Archive for 16 mayo 2012

Nerón, el tirano que dejó su nombre en la historia olímpica

En la Olimpiada del año 67 d.C. obtuvo nada menos que 1.808 coronas de olivo

Deportistas profesionales, amateurs, estrellas de cine, activistas, dictadores, héroes mitológicos, monarcas y emperadores. Todo ese amplio crisol de personalidades forma parte del universo histórico de los Olímpicos, principalmente cuando en el repaso se incluyen a los Juegos de la antigüedad, una etapa olvidada y que pierde significado en comparación con la actual pero que atesora hechos aún hoy sorprendentes.

Uno de esos capítulos, quizá no tan difundido por las características del protagonista, revela que Nero Claudius Cæsar Augustus Germanicus, más conocido como “Nerón”, podría cargar con el honor de ser el competidor más laureado desde el nacimiento de los Juegos. Durante su participación en los Juegos del año 67 d. C., uno de los tiranos más impopulares de la humanidad se adjudicó 1808 coronas de olivo ¿el equivalente a una medalla-, un récord tan discutible como imposible de igualar.

Si actualmente formar parte de los Juegos Olímpicos está asociado al privilegio de participar de la elite del deporte, en la antigüedad era sinónimo de gloria. Convertida Grecia en provincia de Roma, la ciudad de Olimpia era vista por los mandatarios romanos como el sitio ideal para ratificar su supremacía sobre el país al que habían derrotado.

No obstante, no era solo este concepto y sus aires caprichosos los que llevaron a Nerón a participar en los Juegos. Según se desprende del Diccionario del Mundo Clásico, de Simon Hornblower y Tony Spawforth, desde varios años antes de su presencia en Olimpia, Nerón ya mostraba su encanto por el atletismo griego, en tanto que su anhelo era “eliminar de Roma la afición por los espectáculos de gladiadores y favorecer otro tipo de entretenimientos más nobles”. Así, cantó y tocó la cítara en unos juegos privados del 59 d. C. organizados para celebrar su primer afeitado de barba, mientras que un año después introdujo unas juegos públicos similares a los helénicos. Siguiendo con su plan, en el 61 d. C. inauguró un gimnasio y hasta distribuyó aceite entre los participantes de forma gratuita.

Ya en las Olimpíadas del 67, Nerón se trazó una meta que contrariaba la idea que siglos después eternizaría el Barón Pierre de Coubertin con aquello de que lo importante “es participar”. Según señala Luciano Wernicke en su libro Historias insólitas de los Juegos Olímpicos, el único objetivo del emperador era ganar, y a cualquier precio.

El tirano se inscribió en una carrera de cuadrigas, pruebas en las que se enfrentaban carros tirados por caballos. De acuerdo con Wernicke, Nerón sobornó a sus rivales para que fueran desertando a medida que se extendiera la competencia. Otra versión sostiene que el reglamento de la carrera establecía que se debía correr con cuatro animales y que el romano se presentó con 10, generando la indignación y el retiro de todos los competidores.

En el punto en el que sí todos confluyen es que Nerón obtuvo un solitario triunfo que, incluso, estuvo a punto de escaparse de sus manos producto de una caída en una curva. Peor aún, este accidente lo dejó mal herido y casi le cuesta la vida.

El paso de Nerón por los Juegos también incluyó, entre otros, su participación en cuadriga de potros, tiro de potros de a diez, heraldos, tragedia y cítara, concursos de canto y de declamación. En todos esos casos y otros tantos, la corona de campeón terminó adornando su cabeza, una “hazaña” que le permitió regresar a Roma para exhibirlas ante su pueblo.

La gloria, sin embargo, sería muy efímera. Un año después de su demostración en Olimpia, serios conflictos políticos terminaron con el Senado declarando al tirano como enemigo público. Tal determinación provocó la huida de Nerón, quien refugiado en una villa decidió quitarse la vida. Y allí, entre lamentos, habría dicho: “¡Qué artista desaparece conmigo!”.

Fuente: Terra Perú

16 mayo 2012 at 8:01 pm 1 comentario

Píndaro, Homero y Carlos Fuentes

Carlos Fuentes era un gran conocedor y profundo admirador de los clásicos. Fueron de hecho una fuente de inspiración constante a lo largo de toda su obra.  En los personajes de Homero, de Ovidio, de Cervantes, de Shakespeare… el escritor mejicano creía poder encontrar modelos de conocimiento que le permitiesen entender mejor aquello que constituía su verdadera inquietud, que no era otra que la realidad que respiraba.

Releyendo entre la abundante información que de él aparece hoy en la red tras su luctuoso fallecimiento he ido a dar, casi por casualidad, con el discurso que Carlos Fuentes pronunció en 1.994 con motivo de la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Recomiendo su lectura, pausada  y serena. Ayudará sin duda al lector a hacerse una idea de cuáles eran las motivaciones vitales más profundas de este autor. Unas motivaciones que pasan por una reivindicación enérgica de la cultura frente a la barbarie: una cultura de inclusiones, jamás de exclusiones; una cultura que disminuya el imperio de la violencia y aumente el imperio de la paz, una cultura, en fin, al servicio del valor supremo que es la continuidad de la vida en este planeta.

Este era Carlos Fuentes. Dejo aquí este fragmento extraído del discurso como pequeño homenaje al genial escritor mejicano:

[…] Nos diferencia la profesión, la nacionalidad, la edad, el sexo. Sin embargo, desde la antigüedad griega, existe la tradición de unir los méritos y las ocupaciones distintas en un himno común: tan importante es lo que nos distingue como lo que nos une.

Píndaro, el gran poeta helénico del siglo VI antes de Cristo, nos dejó un canto coral a los vencedores olímpicos en el que se premiaba, conjuntamente, a los deportistas, a los músicos, a los poetas y a los estadistas.

Virtud, valentía, fuerza y justicia, el uso moderado del poder y la gloria que todo ello otorga, son los laureles que Píndaro atribuye a los vencedores de las primeras olimpiadas.

Pero su poesía pertenece a un mundo que, desde la gesta homérica, era consciente de que, al lado de los triunfos de la paz, existían los horrores de la guerra. Ambos se disputaban el nombre de la gloria. Pero la gloria de la guerra, al perder su máscara, revelaba su rostro verdadero: la muerte.

Qué terribles palabras estas de Aquiles a su víctima postrada:
“Vamos, amigo, tú también debes morir.
Patroclo valía más que tú, y sin embargo, ha muerto.”

Simone Weil, la gran filósofa judeo-cristiana, se sirve de este ejemplo para recordarnos lo que Homero ya sabía: El imperio de la violencia es infinito; puede ser tan grande como la naturaleza -imaginemos, lo ruego, este horror: una violencia tan grande que se vuelve sinónimo de la naturaleza-.

Sólo pueden disipar el horror tres consejos: no admires el poder, no detestes al enemigo y no desprecies a los que sufren.

Esta es la otra cara de la victoria olímpica cantada por Píndaro.

Nuestro tiempo, privado de una cultura trágica, no ha sabido respetar estas advertencias.

El siglo XX ha idolatrado el poder, ha destruido al enemigo con alevosía premeditada y cuasi-científica, y ha acumulado dolor y más dolor sobre los hombros de los seres sufrientes. […]

Crédito de la imagen: El País

16 mayo 2012 at 6:09 pm 1 comentario


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