embargo, ha muerto.”
Simone Weil, la gran filósofa judeo-cristiana, se sirve de este ejemplo para recordarnos lo que Homero ya sabía: El imperio de la violencia es infinito; puede ser tan grande como la naturaleza -imaginemos, lo ruego, este horror: una violencia tan grande que se vuelve sinónimo de la naturaleza-.
Sólo pueden disipar el horror tres consejos: no admires el poder, no detestes al enemigo y no desprecies a los que sufren.
Esta es la otra cara de la victoria olímpica cantada por Píndaro.
Nuestro tiempo, privado de una cultura trágica, no ha sabido respetar estas advertencias.
El siglo XX ha idolatrado el poder, ha destruido al enemigo con alevosía premeditada y cuasi-científica, y ha acumulado dolor y más dolor sobre los hombros de los seres sufrientes. [...]
Crédito de la imagen: El País
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1.
Elisa | 16 mayo 2012 en 10:32 pm
“Virtud, valentía, fuerza y justicia, el uso moderado del poder” y no despreciar a los que sufren”… Qué lejos estos consejos de las actitudes de nuestros jerarcas, banqueros, obispos, consejeros… que nos toca sufrir.
Me gustó tu entrada. Un abrazo