Mayo del 68. Il y avait un jardin…
Cerca como estamos del mes de mayo, empiezan a levantarse las llamadas para conmemorar las manifestaciones ocurridas hace 40 años en Francia en las que los estudiantes se enfrentaron a la policia en protesta contra el capitalismo en lo que se dio en llamar el “Mayo del 68” o “Mayo francés”.
Ese año, en un contexto de grandes desigualdades sociales, de precariedad laboral y de unas tasas de paro in crescendo, la juventud estudiantil comenzó a movilizarse con huelgas y protestas que rápidamente se extendieron por todo el país. Los estudiantes, un colectivo que en ese momento tiene que hacer frente a la masificación en las universidades, a la escasa dotación presupuestaria en la enseñanza y a una excesiva represión policial, serán el detonante que encenderá la mecha de una revolución que en mayor o menor medida terminará afectando a toda Europa y que constituirá uno de los referentes sociales en la historia del siglo XX.
En España, el espíritu del 68, como en tantas otras ocasiones, llegó algo tarde. A buen seguro, el contexto político en que vivíamos, con un gobierno franquista presto a sofocar cualquier intento de desestabilización del régimen, calmó las aspiraciones revolucionarias de más de uno. Ahora bien, preverse el fin del régimen y extenderse las protestas y el espíritu de cambio fue todo uno.
Por edad, no tengo consciencia de estos tiempos del 68 francés. Pero toda mi educación estuvo impregnada de su espíritu. En el instituto, en unas clases profundamente ideologizadas (que no politizadas) se nos hablaba de libertad, de utopía, de capitalismo y de socialismo. Recuerdo profesores que nos hablaban de cambiar la sociedad, de soñar con otra sociedad más justa y más libre, que nos hacían ver que eramos importantes. Y eramos importantes… Y había un futuro, y estaba en nuestras manos decidir cómo queríamos que fuera. Recuerdo las tardes de instituto despertando a la vida y traduciendo a Moustaki, a Brassens, a Brel. Canciones que hablaban de árboles en la ciudad lejos del bosque, de la libertad que tanto tiempo te he guardado como una perla rara, de palabras que vibran en los muros del mes de mayo que nos dicen que todo puede cambiar algún día, de tiempos en que la tierra era un jardín donde vivíamos desnudos y despreocupados. Oubliez tout ce que vous avez appris. Commencez par rêver. “Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar”. Y soñábamos…
No es un secreto que casi todos los que abanderaron aquellas protestas los encontramos hoy apoltronados tras impolutas mesas de despacho gordos y aburridos. No es un secreto que aquel sueño, como toda utopía, quedó en sueño. Nuestra es la responsabilidad de que hoy nuestros jóvenes estén en su mayoría aburguesados y adolezcan de compromiso social. Tal vez, como en la canción de Ismael Serrano sea el momento de sentarnos con ellos y contarles que hubo un tiempo en que creíamos en un mundo mejor por el que valía la pena luchar, que nada era imposible y que podíamos soñar nuestra vida. Y soñábamos…
Où est-il ce jardin où nous aurions pu naître,
Où nous aurions pu vivre insouciants et nus?
Où est cette maison toutes portes ouvertes,
Que je cherche encore et que je ne trouve plus?
Georges Moustaki.
2 comments 29 Abril 2008







De muy estrictas por contra pueden considerarse las condiciones impuestas a los atletas que aspiraban a participar en los Juegos; condicionantes que eran de aspecto racial (debían ser griegos), social (no podían ser esclavos), civil (tenían que ser legítimos de nacimiento), ético (no debían haber incurrido en deshonor) y técnico (previamente a las competiciones debían haberse entrenado por un espacio de 10 meses y uno en Elis antes del comienzo de los Juegos).
Los esclavos también estaban excluidos de los Juegos, ya que la opción a tomar parte en los concursos presuponía la plenitud de derechos civiles. Del mismo modo, señala Filóstrato (Gymnastike, 25) la minuciosidad con la que se investigaba si los concursantes eran miembros de una comunidad conocida, si tenían padre o familia o si habían nacido realmente libres y no simplemente como hijos bastardos de padres nacidos libres; es decir, se prestaba atención a la dimensión social del participante (libre no esclavo), pero también a la plenitud de sus derechos familiares (si era legítimo o no).

